Echando al aire cohetes
y descerrajando tiros,
y entonando macarenas
coplas, á pelado grito,
entró el jándalo en su pueblo
entre perros y chiquillos,
que de una en otra barriada,
con voces y con ladridos,
publicaron la venida
de aquel hombre «tan riquísimo»,
en un instante, saliendo
á la calle los vecinos
á verle pasar; que el pueblo,
como es notorio, _ab initio_
es novelero y curioso
aquí y en Francia ... y en Pinto.
--Buen verano, caballeros....
¡Adiós, mi alma!...--Bien venido.
--Compadre, jasta la vista....
--Dios te guarde.--Agur, vecino.
--¡Bien llegado!--Agraesiendo,
camará..., siempre su amigo;
pero me aguarda mi padre....
¡Hacerse á un laito, niños!
Y revolviendo su potro,
como pudo, á cada grito,
y la mano dando al uno
y al otro las gracias fino,
y á las mozas requebrando
y atropellando chiquillos,
atravesó la barriada
y llegó al hogar carísimo,
donde hubo besos y abrazos
y todo lo consabido.
Después se sacudió el polvo
con su pañuelo finísimo,
guardó el caballo entre mantas
(«porque era una fiera el bicho,
y tragándose el espacio
al andar, sudaba el quilo»),
anunció, como de paso,
para muy luego el arribo
de la consabida recua;
y entre familia y amigos
que á saludarle acudieron,
circuló el jarro de vino,
se cenó de lo mejor;
y hasta que ya era por filo
pasada la media noche,
en loor al recién venido,
duró la marimorena
que, aunque inútil es decirlo,
costó al jándalo los cuartos
y á más de tres ... el sentido.
Amaneció el nuevo día,
y ya su ánimo tranquilo,
abrió el jaque la maleta
para mudarse el vestido;
llamó ufano á la familia,
y ofreció á cada individuo
un regalo: un calañés
á su padre; á un hermanito,
una camisa de holanda
(y era de algodón mezquino),
y á su hermana un _rico_ chal
de la India (según dijo,
pues era un retal menguado,
de vara de pico á pico).
Todo aquello, por supuesto,
eran obsequios levísimos,
pues las galas que traía
hasta para los amigos,
las conducía «la recua
que quedaba en el camino».
Pasó el día de San Juan
gastando largo y tendido
y luciendo, aunque el calor
hacía trinar los grillos,
capa de largos fiadores
sobre zamarra de rizos.
Al siguiente, el pobre viejo
que iba á descansar tranquilo
con el amparo del jándalo,
de sus retoños seguido
volvió al campo, como siempre,
á doblar su cuerpo rígido
sobre los terrones, que
le daban sustento mísero.
En tanto vagaba el jándalo,
sobre su andaluz _bravío_,
por callejas y senderos,
_reconociendo_ los sitios
que poco antes frecuentara
con el dalle y el rastrillo....
Porque lo había olvidado
todo, todo..., hasta el oficio,
y el lenguaje de su pueblo
y el nombre de sus vecinos.