Otro género de _taripacus_, lo realizan los indios en días anteriores
y posteriores a la Navidad, hasta el Año Nuevo, en que se cambian los
funcionarios indígenas, llevando de regalo a sus compadres blancos, al
son de música, corderos, hasta un novillo joven, cubierto el cuerpo de
monedas y de cintas, y varios productos del país. El agazajado recibe
los obsequios y les hace beber abundante aguardiente.
También hacen _taripacus_ a las iglesias introduciendo largas pilas de
ceras o espermas, adornadas con cintas de diversos colores, seguidos
los del obsequio por una banda de música y haciendo reventar petardos y
bombas criollas. El sacerdote los recibe en la puerta del templo, pone
en la cabeza del principal y de su familia el manípulo, los hace rociar
con agua bendita y después de darles su bendición, manda que todo se
entregue al sacristán.
Los indios que deben celebrar la fiesta de Navidad, llamados
_huaranis_, por entregárseles la vara de la autoridad para este objeto,
conducen la víspera en la noche, al templo o capilla un arco de madera
adornado con cintas multicolores, banderillas, plata labrada y espejos;
arco que es colocado delante del altar mayor y al alojamiento o casa
del alferez, a la danza, usando instrumentos de cuerda y viento. Cada
alferez tiene un grupo o comparsa de bailarines.
Pasada la hora de las doce el día de la Navidad, se reunen las
comparsas con objeto de proceder a la lucha a honda. Esta lucha es
presidida por el alcalde o _jilakata_, de quién solicitan permiso los
duelistas, que ejecutan el acto al son de música. Sólo pueden tomar
parte en la lucha los jóvenes casados.
Se colocan dos indios, guardando una distancia de ocho metros entre
sí; uno de ellos le da la espalda al otro y este comienza a propinarle
una serie de hondazos, que despiden peras. La misma operación repite
a su vez el otro. La destreza consiste en que las peras hagan blanco
en el occipital del contrario, y la mayor parte de ellos son diestros
hondeadores; de manera que las seis peras que a cada uno le corresponde
arrojar a su antagonista, dan en el blanco, cayendo la pera con el
choque en menudos pedazos.
El veintisiete concluye la fiesta con la acostumbrada despedida o
_cacharpaya_.
La víspera de Navidad acostumbran fabricar los hijos de los indios y
mestizos dedicados a la agricultura, figuras de barro, que representan
corderos, toritos, llamas y cerdos, llevándolas al templo, y
colocándolas en el altar del niño Jesús. Al siguiente día, después
de pasada la misa, es que han recibido aquellas figuras la bendición
del párroco, las recogen y acomodan sobre las puertas, en el espacio
formado por los aleros con objeto de que el ganado que poseen se
conserve incólume o que se acreciente; y si no lo tienen que les
conceda Dios el adquirirlos. Suponen que tales figuras tienen la virtud
de favorecer las intenciones de sus obreros y en ese sentido no omiten
adornarlos de flores en la fiesta que les dedican.
X
Cuando a la persona que está dormida, se le pone sobre el pecho el
zapato correspondiente al pie izquierdo del que ejecuta el acto, revela
los secretos que tiene contra éste.
Las personas que se lavan de una misma agua, se aborrecen.
La mano izquierda escuece para recibir dinero y la derecha para pagar.
No hay que consentir que nos rasquen la palma de la mano, porque atraen
y se llevan el dinero que debíamos ganar o recibir.
No deben quemarse las prendas de vestir cubiertas de piojos, porque
el fuego tiene la particularidad de hacer que aquellos parásitos, se
propaguen rápidamente en el cuerpo de la persona a la que pertenecen
las especies quemadas.
Las patatas no pueden cocerse en la comida cuando la cocinera ha
resuelto retirarse de la casa.
No hay que agitar en la noche tizones encendidos, haciendo círculos en
el aire, porque se atrae a los ladrones.
Los que han nacido en el invierno, pueden detener o desvanecer las
nubes cargadas de lluvia, con sólo soplarlas desde la tierra con
fuerza.
Cuando el perrito faldero se alegra, es para que haya dinero en la casa.
Si al salir fuera de la casa se atraca en el empedrado el bastón, debe
regresarse porque algo malo le ocurrirá a quien insista en continuar su
camino.
Tropezar con un remolino de viento, es para tener pelea con alguien.
Cae de la boca lo que tratamos de comer cuando alguien se acuerda de
nosotros.
Se siente zumbido en el oído derecho para tener noticias malas y calor
en las orejas, cuando hablan mal de nosotros.
El bostezo dado inadvertidamente es seña de aburrimiento con el que se
está.
No debe pegarse con escoba sino se quiere hacer desgraciada a la
persona que sufre los golpes.
El que recoge cosas viejas de los basureros nunca tendrá fortuna.
No se debe barrer la casa tarde o en la noche, porque se ahuyenta la
buena suerte.
El que tiene costumbre de defecar en su dormitorio será siempre
desgraciado.
El equivocarse en una oración que se sabía bien de memoria es de mal
augurio.
La avaricia hace crecer verrugas en las nalgas.
El que toma el sobrante de un líquido, que queda en el vaso, sabe los
secretos de quien la ha dejado.
Cuando el hombre sirve platos de comida en la mesa, siguen con hambre
los concurrentes. Para que queden satisfechos, es necesario que les
distribuya la mujer.
No se debe señalar con el dedo en cuerpo propio el lugar en que recibió
otro una herida causada por alguna arma blanca o de fuego, porque puede
repetirse en el mismo sitio el hecho.
No hay que mirarse de noche en el espejo porque suele mostrarse el
diablo.
Cuando se golpea el rostro, tampoco debe mirarse inmediatamente en el
espejo, porque sale el cardenal con mayor fuerza.
El viudo o viuda, son los únicos que pueden limpiar el hollín de las
cocinas, porque cuando lo hace un soltero o soltera, se augura que en
el matrimonio que realice, nunca conservará con vida a su consorte.
Los cabellos de la mujer comienzan a caer cuando los manosea el hombre.
La mosca penetra en la copa de licor, cuando el que deba servirse tiene
que embriagarse.
Quien pasa por debajo de una escalera tendrá algún disgusto doméstico.
Para evitar los brujeríos, aconsejan ponerse las enaguas al revés los
días martes y viernes.
La persona que encuentra nueve granos de arvejas en una sola vaina,
tendrá buena suerte en lo que se propone hacer.
En el comienzo de una faena o en el estreno de algún objeto, nunca se
debe desconfiar de su buen éxito, o decir que durará poco o traerá
inconvenientes el objeto estrenado, porque se predice y se atrae el
mal sin pensarlo, a lo que llaman _arjaña_. Al menos rechazan y motiva
un disgusto, el pronosticar mal de una persona. Temen que por haberse
dicho en _mala hora_ se cumpla el vaticinio. Suponen que en el curso
del tiempo hay momentos buenos y malos, que influyen decisivamente
sobre el resultado de lo que se desea, dice o hace.