II

Esperábannos ya alrededor de la mesa mi tía, mis dos primitas, que, en

el vigor de la robustez y de la juventud, hubieran podido marear á un

estoico con algo menos de rubor y con un poco más de coquetería, y el

predicador que debía hacer el panegírico del santo aquel día. Era un

franciscano exclaustrado, párroco de uno de los pueblos inmediatos, y

orador de tanta fama en la comarca como pulmones.

Mi tío se honraba todos los años dándole de comer y de almorzar el día

de San Juan, y sus hijas le planchaban y rizaban la soprepelliz que se

vestía para predicar.

Pusiéronse encendidas como dos pimientos mis primitas al tener que

contestar á mi saludo; tendióme una gruesa, morena y áspera mano el

exclaustrado, abrazando en seguida á mi tío; y todos, en grata compañía,

nos sentamos á la mesa.

Sirviéronnos, primeramente, chocolate al exclaustrado y á mí, pues la

familia se despachó á su gusto con sendas cazuelas de sopas de leche. Y

dije «primeramente», porque el reverendo, después que con el último

sorbo estrepitoso, infinito, sublime, tirado al pocillo, apuró

«cuanto en el hondo cangilón había»,

acometió á las sopas de leche, haciendo en ellas él solo tanto estrago

como toda la familia junta. Después de la leche nos sirvieron vino

blanco con bizcochos, prototipo en las aldeas de digestivos y

confortantes, y cuyas virtudes se tienen en tanto, que lo mismo se

administra este agasajo á un moribundo que en una boda. Por ello tuve, á

mi pesar, que echarme al cuerpo mi ración correspondiente, pues

desairarla era, á lo que vi, la mayor ofensa que podía hacerse á la

rumbosa prodigalidad de mis tíos.

Concluído el almuerzo, llegó la hora de ir á misa; y al acercanos á la

iglesia, fuimos acometidos por una comparsa de danzantes, bajo cuyos

arcos tuvimos que pasar más de dos veces; honor tributado exclusivamente

á las notabilidades del pueblo, ó mejor dicho, á todas las personas que

podían dar algunas monedas de gratificación, en cambio de tan señalado

festejo.

Antes de la misa se llevó en solemne procesión al santo alrededor de la

iglesia, teniendo mi tío el honor, en compañía del alcalde y dos

regidores, de cargar con las andas. Dos mocetones, armados de escopetas,

abrían la marcha haciendo fuego, y un ciego gaitero acompañaba con su

ronco instrumento al señor cura en sus cánticos, á los que contestaba

todo el pueblo, de vez en cuando con un fervoroso _«ora pro nobis»_.

Empezada la misa, no cesaron los tiros en el portal de la iglesia, y la

gaita siguió tocando en el coro, acompañando á los cantores, entre los

cuales estaba mi tío, que era una especialidad para _echar_ la epístola.

Tocó su turno al predicador, cuyo sermón era el gran acontecimiento del

día. No diré que con muy brillantes formas, pero con un pulmón

admirable, con palabras sencillas y con una doctrina pura y llena de paz

y de consuelo, infundió tal entusiasmo en su auditorio, que, convertido

cada oyente en un héroe, hubiera seguido al franciscano ... hasta la

hoguera, jurando á Jesucristo y á San Juan. Líbreme Dios de no admirar

tanto fervor. ¡Ojalá tuviera cada aldea y en cada semana, por lo menos,

un orador de aquel género, que conservara viva y consoladora en el

pecho de los pobres aldeanos la fe de sus mayores! Con ella únicamente

son posibles la paz y la ventura entre tantas privaciones y miserias.

Los derechos políticos, la civilización _autonómica_, nunca producirán

entre ellos más que envidias y escisiones, hambre y desesperación. Ser

pobre y honrado es la mayor de las virtudes; y el pueblo, para ser

virtuoso, necesita, antes que derechos y títulos pomposos que le

ensoberbezcan, pan que le alimente y fe que le resigne al trabajo.

La misa fué, pues, de lo más solemne que era posible en semejantes

circunstancias; tan solemne, que duró dos horas. Mi cabeza, mi cuerpo

entero, lo recordará toda la vida.

Al llegar á casa, y después de felicitar sinceramente al exclaustrado

por su discurso, lo cual no dejó de envanecerle un poquillo por la razón

de gastar yo bigote y perilla y ser de la ciudad, nos sentamos alrededor

de la mesa que ya estaba preparada, y empezó la comida, previo

_benedicite_ del franciscano.

Nada de notable había en ella, lector, en cuanto á la calidad, que

merezca participársete, pero preciso es que sepas que en cuanto á la

cantidad..., ¡aquello tenía que ver! La sopera, llena hasta los bordes,

era poco menor que un barreño; las fuentes del potaje podían servir de

barcas en caudaloso río; el primer principio se componía de más de media

arroba de carne guisada; y cuando llegó el gallo en pepitoria, héroe del

banquete, acompañábanle, para hacerle honor, cuatro capones. De ellos se

nos sirvieron á los tres hombres á capón por barba, y se repartió el

cuarto entre las tres mujeres. Y lo de menos hubiera sido para mí

semejante alarde de prodigalidad, y hasta el acostumbrarme á ver sin

admiración cómo mi tío y el predicador engullían cuanto les ponían por

delante; pero lo terrible fué que me obligó á hacer lo mismo que ellos

la implacable oficiosidad de mi cara tía. Cedí con la sopa á los

reiteradísimos «ponte más, no lo desaires» con que me acosaba la buena

señora; y al tratar resueltamente de negarme á repetir de los potajes,

tal fué la insistencia de la familia entera, y tanto me solfearon que

despreciaba su _pobreza_, que por no sufrir tan inclemente machaqueo me

resolví, con la resignación de un mártir, á jugar la salud en aquel

lance; pero me fué imposible transigir con el capón: materialmente

estaba ya lleno, rebosando mi estómago. Para colmo de mi angustia, llegó

el _arroz con leche_, plantándoseme delante un plato sopero encogollado

«para mí solo».--«Y en acabándole, aquí tienes más»--añadió mi tía con

una sonrisa muy cariñosa, pero que me hizo temblar, horrorizado, al ver

la enorme fuente que señalaba con el dedo, colocada en el centro de la

mesa.--Afortunadamente, con la idea, nada más, de echarme al coleto

tanto engrudo, entráronme unos sudores, fríos como los de la muerte;

levantéme tambaleándome, llegué al corral..., y despojado el estómago

del peso que le oprimía, volví á la mesa, pero sin el consuelo de hacer

comprender á aquella buena gente la impertinencia de sus mal entendidos

obsequios. Mi tía; especialmente, achacaba el suceso, en tono de

resentimiento, á que no me gustaban los guisos que ella misma había

hecho. Luego vi que era imposible persuadir á aquellas benditas almas de

que puede un hombre hartarse una vez de sopa de fideos, de gallo en

pepitoria y de arroz con leche.

Concluyó por fin el banquete con vino blanco y bizcochos; y mientras el

fraile y mis tíos se fueron á dormir la siesta y mis primas á vestirse

para ir á vísperas, yo me largué al campo á tomar el aire, que buena

falta me hacía.

Dos horas después volvimos á la iglesia; sacaron otra vez al santo en

procesión, rezóse el rosario y nos fuimos á la romería, que se

desparramaba en una pradera inmediata á la iglesia. Hiciéronme ver uno

por uno todos los bailes: éste porque era de guitarra, el otro porque

era de pandereta, y por ser de gaita el de más allá. Compramos

avellanas, peras, cerezas y rosquillas en todos los puestos de la

romería, convidámonos recíprocamente la familia, el exclaustrado y yo;

vi un desafío á los bolos entre mozos de lugar y otros tantos

forasteros; oí los «¡vivas!» que nos echaron los danzantes,

encaramándose unos sobre otros hasta formar lo que ellos llaman

_castillo_, y los que también hubo para las demás personas que les

habían dado dinero; y volvimos á casa al anochecer, despidiendo al

predicador después de haber tomado chocolate y agua de limón todos

juntos, como si no hubiéramos comido al mediodía.

Una hora más tarde me llamaron á cenar. ¡Otra vez capón, otra vez

pepitoria y otra vez arroz con leche! Aquel cuadro me espantó. Fingíme

muy malo, y creo que lo estaba, dado que de susto también se enferme un

hombre, y me largué á la cama, donde tampoco fuí feliz, porque, apenas

me hube dormido, comencé á soñar que comía capón, pepitoria y arroz con

leche. Desperté, volví á dormir, y torné á despertar y á dormir otra vez

y otras ciento, y siempre veía el repleto cucharón de mi tía

persiguiéndome y llenando los claros que yo iba haciendo en los platos

que me servían sin cesar. En esta lucha cruel me cogió el alba. Salté de

la cama, vestíme; y, desayunándome de prisa, corrí á despedirme de la

familia que había madrugado más que yo. Agradecí á mis buenos parientes,

con toda mi alma, la sinceridad con que me brindaban su casa y su

cariñosa asistencia por algunos días más; sentí de veras que perentorias

ocupaciones me impidieran complacerlos, pues cariño hacia ellos me

sobraba; disculpéme lo mejor que supe, monté á caballo; y llenos los

bolsillos, la maleta y las pistoleras de fruta y de rosquillas que me

hicieron tomar á última hora, partí hacia la ciudad, prometiéndome á mí

mismo solemnemente, y lo he cumplido, que si alguna vez volviera al

campo había de ser en días hábiles y normales, y en manera alguna en los

que, como el de San Juan citado, se llaman, con sobrada razón, en mi

tierra, de _arroz y gallo muerto_.

Escenas Montañesas · 第 59 / 79 题