_La chicha es el maíz divinizado_, dicen hiperbólicamente los
partidarios de este Soma indígena, y a ella le atribuyen el don de
atraer la dicha, dar plenitud y vigor a la vida, ahuyentando los
pesares. La chicha constituye una ambrosía apetecida y de uso habitual
para las clases populares. La ofrecen a sus dioses, hacen parte de su
culto, escancian en sus fiestas y sin ella no comprenden cómo se pueda
existir en la tierra.
Este licor proviene en la harina de maíz maztizada o amazada y
secada al sol, que con el nombre de _Mukcu_, es elaborada en
fábricas especiales denominadas _Chacas_[35], en las que a fuerza
de conocimiento se hace el _arrope_, que es diluído en depósitos
apropiados que contienen de antemano agua tibia y en los que se deja
bien tapados para su fermentación.
[35] La _chakha_ es una cocina que tiene un techo piramidal,
formado de barro. El piso de su interior es húmedo; en el
centro hay un perol o _fondo_, como lo llaman los fabricantes,
que antes era de cobre y que ahora es de fierro por imposición
de las municipalidades. En los extremos, cerca de la pared
se ven dos o tres cántaros u ollas de barro en los que se
disuelve el caldo del _mukcu_ y después se le somete a
cocimiento, hasta que obtenga cierta temperatura. La parte
espesa de esta sustancia se precipita, es decir, en el perol
se trabaja la extracción de la parte azucarada que tiene el
_mukcu_ o mejor dicho, el maíz, y esa solución cuando ya ha
tomado _punto_, como se dice vulgarmente, se disuelve en el
caldo, para que una vez producida la fermentación en los
depósitos o tinas se obtenga la chicha.
Las municipalidades por ese prurrito que distingue al mestizo
de sacudirse de todo lo nacional, para dar preferencia a lo
exótico, han gravado estas _chakhas_, que no deben valer
con todos sus utensilios, más de trescientos bolivianos con
el impuesto gradual de cien, ciento cincuenta y doscientos
bolivianos al año, cuando lo que ganan no alcanza muchas veces
a esa suma, porque lo que cobran por la fabricación de cada
fanega de mukcu, que se llama _viaje_, es cinco, seis, hasta
ocho bolivianos. El objeto que se persigue es ir, poco a poco,
extinguiendo la elaboración de la chicha, y reemplazarla con
alcohol y otras bebidas destiladas.
Alguna vez cuando se desea que la chicha tenga bastante fuerza
alcohólica y sea agradable al paladar, se la cierra en cántaros,
introduciendo adentro gallinas y palomas peladas, cabezas de corderos
y de vaca desolladas, y después de taparlos bien, se entierran los
cántaros en el suelo, donde con la fermentación llegan a deshacerse
todas esas especies y la chicha a ser tan fuerte que un vaso de ella
embriaga. Tal bebida especial se la distingue con el nombre de _itila_.
Si en estado de fermentación la chicha se enturbia y no puede
clarificarse, o como dicen las del oficio, _rebota_ la borra a la
superficie, es señal de que morirá la dueña o alguien de su familia.
Cuando el licor se halla en sazón, para consumirlo pretextan los dueños
que harán celebrar una misa de _salud_, o a la Virgen o algún santo de
su devoción, bajo cuyos auspicios piensan dar comienzo al consumo. Es
imposible que levanten las tapas de los cántaros sin ejecutar antes
alguna otra ceremonia religiosa, a falta de misa, ni se sirvan las
primeras copas sin ponerles una cruz y exclamar: _que se comience en
buena hora..._
El día de la misa se agregan los que elaboraron la chicha al cortejo
de los invitados y en séquito concurren al templo. La dueña del
áureo líquido, suele ser una chola robusta de anchas caderas, pechos
abultados y rostro simpático, la que se pone a la cabeza de los suyos
y risueña los conduce a la iglesia, alguna vez seguida de una pequeña
banda de músicos, que tocan alegres aires nacionales y de una partida
de muchachos que hacen reventar cohetes. Presiden la comitiva dos
cholas jóvenes, elegante y pintorescamente trajeadas, que llevan en las
manos, acondicionada en paños limpios, bien almidonados y planchados el
busto o cuadro de la Virgen o santo, bajo cuyo patrocinio consumirán la
chicha.
Al llegar a la puerta del templo se arrodillan, aparentando un fervor
religioso que está muy lejos de sentir sus corazones turbados por
las alegrías que le esperan; recitan ligeramente una breve oración y
persignándose varias veces franquean el umbral del santo recinto. Las
conductoras de la efigie, la colocan sobre el altar y haciendo varias
genuflexiones se retiran. Empieza la misa, acompañada con la música
traída o con la del órgano del templo, infundiendo en los asistentes
cierto pesar que se manifiesta en sus rostros contritos y melancólicos.
A la conclusión de la misa, el sacerdote se desprende del altar, pone
el manípulo sobre la cabeza de los que le han hecho celebrar y después
de expresar algunas breves palabras les da su bendición.
Regresa el séquito a la casa de la patrona de la fiesta, con el
mismo bullicio de muchachos, cohetes y música. La propietaria saca
un vaso de chicha de la primera tinaja que se abre, y se la presenta
arrodillándose a la Virgen o santo, cuya protección invoca, y que tiene
su altar improvisado con ramos de flores, cintas de diversos colores
y velas encendidas, después de humedecer los labios de la imagen con
gotas del líquido, invita a los concurrentes a beberlo ya sin temor
ninguno, porque los requisitos que la preocupación popular le exigía
han sido cumplidos religiosamente.
Desde ese momento se enarbola en la puerta el pendón, consistente en
una banderita de color o un muñeco colgado, que sirve de anuncio para
la venta de la chicha. Circulan los vasos llenos del rubio licor; se
compran unos, e invitan otros; mientras la música sigue tocando sus
aires.
A cierta hora la dueña convida a los asistentes varios platos de
picantes, que comúnmente son de _cuys_, gallinas, o asados con
bastante ají molido. Esto no lo hace con el objeto de que les sirva
principalmente de alimento, sino que les incite a beber más chicha. El
ají es considerado como poderoso excitante.
Todo el que pasa por la puerta es llamado a participar de la fiesta.
Se encuentran al servicio del establecimiento, por lo común, algunas
jóvenes majas, encargadas de atraer varones, enlabiarlos, dándoles
esperanzas de que cederán a sus insinuaciones y galanteos, a fin de que
estos paguen los gastos del consumo de la chicha, para corresponderlas.
La chola cochabambina nace, por lo regular, en la chichería, crece,
desarrolla y vive para la chichería; sus horas plácidas o tristes
se desenvuelven allí y allí, después de una existencia borrascosa
entrega su último aliento. «Ella es lanzada al mundo en condiciones de
completa indefensión e impreparación para la lucha de la vida», dice un
escritor nacional y continúa: «No exige ninguna escuela profesional.
Ningún rol útil es abierto por la acción fiscal o municipal para hacer
actuar las aptitudes de las mujeres de las clases trabajadoras sobre
un plano de independencia, de producción y de dignidad. Las escuelas
reciben a las muchachas en su infancia, las enseñan a leer, a rezar, a
cantar y a vestirse de encajes y llevar flores para el día de exámenes.
En seguida las echan a la calle. Después de ese florido paréntesis de
la escuela, la muchacha del hogar obrero, entra de lleno en las rudezas
de la vida ordinaria. Aprende a soportar las palizas del padre, toda
vez que este se emborracha. Cuando ella misma no hace chicha y sirve
de atracción a los parroquianos que al atardecer se recogen en las
tabernas, va a buscar chicha en el barrio para que su madre y su padre
se embriaguen. La vida es penosa, agria... Solamente las borracheras
y el fandango sirven para amenizarla. Llegan los días de fiesta, los
carnavales, los días de los santos. Detrás de las caras escuálidas
de todos los santos del calendario, la gente adora a Baco, rollizo e
inyectado. Baco es dios absoluto y esencial. El Baco nacional difiere
mucho del sonriente Dionisio griego, fresco como un efebo, coronado de
yedra y con los ojos verdes, brillantes de vida y seducción. Nuestro
Baco no ha nacido como el dios griego del racimo de uvas, entre las
alegrías de la vendimia y del aire libre. Surge de la taberna, a
puerta cerrada, bajo el aire infecto y denso, entre los picantes y
fermentos de la chicha. De este modo, el Baco cochabambino, es sucio
e hirsuto. Su caballera es grasienta y su nariz colorada y velluda. Y
así, en vez de las aladas ménades y bacantes, que rodeaban a Dionisio,
nuestro culto a Baco, que es el culto nacional por excelencia, pide
el sacrificio de la inocencia, de la limpieza, de la juventud, de la
hacendosidad y de todas las virtudes femeninas»[36].
[36] «La Patria» Oruro, 31 de julio de 1919, No. 121.
Pero ¡ah! ese culto al dios nacional, ha de ser difícil de arrancar
por completo de las costumbres del cholo y del indio. El uso y abuso
de la chicha está arraigado fuertemente en los hábitos populares. El
procedente de la raza khechua, sobre todo, desespera por esa bebida,
y en Cochabamba, rara será la persona que pase el día sin consumir
siquiera un vaso de tan preciado líquido. Cuando mucho se les censura,
lo hacen ocultamente.
Los moralistas, desde aquel célebre Gobernador Viedma, que apellidaba
a la chicha _asqueroso brevaje_, no cesan de reprobar su consumo; sin
embargo, a despecho de sus apasionadas críticas, sigue aumentando su
fabricación y expendio de día en día. ¿A qué se debe esto? ¿Será que
en la naturaleza humana existe una propensión invencible a buscar el
agregado del licor, para enervar las penas o acrecentar las alegrías?
Pueda ser que así sea; pero, de lo que no cabe duda es que cada nación,
cuando tiene costumbres definidas, posee su licor propio: el alemán
la cerveza, el francés el vino y el inglés el whisky. La chicha es el
licor nacional de Bolivia, el único llamado a contrarrestar el consumo
del alcohol y demás licores destilados, una vez que la elaboración,
internación y expendio de estos se encuentra permitido, y de impedir
por lo mismo, que el país se sumerja en un mar de alcohol, como teme el
citado periodista.
V
La fiesta de la Invención de la Santa Cruz fué en tiempos pasados
una de las más ruidosamente celebradas. Duraba tres días, siendo la
noche del tres de mayo grande el entusiasmo y mayor el desenfreno de
la muchedumbre. En la ciudad de La Paz, se desenvolvía ella en la
región denominada antiguamente _Cusisiñapata_, altura para alegrarse,
y después en _Caja del Agua_, con cuya denominación se conoce hoy, a
donde afluían en las noches, las pandillas de disfrazados, bailando al
son de orquestas entusiastas, poseídas de loca alegría, seguidas de un
público que no lo estaba menos.
A media noche, en aquel sitio, todos los asistentes parecían atacados
de locura colectiva y se entregaban a los excesos de la lubricidad,
acicatados por el alcohol, la chicha y al amparo de extraños disfraces,
donde femeninas enaguas ocultaban a un apuesto galán y la púdica
doncella cubría con elegante frac o levita, la blancura impoluta de
su cuerpo; donde frailes o clérigos aparentado el papel de robustas
hembras hacían danzar a sus barraganas vestidas de hombres.
Era una fiesta dionisiaca realizada en homenaje a la Cruz. Caballeros,
religiosos y plebeyos, en franca promiscuidad, dominados por la misma
fiebre de divertirse, embriagarse y satisfacer sus apetitos sensuales,
se sentían hermanos en aquellos fugaces momentos y bebían licores,
danzaban frenéticos y se entregan a cuantos placeres les brindaba la
ocasión propicia.
No era raro que la blanca y pudorosa niña, perteneciente a una casa
de abolengo sonoro, se estremeciese amorosa entre los brazos de algún
pobre, pero robusto gañan de su servidumbre y que el jefe de ella
ofreciese rendido su corazón a su sirvienta, si bien tosca en sus
maneras, de carnes frescas y turgentes.
Cuando las sútiles palideces del alba aproximaban por las plateadas
cumbres del Illimani las parejas acopladas por la casualidad se
separaban y las pandillas cansadas y en medio de las extridentes risas
de las mujeres de los roncos gritos de los hombres, volvían a sus
casas.[37]
[37] Véase al respecto la descripción que se hace en el
folleto titulado "Maldición y superstición". Leyenda boliviana
del siglo XVIII, por José Rosendo Gutiérrez. Paz de Ayacucho,
año 1857, páginas 27 y 28, que se halla conforme con la que
hemos hecho.
En la ciudad de Potosí se realizaba otra fiesta semejante a la
anterior en el fondo, aunque reducido a una clase social y distinta
en la forma, denominada _Phuna Cancha_, también nocturna y consagrada
a Baco y a Venus indígenas. «Las criadas y doncellas de labor--dice
Brocha Gorda--se escapan atraidas por el imán de lo misterioso y lo
desconocido, por el incentivo del peligro a que los inducía el demonio,
desplegando a su vista todo un panorama de concupiscencia.
«Allí iban cuantas muchachas lograban tomar la puerta y se perdían
generalmente en sus orgías las preciosas flores que hicieron decir a un
poeta:
«Es de vidrio la mujer
y conviene averiguar,
si se puede o no poner
en peligro de romper
lo que no se ha de soldar»[38]
[38] "La Villa Imperial de Potosí".--Su historia
anecdótica.--Sus tradiciones y leyendas fantásticas etc. por
Brocha Gorda (Julio Lucas Jaimes) 1905, pag. 139 y 140.
Igual vértigo de lujuria y embriaguez que en la fiesta anterior
se apoderaba de los concurrentes a esta última, cesando su furor
únicamente con la claridad del nuevo día.
Con la misma o mayor libertad desenfrenada se festejaba la Cruz en
las demás poblaciones. Hoy la fiesta ha decaído por completo y de
ella no se conserva en algunos pueblos sino la costumbre de dirigirse
recíprocamente esa noche frases injuriosas, con el aditamento de
_Sihuay-sahua_. Uno al encontrarse con otro le llama _ladrón_ y en
seguida repite, _Sihuay-sahua_, y todo queda remediado: es una especie
de carnaval en que se insultan impunemente.
Esta costumbre de reñir con semejante añadidura, que atenúe y disculpe
la ofensa debe ser rezago de tiempos inmemoriales.