Uno de los pastores, jefe á la vez de los demás, penetró en el ancho
círculo que formaban los asistentes; paróse enfrente del alcalde; arrojó
al suelo un saco casi vacío que llevaba al hombro; descubrióse; cargó el
cuerpo sobre el garrote; balanceóse un poco en esta postura;
esparrancóse; escupió tres veces; pasó una manga de su camisa por debajo
de las narices, y después de obtener el permiso del alcalde, habló de
esta manera:
--Pos ... salto y digo: ahí está la cabaña, como se habrá visto. En la
cabaña hay de too, como en la viña del Señor; porque musotros, á la res
que es de mal pacer y de peor engordar, no podemos mejorarla, á no
hincharla con una paja. Esto es claro como el sol del megodía. Pos digo
yo ahora: hay que tener en cuenta que el verano ha sío fatal; hoy que la
ventisca, mañana que el aguacero, el pasto se ha reblandecío, y pué
ecirse que el ganao no se ha visto limpio de _despeño._ De salú,
bastante bien: sólo han fenecío una vaca de tío Pedro Meñique y una
novilla de la viuda del _Cevil_. La una murió de un _empanderao_, y la
otra de un mal, á manera de perlesía. Dióseles lo que manda el aquel,
vamos al decir, del hombre que lo entiende; pero no les acanzó.
El pastor, al decir esto, metió en el saco la mano y sacó de él dos
cuernos de diferente forma y tamaño.
--Aquí están las _gamas_--dijo, levantando en alto los dos retorcidos
apéndices.
El alcalde llamó á los dueños de las reses muertas, para que se
presentasen á reconocer los restos que el pastor exponía á la
consideración del concejo, para cumplir con un requisito exigido por
éste.
Pedro Meñique y la viuda del _Cevil_ reconocieron, contristados, las
astas de las reses que respectivamente les habían pertenecido, y de
cuya muerte ya tenían noticias, aunque vagas, antes de la llegada de la
cabaña.
En seguida preguntó el alcalde si había algún vecino que tuviera que
hacer _daque_ cargo á los pastores.
--¡Pido la palabra!--dijo, saliendo á primera fila, un hombre muy
entrado en años, cano de greña, enjuto y ahumado de carnes y ronquillo
de voz.
--Hable Garabiel Pernías--díjole el alcalde.
--He pedío la palabra al auto de que he visto que la vaca mía que fué
bien trisná al puerto, vuelve en los puros huesos y con un ojal en salva
sea la parte, que mete miedo; y como el hombre no gana su probeza tumbao
panza arriba, y yo sudo los güétagos pa ver de conservar la que tengo,
quiero que se me satisfaga, como es justo, al respetive de la vaca.
--Tocante á la vaca--replicó el pastor,--tocante á la vaca, tío
Garabiel, usté sabe mejor que yo que la vaca es una cabra condená que no
se pué hacer vida de ella. Los cinco sentíos del alma le pone uno
encima, y con too y con eso no se la pué meter por vereda. Si usté la
chifla pa golvela, malo; si usté la vocea, pior; si se la apedrea, ¡me
valga el Señor!, no la alcanza un galgo.... Pus évate que voy, amigo de
Dios: hace ocho días, trepa la condená por un pedregal arriba á pacer
unos matorrales que estaban entre un cajigaluco; salgo detrás de ella,
hace la feguración de echarse cancia el desfiladero que estaba por la
banda de atrás, atájola yo corriendo, asústase más la endina, échase de
prisa por onde había subido, rueda como una pelota, y rásgase el pellejo
contra la punta del peñasco. ¡Ésta es, tío Garabiel, la pura verdá; y si
otra me queda en el cuerpo, que con ella reviente!
--¡Sastifecho!--dijo con solemnidad Garabiel Pernías, retirándose á la
segunda fila.
Otro de los que formaban en ella salió en seguida á la primera, y
endilgó al pastor estos cargos.
--Yo mandé al puerto una vaca _geda_ de siete meses, y pa el efeuto de
destetarla, dejé la cría en casa. La vaca iba gorda, la vaca es lechera,
¡horror de lechera!; la vaca viene hecha un telar, y la vaca no está
_seca_, porque á la vaca acabo yo de ordeñarla en el prao. Yo soy claro
como el agua, y no tengo algún aquel en decir que aquí se han corrío
voces de que en Mercadal se ha vendío este verano mucha manteca de la
cabaña nuestra. Diga el pastor, si á mano viene, de ónde ha salío esa
manteca, y por qué no viene seca la mi vaca.
El pastor se rascó la cabeza, escupió por entre los incisivos, y después
de pasear su vista por los circunstantes, replicó en estos términos:
--Ya sé yo que más de cuatro, que pué que no estén muy lejos de aquí,
por el aquel de hacer mal y porque hay lenguas que atarazás entre dos
cantos debieran estar, han corrío por el pueblo lo de la manteca; pero,
¡premita Dios que me trague la tierra aquí mesmo de repente si en el
puerto se ha hecho medio cuarterón de manteca, ni se ha bajao á Mercadal
más que por el efeuto de comprar dos libras de bacalao y siete
maquileros de harina! Pos évate que voy á lo de que la vaca no está
seca. Yo puedo hacer güeno con toa la cabaña, si quiere hablar, que el
_bello_ de la vaca del señor alcalde mamaba toas las noches á la vaca de
usté, y que de esto no tuvimos más auto que de la hora de la muerte, que
en santa gloria nos coja, hasta la semana pasá. Yo, bien lo sabe Dios,
me comí la feura al conocerlo; pero el hombre, es la verdá, no acanza
los imposibles..., y si ha hubío falta, perdonar, que lo que es la
voluntá no ha podío ser mejor; y cinco años que llevo en la cabaña
cantan bien claro si sé cumplir con mi deber.
--Sastifecho--contestó el interpelante con la misma formalidad que
Garabiel Pernías.
--Señor alcalde--gritó una mujer amortajada entre una saya de estameña
negra que le cubría el busto, y otra de bayeta amarilla ceñida á la
cintura,--yo quisiera que....
--Usté se calla la boca mientras que yo no la pregunte, porque aquí no
tienen voz las mujeres.
--Es que, canijo, yo tamién soy hija de Dios; y si se me murió el marido
no fué por culpa mía.
--¿Y qué se le ofrece á usté?
--Pus se me ofrece que cuando fué al puerto la mi novilla se me feura
que tenía el pelo colorao, y ahora le trae que tira algo á burreño...;
tamién era más juerte de voz....
--Vaya usté mucho con Dios, ¡trapacera!--la interrumpió el alcalde,
echando chispas por los ojos.--¡Le paece á usté la sinfonía con que se
nos viene?... ¡Taday, simplona!
--Yo pregunto lo que es de mi aquel, ¡ea!
--¡Taday, chapucera!
--¡Juera con ella, que se vaiga á cuidar la puchera!--añadieron por
todas partes voces que nada tenían de suaves para la pobre mujer, que en
vano gritaba para que se reconociese su supuesto derecho de hablar en
aquel concejo.
Salióse, al cabo, del círculo, llorando de coraje, y continuóse todavía
un buen rato interpelando al pastor y exponiéndole quejas, muchas de
ellas tan impertinentes como las de la desairada mujer; pero como
estaban _en su derecho_ los señores hombres al exponerlas, se atendían
y ventilaban con el más acalorado empeño.
Agotado el capítulo de cargos, el alcalde preguntó al pastor si no tenía
algo que manifestar al concejo respecto al puerto, á la cabaña, á los
demás pastores, etc.
--Aticuenta que ná--respondió el interpelado.--Los pastos han sío güenos
por la mayor parte: no muy alta la herba, pero finuca y nutría. Dos
veces se presentó el lobo á la vera de la cabaña; pero los perros, que
saben su obligación, no le dejaron ganas de ripitir: al segundo viaje le
atenazaron el rabo, y por un tris no se queda _Navarro_ con él entre los
dientes. El toro se escapó una tarde del _Sel_, porque le provocó el de
la cabaña de Vioño; trabáronse de palabras, y el nuestro le arrimó una
jaretá de media vara en el cuadril esquierdo, y le hizo golverse en un
periquete á la su cabaña. Un pastor de Cóo nos apandó una cría de dos
meses, la de la _Cordera_ de tío Celipe Cuartajo: vímosle, juímonos
encima, negó, arriméle un garrotazo, cayó á tierra pidiendo
miselicordia, y soltó el jato. No ha habío multa denguna ni por el aquel
de dir ni por el aquel de venir, porque no se ha saltao una mala
cerradura, ni tan siquiera se ha movío una res de la cabaña en too el
camino. La vaca de tío Miguel Cerojo tuvo un lubieso en salva sea la
parte, pero curó bien; y en la cabaña de Viérnoles, que estaba á la vera
de la nuestra, hubo _solengua_ y fenecieron siete cabezas. Nel, mi
compañero, pensó que se le había pegao el mal; pero too ello resultó ser
una atracá de arenques con leche: rompió á las tres horas, y no tuvo
otro aquel. Y con too y con esto no digo más, y acá estamos toos,
gracias á Dios, güenos y gordos; perdonar las faltas, porque pecaores
semos, y en la gloria nos veamos.
--Amén--contestó el concejo.
Acto continuo se procedió al remate del toro y de los perros; es decir,
al de su manutención hasta el día de San Antonio del año siguiente.
Adjudicáronse los animalitos á los vecinos que ofrecieron mantenerlos
por menos dinero, y se disolvió la asamblea.
Una hora después cada vecino recogía en el prado las reses de su
pertenencia, y se encaminaba con ellas á su casa, contemplándolas de
paso con tanto deleite como (acépteseme la comparación que voy á hacer,
en gracia de que es la pura verdad), como el que puede sentir un padre
delante del hijo predilecto que vuelve de la Universidad á pasar con él
las vacaciones.
1868.
«UN MARINO»
Marino, como ustedes saben muy bien, significa genéricamente, hombre que
se dedica á la navegación, que profesa la náutica, empleado en la
marina, etc., etc.
Pero «un marino» en Santander, hasta hace muy pocos años, hasta que
llegó á la clásica tierra de los garbanzos ese airecillo que aclimató la
_crinolina_ en Bezana y la cerveza en San Román, significaba otra cosa
más concreta y determinada. «Un marino» significaba, precisamente, un
joven de veinte á treinta años, con patillas á la catalana, tostado de
rostro, cargado de espaldas, de andar tardo y oscilante, como buque
entre dos mares, con chaquetón pardo abotonado, gorra azul con galón de
oro y botón de ancla, corbata de seda negra al desgaire, botas _de
agua_, mucha greña, y cada puño como una mandarria.
«Un marino» no era capitán, ni contramaestre, ni simplemente marinero;
era, por precisión, _tercero_, ó _examinado de segundo_, ó, á lo sumo,
piloto en efectividad.
Cuando estudiaba en el Instituto, no se había embarcado jamás, y, sin
embargo, ya era tostado de color y cargado de hombros, y se balanceaba
al andar...; en fin, ya olía á brea y alquitrán. Cualquiera diría que,
como destinado á la mar, estaba construído de _macho_ de trinquete ó de
piezas de cuaderna, y no de carne y hueso como nosotros.
Entonces se llamaba _náutico_, y se largaba cada _piña_ que derrengaba.
La clase de filosofía que contaba con un par de estos alumnos que
_sacase la cara_ por ella, ya se creía capaz de hacer frente á la
pandilla de _Cuco_, el del muelle de las Naos, ó al rebaño de mozos más
aguerridos de Monte.
_Correrla_ entre nosotros, equivalía á pasar las horas de la cátedra
jugando á paso en el _Prado de Viñas_, ó pescando _luciatos_ en el
_Paredón_, ó acometiendo alguna empresa inocente en el _Alta_.
Correrla en compañía de un par de náuticos, era provocar á todo bicho
viviente, hundir á _cales_ cuanto sombrero alto se viese sobre cabeza de
aldeano, llegar á regiones inexploradas, tocar todo lo prohibido, buscar
por entradas difíciles salidas imposibles, volver, en fin, á casa
desgarrados y sucios, muertos de fatiga, cubiertos de cardenales y
sangrando por las narices.
Pero por más que entre los filósofos y los náuticos hubiese algunas
individualidades unidas por vínculo amistoso, colectivamente las clases
eran incompatibles; se repelían entre sí, se separaban como el agua y el
aceite. Por supuesto, que allí el aceite eran los náuticos; es decir,
los que siempre quedaban encima.
Para ellos no había conserje, cargos ni títulos dignos de su
consideración, y pasaban por en medio del mismísimo claustro de
profesores, sin ocurrírseles llevar la mano á la visera por vía de
saludo. Sólo temían y respetaban, y hasta querían, á su propio
catedrático, el que ya no existe, don Fernando Montalvo.
Este inflexible, recto é ilustradísimo profesor, parecía nacido para
domar aquella raza especial de estudiantes. Su vastísima instrucción, su
carácter un tanto excéntrico, su proverbial voluntad de hierro, su
continente severo é impasible, le investían en cátedra de cierta
majestad _sui géneris_, contra la que rara vez osaba rebelarse el alumno
más díscolo. Sobre su mesa y bajo su mano, el reglamento disciplinario
del Instituto adquiría todo el color de las terribles _Ordenanzas de
mar_. ¡Ay del que infringiera sus bases! Así se hacía respetar. Su mayor
deleite era enseñar lo mucho que él sabía, estudiar para saber más, y
dar un estrecho abrazo, á vuelta de viaje, á un discípulo suyo. Así se
hacía querer.
Con este método, su pequeña república era una balsa de aceite; mas
cuando, por una rara casualidad, dejaba de serlo, yo no sé á qué
comparar el aspecto que tomaba la cátedra, sino al de una jaula de
leones en el momento en que el terrible y severo domador esgrime entre
ellos el sangriento látigo, y los humilla y arrincona amontonados y
gruñendo. Temblaban los cristales, rompíanse los bancos, y el suelo se
conmovía. No era de envidiar la situación del bedel á quien se
encomendaba el peligroso encargo de encerrar en el _número once_ á los
condenados á este castigo después de la refriega. Por eso, toda atención
con ellos le parecía poca antes de dar vuelta á la llave que los
aseguraba.
En cambio, se la echaba de autoridad inexorable con nosotros, que
marchábamos al calabozo como borregos al corral. ¡Así son las cosas de
este pícaro mundo!
Concluídos sus estudios preparatorios en el Instituto, y después de
hacer su primer viaje en calidad de _agregado_, era cuando dejaba el
náutico este nombre y tomaba el de _marino_, con todos los honores
inherentes á la categoría.
Á su retorno era la envidia de los humanistas, no por lo que había
navegado, ni por lo que había visto, ni por lo que le habían engordado
los puños y crecido las barbas, ni por el ruido sordo que al andar
producía con las botas de agua, sino porque traía la _picadura_ de la
Habana á granel en los bolsillos del chaquetón, y para hacer un cigarro
derramaba en el suelo tabaco para otros dos.
Recordarle en tales momentos antiguos títulos de amistad, era todo
nuestro afán, y hallar su memoria accesible á los evocados recuerdos, el
mejor negocio para nosotros, condenados á fumar anís á pasto, y, lo que
aún era peor, los pitillos de cinco al cuarto que vendía _Godos_ en la
subida de los Remedios; pitillos que transcendían á demonios desde media
legua, y lo mismo tumbaban chicos que cañas un vendaval recio.
Tras el puñado de tabaco y la caricia subsiguiente, que era un
_coquetazo_ que nos hacía ver las estrellas, venía la convidada en el
café de _La Marina_, que ya no existe, ni tampoco la casa en que se
hallaba en la calle del Arcillero.
El marino se atizaba, de dos sorbos, una copa de ron ó de Ginebra;
nosotros libábamos otra de licor de _rosa_, mojando en ella, con mucho
pulso, un canutillo de á dos cuartos.
Durante los tragos, los mordiscos al pastel y las chupadas á los
cigarros, el convidante narraba sus primeras borrascas en la mar y sus
aventuras en los puertos.
Por de contado que la noche antes del día en que se hizo á la vela para
Santander, armó con otros camaradas de profesión la gran _culebra_, en
la cual hubo todo aquello de echar los muebles á la calle, entrar la
policía, apagar la luz, saltar por la ventana, cerrar la puerta por
fuera, tirar la llave á la alcantarilla, etc., etc.
Y debía de ser verdad, porque las que armaba aquí se le parecían mucho.
Si al salir de casa encontraba usted un sereno con un ojo borrado, los
cristales de un café hechos trizas, las puertas de una taberna fuera de
quicio, cambiados los letreros de las tiendas de una calle, de modo que
sobre una botica se leyese, por ejemplo: _Quincalla y clavazón_, y sobre
una ferretería _Almacén de comestibles_; si con algo de esto, ó con todo
ello junto, ó con mucho más, se encontraba usted, repito, al salir de su
casa, y preguntaba por los autores de las fechorías,
--«Los marinos»--le respondían al punto.
Quiénes, de los conocidos en el pueblo, no había para qué inquirir. ¿Qué
más daba? Todos eran lo mismo....
Por aquel entonces se habló mucho en Santander de la _Berrona_, que
salía todas las noches, á las altas horas, no se sabía de dónde, y
recorría varias calles determinadas. La Berrona era un animal, un
fantasma ó un demonio muy grande, con dos ojos como dos hogueras, muchos
pies y dos cuernos muy largos y muy derechos. Al andar hacía un ruido
como de cadenas y cacerolas de latón que chocasen entre sí, y lanzaba
_berridos_ tremebundos, muy roncos y muy lentos, como las notas del
piporro en las procesiones de la catedral.
Las comadres, al sentirla de lejos, trancaban las puertas; los chicos
soñaban con ella, y los mismos serenos, que han sido aquí siempre
hombres muy templados, al atisbarla en lontananza, hacían como que no
habían visto nada y se iban por otra calle opuesta.
Pues, señor, la cosa llegó á excitar vivamente la atención de la
autoridad, y el miedo del barrio rayó en espanto; la Berrona seguía, sin
embargo, haciendo todas las noches su horripilante procesión.--Que la
van á coger, que ya se sabe de dónde sale, que es de carne, que es un
espíritu, que muerde, que cocea, que busca chiquillos para sacarles el
sebo, que los serenos, que la policía, que cazarla á tiros ... y nadie
se atrevía á pedirle el pasaporte.
Al cabo, la delación de un pinche de billar _hizo luz_ en el horrible
caos, y el misterio se aclaró. ¿Saben ustedes lo que era la Berrona? Una
docena de marinos que salían de un café muy popular en Santander, por
lo antiguo y por lo especial de su parroquia (el cual café no nombro
porque aún se conserva tan boyante como entonces, aunque más
_tabernizado_); una docena de marinos agrupados de cierta manera y
tapados hasta la rodilla con el paño de cubrir la mesa de billar del
susodicho café. Los ojos del fantasma eran dos linternas, los cuernos
dos tacos, y la causa del ruido metálico, una batería completa de
cocina, bien manejada debajo del paño. En cuanto á los berridos, un
amigo mío, que por cierto no era marino, aunque formaba con ellos muchas
veces, sabía darlos como el mejor piporro; los marinos de la Berrona no
hacían más que acompañarle en el tono que podían.
Aunque el marino era con frecuencia perteneciente á las principales
familias de la población, no había que buscarle en la Alameda, ni en el
salón del Suizo, ni en los bailes de formalidad. Semejantes atmósferas
le asfixiaban. Sus terrenos preferidos eran los cafés de segundo orden y
todas las calles de la población, siendo de noche. Como extraordinarios,
las romerías cercanas y los jaleos de las sociedades _Sin nombre, Unión
soltera_ y otras _ejusdem farinoe_.
En los cafés jugaba al billar ó al dominó, aunque prefería el papel de
espectador, con el santo fin de divertirse á costa de algún jugador
distraído ó atrabiliario.
En las calles, ya conocemos el género de las diversiones á que se
dedicaba.
En las romerías, indispensablemente había de pegarse de cachetes con los
_zapateros_.--«Los zapateros» eran entonces otro gremio especialísimo
que no comprendía, según la acepción popular del título, á todos cuantos
machacaban suela y tiraban del cabo, así en un portal como detrás de una
vidriera. El tipo del individuo de ese gremio era un joven de pelos y
bigotes erizados, pálido de cutis, hundido de vientre, con las manos muy
sucias, chaquetilla á media espalda, pantalón de campana, gorrita en la
cabeza, sin chaleco y con la camisa muy sacada sobre la cintura. Los
zapateros frecuentaban todos ó la mayor parte de los sitios de recreo de
los marinos, por lo mismo que éstos, dondequiera que los hallaban, los
abrasaban á epigramas y los acribillaban á burlas de todos géneros. De
aquí la tirria que se profesaban y los bofetones que se sacudían.
En las sociedades á las que, como se ha dicho, concurría alguna vez el
marino, no bailaba ni enamoraba. Lo mismo que en los demás teatros en
que le hemos visto, en aquéllas su único afán era _armarla_ ... mejor
cuanto más gorda. Si por epílogo había bofetadas, retemejor.
Precisamente el esgrimir los puños era, como se habrá observado, su gran
delicia.
De ordinario usaba un lenguaje especialísimo, un _caló_, digámoslo así,
que en nada se parecía al de los demás marinos de la tierra, entre
quienes es cosa corriente aplicar á todo el tecnicismo náutico. No
llamaba á nadie ni á nada por su nombre verdadero, y los que usaba en
sustitución, tomados del lenguaje popular de Santander, eran en alto
grado expresivos y adecuados.
--Vengo de casa del señor de _Viruta_--decía, por ejemplo, muy serio.
Y usted, que no conocía á semejante persona, se devanaba los sesos
inútilmente por averiguar quién era, hasta que el otro, extrañándose de
tanta torpeza, le decía que el señor de Viruta era Fulano de Tal. Y
entonces tenía usted que soltar la carcajada, porque Fulano de Tal era
un carpintero, largo, seco y doblado, casi enroscado, como las cintas de
madera ó virutas que sacaba con su garlopa.
Refiriendo una _rumantela_, y ponderando una bofetada que en ella había
dado, decía, verbigracia:
--Vamos, que _le casqué la sopera_.
Lo cual significaba que había abierto la cabeza á su contrario.
--Saca esa _cerraja_--decía aludiendo al reló que uno llevaba en el
bolsillo, para que se mirase en él la hora.
Si se quejaba de la _caldera_, debía entenderse que le dolía el
estómago.
Para los vocablos _finos_ era aún más original. Los usaba de los más
exquisitos, á juzgar por la eufonía, tanto, que para convencerse de que
muchos de ellos eran rematados desatinos, había que analizarlos muy al
por menor. No tenía acopio hecho de estos términos; pero sí una
facilidad asombrosa, una especie de máquina para producirlos cuando los
necesitaba. Ejemplo al canto.
Salía yo una noche del teatro; y, como rapaz que á la sazón era,
caminaba más que de prisa, casi asustado de verme fuera de mi casa á
horas tan avanzadas; como que quizás era aquélla la vez primera que yo
las oía sonar hallándome al raso. Pisaba yo recio y menudito saboreando
_in mente_ los episodios de la comedia que acababa de ver, cuando al
entrar en la calle de la Blanca sacáronme de mis meditaciones fuertes y
descompasados gritos que daban dos hombres riñendo en uno de los
extremos de la calle. Paréme á escuchar, no sé si por miedo ó por
prudencia, y al punto conocí la voz de uno de ellos, marino de
profesión, aún no piloto, y que más de dos veces me había honrado en el
Instituto con sus testimonios de cariño á su manera. Llegaba la
refriega á su desenlance, cuando de ella me enteré yo. Y dijo la voz que
me era desconocida, á vueltas de algunas interpelaciones cáusticas y
violentas de ambas partes:
--¡Á mí no me venga usted con _cacofonías_!
Y respondió en el acto la voz que yo conocía, en un tono que tanto
picaba en burlón como en iracundo:
--¡Ni usted á mí con términos _fisimánicos_!
En seguida se oyó, retumbando en la calle solitaria, el ruido de una
sublime bofetada, y el de un hombre que cae al suelo, rompiendo, _al
pasar_, con la cabeza, el tablero de una tienda, ó cosa así.
Conociendo, como yo conocía, al _uno_, no era muy aventurado creer que
el derribado por la bofetada tenía que ser el _otro_, por recio que
fuese. Sin embargo, para cerciorarme del todo, á pesar del miedo que
tenía, acerquéme al lugar de la catástrofe, y encontré el cuadro como yo
me lo imaginaba; sólo que entonces conocí también al caído, gran pedante
y muy trapisondista.
Ahora bien: ni ustedes, ni yo, ni el que lo dijo, sabemos lo que
significa la palabra _fisimánicos_. Pero á él le habían amenazado con
_cacofonías_, y necesitaba responder con _algo_ que sonase aún mejor y
largó _fisimánicos_, y por si aún era poco, la bofetada que, como él
decía, nunca estaba de más.
Con narrar ya algunos capítulos de la vida y milagros de este marino,
que mucho ha es capitán y buen amigo mío, saldría muy á mi placer de la
tarea en que estoy empeñado, puesto que él ha sido el modelo más
perfecto de la figura que voy garrapateando; pero me temo que no había
de agradarle la exhibición de esos detalles de su legítima pertenencia.
Harto satisfecho me juzgaré si me perdona la frescura con que he sacado
á relucir, de golpe y porrazo, el que él sacudió en la calle de la
Blanca sobre su _cacofónico_ adversario, que ya no existe, razón por la
cual no solicito también su indulgencia.
Era cosa de caérsele á uno la baba el oir á dos marinos hablar entre sí
en el caló, cuyas muestras he presentado; y si la conversación versaba
sobre costumbres de lejanos países, como la costa de África, adonde iban
algunos, ó Sierra-Leona, adonde _los llevaban_ los cruceros ingleses,
había para desternillarse de risa.
Diera yo aquí de buena gana un modelo de esos diálogos ó de esas
relaciones; pero me abstengo de hacerlo, porque no puedo copiar junto á
las palabras los ademanes, las inflexiones de la voz, la expresión de
los ojos ... y la de las manos; sí señor, la de aquellas manos
robustas, velludas, entreabiertas siempre y accionando de un modo tan
pintoresco como elocuente. Tampoco me sería lícito, ni conveniente, la
reproducción de ciertas interjecciones indispensables para el colorido,
ni podrían pasar muchas comparaciones, llenas, por otra parte, de gracia
y de verdad.--Suplan, pues, esta omisión con su propia memoria aquellos
de mis lectores que conocieron el tipo, y los que no, perdónenmela en
gracia del motivo que me obliga á incurrir en ella.
Deteniéndose un momento á considerar los gustos y las inclinaciones de
un marino en los ejemplos que dejo citados y en otros del mismo género,
que no consigno por muchas razones á cual más atendible, hay que
convenir en que había en su carácter mucho de pueril; era ni más ni
menos que un muchacho con barbas y mucha fuerza; inquieto, enredador,
caprichoso, alegre, indiferente á todos los sucesos del mundo, y apegado
con invencible pasión á las calles, á los tipos, á las costumbres de su
pueblo natal. Por él suspiraba en Londres, y en Nueva York, y en los
puertos más concurridos y llenos de maravillas. En el mismo
Convent-Garden recordaba con envidia los tinglados de volatines del
Juego de pelota, y daba todos los primores artísticos ó industriales que
se le pusieran delante, por el sublime placer de pegar una soba á
_Capa-rota_, ó un par de escobazos en la cara al pinche de la taberna
del _Tío Pío_ cuando la sacase por el ventanillo, á las altas horas de
la noche, para responder á la voz traidora que desde la calle le había
pedido medio de anisete. Le llamaba más la atención las barracas
hediondas del muelle _Anaos_ que los grandes docks del Támesis; y
acordándose de la romería del Carmen, era capaz de echarse á llorar en
medio de Hyde-Park, si en él se encontraba el domingo siguiente al día
15 de Julio.
Figúrense ustedes lo que sería este hombre cuando hallaba en
_extranjis_, como él decía, un paisano suyo. Para _correrla_ con él, le
parecía poco el mundo entonces, y aun se creía capaz de arremeter con
éxito á una escuadra de polizontes.
Por eso prefería los viajes á la Habana. Allí tenía un amigo de la
infancia en cada esquina, y mientras estaba con ellos gozaba á sus
anchas, porque podía comer, hablar y _armarlas_ al estilo de Santander.
Así se conservaba este tipo, íntegro en todos sus detalles, hasta que
ascendía á capitán. Entonces, empezando por largar el chaquetón y por
vestirse la levita de paño fino, y por echarse el gran reló y la no
pequeña cadena de oro, y hasta el odiado sombrero de copa, como hombre
á quien se encomendaban intereses cuantiosos con absoluta confianza,
revestíase de formalidad y desaparecía casi por completo de la escena en
que le hemos estudiado.
Decir al lector que hombres de semejante temple eran en la mar modelos
de arrojo y valor, lo creo excusado.
Quizá sepa también por la fama, y si no lo sabrá ahora, que esta
casualidad no era la única prenda que los adornaba como marinos;
realzábanlos más y más su rara inteligencia en la profesión azarosa, y
un corazón generoso que siempre los tenía dispuestos á sacrificar su
vida por la del último grumete de á bordo.
Hacia el año 50, época en que empezaron á transformarse radicalmente las
costumbres populares de Santander, fué cuando el marino acabó de perder
sus detalles típicos.
Desde entonces acá, á los que le han ido sucediendo en las diversas
jerarquías de la carrera, confundidos en el porte y la conducta con las
demás clases sociales de levita y sombrero de copa, apenas se les
distingue en el paseo ó en los salones por lo atezado del rostro ó la
pesadez de las manos.
Y la súbita metamorfosis ha sido tan profunda, que llega hoy hasta las
mismas raíces de la clase.
Más de dos veces he ido al Instituto, en estos últimos años, con el
solo intento de contemplar el tipo del antiguo náutico: no he podido
hallarle. Los alumnos de esta escuela, ni en figura, ni en porte, ni en
costumbres, se distinguen ya de los rapazuelos humanistas con quienes se
asocian tan íntimamente como dos gotas de agua.
Como no es de mi incumbencia averiguar el porqué de las personas y de
las cosas que expongo en mi pobre galería, dejo al filósofo lector la
tarea de explicar ese fenómeno de transformación, que consigno como un
hecho notorio.
Sin embargo de lo dicho sobre semejante cambio, los marinos actuales que
proceden de la partida de la Berrona y de otras sus coetáneas, aún
conservan, para un ojo práctico, ciertos resabios de aquella época;
examinándolos con cuidado, aún se ve asomar bajo sus hábitos nuevos la
hilaza del antiguo chaquetón de paño pardo; aún hablan como entonces si
se les sabe tirar de la lengua, y es cosa probada que toman de mejor
gana una cazuela de sardinas en la taberna de Regatillo, que un biftec
en el _restaurant_ del _Occidente_. Seguro estoy de que no me desmentirá
el aserto mi amigo el de la consabida nocturna bofetada _fisimánica_.
¡Cuántos ratos deliciosos suele éste proporcionarme sin percatarse de
ello, con sus narraciones de pura casta! ¡Con qué fruición, pueril
quizá, pero disculpable, me digo después de oirle:--«Aún queda _un
marino_!...» ¡Y qué tentaciones me acometen otra vez de publicar aquí
algunas de esas narraciones!
Para no incurrir en semejante pecado, cierro el registro con un punto
final..., más no sin dejar consignada antes, y como un acto de justicia,
la siguiente declaración:
Los marinos de Santander, al vestirse la levita de hoy, no se han dejado
la abnegación, la pericia, ni el heroísmo, en el burdo chaquetón de
ayer.
1869.