EL TROVADOR

Ya del rubicundo Febo

las relumbrantes guedejas

sus destellos apagaron

tras de las peladas selvas.

Cueto, el ilustre lugar

confín de la noble Iberia,

el de las sensibles Hadas

y retozonas Napeas;

patria de _grandes_ varones,

cuna de tamañas hembras;

Cueto, en fin, que no hay más que él,

ni caben más en la tierra,

duerme el sueño de los justos

entre escajos y tinieblas.

Nada turba su reposo,

nada su quietud altera;

ni un perro que ladre inquieto;

ni un cencerro que se mueva;

ni una vaca que, bramando,

pida su ración de yerba;

ni un suspiro, ni un lamento,

ni una risa, ni una queja

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De repente, y sin preludios,

rasgando la bruma densa,

un relincho se elevó

hasta la celeste esfera,

retumbando en las colinas

cual la lúgubre trompeta

llamando á juicio final

al desquiciarse la tierra;

y poco tiempo después,

entre las zarzas espesas,

vióse aparecer un hombre

hacia el fin de una calleja,

avanzando á grandes pasos,

que marcaba con presteza

sobre los duros morrillos,

el son de sus almadreñas.

Saltó en seguida un vallado,

subió de un prado la cuesta,

y en una casa fijóse

de pobre y ruda apariencia.

Entró luego en el corral

sin aprensión ni cautela;

y echando hacia atrás los codos

y hacia delante la jeta,

otro relincho lanzó

mejor que la vez primera.

Tosió dos veces seguidas,

separó sus largas piernas,

cargóse sobre el garrote,

echó el sombrero á la izquierda;

y abriendo de boca un palmo,

fija la vista en la puerta,

cantó con voz infinita

estas sentidas

Escenas Montañesas · 第 47 / 79 题