Las clases populares dan mayor importancia a la delimitación y posesión
judiciales de sus terrenos que a los títulos de propiedad, razón por la
que cuando se realiza alguna de esas diligencias, observan multitud de
ceremonias que les den solemnidad y sea lo actuado imperecedero en la
memoria de los asistentes.
En los casos de delimitación, deslindes, recorrida de mojones, concurre
comúnmente, numeroso público y los indios antes de colocar el mojón, o
en el límite reconocido por las partes interesadas, estiran a un niño
que tenga vinculaciones con éstos, y le dan de azotes en nalga pelada,
encargándole en cada latigazo, que se acuerde y grave en la memoria que
en ese punto fué castigado y en seguida ponen la señal. El indiecito,
con semejante recomendación, nunca se olvida del lugar ni de lo
ocurrido y cuando llega a la vejez, siempre repite: «este es límite de
estos terrenos, porque aquí me azotaron», y sus afirmaciones en juicio,
son al respecto precisas, llenas de detalles y reunen las condiciones
requeridas para una plena prueba, dando a los jueces mucha luz en caso
de litigio. En la colocación de cada señal o _Achachi_, siguen el mismo
procedimiento, hasta que, después de concluídas las diligencias se
entregan a una franca diversión.
En las posesiones ministradas personalmente por los jueces, las
solemnidades y gastos son mayores. El interesado acopia desde días
antes, abundantes provisiones de comer y bebidas; llegado el día de
la operación, conducen al juez con muchos miramientos al lugar en que
debe verificarse el acto, y éste, a su vez, asume un aspecto tan grave
y da tanta importancia a su persona, que despierta no vivo interés
en los concurrentes. Ordena al actuario o secretario de su juzgado,
lea los obrados que sean pertinentes, la solicitud del peticionario,
el decreto que le ha cabido: pregunta si las partes y colindantes han
sido notificados con ese decreto y si no ha habido oposición al acto;
y en seguida, tomando de la mano al interesado le da posesión del
terreno, consistiendo ella, en hacerle revolcar en el suelo, mientras
los asistentes le arrojan piedras pequeñas, tierra, flores y yerbas. El
actuante, aunque algunas veces con contusiones en el cuerpo, se levanta
alegre y satisfecho, porque supone que no son los presentes los que
le han lastimado, sino el suelo, que al recibirlo como a dueño le ha
prodigado duras caricias.
El indio y el cholo, por más que estén en posesión real y efectiva
de un terreno, sin ser molestados por nadie, nunca creen ser sus
propietarios, sino han aprehendido, o no media una posesión judicial.
Esta diligencia es de vital importancia para ellos, y la consideran
como la única que pueda realmente dar vida a su derecho y orillar
dificultades posteriores; en una palabra, la posesión lo es todo para
ellos.
En semejante función, que toma las proporciones de una solemne fiesta
de familia, no se arredran ante cualquier gasto ni se detienen en
ocultar el placer y orgullo que en hacerlo experimentan.
V
No habiéndose conocido entre los indios, antes de la conquista, la
facultad de adquirir por compra-venta, la propiedad de cosas muebles
o inmuebles, también fué por lo mismo, desconocida la práctica de
agasajar al vendedor y a los que intervienen en la venta, o sea la
práctica del alboroque o robla, la que fué introducida, juntamente
con aquella en las costumbres del indio pero éste, lejos de concretar
la manifestación a los presentes, la convirtió en una ceremonia para
dar gracias a la Pacha-Mama por la adquisición, y en seguida, recién
atender a los concurrentes.
El alboroque indígena, conocido con la denominación aymara de _cchalla_
o _cchallaña_ [rocíamiento o rociar], consiste en que el comprador de
algún objeto, terreno o casa, en momentos de posesionarse de lo que ya
es suyo, invite al vendedor, a los amigos y parientes, a beber copas
de aguardiente, festejando la compra y antes de que nadie se sirva,
derrama alguna porción de la aguardiente de su copa en el suelo,
pidiendo a la Pacha-Mama, que la compra sea con éxito, y se lo consume
en seguida el resto. Igual cosa hacen algunos asistentes caracterizados
y respetables. Antes de realizar esa invocación y rociar el suelo con
aguardiente, es imposible que ninguno beba el contenido de la copa que
tiene en la mano.
La _cchalla_, es repetida con mayor solemnidad, cuando se refiere a la
adquisición de fundos, el martes de carnaval, para cuyo día, hacen sus
invitaciones y preparativos en más grande escala, debiendo efectuarse
la fiesta en el paraje adquirido. Allí después de cubrir de flores,
mixturas y confites el suelo y de hacer reventar cohetes, rociarlo de
bebidas, se sirven licores, bailan y se embriagan con exceso.
Sin estos requisitos, efectuados con toda pompa y entusiasmo, suponen
que la compra no será duradera ni feliz; que la Pacha-Mama, no se
mostrará benévola con el nuevo propietario.
Asimismo, hacen extensiva la _cchalla_ a los propietarios que estrenan
casas nuevas, quienes efectúan la fiesta, para que aquellas duren o no
se rajen las paredes.