Hace pocos días empezó á llamarme la atención el aspecto que presentaba
la casuca de enfrente. La buhardilla del Tuerto apenas se abría, ni en
ella se escuchaban las risas, los lloros y los golpes de costumbre.
El tío Tremontorio trabajaba en sus redes al balcón algunas veces, pero
siempre mudo y silencioso, cual era su carácter cuando sus convecinos le
dejaban en paz y entregado á sus naturales condiciones.
Los dos viejos del segundo piso se daban muy pocas veces á luz, y en
algunas de ellas vi enrojecidos los arrugados y enjutos párpados de la
mujer de Bolina. Indudablemente pasaba algo grave en aquella vecindad.
Un tanto preocupado con esta idea, puse toda mi atención en la casuca
con el objeto de adquirir la verdad.
Las ahumadas puertas del balcón de la buhardilla se abrieron al cabo,
después del mediodía, y lo primero que en el interior descubrieron mis
ojos, fué un hombre vuelto de espaldas hacia mí, con camiseta blanca de
ancho cuello azul tendido sobre los hombros, y gorra de lana, también
azul, ocupado en colocar en un gran pañuelo de percal, desplegado sobre
el arcón que conocemos, algunas piezas de ropa. Después que hubo anudado
las cuatro puntas del pañuelo que contenía el equipaje, se incorporó el
hombre, volvió la cara..., y conocí en ella á la del Tuerto: pero más
obscura, más triste, más ceñuda que nunca. El pintoresco traje del pobre
pescador me explicó en un instante la causa del cambio operado en
aquella vecindad.
Hecho el lío de ropa, pasó el Tuerto su brazo izquierdo por debajo de
los nudos, metió dentro de la gorra algunos mechones de pelo que le
caían sobre los ojos, tiró de una bolsa de piel mugrienta que guardaba
en un bolsillo de sus pantalones, sacó de ella tabaco picado, hizo un
cigarro, encendióle en un tizón que le trajo su mujer, que lloraba,
aunque en silencio, fijóse en los chicuelos que también lo rodeaban, y,
haciendo un gran esfuerzo, dijo con voz insegura:
--¡Ea!, sobre que ha de ser, cuanto más pronto.
La sardinera, al oir á su marido, rompió á llorar á todo trapo; sus
hijos la siguieron en el mismo tono.
--¡Á ver si vos calláis con mil demonios!--exclamó el pescador con
visible emoción.--Y tú--añadió dirigiéndose á su mujer,--ya sabes lo que
se va á hacer. Estas criaturas se vienen ahora mesmo conmigo, y se las
dejo á mi madre al tiempo de bajar. Allí se estarán con ella hasta que
yo güelva.
--¡No, por todos los santos del cielo!--gritó la mujer, que al fin era
madre.--Yo soy muy capaz de cuidarlas, y no quiero que naide más que yo
dé de comer á mis hijos.
--Lo que eres tú me lo sé yo muy bien; y no me acomoda que el mejor día
amanezcan los ángeles de Dios aterecíos á la puerta de la calle. Y
sobre too, no te los tiro á la mar: bien acerca te quedan: too el día te
puedes estar abajo con ellos.... Pero ya se lo he dicho á mi madre:
«antes que dejarlos subir aquí, rómpales una pata».... Y esto sacabó.
Vámonos pa bajo.... Y cuidao con que te vengas al Muelle detrás de mí,
que no tengo ganas de perendengues; y cuanto más solo esté uno,
mejor.... Así como así, estoy yo tan sastifecho, que si me descuido con
la escotilla se me va el alma de la bodega, ¡puño!... Andando, hijos
míos....
Y el desventurado Tuerto se bajó para coger al menor de los
muchachuelos, que le miraban llorando. Entonces su mujer, cediendo á un
irresistible impulso de su corazón, echó los brazos al cuello de su
marido, y con el torrente de sus lágrimas arrancó al fin ¡las primeras,
tal vez! de los torvos ojos de aquel rudo marinero.
Pero éste no era hombre que se entregaba rendido á semejantes
debilidades; así es que, desprendiéndose de los brazos de su costilla,
cogió entre los suyos al menor de sus hijos, mandó á los otros que le
siguieran, obligó á su mujer á quedarse en casa, y salió de ella
precipitadamente, cerrando detrás de sí la puerta de la escalera.
Pocos minutos después estaba en la calle, con su lío al brazo, en
compañía de Bolina y Tremontorio. Los tres iban cabizbajos, taciturnos y
caminando con repugnancia. Casi al mismo tiempo que ellos en la calle,
aparecieron en sus respectivos balcones la mujer de Bolina, rodeada de
sus nietos, y la del pobre Tuerto, sola, desgreñada y dando alaridos de
desconsuelo. Sus hijos y su suegra, aunque sin gritar tanto como ella,
vertían también abundantes lágrimas.
Al oir este coro desgarrador, los tres marineros apretaron el paso, los
vecinos de la calle salieron á sus balcones, y yo me decidí á seguir á
mis conocidos hasta el desenlace de la escena, cuyo principio había
presenciado. El dolor tiene su fascinación como el placer, y las
lágrimas seducen lo mismo que las sonrisas.
Tomé, pues, el sombrero y me largué al Muelle.
Una apiñada multitud de gente de pueblo se revolvía, gritaba, lloraba é
invadía la última rampa, á cuyo extremo estaba atracada una lancha. En
esta lancha había hasta una docena de hombres vestidos de igual manera
que el Tuerto; y también como él llevaba cada cual un pequeño lío de
ropa al brazo. De estos hombres, algunos lloraban sentados; otros
permanecían de pie, pálidos; inmóviles, con el sello terrible que deja
un dolor profundo sobre un organismo fuerte y varonil; otros, fingiendo
tranquilidad, trataban de ocultar con una sonrisa violenta al llanto que
asomaba á sus ojos. Todos ellos se habían despedido ya de sus padres, de
sus mujeres, de sus hijos, que desde tierra les dirigían, entre
lágrimas, palabras de cariño y desesperanza. Entretanto, algunos otros,
tan desdichados como ellos, se deshacían á duras penas de los lazos con
que el parentesco y la amistad querían conservarlos algunos momentos más
en tierra. Por eso las palabras «padre», «madre», «hijo», «amigo», eran
las únicas que dominaban aquella triste armonía de suspiros y sollozos.
¡Terrible debía ser la pena que hacía humedecerse aquellos ojos
acostumbrados á contemplar serenos la muerte todos los días entre los
abismos del enfurecido mar!
Sin calmarse un momento la agitación de la gente de tierra, los
marineros que aún quedaban en ella fueron poco á poco pasando á la
lancha: el último entró el Tuerto, después de haber dado un estrecho
abrazo á su padre y á su vecino, que le acompañaron hasta la orilla.
Nada quedaba de común, sino el corazón, entre los embarcados y la gente
de tierra. El servicio de la patria era el arbitro de la vida y de la
libertad de los primeros, durante cuatro años, á contar desde aquel
momento; y ante deber tan alto, tenían que romperse los lazos de la
familia y los de la amistad.
Los remos habían tocado ya el agua, y aún permanecía la lancha atracada
á la rampa, y sujeta á ella por un cabo que tenía entre sus manos, por
el extremo de tierra, un viejo patrón que contemplaba atónito la escena.
--¡Suelte!--le dijeron desde la lancha más de una vez, con débil voz.
Pero el viejo patrón, ó no oyó las advertencias, ó se hizo sordo á
ellas, que es lo más probable, por disfrutar algunos instantes más de la
presencia de sus compañeros.
--¡Que suelte!--le volvieron á repetir más alto.
Y nada: el viejo, clavado como una estatua á la orilla del mar, no soltó
el cabo.
Pero el Tuerto, á quien el llanto de su padre y el recuerdo de sus hijos
estaban martirizándole el alma, temiendo ceder al cabo al peso de la
aflicción que ya enturbiaba sus ojos, al ver el poco efecto que en el
patrón habían hecho las órdenes anteriores,
--¡Larga!--gritó con ruda y tremenda voz, dominando con ella los
alaridos de tierra, y fijando su torva mirada en el viejo marino.
Éste obedeció instantáneamente; el cabo cayó al agua, crujieron los
remos, oyóse un «¡adiós!» infinito, indescriptible; y la lancha se
deslizó hacia San Martín, en cuyas aguas esperaba, humeando, un vapor
que había de recoger á los pasajeros de ella.
En instante tan supremo, las mujeres que quedaban á la orilla redoblaron
sus lamentos, abrazaron á sus hijos, á sus padres, á sus hermanos, á sus
amigos, y se confundieron todos en un solo torrente de lágrimas.
Hay situaciones, lector amigo, que no á todos es dado describir, y ésta
es una de ellas. Para sentirla, basta un buen corazón como el tuyo y el
mío; para pintarla con su verdadero colorido, se necesita la fresca
imaginación de un poeta y yo no la tengo.
Recuerdo que, dos años ha, mi amigo Eduardo Bustillo, el inspirado
cantor de nuestras glorias nacionales, delante de una escena idéntica á
la que voy describiendo, desde el mismo sitio, acaso sobre la misma
piedra que yo, lloró con su alma las penas de las pobres familias á
quienes una leva sumía en el abismo de todos los dolores, y puso en
labios de una esposa desvalida estas palabras sencillas, pero tiernas y
elocuentes:
--«Mi pobre niña inocente
el amor perdido siente.
Mas ya, ¿quién pondrá en mis manos
su pan y el de sus hermanos?
¡Ay, Señor!,
que en mi profundo dolor
presiento males prolijos;
que en este afán angustioso,
_lloro, más que por mi esposo,
por el padre de mis hijos_.»
Supla esta bella estrofa las frases que yo no encuentro para pintar la
desolación de aquella escena. Se lloraba al padre, al esposo, al hijo,
que se iban, quizá para siempre; pero que, al irse, se llevaban el pan
de los que se quedaban....