I
Desde luego advierto al lector que esta fecha no viene aquí con la
pretensión de figurar entre las muy justamente célebres que guardan los
fastos españoles, ni pertenece siquiera al catálogo de esas otras de
flamante cuño que, no mereciendo, por ningún estilo, que la imparcial
severa Historia las registre en sus páginas, andan indocumentadas
pidiendo hospitalidad de puerta en puerta y rebotando de periódico en
periódico, á manera de proyectil elástico. Hablo de los _diez de abril_,
_tres de octubre_, _siete de julio_ _veintinueve de septiembre_, y otras
_ejusdem farinoe_, no menos zarandeadas, en estos tiempos que corremos,
por los campeones de la política militante, ya como gloria, ya como
afrentas.
Tampoco se halla impresa en ninguna parte con sangre de _libres_ ni de
_esclavos_, ni recuerda patíbulos, ni asonadas, ni siquiera un mal
cintarazo. Por tanto, no aspira á que _el país_ la recuerde sólo con que
yo se la cite. Más humilde en su origen y en sus aspiraciones, se cree
muy honrada con que unos cuantos pueblos de la Montaña y yo la evoquemos
con inocente complacencia: ellos, por lo que afecta á sus caros
intereses: yo, por el que me tomo siempre en cuanto sirve de
satisfacción á los demás.
Es, pues, el caso de que los labradores ganaderos de la parte central de
la provincia, cuando llega el mes de mayo, no solamente no tienen en el
pajar un pelo de yerba de la recogida en el agosto anterior, sino que
sus ganados han destrozado ya las mieses durante los meses de
_derrotas_, y han recorrido las sierras bajas, y han comido _escajo_,
picado á fuerza de ímprobos sudores, y han ido entresacando los
_herbalachos_ que crecen entre zarzas y matorrales, y hasta han roído el
césped de las lindes de los _camberones_. ¡Calcúlese cómo viviría el
ganado hasta el mes de agosto, época de la recolección y acopio de yerba
para el invierno, si no tuviera más recursos que los ordinarios de casa,
digámoslo así!
Por fortuna de los pobres animales, hay en esta provincia, sobre su
parte más elevada, entre Campóo, Cabuérniga y Polaciones, unos pastos
en los puertos de Lodar, Peñalabra, Palombera, Brañamayor y otros, que
están diciendo «pacedme»; y á pacerlos van desde junio á octubre, los
ganados, _ó cabañas_, de varios pueblos de la indicada región, que están
en pleno goce de ese privilegio.
De qué procede éste, y por qué le tienen unos pueblos y otros no, lo
ignoro absolutamente. De cuándo data, tampoco es fácil decirlo. No sé
más sino que, en cierta ocasión, el Concejo de Vioño, uno de los
privilegiados, tuvo necesidad de reivindicar su derecho, y siguió un
pleito con los Concejos _altos_ que se le negaban, ante la Real
Chancillería de Valladolid, la cual le sentenció en el año de 1630. Yo
he visto esos autos, y según ellos, alegaban los de Vioño «estar en
quieta, pacífica posesión de lo hacer é gozar libremente con los dichos
sus ganados á ciencia y paciencia de las partes contrarias, de uno,
diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta..., ciento y más años; y de
tantos, _que en memoria de hombre no era en contrario_». ¡Figúrense
ustedes si será antigua la costumbre!
La Real Chancillería mantuvo al Concejo querellante en su derecho «de
llevar su cabaña _con palos, pastores, perros y cencerros, á pacer las
yerbas y beber las aguas, seleando y majadeando_, á los sitios de Bus
Cabrero, Bustamezán, Cueto de Espinas, etc., etc....»
Idéntico y tan antiguo privilegio es el que disfrutan los demás Concejos
sobre éstos y otros puertos. Puedo ofrecer al lector la lista de todos
los privilegiados. Se la debo á un anciano de uno de ellos, hombre que
sabe de memoria las ordenanzas del caso (pues no las conserva escritas
aquel archivo municipal) y es quien resuelve las dudas y conoce
prácticamente hasta los linderos de los puertos. Allá va, pues, la lista
aunque no me la agradezca nadie: Barcenaciones, Bustablado, Cerrazo,
Cohicillos, Cóo, Helguera, La Busta, La Montaña, Los Corrales, Llano,
Mercadal, Novales, Oreña, _Polanco_, Quijas, Reocín, Rudagüera, Ruiloba,
San Mateo, Somahoz, Tanos, Tarriba, Toporias, Treceño, Udías, Valle,
Valle de Cabezón, Viérnoles, Vioño y Zurita.
En cambio del disfrute de los puertos altos por las cabañas de estos
Concejos, durante determinados meses del verano, pesa sobre ellos un
casi imaginario y levísimo gravamen. De uno de los Concejos me consta
que solo está obligado, en el caso en que las nieves fuesen tan copiosas
y duraderas en los altos que, consumida la _ceba_[13] de los
_invernales_[14], tuvieran aquellas cabañas que emigrar á los bajos
(caso que aún está por ver) á dar dos haces de puntas secas de maíz por
cada res, y á sacar su carro cada vecino, durante la noche, al corral, á
fin, sin duda, de que el ganado inmigrante pueda guarecerse en los
soportales, ó en los cobertizos desalojados.
En el mismo caso de emigración forzosa, las cabañas de Campóo y
Polaciones tienen á su disposición, durante la primavera, _seles_ en los
montes comunes de abajo, mientras dure la nieve arriba; pero á condición
de que no han de pasar las cabañas de los términos más próximos á la
nieve.
En previsión, sin duda, de tal necesidad, los vecinos del Concejo de
Udías no pueden cortar en sus heredades (no deben, á lo menos) los
tallos secos del maíz hasta marzo.
Como algunas cabañas no tienen pasto bastante en los puertos que
disfrutan por derecho propio, los Concejos á que aquéllas pertenecen
toman en arriendo otros por un tiempo determinado, pero con formalidades
y garantías harto modernas y prosaicas, y á pagar en moneda sonante.
Estos pagos se hacen recaudando el Concejo á razón de un tanto por cada
res que disfruta del puerto; y para entender en estos asuntos hay en
cada pueblo un concejal que se llama _alcalde de cabaña_, á cuyo cargo
está, por ende, cuanto se refiere á los pastores, al toro y á los
perros. Bueno es advertir también que las soldadas de los primeros se
pagan, como los puertos, por los dueños del ganado que los disfruta.
Ocho ó diez días antes del de San Antonio, es decir, del 13 de Junio,
van los pastores de casa en casa con dos marcos de hierro, en uno de los
cuales está el nombre completo del pueblo en letras pequeñas, y en el
otro la inicial del mismo de gran tamaño, tomando nota de las cabezas de
ganado que han de ir al puerto, y de las que de éstas se hallen sin
marcar. Si las que están en este caso tienen astas, se aplica á una de
ellas el primer marco enrojecido al fuego; si no las tienen todavía, se
las tumba en el suelo, y con el marco segundo, chisporroteando, aplicado
á la nalga derecha, se les hace dar cada berrido de dolor, y se levanta
un tufillo de carne asada, que no hay más que pedir.--De paso averiguan
los pastores cuál es la vaca más fuerte y más garbosa para ponerle al
pescuezo el _campano del lugar_, ó sea el cencerro más grande de los
diez ó doce que tiene el Concejo para que la cabaña se luzca con ellos
por esas brañas de Dios. Obtener para su vaca el campano del lugar es el
más alto honor que en casos tales puede alcanzar el dueño de ella, razón
por la que hay cada intriga que canta el credo al llegar el momento de
elegir un cuello para el sonoro colgajo.
Al amanecer del día de San Antonio se colocan los pastores con el toro y
los perros en un punto convenido, acude á él cada vecino con el ganado
que quiere enviar al puerto; y formada de este modo la cabaña, hala que
te vas, comienza á marchar en busca de Peñalabra ó Palombera, los cuales
puertos no encuentra sino después de haber estado por espacio de tres
días anda que te anda y sube que te sube, al son de los cencerros y al
de los elocuentísimos jujeos y silbidos de los pastores.
Y aquí la dejamos, por no necesitarla para nuestro objeto, hasta _el día
4 de octubre_ siguiente, día en el cual llega infaliblemente al punto en
que se formó[15]; con el cual dato queda suficientemente aclarada la
significación del título que precede á estos párrafos, y dicho que
estamos, aunque tarde, de patitas en el asunto.