Algunos meses después de este discursillo, ganó don Silvestre el pleito
gracias á las oportunas recomendaciones de su fiel y buen amigo, que
nunca se olvidó en Madrid del noble corazón del mayorazgo. Éste se
sintió tan aburrido desde que los procuradores cesaron de visitarle, que
temiendo adquirir una enfermedad, cedió á los consejos del cura,
humillando su ruda cerviz al yugo de Himeneo. Bien es verdad que don
Silvestre hacía mucho tiempo que hablaba con inusitado empeño de la
necesidad de perpetuar su casta, y no faltaba en el pueblo quien
atribuyera esta circunstancia á los ojazos negros de una moza de ocho
arrobas, heredera de un decente patrimonio, que fué la que, al fin, tuvo
la honra de conquistar la mitad del lecho de nuestro amigo, el vástago
más notable de la insigne familia montañesa de los Seturas.