En el imperio incaico los curanderos hacían dimanar sus conocimientos
médicos del estudio de las yerbas y del carácter esencial de los
fenómenos mórbidos. Despojando a la medicina de aquellos tiempos, y
que es la que aun practican los indios, de las preocupaciones que
la rodean, se nota que contiene principios y descubrimientos de
suma importancia. Los _amauttas_ khechuas y los _yatiris_ kollas,
conocían el método homeopático, fundado en la fuerza reactiva de
los semejantes, y en la disminución de las dosis y la eficacia
del remedio único; estaban familiarizados con el empleo de drogas,
como la quinina, la ipecacuana, la copaiba, el azufre y los tónicos
amargos y aromáticos, como agentes terapéuticos de primer orden. El
gran específico contra las fiebres palúdicas y malignas fué conocido
en Europa por la revelación que aquéllos hicieron de las propiedades
de la quina. Razón tuvo un escritor argentino, para decir que la
antigüedad no ha poseído más que dos escuelas esencialmente clásicas;
la de Hipócrates y la de los khechuas[40], o más propiamente de los
_kollanas_.
[40] Vicente Fidel López, _Les races Aryennes du Pérou; leur
langue, leur religion, leur histoíre._ París, 1871.
En cuanto a la anatomía y cirugía, tampoco se puede negar, que las
poseían, siquiera en sus generalidades. Dedúcese esto de la casi
perfecta preparación de las momias; circunstancia que induce, de paso,
a suponer el conocimiento de otra rama completamente moderna en la
medicina europea, llamada de los métodos de asepsia y antisepsia.
La preparación de las momias implica que se daban perfecta cuenta de
las tres cavidades conocidas del organismo humano y de su consiguiente
sometimiento al método antiséptico, que tanto entre los egipcios como
entre los kollas y khechuas, ha quedado en secreto inescrutable. Los
pálidos vestigios que aun quedan de la ciencia médica de los _yatiris
y los amauttas_, siguen revistiendo en sus sucesores imperfectos, los
_callahuayas_, caracteres de culto sacerdotal, desde su iniciación;
especie de ciencia oculta, la de curar, se trasmite ella, de padre a
hijo, o entre miembros de la misma familia y tribu, con la desventaja
de que cada generación recibe mermada la herencia del saber de sus
antepasados y no será extraño que terminen por ignorarlo todo con el
trascurso del tiempo.
El _callahuaya_, tiene entre los indios la misma importancia del mago
entre los egipcios, y apenas él se presente en la casa de un enfermo,
desaloja a los demás curanderos que le atendían, quienes reconociendo
la superioridad de aquél, se retiran voluntariamente y acatan sin
observación sus procedimientos terapéuticos o supersticiosos.
Los cráneos excavados de las antiguas sepulturas comprueban que los
_yatiris_ y _amauttas_ empleaban también con rara corrección el sistema
de las trepanaciones craneanas en sus curaciones, sin embargo de los
instrumentos imperfectos y deficientes que debieron poseer para ese
objeto. Rezago de tal sistema puede ser el que actualmente aplican los
indios del altiplano, para los corderos atacados de la enfermedad del
_torneo_, trepanándoles el cráneo y extrayéndoles con mucho cuidado
del interior ciertas materias extrañas que las creen causantes del mal.
La innegable competencia de los médicos indígenas de aquellos tiempos,
se encuentra corroborada por el P. Cobo, que dice: «En lo que
comúnmente acertaban, era en curar heridas, para las cuales conocían
yerbas extraordinarias y de muy gran virtud; y para que más claro
sea esto, contaré aquí una cura que hizo un indio en la ciudad de
Chuquiabo, como lo refiere un caballero que hubo en aquella ciudad,
llamado D. Diego de Avalos, en ciertos papeles suyos que llegaron a
mis manos, y es así: De una gran caída que dió un muchacho indio, hijo
de D. Alonso Quisimayta (de la generación de los Incas), cacique de
la encomienda y repartimiento del dicho D. Diego, se le quebró una
pierna por medio de la espinilla, de manera que el hueso de ella rompió
la carne y se hincó en el suelo, donde se derramó mucha parte de la
médula, lo cual prometía varios accidentes y dificultad en la cura;
y por ser hijo del cacique principal y de real sangre, hizo el dicho
caballero llamar a los cirujanos para que le curasen con todo cuidado;
los cuales, viendo el daño que había recibido el pariente en la pierna
se determinaron de cortarla y de aventurar por este camino, porque, de
no hacerlo, tenían por cierta su muerte. Mas, como de tal remedio rara
vez se haya visto buen suceso en este reino, hubo diversos pareceres en
los circunstantes; y su padre del muchacho fué del contrario, el cual
mandó llamar a un individuo viejo, cuyo oficio era curar entre ellos
y le preguntó qué cura se le ofrecía para su hijo. El viejo se apartó
un poco del camino (estaban fuera del pueblo) y cogió cierta yerba que
luego quebrantó en las piedras, a fin de que no pudiese ser conocida,
como no lo fué; y llegando donde el enfermo estaba, la esprimió, y
con el zumo de ella mojó el hilo de lana y con él le ató el hueso
que salía de la carne y a raíz de ella, prometiendo cierta salud al
enfermo, y otro día estando presente el sobredicho D. Diego de Avalos,
con otras personas, volvió el indio a curar al enfermo, y vieron todos
los circunstantes, con no poca admiración suya, cómo el hilo de lana
con el sumo de la yerba, con su fortaleza había cortado el hueso sin
dolor alguno, según el enfermo dijo; y aplicándole el viejo herbolario
la misma yerba mezclada con otras, en breve fué sano, quedando por
señal un pequeño hoyo en la espinilla, por donde el hueso había salido;
pero tan sano y ágil el mozo, como si semejante desastre no le hubiera
sucedido.
«Quedó tan deseoso de conocer aquella yerba el dicho D. Diego, que
prometiéndole buena paga al indio, con halagos y caricias le pidió la
mostrase; y aunque él prometió hacerlo, nunca lo cumplió, sino que le
fué entreteniendo con varias excusas, hasta que el hielo del invierno
quemó los prados, lo cual tuvo el indio por bastante causa para no
cumplir la promesa.»[41]
[41] _Historia del Nuevo Mundo_ por el P. Bernabé Cobo, etc.
Tomo IV. Sevilla, 1893, pag. 200 y 201.
Semejantes curaciones no son extrañas al presente entre los indios.
Como no existen en las poblaciones rurales médicos ni boticas, son los
curanderos indígenas los que hacen las reducciones, en los casos de
luxaciones y fracturas, con singular maestría y después ponen emplastos
de yerbas en las partes enfermas hasta que sane el enfermo. En lo que
fallan por completo es en el tratamiento y curación de las enfermedades
importadas por los españoles y en las que posteriormente han aparecido,
a las que el organismo indígena no está habituado y que por esta causa
y por faltar medios para curarlas hacen estragos entre los indios,
quienes sucumben sin el menor auxilio médico. En presencia de tales
dolencias, para las que se declara impotente su primitiva farmacopea,
sólo tienen el recurso de las brujerías.
De dos maneras aprende a curar el cirujano indígena o _Sircamana_, por
trasmisión de conocimientos, en la forma ya indicada, o por observación
directa en su persona, cuando ha sufrido una fractura o luxación y
consigue sanar por propio esfuerzo. En ambos casos, estos empíricos
suelen hacerse tan hábiles en su profesión, que realizan curaciones
sorprendentes.