Fatigado de saltar setos y regatos y de trepar por cerros y colinas,
tornaba hacia su casa una mañana el huésped de don Silvestre, con la
escopeta al hombro y sin haber podido matar más que dos gorriones y una
calandria.
Ya columbraba la ventana de la cocina solariega y hasta llegaban á sus
narices los aromas de los guisotes del ama de gobierno, cuando
distinguió una miruella sobre la rama más alta de una higuera.
Agazapóse el cazador todo lo que pudo; deslizóse de mato en mato y de
bardal en bardal, como una culebra, para no ser visto ni sentido del
animalito, cuya vigilancia es proverbial en el país; apuntóle con la
escopeta cuando le tuvo á tiro y á su gusto, y....
Pero expliquemos la situación del cazador, por si los permenores del
suceso nos fueren más tarde de alguna utilidad.
Apuntando el madrileño á la miruella, tenía á cuatro pasos, á la
espalda, un huerto contiguo á una pequeña casa, y cerrado en todo su
perímetro por una pared _seca_, es decir, una pared transparente, de
piedras sobrepuestas medio á la casualidad, paredes que suelen durar
eternidades, porque la consistencia que les falta de nuevas se la da
bien pronto la hiedra que junto á ellas nace, y penetra,
entretejiéndose, por todos los intersticios. La pared del huerto que
tenía á su espalda el cazador comenzaba ya á consolidarse: sólo un tramo
de dos varas estaba sin revestirse de las verdes ligaduras, y sostenido
por un prodigio de equilibrio.
Por lo que hace á la casa, estaba cerrada herméticamente; y en toda la
extensión que alcanzaba la vista no se distinguían más seres vivientes
que el cazador, la miruella y un hombre que cerca de la casa esparcía
_toperas_ en un prado, y acechaba de cuando en cuando las operaciones
del topo, á cuya caza andaba. Este hombre, á quien el de Madrid no veía,
era el tío Merlín.
Hecha, pues, la puntería á placer del cazador (como que apoyaba la
extremidad del cañón de la escopeta en una rama), disparó sobre el
pajarraco, y éste cayó, como una masa inerte, rebotando de quima en
quima. Pero al pie del árbol había un bardal bastante espeso, y en este
bardal cayó la miruella.--Cerca de un cuarto de hora invirtió en
buscarla el pacientísimo cazador, que al fin la encontró; pero no sin
desgarrarse las manos con las punzantes zarzas.
Con su presa en el morral, salió otra vez al camino que antes llevaba; y
echándose la escopeta al hombro, marchó á largos pasos hacia su casa,
pues ya había oído tocar á mediodía y no le gustaba hacer esperar á don
Silvestre que de fijo, estaría arrimando las sillas á la mesa.
Cerca ya de la portalada del mayorazgo, oyó un estrepitoso ruido.
Volvióse hacia el sitio de donde éste partía, y vió que se había caído
la parte flaca de la pared del huerto antes citado.
Como el suceso tenía muy poco de particular, no le llamó la atención: lo
extraño para él era que semejantes muros resistieran un día en posición
vertical.
En esta inteligencia, siguió su camino y llegó á casa del mayorazgo, á
quien encontró esperándole para comer.
En los postres estaban, cuando un criado apareció en escena, anunciando
á un hombre que deseaba hablar con «el señor».
--Que pase adelante--dijo éste, siempre dispuesto á complacer á todo el
mundo.
Un momento después penetró en la sala, pisando tímidamente, un aldeano
de madura edad, con la chaqueta al hombro, barba de quince días, y dando
vueltas en las manos á un mugriento sombrero que solamente cesaba de
girar cuando el aldeano sacaba una de ellas de la arrugada copa para
retirar hacia atrás las ásperas y encanecidas greñas que le caían sobre
los ojos.
--Tengan ustedes buenas tardes.
--Muy buenas las tenga usted; y díganos en qué puedo serle útil.
El recién venido titubeaba.
Al cabo de un rato bien largo de toser, cambiar de punto de apoyo,
manosear el sombrero y luchar con sus greñas, comenzó así el aldeano:
--Pues, señor, yo soy, pa lo que usté mande, Cleto Rejones, y vivo aquí,
á la esquierda, cancia la juenti, como el que tira á la mies del
Jalecho, en una casa sola que usté habrá visto al ir á cazar esta
mañana..., que tiene un _higar_ delante....
--La del suceso que me has contado--añadió don Silvestre, dirigiéndose
á su amigo.
--Adelante--contestó éste, más interesado ya en saber el objeto de la
visita.
--Pues, señor, resulta _de_ que yo, á la vera de la casa, tengo un
güerto de carro y medio de tierra, que, en buena hora lo diga, es una
alhaja pa el dicho de coger patatas y posarmos pa el avío de la casa...;
como que el viudo del Cueto me daba por él un prao de cinco carros y un
rodal viejo, y no se le quise cambiar.... ¡Que me muera de repente si es
mentira!
--Si nadie lo pone en duda, hombre de Dios--repuso, riéndose, el de
Madrid.--Pero vamos á ver lo que usted desea.
--Á eso voy de contao.... Resulta de que yo, como decía, tengo un güerto
de carro y medio de tierra á la vera de la casa, y de que ese güerto
tiene una paré que le cierra sobre sí. Resulta de que esta paré se vino
á tierra está mañana, por la parte de la calleja.
--Dé lo que doy fe porque lo vi.... Adelante....
--Resulta de que, al caer la paré, quedó un juriaco abierto.
--Claro está.
--Y por ese juriaco entraron después, con perdón de usté, _dos de la
vista baja_[7].
--Adelante.
--Y estos dos de la vista baja, con perdón de usté, me jocaron el
güerto, me comieron las patatas, me tronzaron los posarmos y me
desbarataron dos semilleros de cebollas....
--Hombre, ¡qué lástima!--exclamó, verdaderamente condolido, el noble
forastero.
--Como usté lo oye, señor: crea usté que para mí ha sido hoy un día
desgraciao.
Y el bueno del aldeano, al decir esto, menudeaba más y más los giros de
su sombrero, y bregaba, hasta sudar, con los mechones de su áspera
cabellera.
El huésped de don Silvestre, creyendo que las pretensiones del aldeano
se reducían á pedirle alguna cantidad para reparar la avería, dispúsose
desde luego á dársela bien cumplida; pero no quiso hacerlo sin que el
aldeano se insinuase de alguna manera, temiendo herir su _delicadeza_.
--Y ¿qué es lo que usted pretende de mí?--repuso con intención.
--Señor--contestó el aldeano,--yo quisiera que se nombrase una presona
que fuera á reconocer el daño, y que le tasara.
--No esta mal pensado.... Pero ¿contra quién va usted á reclamar?
--De modo y manera es que ... la paré bien tiesa se estaba....
--Sí..., hasta que se cayó.
--De modo es que, si no la hubieran _aboticao_...[8].
--Luego, ¿se sabe quién la tiró?...
--Paece ser que hubo testigos....
--Pero, en fin, ¿qué es lo que yo puedo hacer en esta cuestión?
--Pos ná, si le paece....
--¡Explíquese usted de una vez, santo varón!
El aldeano bajó la cabeza, volvió á cambiar de postura, y sin cesar de
mirar al sombrero, continuó, al cabo de un rato y tartamudeando:
--Yo, señor, pa decirlo de una vez ... porque ello es justo, ¡canario!,
justo como la ley de Dios, vengo á que usté me pague, ó á que nombre por
su cuenta el tasador.
El forastero dió un salto en la silla.
--¡Que le pague yo á usted!... ¿Pues acaso tengo yo la culpa del suceso?
--Ahí esta la _jaba_.... Yo no digo que usté lo hiciera de mal aquel,
pero la paré estaba flojilla, y con una perdigoná sobraba pa echarla
abajo.
--¿Pero usted habla de veras?... ¿Usted es capaz de sostener que yo
derribé la pared?
--Yo no lo vi, no, señor; pero una presona que estaba cerca cuando usté
mató la miruella me lo ha asegurao....
--¡Esto es inaudito, Silvestre, y voy á hacer un escarmiento con esta
canalla!... Figúrate que al matar el pájaro estaba yo de espaldas á la
pared....
--Pero á eso--interrumpió el aldeano,--dice la presona que con el
_rustrió_ de la escopeta....
--Qué rustrió ni qué.... ¡Imbéciles!... Y aunque tamaño absurdo fuera
atendible, ¿de qué serviría cuando la pared cayó un cuarto de hora
después que sonó el tiró?...
--¿Pero tu haces caso de esas socaliñas?--dijo don Silvestre, hasta
entonces mudo espectador.--Á esta gente es preciso conocerla. ¿Á que
anda el tío Merlín en el ajo?
--Justamente--contestó el pobre hombre.
--Me lo temí; ¡es el enredador de más malas entrañas!... Quítate de
delante, canalla, ó te arrimo un botellazo que te rompa las muelas.
¿Cómo te atreves á acercarte á una persona decente con esas tretas de
tan mala ley?...
--Yo no tengo la culpa--contestó tímidamente el aldeano, haciendo un
cuarto de conversión hacia la puerta....--Yo soy un probe ... ¡muy
probe!, señor don Silvestre; tengo un güerto que me da para ayudar la
vida, cáese la paré, entran por ella los animales, destrózanme la
probeza que había en él, dícenme: «Fulano tiene la culpa»; y ... ¡qué
menos he de hacer que pedir lo que en ley se me debe!... Pero--añadió,
enternecido, dirigiéndose á la puerta,--dicen ustedes que me he
equivocao, y yo lo creo.... Perdonar la falta..., y queden ustedes con
Dios....
--Tiene razón el buen hombre--exclamó á poco rato el bonachón
madrileño.--El infeliz no tendrá, tal vez, comida para mañana; y de él
no ha salido la idea de hacerme reo de semejante delito.... Llámale,
Silvestre, que voy á gratificarle....
--No te apures, hombre de Dios; yo los conozco mejor que tú ... y no son
tan suaves como aparentan.
De todas maneras, el aldeano había desaparecido, y los buenos deseos del
madrileño quedaron sin realizar; pero don Silvestre tuvo que aceptar de
su amigo una moneda de oro para entregársela al pobre labrador lo más
pronto posible.
Cuando al día siguiente se despertó el madrileño, su primer recuerdo fué
para el aldeano; y, en su consecuencia, la primera pregunta á su amigo,
en estos términos:
--¿Le entregaron el dinero?
--No--contestó el mayorazgo.
--Caramba, lo siento mucho....
--Bah..., no te apures ... y, por de pronto, lee este papelito que me
ha entregado para ti el alguacil del concejo.
Tomó el huésped, lleno de sorpresa, el papel, y leyó en voz alta lo
siguiente:
«Alcaldía constitucional de....
»Por la presente, y á estancia del vecino Cleto Rejones, se cita á
juicio verbal para mañana á las tres de la tarde, en la casa-concejo, al
señor don Fulano de Tal, sobre pago de desprefeuto de ojeutos naturales,
esistentes en una propiedad lindante al vendaval con su casa, y cerrada
sobre sí á paré seca, y de cuyos ejeutos alimentivos está dicho Cleto
Rejones acaeciendo.--El Alcalde constitucional, _Trebucio Canales del
Garojo_.»