Entre fiestas pasó un mes,
descuidado peregrino,
corriendo de feria en feria
y embaucando á sus amigos
con cuentos de Andalucía
y primores que había visto.
Pero, ¡ay!, al llegar agosto,
tentó con ansia el bolsillo
que ya protestaba lacio,
y, aunque con dolor vivísimo,
vendió su caballo enteco
(que nunca fué más lucido)
en diez duros, no cabales,
al primero que le quiso,
para reparar algunos
siniestros apremiantísimos,
pues no llegando «la recua
que quedaba en el camino»,
su traje se clareaba
á puro darle cepillo,
y sus botas se torcían
y no bastaba el tocino
para remediar las grietas
ni para prestarles brillo.
Trocó el presuntuoso puro
de á cuarto por el mezquino
pitillo; dejó el pan blanco
y el riojano negro líquido,
como regalo superfluo,
sólo para los domingos;
y aunque chancero y zumbón
y fingiéndose aburrido,
iba al campo algunas veces
«á enredar con el rastrillo».
Mas era que el pobre viejo,
formalizado, le dijo
un día:--«Si todas tus rentas
son las que á casa has traído,
ó trabajas ó no comes,
que yo del trabajo vivo.»
Tras esto llegó septiembre,
y el buen jándalo, afligido,
gastó la última peseta
que tenía en el bolsillo;
y no asomando «la recua
que quedaba en el camino»,
remendó los pantalones,
comió berzas y _respingos_,
emprendió con la _tortuca_
con mucha pujanza y brío,
dió en levantarse á la aurora,
y trabajando solícito,
se dormía por la noche
cansado, si no tranquilo.
Ya no habló más en caló
en medio de sus vecinos,
porque se burlaban todos
sin piedad de aquello mismo
que, oyéndolo de su boca,
aplaudían cuando vino.
Eran todos sus debates
sobre carros y novillos;
volvió á pensar en la _herba_,
y á _echar cambas_ ... y cuartillos;
llamó á la alubia _barbanzo_;
dijo por vuelto _golvío_;
por lo ignorado _el aquel_;
en vez de boca, _bocico_;
por agujero, _juriaco_,
y en lugar de trajo, _trijo_.
Dejó, en fin, su mixta jerga
de andaluz muy corrompido,
y volvió á adoptar de plano
su propio lenguaje antiguo:
_rézpede, ojeuto, chumpar,
rejonfuño, sostuvido,
escorduña, megodía,
sastifecho, tresponío_...,
lo más selecto y más clásico,
lo más puro y más legítimo
del diccionario especial
de tamaños barbarismos.
Entonces ya confesó,
sin ambajes ni remilgos
que estuvo en Puerto Real
tres años vendiendo vino
y llevando garrotazos
de padre y muy señor mío;
que sacó seiscientos reales
por todo producto líquido,
después de comprar el jaco,
ropa, escopeta y avíos,
y que entró con una onza
en su casa, el pobrecillo,
y la gastó en francachelas
por echársela de rico....
Y dos otoños, en fin,
después de lo referido,
con unos calzones pardos,
un chaquetón de lo mismo,
una camisa de estopa
y zapatos con clavillos,
salió otra vez de su pueblo
montado sobre un borrico,
para volver á la tierra
de la viña y del olivo,
á ganar otros seiscientos
con los azares sabidos.