Curado en pocos días de las consecuencias del panojazo, juró
solemnemente huir de todo contacto con tales gentes; y al efecto se
proveyó de caña y escopeta, para explotar, en los ramos de pesca y caza,
aquellas regiones donde tantos disgustos iba pasando mientras buscaba la
realidad de sus mejores ilusiones. Pero siendo tan infecundos en pesca
el río y los regatos del país como en ninfas y Salicios y Nemorosos sus
campiñas, abandonó la caña á los pocos días de dedicarse á ella, pues no
compensaban dos anguilas y tres docenas de pececillos que pescó durante
la temporada, todos los constipados y mojaduras que cogió sentado á la
orilla del río, unas veces al sol y otras al agua.
Abandonada la caña, se dedicó á la escopeta; y ya que la caza no fuera
muy abundante, por lo menos el ejercicio corporal que hacía corriendo
tras de las _miruellas_, le proporcionaba buen sueño y más que regular
apetito.
En esto había pasado un mes desde el panojazo. La naturaleza, lánguida y
enclenque entonces, iba quedándose, como si dijáramos, en cueros vivos;
las brisas eran más frescas, y en lugar del sonido armónico y majestuoso
que formaban perdidas entre el follaje de junio, gemían lastimeras al
chocar contra los escuetos miembros de los árboles; lloraban fatídicas,
como si fueran la voz de la naturaleza que lamentara la pérdida de sus
risueñas galas. El suelo se humedecía cada vez más, porque el sol no
tenía fuerza bastante para enjugarle después de los chubascos, cada día
más fuertes y más frecuentes; las noches eran eternas, y sólo un sueño
como los que últimamente dormía el de Madrid, era capaz de hacérselas
pasar medio á gusto entre los silbidos del vendaval que penetraba fino y
cortante por cada rendija de las innumerables que tenían las puertas
exteriores del solariego palomar; las _lumbradas_ que hacía el ama en la
cocina solamente las soportaban ella y don Silvestre, acostumbrados á su
calor desde la infancia: el forastero se abrasaba acercándose al fuego,
y retirándose de él se le helaban las espaldas con el _gris_ que corría
en aquel inmenso páramo.
En cuanto á la poesía del chisporroteo de los tizones y del hervir de
los pucheros, así la encontró como lo que había buscado entre los
jarales. Roncaba el ama de llaves, roncaba don Silvestre, roncaban los
criados y el gato y el perro; silbaba el viento, bramaba la cellisca
contra las inseguras ventanas, y más que visión placentera, parecía
aquel cuadro escena de conjuro, ó ensueño de calenturiento.
¡Entonces sí que pensó en su gabinete de Madrid y en los salones del
_mundo_ y en el teatro de la ópera!...
--¡Qué será un invierno pasado así, Dios mío!--se decía una noche
mientras se acostaba en busca del sueño, único amparo que hallaba en
medio del aburrimiento que empezaba á perseguirle.