Después de un vago preámbulo, exclamó así el buen señor:
--Mire usted, amigo mío: yo no estoy literalmente reñido con esa
batahola infernal, con ese movimiento que forma hoy la base de la
sociedad en que ustedes viven, no señor: comprendo perfectamente todo lo
que vale y el caudal inmenso de ilustración que representa; pero esto no
puede satisfacer las humildes ambiciones de un hombre de mis años.
Desengáñese usted, yo no puedo menos de recordar con entusiasmo aquellas
costumbres rancias, tan ridiculizadas por los modernos reformistas:
ellas me nutrieron, entre ellas crecí y á ellas debo lo poco que valgo y
el fundamento de esta familia que hoy me rodea, y, aunque montada á la
moderna, respeta mis _manías_, como ustedes dicen, y me permite vivir
cincuenta años más atrás que ella. No tengo inconveniente en decirlo:
mis vigilias, mis anhelos, todos mis afanes materiales han sido y aun
son para mis hijos; pero lo demás.... ¡Ah!; lo demás, incluso el traje,
como usted está viendo, todo lo rindo en honor de aquellos felices
tiempos de mi juventud.
Dicho lo cual sin resollar y con visible emoción, don Pelegrín, como de
costumbre, disertó sobre la sencillez de las costumbres de sus tiempos,
afanándose por convencerme de que eran mucho más recomendables que las
nuestras, con la cual intención, asegurándome que la historia de los
hombres de entonces, socialmente considerados, era, _plus minusve_, una
misma en cada categoría, trazóme de la suya lo que _ad pedem literae_
voy á copiar:
--Á los diez y siete años--dijo--había terminado yo la escuela; sabía
las cuentas hasta la de _cuartos-reales_, y tenía una forma de letra
que, como decía mi maestro, se escapaba del papel. Á los diez y ocho
entré con los Padres Escolapios á estudiar latín; á los veintitrés era
todo un filósofo apto para emprender cualquier carrera literaria.
Mi señor padre (que Dios haya), fundándose en que ya había en la familia
un fraile, un guardia y un empleado en las Covachuelas de Madrid, se
empeñó en que yo fuese jurisconsulto, por lo cual había escrito á
Salamanca, un año antes de terminar yo la filosofía, en demanda de
hospedaje y de recua que me condujese, en retorno de una de sus
expediciones semestrales de garbanzos, juntamente con los otros dos
estudiantes que, según se murmuraba por el pueblo, debían marchar
también con igual destino que yo.... ¡Me parece que fué ayer cuando, por
primera vez en mi vida, salí á correr el mundo!...
En el mesón del _Monje_, que estaba al principio de la calle de San
Francisco, monté sobre un macho cargado de azúcar y campeche; después de
haber recibido la bendición de mi señor padre que me contemplaba con
sereno rostro, aunque con el alma acongojada por la idea de separarse de
mí. También estaban allí los padres de mis dos compañeros de expedición,
los amigos de todos ellos y los curiosos que nos habían visto confesar
el día antes; medio pueblo, amigo mío, nos rodeaba en el mesón; medio
pueblo que nos siguió hasta el Cristo de Becedo, que estaba en el lugar
que después ocupó el Peso público, y últimamente esa gran casa que
llaman también del Peso. Allí rezamos un _Credo_, postrados todos de
hinojos; eché algunos cuartos en el cepillo del santuario, volví á
montar sobre el macho, y con un «buen viaje» de todos y una mirada de mi
señor padre que hizo brotar las lágrimas de mis ojos, partimos mis dos
amigos y yo para Salamanca, adonde llegamos sanos y salvos, después de
mil divertidos episodios, que tal vez le cuente en otra ocasión, á los
diez y nueve días, ocho horas y catorce minutos.
--¿Es posible--dije interrumpiendo á don Pelegrín--que sólo tres
estudiantes salieran de Santander en un año?
--Y era mucho salir--me contestó en tono enfático.--Repare usted que
estaba carilla la carrera de letrado. Solamente el arriero costaba al
pie de quince duros aunque era de su obligación mantenernos á su costa
durante el viaje; y la estancia anual en Salamanca no nos bajaba á cada
uno, con ropa limpia y derechos de Universidad, de mil quinientos á dos
mil reales.
--¡Cáspita!--exclamé yo muy serio, acordándome de lo que había gastado
en los tres días del último carnaval de mi vida de estudiante.--¡Ahí era
un grano de anís!... Pero no sabía yo, don Pelegrín, que fuese usted
abogado.
--Y no lo soy, ¡ca!...; porque verá usted lo que pasó. En las primeras
vacaciones que me dieron, y en recompensa de la buena censura que obtuve
del sinodal en el examen, me permitió mi señor padre que hiciese un
viaje de recreo adonde más me acomodase y por todo el tiempo que me
pareciese prudente. Entonces estaba muy de moda entre los jóvenes
pudientes de aquí, irse á San Juan de Luz y á Bilbao, con motivo de unos
célebres partidos de pelota que había á cada paso entre vascongados y
bayoneses. Yo elegí el último punto por la comodidad con que entonces se
hacía el viaje; pues había un _paquete_ quincenal entre aquel puerto y
éste; un quechemarín que se ponía junto á la botica del doctor
Cuesta.... ¿Se admira usted? Es que entonces ni existía la plaza de la
Verdura, ni en su existencia se pensaba, porque llegaba la marea muy
cerca del Arco de la Reina. Pues, señor, tomé pasaje en el quechemarín,
cuyo capitán era conocido de mi padre; y en la confianza de que
tardaríamos día y medio en llegar, como era costumbre del barco, según
decían, y por eso se llamaba el _Rápido_, hicímonos á la mar. Pero dió
en soplar un vientecillo del Nordeste apenas montamos el cabo Quejo, que
nos echó sobre Llanes cuando pensábamos alcanzar á Portugalete. Allí se
armó un zipizape del Noroeste con tal cerrazón y tales celliscas, que al
cuarto día amanecimos mar adentro y sin ver una pizca de tierra. El
capitán, según entonces nos confesó, nunca había navegado más que por la
costa de Vizcaya, ni conocía la altura en que nos hallábamos, ni, lo que
era peor, el modo de averiguarlo: así fué que, encomendándonos á Dios,
pusimos la popa al viento, trincamos el timón, y á los siete días de
tormenta nos colamos de noche en un boquete que al capitán se le antojó
Santoña; mas al preguntar, cuando amaneció, al patrón de un patache que
teníamos al costado, en dónde nos hallábamos, supimos que en Castropol.
Para abreviar, amigo mío: á los diez y siete días de nuestra salida de
Santander volvimos á fondear en las Atarazanas, después de habernos
equivocado en todos los puertos de la costa, y sin poder tropezar con el
que íbamos buscando. Á mi familia, que en todo ese tiempo no tuvo
noticias mías, figúrese usted que entrañas se le habrían puesto: por lo
que hace á mi padre, juró que en su vida me volvería á separar de su
lado, y así sucedió.--Ahora comprenderá usted por qué abandoné la
carrera.
Veinticinco años había cumplido cuando entré en una de las pocas casas
de comercio que había en Santander, con ánimo de instruirme en el ramo
para poder bandearme después por mi cuenta. ¡Qué vida aquélla, cuan
diferente de la de ustedes ... y qué placentera, sin embargo! Y eso que
no teníamos bailes de campo en el verano, ni fondas en el Sardinero, ni
trenes de recreo, como ahora. No hablemos de los días de labor, porque
en éstos se daba por muy contento el que de nosotros sacaba permiso para
ayudar una misa en Consolación ó para cantar un responso con los Padres
de San Francisco; pero llegaba el domingo, ¡válgame Dios!, y ya no nos
cabía en el pueblo tan pronto como se acababa el Rosario de la Orden
Tercera, durante el que (Dios me lo perdone) nunca faltaba un ratoncito
que soltar entre los devotos, ó alguna divisa que poner en la coleta de
algún currutaco. ¿Ve usted esas casas primeras de la Cuesta del
Hospital? Pues en su lugar había un prado que cogía parte de la plaza de
San Francisco. Allí jugábamos al _jito_, y á la _catona_, hasta sudar
la gota de medio adarme; también jugábamos á las _guerrillas_ y al
_rodrigón_, juegos muy en uso entonces que los había traído un salmista
de Cervatos, emigrado por cierto pique que tuvo con un prebendado de
aquella Colegial. Otras veces nos íbamos á echar cometas al Molino de
Viento, ó á chichonar grilleras á los prados de Viñas, según las
estaciones del año, ó á saltar las huertas de San José, que á todo
hacíamos, como jóvenes que éramos.... Yo, sobre todo, con este genio tan
francote y acomodado que Dios me dió, gozaba con todo mi corazón. Tenía
dos amigos en la calle de San Francisco que parecían nacidos para mí. El
uno tocaba el pífano y el otro el rabel, entrambos de afición; pero ¡qué
tocar!... Yo también era aficionadillo á la música, y punteaba en la
guitarra un baile estirio y dos minuetes. Pues, señor, nos poníamos los
tres al anochecer de los domingos del verano, después de nuestra partida
de _jito_, á la puerta del balcón, y dale que le das á los instrumentos,
llegábamos á reunir en la calle una romería. Personas de todas edades y
condiciones, cuanta gente volvía de pasear ó de la novena, se plantaba
al pie del balcón hasta que nosotros nos retirábamos.... Y vea usted,
qué demonio: en cuanto llegó á hacerse de moda en aquella calle la
reunión del pueblo, nos prohibió tocar el señor Corregidor. Yo no sé
qué se corría entonces por la ciudad sobre francmasonería. La guerra del
francés había dejado á las gentes muy recelosas y asombradizas, y la
nota de _afrancesado_ todavía quitaba el sueño á más de cuatro
españoles. Lo cierto es que por entonces comenzaron á gastar los
elegantes el _pequé_ sobre el _sortut_, y las madamitas la _escofieta_
con sus _airones_ de á media vara; también se introdujeron en la mesa la
sopa á la _ubada_, el principio de _pulpitón_ y el postre de _compota_,
que de allí data el que ustedes usan...; en fin, que las señas eran
fatales; que se temía una logia á cada vuelta de esquina, y que creímos
muy natural la prohibición del señor Corregidor, que temblaba, como él
nos dijo, toda reunión que pasara de tres individuos.