Esperábannos ya alrededor de la mesa mi tía, mis dos primitas, que, en
el vigor de la robustez y de la juventud, hubieran podido marear á un
estoico con algo menos de rubor y con un poco más de coquetería, y el
predicador que debía hacer el panegírico del santo aquel día. Era un
franciscano exclaustrado, párroco de uno de los pueblos inmediatos, y
orador de tanta fama en la comarca como pulmones.
Mi tío se honraba todos los años dándole de comer y de almorzar el día
de San Juan, y sus hijas le planchaban y rizaban la soprepelliz que se
vestía para predicar.
Pusiéronse encendidas como dos pimientos mis primitas al tener que
contestar á mi saludo; tendióme una gruesa, morena y áspera mano el
exclaustrado, abrazando en seguida á mi tío; y todos, en grata compañía,
nos sentamos á la mesa.
Sirviéronnos, primeramente, chocolate al exclaustrado y á mí, pues la
familia se despachó á su gusto con sendas cazuelas de sopas de leche. Y
dije «primeramente», porque el reverendo, después que con el último
sorbo estrepitoso, infinito, sublime, tirado al pocillo, apuró
«cuanto en el hondo cangilón había»,
acometió á las sopas de leche, haciendo en ellas él solo tanto estrago
como toda la familia junta. Después de la leche nos sirvieron vino
blanco con bizcochos, prototipo en las aldeas de digestivos y
confortantes, y cuyas virtudes se tienen en tanto, que lo mismo se
administra este agasajo á un moribundo que en una boda. Por ello tuve, á
mi pesar, que echarme al cuerpo mi ración correspondiente, pues
desairarla era, á lo que vi, la mayor ofensa que podía hacerse á la
rumbosa prodigalidad de mis tíos.
Concluído el almuerzo, llegó la hora de ir á misa; y al acercanos á la
iglesia, fuimos acometidos por una comparsa de danzantes, bajo cuyos
arcos tuvimos que pasar más de dos veces; honor tributado exclusivamente
á las notabilidades del pueblo, ó mejor dicho, á todas las personas que
podían dar algunas monedas de gratificación, en cambio de tan señalado
festejo.
Antes de la misa se llevó en solemne procesión al santo alrededor de la
iglesia, teniendo mi tío el honor, en compañía del alcalde y dos
regidores, de cargar con las andas. Dos mocetones, armados de escopetas,
abrían la marcha haciendo fuego, y un ciego gaitero acompañaba con su
ronco instrumento al señor cura en sus cánticos, á los que contestaba
todo el pueblo, de vez en cuando con un fervoroso _«ora pro nobis»_.
Empezada la misa, no cesaron los tiros en el portal de la iglesia, y la
gaita siguió tocando en el coro, acompañando á los cantores, entre los
cuales estaba mi tío, que era una especialidad para _echar_ la epístola.
Tocó su turno al predicador, cuyo sermón era el gran acontecimiento del
día. No diré que con muy brillantes formas, pero con un pulmón
admirable, con palabras sencillas y con una doctrina pura y llena de paz
y de consuelo, infundió tal entusiasmo en su auditorio, que, convertido
cada oyente en un héroe, hubiera seguido al franciscano ... hasta la
hoguera, jurando á Jesucristo y á San Juan. Líbreme Dios de no admirar
tanto fervor. ¡Ojalá tuviera cada aldea y en cada semana, por lo menos,
un orador de aquel género, que conservara viva y consoladora en el
pecho de los pobres aldeanos la fe de sus mayores! Con ella únicamente
son posibles la paz y la ventura entre tantas privaciones y miserias.
Los derechos políticos, la civilización _autonómica_, nunca producirán
entre ellos más que envidias y escisiones, hambre y desesperación. Ser
pobre y honrado es la mayor de las virtudes; y el pueblo, para ser
virtuoso, necesita, antes que derechos y títulos pomposos que le
ensoberbezcan, pan que le alimente y fe que le resigne al trabajo.
La misa fué, pues, de lo más solemne que era posible en semejantes
circunstancias; tan solemne, que duró dos horas. Mi cabeza, mi cuerpo
entero, lo recordará toda la vida.
Al llegar á casa, y después de felicitar sinceramente al exclaustrado
por su discurso, lo cual no dejó de envanecerle un poquillo por la razón
de gastar yo bigote y perilla y ser de la ciudad, nos sentamos alrededor
de la mesa que ya estaba preparada, y empezó la comida, previo
_benedicite_ del franciscano.
Nada de notable había en ella, lector, en cuanto á la calidad, que
merezca participársete, pero preciso es que sepas que en cuanto á la
cantidad..., ¡aquello tenía que ver! La sopera, llena hasta los bordes,
era poco menor que un barreño; las fuentes del potaje podían servir de
barcas en caudaloso río; el primer principio se componía de más de media
arroba de carne guisada; y cuando llegó el gallo en pepitoria, héroe del
banquete, acompañábanle, para hacerle honor, cuatro capones. De ellos se
nos sirvieron á los tres hombres á capón por barba, y se repartió el
cuarto entre las tres mujeres. Y lo de menos hubiera sido para mí
semejante alarde de prodigalidad, y hasta el acostumbrarme á ver sin
admiración cómo mi tío y el predicador engullían cuanto les ponían por
delante; pero lo terrible fué que me obligó á hacer lo mismo que ellos
la implacable oficiosidad de mi cara tía. Cedí con la sopa á los
reiteradísimos «ponte más, no lo desaires» con que me acosaba la buena
señora; y al tratar resueltamente de negarme á repetir de los potajes,
tal fué la insistencia de la familia entera, y tanto me solfearon que
despreciaba su _pobreza_, que por no sufrir tan inclemente machaqueo me
resolví, con la resignación de un mártir, á jugar la salud en aquel
lance; pero me fué imposible transigir con el capón: materialmente
estaba ya lleno, rebosando mi estómago. Para colmo de mi angustia, llegó
el _arroz con leche_, plantándoseme delante un plato sopero encogollado
«para mí solo».--«Y en acabándole, aquí tienes más»--añadió mi tía con
una sonrisa muy cariñosa, pero que me hizo temblar, horrorizado, al ver
la enorme fuente que señalaba con el dedo, colocada en el centro de la
mesa.--Afortunadamente, con la idea, nada más, de echarme al coleto
tanto engrudo, entráronme unos sudores, fríos como los de la muerte;
levantéme tambaleándome, llegué al corral..., y despojado el estómago
del peso que le oprimía, volví á la mesa, pero sin el consuelo de hacer
comprender á aquella buena gente la impertinencia de sus mal entendidos
obsequios. Mi tía; especialmente, achacaba el suceso, en tono de
resentimiento, á que no me gustaban los guisos que ella misma había
hecho. Luego vi que era imposible persuadir á aquellas benditas almas de
que puede un hombre hartarse una vez de sopa de fideos, de gallo en
pepitoria y de arroz con leche.
Concluyó por fin el banquete con vino blanco y bizcochos; y mientras el
fraile y mis tíos se fueron á dormir la siesta y mis primas á vestirse
para ir á vísperas, yo me largué al campo á tomar el aire, que buena
falta me hacía.
Dos horas después volvimos á la iglesia; sacaron otra vez al santo en
procesión, rezóse el rosario y nos fuimos á la romería, que se
desparramaba en una pradera inmediata á la iglesia. Hiciéronme ver uno
por uno todos los bailes: éste porque era de guitarra, el otro porque
era de pandereta, y por ser de gaita el de más allá. Compramos
avellanas, peras, cerezas y rosquillas en todos los puestos de la
romería, convidámonos recíprocamente la familia, el exclaustrado y yo;
vi un desafío á los bolos entre mozos de lugar y otros tantos
forasteros; oí los «¡vivas!» que nos echaron los danzantes,
encaramándose unos sobre otros hasta formar lo que ellos llaman
_castillo_, y los que también hubo para las demás personas que les
habían dado dinero; y volvimos á casa al anochecer, despidiendo al
predicador después de haber tomado chocolate y agua de limón todos
juntos, como si no hubiéramos comido al mediodía.
Una hora más tarde me llamaron á cenar. ¡Otra vez capón, otra vez
pepitoria y otra vez arroz con leche! Aquel cuadro me espantó. Fingíme
muy malo, y creo que lo estaba, dado que de susto también se enferme un
hombre, y me largué á la cama, donde tampoco fuí feliz, porque, apenas
me hube dormido, comencé á soñar que comía capón, pepitoria y arroz con
leche. Desperté, volví á dormir, y torné á despertar y á dormir otra vez
y otras ciento, y siempre veía el repleto cucharón de mi tía
persiguiéndome y llenando los claros que yo iba haciendo en los platos
que me servían sin cesar. En esta lucha cruel me cogió el alba. Salté de
la cama, vestíme; y, desayunándome de prisa, corrí á despedirme de la
familia que había madrugado más que yo. Agradecí á mis buenos parientes,
con toda mi alma, la sinceridad con que me brindaban su casa y su
cariñosa asistencia por algunos días más; sentí de veras que perentorias
ocupaciones me impidieran complacerlos, pues cariño hacia ellos me
sobraba; disculpéme lo mejor que supe, monté á caballo; y llenos los
bolsillos, la maleta y las pistoleras de fruta y de rosquillas que me
hicieron tomar á última hora, partí hacia la ciudad, prometiéndome á mí
mismo solemnemente, y lo he cumplido, que si alguna vez volviera al
campo había de ser en días hábiles y normales, y en manera alguna en los
que, como el de San Juan citado, se llaman, con sobrada razón, en mi
tierra, de _arroz y gallo muerto_.