LOS BAILES CAMPESTRES

En una ocasión, hallándose en la romería de San Juan, ó en la de San

Pedro, ó en la de San Roque, ó en la de Santiago, ó en la de los

Mártires, pues la crónica no lo fija bien; hallándose, digo, en una de

estas romerías más de nueve petimetres santanderinos, y no menos de diez

damiselas de copete, y hallándose más que regularmente aburridos, lo

cual es de necesidad en una romería mientras en ella no se hace otra

cosa que ver, oir y brujulear, resolvieron los primeros proponer á las

segundas, con las respetuosas salvedades de costumbre, un honesto

entretenimiento que, ajustándose en lo posible al carácter del sitio y

de la ocasión, fuese digno de las distinguidas personas que se aburrían.

Las pudibundas jóvenes aceptaron la propuesta en cuanto al fin. Por lo

que hace al modo; los atentísimos galanes, después de discurrir breves

instantes, no hallaron, así por razón de honestidad como por razón de

sitio, causa, etc., nada más á propósito que un baile improvisado. Las

mujeres de entonces, como las de ahora, juzgaban de buena fe que no era

un abuso de lenguaje, ó cuando menos, un error de observación, la

_honestidad_, del baile; y no dudaron un instante en aceptar el

propuesto, con tal que fuese _por lo fino_, y no al grosero estilo de

los populares, como los que tenían delante y formaban el principal

objeto de la romería; exigencia que manifiesta bien claro, que también,

en el concepto de aquellas escrupulosas beldades, las cabriolas y

escarceos, según que se ejecuten de abajo arriba _(more plebeyo)_ ó de

acá para allá y en derredor _(more aristocrático)_, son pecaminosos y

groseros, ó edificantes y solemnes.... Digo, pues, que se aceptó la

proposición del baile con la restricción consabida, y añado que los

proponentes se adhirieron á ella con tanta mayor decisión, cuanto que, á

fuer de _señores_, nunca entró en sus ánimos bailar de otra manera. Acto

continuo se procedió á la ejecución del pensamiento. Para teatro de la

fiesta se eligió una pradera separada de la romería por un regato, ó por

un seto transparente, pues sobre este punto tampoco están las crónicas

muy de acuerdo, y para orquesta se ajustaron, por horas, un violinista y

un gaitero trashumantes, de los muchos que había en la romería, y acaso

los únicos que á la sazón se hallaban desocupados. No estaban los

sedicientes músicos muy diestros en materia de aires señoriles, pero

eran muy amables y pacientes los obsequiosos petimetres; y á fuerza de

piafes y silbidos, lograron enseñar al violinista el wals de _las

patatas_. No así al gaitero, que era de suyo más torpe; pero, en cambio,

sabía tocar el _«Ay, ay, ay, mutillac»_, el cual aire se aceptó para

rigodón, baile que ni de oídas conocía el violinista. Adquiridos tan

indispensables elementos, dióse principio, á las seis de la tarde, á la

distinguida diversión, con no poca sorpresa y hasta admiración de la

gente menuda, que invadió bien pronto la pradera, formando ancho y

respetuoso círculo alrededor de los danzantes. Por aquel entonces aún no

se conocía en España la polka, y el _baile de los señores_ no solamente

no se había aclimatado entre la gente del pueblo, sino que aun entre los

señores mismos eran limitadísimos los aptos para un lance improvisado

como el que se refiere. Y por cierto que debía de haber algo de

ignominia en ser de los ineptos, porque es cosa averiguada que, antes de

confesarse tal uno de ellos, _córam pópulo_, deslizábase rápido, y

primero se dejaba descuartizar que presentarse á media legua del baile.

El de que voy hablando concluyó al anochecer; y como fué tan grato á

los que en él tomaron parte, hablaron éstos del asunto en la ciudad,

cundió su fama en paseos y salones, y, por si iban mal dadas,

aprendieron á bailar los jóvenes que aún no sabían, y los que sabían

mal, se perfeccionaron. Los que pasaban por núcleo de la elegancia y

daban el tono en el pueblo, tomaron el lance todavía más por lo serio, y

convencidos de que con el aspecto que la cosa presentaba se hacía

indispensable su concurrencia en bien de la culta sociedad, que

oficialmente parecía aceptar la innovación, no dudaron en hacer un

sacrificio, comprometiendo, desde luego, hasta cuatro músicos de

profesión para la próxima romería.

Á la cual concurrió el _señorío_ en doble número que á las anteriores,

llevado de la tentación de la orquesta, con cuya salsa, y la buena

disposición en que se hallaban los ánimos, se hizo una pepitoria de

bailoteo que tuvo que ver.

Tanto, que en la siguiente romería hubo hasta seis músicos y venticinco

parejas de primera fuerza.

Y así creciendo siempre la fama y el éxito de los bailes campestres,

llegaron á hacerse de primera necesidad en todas las romerías próximas á

la ciudad, y á tal altura permanecieron durante algunos años.

Al cabo de ellos, notóse que la afluencia de curiosos era sobradamente

numerosa; se temió, no sin fundamento, un atropello feroz en el caso

probable de una paliza popular; vióse, con justificable desagrado, que

el gremio de modistas y de costureras, aprovechándose de los perdidos

ecos de la orquesta, bailaba también á su compás en un prado inmediato;

y, por último, se observó con indignación que más de una pareja de aquel

campo, intrusándose á la descuidada en el vecino, danzaban en él después

con una familiaridad que rayaba en provocación.

Á todo esto, la polka había atravesado ya la frontera, y se establecía

entre nosotros, no como un huésped, sino como un conquistador.

Recordarán ustedes que había sombreros á la polka, y pantalones á la

polka, enaguas á la polka y hasta natillas á la polka. Los chicos la

tarareaban en la calle, y las fregonas la piafaban en la fuente;

vinieron maestros de allende el Pirineo que la enseñaban en veinte

lecciones, y las tomaban con avidez la jóvenes distinguidas y los

hombres elegantes. Con aquella conquista famosa los salones de baile

sufrieron una transformación radical; porque la polka no era un baile,

sino todo un sistema, toda una época. No se olvide que en la _polka

primitiva_ había su poco de dislocación, mucho contoneo, y que hasta se

exigían, para bailarla en regla, tacones de metal en las botas. De modo

que bailar la polka era dar un espectáculo, punto más curioso que el que

dar pudieran la Güy Stephan ó la Petra Cámara. Pero este espectáculo, si

bien en los salones de la ciudad era de _buen tono_ ante una escogida y

culta concurrencia, delante de un populacho grosero y sobre la yerba de

un prado de Cueto ó de Miranda, se prestaba á mil inconvenientes, el

menor de los cuales era el ridículo.

Por eso, y por las observaciones y peligros que más atrás apunté, los

señores bailarines de las romerías determinaron amparar su diversión

favorita con un muro sólido y elevado, contra la curiosidad irreverente

de la muchedumbre.

Y hete aquí que junto al campo de la romería se alquiló una huerta de

altas tapias, y se sorrapeó una parte de ella, y se puso á la puerta un

hombre con orden terminante de no dejar entrar á nadie que no fuese

presentado ó acompañado por alguno de los señores _que mandaban allí_.

Con esta garantía de seguridad y de independencia, los bailes campestres

adquirieron nuevo vigor, y los autores de tan saludable pensamiento

merecieron bien de la culta sociedad santanderina.

Pasaron así algunos años, y los elegantes directores de la ya popular

diversión veraniega, cediendo á los rigores del tiempo, que en su marcha

inalterable todo lo agosta, lo arruga y lo encanece, tuvieron que

abandonar como actores aquel teatro, y limitarse al papel más cómodo,

aunque menos deleitoso, de espectadores.

La generación que se presentó á sucederlos en el cargo que dejaban,

considerando, á la primera ojeada, que celebrándose algunas romerías á

mucha distancia de la población, era preciso, para volver con el

crespúsculo á casa, suspender el baile apenas empezado, ó empezarle con

los garbanzos aún entre los dientes; considerando además que para las

señoras, rendidas de brincar, era demasiado largo y penoso y hasta

peligroso, el camino por las callejas de San Juan y San Pedro, y

considerando otras varias circunstancias no menos graves, y, por último,

que la gente del _buen tono_ nada tenía que ver con las rosquillas,

cazuelas de guisado, _perés_ y otros groseros excesos de las romerías.

Decretó que en adelante los bailes campestres, respetando, enhorabuena,

como motivo de ellos, las romerías, tendrían lugar, por las de San Juan,

San Pedro y San Roque, en las huertas de la Atalaya, y por las de

Santiago y los Mártires, en las de Miranda. Y así se hizo con gran

éxito y por largo tiempo.

Este período de los bailes campestres, que pudiera llamarse su _edad

media_, bien merece una especial mención. Entonces entré yo en escena;

quiero decir que empecé á bailar en ellos. Y lo advierto, no tanto por

motivar la historia que, á fuer de agradecido, voy á hacer, cuanto

porque tengan más fuerza de verdad los detalles que apunte.

Y sucedía entonces que una comisión, nombrada por elección de la que

cesaba, formaba una lista con los nombres de las personas que juzgaba

dignas de tan señalada honra. Esta lista se presentaba á cada uno de los

inscritos en ella, quien ponía al margen de su nombre su conformidad, á

no tener luto reciente, ó estar enfermo de gravedad. La primera vez que

se me buscó á mí con tal objeto, creí desmayarme de emoción; y con mano

trémula escribí en el correspondiente lugar del catálogo un SÍ tan gordo

como dos ciruelas. Y no extrañe nadie el suceso. Tenía diez y nueve

años, precisamente la edad, entonces, en que sentándole á uno mal los

juegos y entretenimientos de los muchachos, no podía, sin embargo,

entrar en la esfera de acción de los hombres; y así, sin saber á qué

zona arrimarse, porque en ambas estorbaba, le aquejaba cada pesadumbre

que le partía. Además, en las listas de socios para los bailes de campo

no figuraba sino lo escogido de la juventud del pueblo, según el

criterio de la comisión; de manera, que verse llamado por ella en lances

semejantes, era la declaración solemne y oficial, no solamente de que

salía uno de la categoría de chiquillo y entraba en la de mozo, sino en

la de mozo _distinguido_, activo y útil. No era uno _masa_, no era

vulgo. Con tan honrosa credencial, estaba yo autorizado para saludar en

el paseo á las señoritas más encopetadas, para tomar sorbete en el salón

principal del Suizo, para codearme con los hombres elegantes, y, sobre

todo, para entrar sin obstáculo en los círculos cuyas puertas se

cerraban, por razón de _lustre_, á la inmensa mayoría de mis

conciudadanos. ¿Era esto costal de paja? Queda, pues, bien justificada

mi emoción al poner el primer _sí_ donde le puse.

El mismo corredor de las listas nos entregaba la víspera del baile una

credencial de socio y tres billetes de convite, impresos en cartulina,

con letras de oro, y rubricados por la comisión. Distribuídos éstos con

las más exquisitas precauciones, á fin de que los objetos de nuestras

atenciones no fuesen indignos de la dignidad de la fiesta, llegábase uno

con la credencial á la huerta de Aspeazu, ó á la de mi amigo Mazarrasa;

y allí estaba lo bueno; es decir, un gran cuadro de terreno al aire

libre, cuidadosamente sorrapeado y regado; dos docenas de farolillos de

vidrio y hoja de lata, fijos sobre otros tantos mangos de cabretón, que

le circuían; ocho ó diez músicos agrupados en un ángulo, y el mismísimo

repartidor, que guardaba la puerta y recibía los billetes. Nada digo de

la concurrencia, porque ya se sabe que era lo más selecto de la

población. Pues bien, todo ello junto no nos costaba al día siguiente

más de tres pesetas á cada socio. ¡Con tan liviano presupuesto se

procuraba á la florida juventud santanderina el más apetitoso deleite de

cuantos ofrecérsele podían!

Saboreándole como un niño un caramelo, con temor de que se acabase,

consumía cada baile de los cuatro ó cinco que se le daban en todo el

verano; de modo que era una pena que desgarraba el alma ver en tales

ocasiones aproximarse la noche.

Si ésta se presentaba serena y despejada, menos mal, porque se encendían

los farolillos y continuaba la danza otra hora más; pero si Cabarga se

encapotaba y era la brisa húmeda, síntomas infalibles de lluvia

inmediata, daba la comisión las órdenes oportunas á los músicos, después

de tomar las de las señoras; y allí nos tenían ustedes bajando á

Santander, al compás de un pasodoble, cada uno con su cada una,

ofreciéndoles aquí la mano para saltar una zanja, y allá el pañuelo para

sacudir el polvo.... ¡Y era de ver, si llovía, cómo las delicadas

sílfides, sacando fuerzas de flaqueza, arremetían con el lodo,

cubriéndose el busto con la falda del vestido! ¡Y era hasta de admirar

aquella procesión de blancas enaguas, iluminadas apenas por la mortecina

luz de los veinticuatro faroles que enarbolaban los más obsequiosos

acompañantes, á guisa de maceros ó reyes de armas, en sus diestras!

«¡Aquí de don Quijote!», pensaba yo una noche que tal sucedía. «¿Qué

hiciera con nosotros el valeroso manchego, si en esta guisa nos hallara?

¿No arremetería furioso contra esta muchedumbre, tomándola por escuadrón

de fantasmas, ó por sarta de disciplinantes? ¿Creería, si se lo jurasen,

que erais, entre tanto barro y azotadas, como vais, por la cellisca, las

más mimadas flores del hermoso jardín de la Montaña?»

Si al llegar á la población no había llovido ni cabía temor de que

lloviera ya, hacía alto la comitiva en la Alameda chica, ó en el Muelle,

frente al Suizo; y en cualquiera de estos dos sitios continuaba la danza

hasta las once.... Y cuidado con reirse, jóvenes pizpiretas de hoy, que

empezáis á bailar á la hora en que, rendidos, lo dejábamos nosotros; que

aún no soy viejo, y, sin embargo, bailé en dos ocasiones y en distintos

años (¡Dios me lo perdone!) delante de la Capitanía del Puerto; lo cual

quiere decir que, si no vosotras, algunas de vuestras hermanas me

sirvieron allí de pareja; ¡allí, sobre las mismas losas en que se

arrastran las narrias y se celebran los cabildos de los mareantes de

Abajo, y se bergan las barricas de aceite!

Pero estos inconvenientes, á pesar de justificarlos la costumbre, no

podían menos de obrar de una manera desagradable en el ánimo de los

hombres llamados á fomentarla y á perfeccionarla en lo posible. Así fué

que un día, dándose á pensar muy seriamente sobre el asunto, concluyeron

con este fundadísimo razonamiento: «Toda vez que no formamos ya parte de

las masas, y somos independientes, y nada tenemos que ver con las

fiestas de la muchedumbre, ¿por qué hemos de dar nuestros bailes

precisamente en días de romería? Y si, prescindiendo, como debemos

prescindir, de esta causa, elegimos los que más nos acomoden del verano

para bailar, ¿por qué no hemos de hacerlo á la puerta de casa y con toda

tranquilidad?»--Y aquellos infatigables reformadores columbraron al

punto en el barrio de Santa Lucía, la huerta de Noriega; en la cual

huerta había un juego de bolos, y el cual juego de bolos estaba rodeado

de un cobertizo de tablas, á modo de pesebrera; y exclamaron:--_Voi-ci

notr'affaire_, es decir, aquí está lo que necesitamos: amparo contra el

relente y la lluvia, proximidad al hogar de cada uno, é independencia

absoluta. Para corresponder á este esfuerzo, los demás socios se

comprometieron á serlo, por lo menos, de cuatro bailes en cada

temporada, lográndose de este modo que en la primera se diesen seis, de

los cuales el menos favorecido se acabó á las once, porque había

empezado á las ocho, por aquello de que estaba á la puerta de casa.

Cubrióse, para alguno de ellos, el salón-bolera con un pabellón ó bóveda

de rústicas guirnaldas; y con esta mejora y otras análogas, pasó la

cuota individual por encima de cinco pesetas.

Al siguiente año se alumbró la huerta con gas; y como á sus fulgores se

veía muy claro, presentáronse las damas, muy compuestas, á las nueve; no

empezaron á bailar hasta las diez; las más rendidas lo dejaron á las

doce..., y subió la cuota á treinta reales.

Estos despilfarros puede decirse que señalan el comienzo de la _era

moderna_ de los bailes campestres de Santander.

Entretanto, las costureras, que habían venido siguiéndolos desde los

prados de San Juan hasta las huertas del Alta, y rindiéndoles culto á

sus propias expensas, prescindieron también del motivo de las romerías

para bailar, y también se bajaron á la población para bailar más

tranquilas, y pujaron el alquiler de la mismísima huerta de Santa Lucía,

y no hallaron sosiego hasta que lograron bailar en ella con el mismo gas

y el propio decorado de las señoras, aunque en distintos días.

Éste y otros disgustos análogos pusieron á los provocados en la

necesidad de hacer un esfuerzo heroico..., y le hicieron á fe mía.

Media docena de esos hombres de buen gusto, que á todo van á un baile

más que á bailar, se hicieron las siguientes reflexiones: «Que la pasión

de la danza tiene hondas raíces en la buena sociedad de este pueblo, es

innegable: nosotros la hemos visto bailar sobre el húmedo retoño de las

praderas, entre las coles y cebollinos de las huertas, sobre los

guijarros de la Alameda y sobre los adoquines del Muelle; derretirse los

sesos bajo un sol africano á las cuatro de la tarde, por llegar á las

cinco á la romería y bailar en ella hasta las siete, volver después, al

crespúsculo, medio á tientas, por callejas y senderos, y _aliquando_

meterse en barro hasta las corvas..., y siempre impávidas, y siempre

pidiendo _¡más!_ Esta devoción raya en fanatismo, y está exigiendo á

gritos un templo que vamos á proporcionarle nosotros, sin miedo de que

nos falte nunca el concurso de los fieles para sostener el culto.»

Y alguno de aquellos hombres, con un desprendimiento digno de su

carácter, anticipó una cantidad efectiva, en la cual los duros entraban

por miles. Adquiriéronse terrenos y plantas y arbustos al efecto, y

vinieron jardineros de _extranjis_, que cobran caro, eso sí, pero que

bordan cuanto ejecutan en el _arte_; y allá van candelabros, y allá van

surtidores, y canastillas, y glorietas, y toldos y _diabladuras_.

Arreglado el salón al gusto de los más flamantes modelos, redactóse una

constitución fundamental; elevóse, según ella, á doce el número de

bailes en cada verano, y el de los de compromiso para cada socio, y la

cuota de éstos á dos duros por cada uno de aquéllos, y se prohibió la

entrada en el salón, en noches de fiesta, á toda persona del pueblo que

se hubiese negado á ser suscriptor. Imprimióse una lista con los nombres

de más de doscientas personas barbadas que aceptaron las bases citadas,

y otras que no necesito citar, y, por último, encomendóse la

administración y casi dirección de todo este laberinto, á la

_Guantería_, acto que, por sí solo, daba la vida, el calor y la

perdurabilidad á aquel cuerpo tan bizarramente construído.

Como vivo y elocuente testimonio de la exactitud de mis ponderaciones,

ahí está, entre las dos Alamedas, enfrente del antiguo _Reganche_, y

cada día más frondoso, más cultivado, más pulido, más bello, el famoso

jardín, ó salón de _Bailes de Campo_, delicia de los madrileños, y

asombro de los castellanos de Amusco y Becerril, que nos visitan durante

la estación de los baños de mar.

Las fiestas que en él se celebran no afectan ya peculiar y

exclusivamente á un grupo determinado de personas: son otros tantos

acontecimientos que preocupan, agitan y remueven á las tres cuartas

partes de la población: á la una, porque es la que baila allí; á la

otra, porque va á ver bailar, ó á pasearse por los jardines, ó á cenar

en el ambigú; y á la otra, porque ... juzguen ustedes: la otra tiene que

subdividirse en tres grupos: el destino del primero es situarse en la

calle de Vargas, frente á la puerta del salón, donde se pasa dos horas,

á pie firme, como un soldado ruso, escuchando la música y contemplando

el alumbrado del local; el segundo se coloca en la Alameda chica para

revistar escrupulosamente los trajes de las señoras que van á bailar; y

el tercero, se encierra en casa para en un caso de apuro, disculpar al

día siguiente, con un supuesto dolor de cabeza, su ausencia del baile,

que en rigor, fué motivada por la falta de un vestido, ó de un billete

de invitación, ó de ambas cosas.

Entre la gente que baila y brujulea, se halla la gran mayoría de los

forasteros que á la sazón residen en la ciudad; con lo cual queda dicho

que el salón campestre, en los quince años que cuenta de vida, hase

visto hollado por los pies más insignes que en aristocracia, belleza,

política, ciencias, artes, literatura, armas ... y tauromaquia, ha

producido y sostiene el suelo español. Y por si tanta honra pareciese

escasa al lector, quiero que sepa que también regias plantas de dos

dinastías se han deslizado sobre el polvo de aquel rústico pavimento. ¿Á

qué decir más en abono de sus timbres de _nobleza_?

De su crédito en la plaza, pregúntese á Romea, Teodora Lamadrid, Arjona,

la Ristori y otras celebridades escénicas. Todas ellas, al buscar en el

domingo, día clásico de huelga y despilfarro en los laboriosos pueblos

de provincias; al buscar, repito, en el domingo el desquite de las

flojedades de entrada de toda la semana, se han hallado con el baile

campestre que les arrebataba, en masa, la concurrencia más cara, más

abundante y más lujosa, es decir, el alma del negocio. Por eso, antes

que con el público, estos artistas insignes dieron últimamente en la

feliz ocurrencia de ponerse de acuerdo con la junta directiva del baile,

que, en honor de la verdad, casi siempre ha accedido á respetar los

días festivos, dejándolos para dar culto á Talía y Melpómene, visto que

la saltarina Terpsícore no se ha de ver desairada aunque toque á función

en noche de Difuntos.

Sobre este pueblo ha llovido en pocos años cuantas plagas son

imaginables: crisis económicas que han reducido á polvo en una noche

fortunas tradicionales; epidemias asoladoras que han diezmado las

familias y cubierto de luto á la población. Todo en ella ha cambiado de

aspecto á los rudos embates de la calamidad, todo ... menos los bailes

campestres, que entre las ruinas del comercio y la melancolía del luto,

se les ha visto retoñar al verano siguiente más concurridos, más

ruidosos y más animados que nunca. Sin embargo, el mismo público que

gime y se lamenta durante el invierno, es el que baila en el verano.

¡Inescrutables misterios de la humanidad, que yo respeto y admiro!

Por eso los tales bailes son la única curiosidad que podemos ofrecer ya

en Santander á los forasteros que nos visitan durante el estío; el único

aliciente, el mejor cebo.

Y en verdad que es muy justificable el afán con que le tragan los unos,

y la especie de orgullo con que se le brindan los otros. Nuestro salón

campestre, en una noche de baile, es una cosa encantadora; aquel

conjunto de bellezas, así humanas como rústicas y de artificio; aquel

enjambre de mujeres hechiceras, arrastrando el lujo y la vaporosidad de

sus trajes y prendidos entre el otro lujo exuberante de la vegetación, á

media noche, á la luz misteriosa que producen los destellos del gas

quebrándose en el verde follaje de los árboles; los ecos de la invisible

orquesta, el ambiente, la.... Vamos, que tiene aquello algo de

fantástico que no se comprende bien á no contemplarlo.

Los famosos jardines parisienses de _Mabille_ son muchos más espléndidos

que los de la calle de Vargas; el lujo de las mujeres que en aquéllos

bailan, quizá es más deslumbrante que el de las que asisten á éstos;

pero ¡qué diferencia entre el efecto que en el ánimo produce la

contemplación de uno y de otro cuadro! Lo primero que lamenta un hombre

honrado en Mabille, al ver aquellas beldades, hez de la sociedad,

verdaderos sepulcros blanqueados, entregarse á los más repugnantes

alardes de impudor, entre las frenéticas dislocaciones del obsceno

_cancán_, es que á tanto y tan asqueroso vicio se haya erigido un templo

tan hermoso; y como consecuencia de tan oportuna lamentación, échase uno

á considerar lo que aquello sería y el apacible deleite que ofreciera

si, en lugar de las turbas de impúdicas artificiales bellezas que se

subastan allí, haciendo, para lograrlo mejor, una repugnante gimnasia,

lo poblaran mujeres honradas y de buena educación.

Pues bien, este deseo se cumple hoy en Santander por una rarísima

excepción entre todos los pueblos de España. En algunos de ellos, y por

motivos extraordinarios, se ha visto bailar en el campo á la gente del

_buen tono_, una vez, dos, tres ... las que ustedes quieran; pero

repetirse estos bailes con tal éxito y de manera que la repetición haya

llegado á crear una necesidad pública, una costumbre característica ya

de toda una clase social, precisamente la más remilgada y escrupulosa,

gloria es que, por extraño privilegio, corresponde á Santander.

--Y ¿por qué?--me han preguntado al notarlo más de un forastero.

--¿Por qué vuela el ave?; ¿por qué corre el gamo?--les he respondido

yo;--y ¿por qué se dan los dátiles en Berbería, y las naranjas en

Murcia, y el arroz en Valencia? Pues por causas análogas, por razones

idénticas _se dan_ aquí los bailes campestres, como en ninguna otra

parte; y en vano se afanarán ustedes por aclimatarlos en sus respectivos

países, como fuera ocioso que nos empeñáramos nosotros en propagar en

éste la palmera, el guayabo ... ó las academias. Los bailes campestres

germinan y se desarrollan aquí espontáneamente, como la hiedra y los

_poleos_, y viven y se reproducen, á pesar de todos los pesares, y son

un artículo veraniego de primera necesidad, un _rasgo_ peculiarísimo que

forma parte de nuestro carácter, un detalle de nuestro tipo, como, en

concepto de _los señores de Madril_ que nos conocen _de oídas_, las

sardinas, las narrias, los cuévanos y las amas de leche.

Deben, pues, desechar su pesadumbre aquellos seres pusilánimes que temen

que llegue un día en que el salón-jardín de la calle de Vargas cese en

el destino que hoy tan gloriosamente cumple. En todo caso, si ese templo

se destruyese, pues condición es de toda humana obra el ser efímera y

perecedera, otro tan suntuoso se alzaría de contado para sustituirle: yo

lo fío[16]. Sin teatro y sin escuelas podríamos vivir; ¡pero sin _bailes

campestres_!... ¡Horror!

1872.

Escenas Montañesas · 第 65 / 79 题