Cuando la lancha llegó al costado del vapor, la multitud que se había
quedado en la rampa del Muelle, no distinguiendo más que un pequeño
bulto negro en la superficie del agua, se fué retirando poco á poco y
reduciendo á un solo grupo, formado por las familias de los marineros
ausentes. Este grupo unido, compacto, como si en semejante cohesión
hallase cada uno más pequeña su desgracia, comenzó á andar tristemente,
consolando los hombres á las mujeres y éstas á los niños.
Sobre las figuras de aquel triste cuadro se destacaban los hombros y la
cabeza de Tremontorio, que, como no tenía familia propia, adoptaba por
suyas á todas las demás. Hombre corrido por los mares y desgraciado en
levas, pues le habían cogido dos, como dije al principio, era el refugio
á que acudían aquellas pobres gentes para saber algo de la suerte que
esperaba á los objetos de su cariño.
--Y diga, tío Tremontorio, ¿es verdá que los castigan mucho, que los
pegan á bordo?--preguntaba, entre sollozos, una pobre mujer.
--¡Quita d'ay!...; pataratas y na más que pataratas.... ¡Qué los tienen
de pegar, tiña? ¡Pus no faltaba más! Eso era en un prencipio.... Yo no
acancé ya el _chicote_; conque feúrate.... Además, el tu marido es
hombre que sabe cumplir con su obligación, y lo pasará bien.... Lo que
es á bordo, como no salga _nostramo_[6] con malas entrañas, no hay
cuidao. Ahora, si es de esos atravesaos que dan al diablo que hacer, y
le toma á uno sobre ojo, ¡válgame Dios!, lo mejor que se le antoja es
mandarle á uno á fregar la perilla del mastelero de mesana, ó á tomar un
riso á la gavia más alta, sin necesidad, en una noche de borrasca....
Pero, ¡quiá!, ya no se ve de esto.... Ahora da gusto servir en barco de
rey.
--¿Y aónde los echarán ahora?
--Pues, por de pronto, van al Ferrol. Estarán en el departamento unos
días; dempués á éste en la freata, al otro en el bergantín, al de más
allá en el vapor, me los van embarcando á toos poco á poco. Unos se
quedarán en da que guardacostas por los mares de acá, y se refiere tó
ello á ná, á barloventear, como quien dice, de este puerto al otro, y á
correr un chubasco de vez en cuando; pero como nos conocen estas aguas,
no hay cuidao por ello. Otros irán á la _otra banda_, al apostaero. Allí
la cosa tiene de too: poco trabajo, buena ginebra, buen tabaco y buen
café; pero hay que sudar el quilo á cada paso.... Dispués, hoy que _la_
cólera, mañana que el gómito negro.... ¡Tiña, y qué intención más mala
tienen estos incomenientes con el probe marinero!... Al que acanzan con
el bichero, hasta que le matan no le dejan. Si á usté le encajan en
Manila, hasta el pan se conjura contra uno; el cuerpo no es más que una
_remanga_ en aquella tierra: lo mismo da llenarle, que no llenarle, que
hace más agua que un casco viejo; y en cuanto se desembarca, no le queda
una gota adrento. Un mes en aquellos mares, deja al hombre que no le
conoce la madre que le parió...; ¡tiña, más amarillo y más relambío se
pone!... Guerras no hay ahora que le obliguen á uno á soltar un par de
andanas á cada instante...; y como nusotros, en la _Ferrolana_, vimos
cuantos mares Dios crió y cuanto mundo se pué ver, ¿á qué ha de ir
naide ya por onde nosotros fuimos? ¡Tiña, no lo quiera Dios...; que hoy
se asa usté vivo, mañana se aterece de frío, aquí calenturas, más allá
sarna...; ¡hombre, qué climen más endino!...; ¡y qué gente, me valga
Dios!; más colores tiene que una _julia_.--Tocante á las campañas de
hoy, no hay que tener cuidao.... Conque..., ánimo, ¡tiña!, que de menos
nos hizo Dios.... Y aquí estoy yo que no me he muerto, y ha hecho la
suerte conmigo cuanto puede hacer un tiburón detrás de un bote.... Y no
digo más.
El bueno de Tremontorio siguió largo rato consolando, á su manera, á
aquellas pobres mujeres, hasta que el grupo, compacto siempre y cada vez
más numeroso con la turba de chiquillos que se le iban agregando á su
paso, cambió de rumbo al llegar al Consulado, y se internó en la
población; y yo, que maquinalmente le había seguido escuchando á
Tremontorio desde la Punta del Muelle hasta aquel sitio, perdíle en él
de vista y continué hacia la Ribera, vivamente impresionado con las
escenas de que había sido testigo aquella tarde.
Cuál sería la base de todas mis meditaciones, se adivina fácilmente; qué
remedio fué el primero que se me ocurriera para evitar males tan
considerables como el que deploraba entonces, no debo decirlo aquí por
dos razones: la primera, porque, en mi buen deseo, puedo equivocarme; y
la segunda, porque, aunque acierte, no se ha de hacer caso alguno de mi
teoría en las altas regiones donde se elabora la felicidad de los nietos
del Cid. Pobre pintor de costumbres, aténgome á mi oficio: copiarlas
como Dios me da á entender y hasta grabarlas en mi corazón.
Por eso, mientras expongo este bosquejo á la consideración de los
hombres _que pueden_, dado que se dignasen echar sobre él una mirada,
puesta mi esperanza en Dios, que es la mayor esperanza de los
desgraciados, me limito á exclamar, desde el fondo de mi corazón, con mi
tierno amigo Bustillo:
«¡Ay, Señor!
Pues la ley en su rigor
los afectos no concilia,
haz que los hombres se hermanen,
porque al luchar no profanen
el amor de la familia.»