XV

Algunos meses después de este discursillo, ganó don Silvestre el pleito

gracias á las oportunas recomendaciones de su fiel y buen amigo, que

nunca se olvidó en Madrid del noble corazón del mayorazgo. Éste se

sintió tan aburrido desde que los procuradores cesaron de visitarle, que

temiendo adquirir una enfermedad, cedió á los consejos del cura,

humillando su ruda cerviz al yugo de Himeneo. Bien es verdad que don

Silvestre hacía mucho tiempo que hablaba con inusitado empeño de la

necesidad de perpetuar su casta, y no faltaba en el pueblo quien

atribuyera esta circunstancia á los ojazos negros de una moza de ocho

arrobas, heredera de un decente patrimonio, que fué la que, al fin, tuvo

la honra de conquistar la mitad del lecho de nuestro amigo, el vástago

más notable de la insigne familia montañesa de los Seturas.

Escenas Montañesas · 第 46 / 79 题