II

Hace pocos días empezó á llamarme la atención el aspecto que presentaba

la casuca de enfrente. La buhardilla del Tuerto apenas se abría, ni en

ella se escuchaban las risas, los lloros y los golpes de costumbre.

El tío Tremontorio trabajaba en sus redes al balcón algunas veces, pero

siempre mudo y silencioso, cual era su carácter cuando sus convecinos le

dejaban en paz y entregado á sus naturales condiciones.

Los dos viejos del segundo piso se daban muy pocas veces á luz, y en

algunas de ellas vi enrojecidos los arrugados y enjutos párpados de la

mujer de Bolina. Indudablemente pasaba algo grave en aquella vecindad.

Un tanto preocupado con esta idea, puse toda mi atención en la casuca

con el objeto de adquirir la verdad.

Las ahumadas puertas del balcón de la buhardilla se abrieron al cabo,

después del mediodía, y lo primero que en el interior descubrieron mis

ojos, fué un hombre vuelto de espaldas hacia mí, con camiseta blanca de

ancho cuello azul tendido sobre los hombros, y gorra de lana, también

azul, ocupado en colocar en un gran pañuelo de percal, desplegado sobre

el arcón que conocemos, algunas piezas de ropa. Después que hubo anudado

las cuatro puntas del pañuelo que contenía el equipaje, se incorporó el

hombre, volvió la cara..., y conocí en ella á la del Tuerto: pero más

obscura, más triste, más ceñuda que nunca. El pintoresco traje del pobre

pescador me explicó en un instante la causa del cambio operado en

aquella vecindad.

Hecho el lío de ropa, pasó el Tuerto su brazo izquierdo por debajo de

los nudos, metió dentro de la gorra algunos mechones de pelo que le

caían sobre los ojos, tiró de una bolsa de piel mugrienta que guardaba

en un bolsillo de sus pantalones, sacó de ella tabaco picado, hizo un

cigarro, encendióle en un tizón que le trajo su mujer, que lloraba,

aunque en silencio, fijóse en los chicuelos que también lo rodeaban, y,

haciendo un gran esfuerzo, dijo con voz insegura:

--¡Ea!, sobre que ha de ser, cuanto más pronto.

La sardinera, al oir á su marido, rompió á llorar á todo trapo; sus

hijos la siguieron en el mismo tono.

--¡Á ver si vos calláis con mil demonios!--exclamó el pescador con

visible emoción.--Y tú--añadió dirigiéndose á su mujer,--ya sabes lo que

se va á hacer. Estas criaturas se vienen ahora mesmo conmigo, y se las

dejo á mi madre al tiempo de bajar. Allí se estarán con ella hasta que

yo güelva.

--¡No, por todos los santos del cielo!--gritó la mujer, que al fin era

madre.--Yo soy muy capaz de cuidarlas, y no quiero que naide más que yo

dé de comer á mis hijos.

--Lo que eres tú me lo sé yo muy bien; y no me acomoda que el mejor día

amanezcan los ángeles de Dios aterecíos á la puerta de la calle. Y

sobre too, no te los tiro á la mar: bien acerca te quedan: too el día te

puedes estar abajo con ellos.... Pero ya se lo he dicho á mi madre:

«antes que dejarlos subir aquí, rómpales una pata».... Y esto sacabó.

Vámonos pa bajo.... Y cuidao con que te vengas al Muelle detrás de mí,

que no tengo ganas de perendengues; y cuanto más solo esté uno,

mejor.... Así como así, estoy yo tan sastifecho, que si me descuido con

la escotilla se me va el alma de la bodega, ¡puño!... Andando, hijos

míos....

Y el desventurado Tuerto se bajó para coger al menor de los

muchachuelos, que le miraban llorando. Entonces su mujer, cediendo á un

irresistible impulso de su corazón, echó los brazos al cuello de su

marido, y con el torrente de sus lágrimas arrancó al fin ¡las primeras,

tal vez! de los torvos ojos de aquel rudo marinero.

Pero éste no era hombre que se entregaba rendido á semejantes

debilidades; así es que, desprendiéndose de los brazos de su costilla,

cogió entre los suyos al menor de sus hijos, mandó á los otros que le

siguieran, obligó á su mujer á quedarse en casa, y salió de ella

precipitadamente, cerrando detrás de sí la puerta de la escalera.

Pocos minutos después estaba en la calle, con su lío al brazo, en

compañía de Bolina y Tremontorio. Los tres iban cabizbajos, taciturnos y

caminando con repugnancia. Casi al mismo tiempo que ellos en la calle,

aparecieron en sus respectivos balcones la mujer de Bolina, rodeada de

sus nietos, y la del pobre Tuerto, sola, desgreñada y dando alaridos de

desconsuelo. Sus hijos y su suegra, aunque sin gritar tanto como ella,

vertían también abundantes lágrimas.

Al oir este coro desgarrador, los tres marineros apretaron el paso, los

vecinos de la calle salieron á sus balcones, y yo me decidí á seguir á

mis conocidos hasta el desenlace de la escena, cuyo principio había

presenciado. El dolor tiene su fascinación como el placer, y las

lágrimas seducen lo mismo que las sonrisas.

Tomé, pues, el sombrero y me largué al Muelle.

Una apiñada multitud de gente de pueblo se revolvía, gritaba, lloraba é

invadía la última rampa, á cuyo extremo estaba atracada una lancha. En

esta lancha había hasta una docena de hombres vestidos de igual manera

que el Tuerto; y también como él llevaba cada cual un pequeño lío de

ropa al brazo. De estos hombres, algunos lloraban sentados; otros

permanecían de pie, pálidos; inmóviles, con el sello terrible que deja

un dolor profundo sobre un organismo fuerte y varonil; otros, fingiendo

tranquilidad, trataban de ocultar con una sonrisa violenta al llanto que

asomaba á sus ojos. Todos ellos se habían despedido ya de sus padres, de

sus mujeres, de sus hijos, que desde tierra les dirigían, entre

lágrimas, palabras de cariño y desesperanza. Entretanto, algunos otros,

tan desdichados como ellos, se deshacían á duras penas de los lazos con

que el parentesco y la amistad querían conservarlos algunos momentos más

en tierra. Por eso las palabras «padre», «madre», «hijo», «amigo», eran

las únicas que dominaban aquella triste armonía de suspiros y sollozos.

¡Terrible debía ser la pena que hacía humedecerse aquellos ojos

acostumbrados á contemplar serenos la muerte todos los días entre los

abismos del enfurecido mar!

Sin calmarse un momento la agitación de la gente de tierra, los

marineros que aún quedaban en ella fueron poco á poco pasando á la

lancha: el último entró el Tuerto, después de haber dado un estrecho

abrazo á su padre y á su vecino, que le acompañaron hasta la orilla.

Nada quedaba de común, sino el corazón, entre los embarcados y la gente

de tierra. El servicio de la patria era el arbitro de la vida y de la

libertad de los primeros, durante cuatro años, á contar desde aquel

momento; y ante deber tan alto, tenían que romperse los lazos de la

familia y los de la amistad.

Los remos habían tocado ya el agua, y aún permanecía la lancha atracada

á la rampa, y sujeta á ella por un cabo que tenía entre sus manos, por

el extremo de tierra, un viejo patrón que contemplaba atónito la escena.

--¡Suelte!--le dijeron desde la lancha más de una vez, con débil voz.

Pero el viejo patrón, ó no oyó las advertencias, ó se hizo sordo á

ellas, que es lo más probable, por disfrutar algunos instantes más de la

presencia de sus compañeros.

--¡Que suelte!--le volvieron á repetir más alto.

Y nada: el viejo, clavado como una estatua á la orilla del mar, no soltó

el cabo.

Pero el Tuerto, á quien el llanto de su padre y el recuerdo de sus hijos

estaban martirizándole el alma, temiendo ceder al cabo al peso de la

aflicción que ya enturbiaba sus ojos, al ver el poco efecto que en el

patrón habían hecho las órdenes anteriores,

--¡Larga!--gritó con ruda y tremenda voz, dominando con ella los

alaridos de tierra, y fijando su torva mirada en el viejo marino.

Éste obedeció instantáneamente; el cabo cayó al agua, crujieron los

remos, oyóse un «¡adiós!» infinito, indescriptible; y la lancha se

deslizó hacia San Martín, en cuyas aguas esperaba, humeando, un vapor

que había de recoger á los pasajeros de ella.

En instante tan supremo, las mujeres que quedaban á la orilla redoblaron

sus lamentos, abrazaron á sus hijos, á sus padres, á sus hermanos, á sus

amigos, y se confundieron todos en un solo torrente de lágrimas.

Hay situaciones, lector amigo, que no á todos es dado describir, y ésta

es una de ellas. Para sentirla, basta un buen corazón como el tuyo y el

mío; para pintarla con su verdadero colorido, se necesita la fresca

imaginación de un poeta y yo no la tengo.

Recuerdo que, dos años ha, mi amigo Eduardo Bustillo, el inspirado

cantor de nuestras glorias nacionales, delante de una escena idéntica á

la que voy describiendo, desde el mismo sitio, acaso sobre la misma

piedra que yo, lloró con su alma las penas de las pobres familias á

quienes una leva sumía en el abismo de todos los dolores, y puso en

labios de una esposa desvalida estas palabras sencillas, pero tiernas y

elocuentes:

--«Mi pobre niña inocente

el amor perdido siente.

Mas ya, ¿quién pondrá en mis manos

su pan y el de sus hermanos?

¡Ay, Señor!,

que en mi profundo dolor

presiento males prolijos;

que en este afán angustioso,

_lloro, más que por mi esposo,

por el padre de mis hijos_.»

Supla esta bella estrofa las frases que yo no encuentro para pintar la

desolación de aquella escena. Se lloraba al padre, al esposo, al hijo,

que se iban, quizá para siempre; pero que, al irse, se llevaban el pan

de los que se quedaban....

Escenas Montañesas · 第 29 / 79 题