SANTANDER

(ANTAÑO Y OGAÑO)

I

Las plantas del Norte se marchitan con el sol de los trópicos.

La esclavizada raza de Mahoma se asfixia bajo el peso de la libertad

europea.

El sencillo aldeano de nuestros campos, tan risueño y expansivo entre

los suyos, enmudece y se apena en medio del bullicio de la ciudad.

Todo lo cual no nos priva de ensalzar las ventajas que tienen los

_Cármenes_ de Granada sobre las estepas de Rusia, ni de empeñarnos en

que usen tirillas y fraque las kabilas de Anghera, y en que dejen sus

tardas yuntas por las veloces locomotoras nuestros patriarcales

campesinos....

Pero sí me autoriza un tanto para reirme de esas largas disertaciones

encaminadas á demostrar que los nietos de Caín no supieron lo que era

felicidad hasta que vinieron los fósforos al mundo, ó, mejor dicho, los

fosforeros, ó como si dijéramos, los hombres de ogaño.

Y me río muy descuidado de la desdeñosa compasión con que hoy se mira á

los tiempos de nuestros padres, porque éstos, en los suyos, también se

reían de los de nuestros abuelos, que, asimismo, se rieron de los de sus

antepasados; del mismo modo que nuestros hijos se reirán mañana de

nosotros; porque, como es público y notorio, las generaciones, desde

Adán, se vienen riendo las unas de las otras.

Quién hasta hoy se haya reído con más razón, es lo que aún no se ha

podido averiguar y es probable que no se averigüe hasta que ría el

último; pero que cada generación cree tener más derechos que ninguna

otra para reirse de todas las demás, es evidente.

He dicho que el hombre se ríe de cuanto le ha antecedido en el mundo; y

he dicho mal: también se ríe de lo que le sigue mientras le quedan

mandíbulas que batir.

Resultado: que el hombre no halla bueno y tolerable sino aquello en que

él toma parte, ó en que la toman los de su lechigada. Mientras es actor

en los sucesos del siglo en que nace, todo va bien; pero desde el

momento en que, gastado el eje de su vida, se constituye en mero

espectador, nada es de su agrado.--Abrid la historia de las pasadas

sociedades; leed al filósofo crítico más reverendo, y le veréis mientras

se jacta de haber dado ensanche al patrimonio ruin de la inteligencia

que heredó de sus mayores, lamentarse de los locos extravíos de la de

sus hijos.

Y cuando á los nuestros entreguemos mañana el imperio del mundo,

palparemos más evidente esta verdad. Una vez apoderados ellos del cetro,

veréis lo que tarda nuestra generación, entonces caduca é impotente, en

llamarlos dementes y desatentados; casi tan poco como en que ellos nos

miren con lástima, y, alumbrados por el sol de la electricidad, se rían

á nuestras encanecidas barbas de los resoplidos del vapor de nuestras

locomotoras.

Y esto ¿qué significa?

Que la humanidad siempre es la misma bajo los distintos disfraces con

que se va presentando en cada siglo.

Y si el lector al llegar aquí, y en uso de su derecho, me pregunta á qué

conducen las anteriores perogrullescas reflexiones, le diré que ellas

son lo único que saqué en limpio de mi última sesión con mi buen amigo

don Pelegrín.

Don Pelegrín Tarín es un señor fechado aún más allá de la última decena

del siglo XVIII, uno de esos hombres cuyo conocimiento se hace en el

café con motivo de una jugada á las damas, ó la duda de una fecha, ó el

relato de un episodio de la guerra de la Independencia; un señor chapado

y claveteado á la antigua, y en cuyo ropaje y fachada se puede estudiar

la historia civil y política de su tiempo, del mismo modo que sobre un

murallón cubierto de grietas y de musgo se estudia el carácter de la

época en que se construyó ... y no sé cuántas cosas más, según es fama.

La verdad es, sin que importe el cómo, que don Pelegrín se hizo amigo

mío, y que raro es el día en que no me echa un párrafo de historia

antigua, apenas entro en el café, su morada habitual desde las tres de

la tarde hasta las ocho de la noche, y me siento en mi rincón

preferido... Y ahora recuerdo que la coincidencia de buscar los dos el

ángulo más apartado, á la vez que el sofá más mullido del café, dió

origen á nuestro conocimiento.

Comenzó el buen señor por aburrirme muchas veces, hablándome de la

guerra _del francés_, como él dice, y del Duque de Wellington. Hablábame

también á cada paso de la política del Rey y de los puntales del Tesoro,

del pingüe resultado de los _gremios_ ... y qué sé yo de cuántas cosas

más; y haciendo sus aplicaciones á las modernas doctrinas y al presente

sistema administrativo, sacaba las consecuencias que le daba la gana,

porque yo á todo atendía menos á contradecirle. Pero comenzó un día á

hablarme del Santander de sus tiempos y de las costumbres de su

juventud, y sin darme cuenta de lo que me sucedía, halléme con que me

iba interesando el viejo don Pelegrín. ¿Y cómo no interesarme si es la

mejor crónica del pueblo, la única tal vez que nos queda? Desde entonces

estreché más mi trato con él, y di en agobiarle á preguntas. Pero el

bendito señor, sea efecto de sus años ó de su carácter vehemente, tiene

la costumbre de comentar todo lo que dice y de meterse á filosofar y á

hacer digresiones sobre la cosa más trivial; de suerte que nunca pude

obtener un cuadro exacto y bien detallado del Santander de antaño, tal

como yo le quería para dársele á mis lectores, seguro de que me le

agradecerían como una curiosidad. Lo más acabado que salió de su

descriptivo-crítico ingenio, es lo que ustedes van á leer (si tanta

honra quieren dispensarme).

Malo ó bueno, ello es de la propiedad de don Pelegrín, y en él declino

mi responsabilidad....

Escenas Montañesas · 第 10 / 79 题