Escogen para la siembra, lo mismo que hicieron para roturar el terreno,
una fecha que no sea señalada como aciaga, porque de estarlo supónese
que la semilla será destruída por los gusanos que ese día, según los
campesinos, se hallan en movimiento.
Los días de la siembra se presenta a los toros adornadas las espaldas
de enjalmas que contienen monedas antiguas de plata y pequeños espejos,
y de frenteras vistosas. En el yugo que une la pareja de aradores,
ponen dos banderitas en los extremos y una en el centro. Mientras abren
surcos en el terreno arde un montón de boñiga seca, para que con su
humo ahuyente los espíritus malos.
Al dar comienzo a la faena claman a sus _huacas_ para que proteja la
sementera y aleje la sequía y heladas; vierten chicha en el surco
humeante, recién abierto y después arrojan en él, coca mascada. Las
jóvenes suelen entonar sus cantares o _jayllitas_, diciéndolas unas
y respondiendo otras, al seguir al labrador que conduce la yunta,
derramando a la vez en el surco abono y semilla. Si ese momento cruza
por el aire un cóndor o una águila, prorrumpen los concurrentes en un
grito de alegría y presagian que la cosecha será buena.
Todo el tiempo de la siembra no dejan de invocar a sus huacas, para que
les mande abundantes y sazonados frutos y que las lluvias no escaseen,
ni hayan heladas. Los blancos suelen recitar oraciones a los santos con
igual objeto.
Terminada la siembra, si la parte labrada es de maíz, colocan en el
centro una piedra larga, que se asemeja a una mazorca y que es la
_Mama Sara_, encargada de impedir la presencia de la _Mekala_ y dar
una copiosa cosecha; si es de papas u otras raíces, ponen otra piedra
empinada con el nombre de _kompa_, que tiene la misma misión y la de
evitar ladrones. El agricultor rara vez o casi nunca se olvida ejecutar
tales ceremonias.[20]
[20] El P. Oliva, refiriéndose a esta costumbre inmemorial,
que aún subsiste, dice: «Ponen por guardas de las chacras
unas piedras largas, o de color porque entienden que estas
conservan la humedad de la tierra y para asegurarlas de los
ladrones ponen por guardas conchas de tortuga que llaman
quirquincho que causan tan grande temor a los que pasan y
las miran, que ninguno de ellos se atrevería entrar en la
chacra donde ellas están porque entienden. Se han de enchir
de lepra.» _Libro primero del manuscrito original del R. P.
Anello Oliva. S. J. etc., pag. 113._
Durante el tiempo en que germinan los frutos, el indio vive inquieto y
temeroso de que sobrevenga algún mal temporal. En las mañanas contempla
la forma en que se posan las nubes en los picos de la cordillera
andina; si tienen la de un sombrero, augura que caerá una granizada en
la tarde, como en efecto sucede. En las noches se halla examinando el
cielo y cuando se convence de que habrán heladas y se suspenderán las
lluvias, tal vez cuando más necesiten sus sementeras, se apodera de
él un profundo abatimiento. Apela, cuanto antes, a las brujerías: si
el mal tiempo es causado por las heladas, adora las estrellas, prende
fogatas en las alturas, lleva las plantas averiadas al templo y hace
celebrar misas, a la vez, que no cesa de implorar a la Pacha Mama y
a sus huacas; si lo motiva, la sequía, rinde fervoroso culto a las
lagunas, ríos y represas de agua. Va a las balsas que se forman en las
cumbres de los montes, las adora y después trae el agua de allí para
rociar alguna parte de sus sembrados, suponiendo que con este acto
volverán las lluvias.
En esos días, en que las heladas y el calor abrasan sus sementeras,
matan los gérmenes y sepultan en frío sueño, tal vez definitivo las
semillas, su atribulado espíritu se entrega por completo a la dirección
de los brujos, y cuando éstos, no alcanzan a remediar el mal, duda
de que procedan con sinceridad y les atribuye connivencias con sus
enemigos; haber sido sobornado por éstos, y en trance tan difícil y
desesperado como él se encuentra termina por ejecutar, por su cuenta,
actos de hechicería. Toda la comarca se presenta entonces como habitada
por una población de alucinados, en espera de algo maravilloso que
deba suceder, y en la tensión de ánimo que domina a sus moradores, lo
más insignificante que ocurre, les parece señales favorables de sus
divinidades o augurios fatales, que empeorarán su aflictiva situación.
En aquellos días viven los desgraciados indígenas, tristes, en
constantes sobresaltos, sin apartar la vista de sus sembrados,
derramando lágrimas sobre la tierra que ayer humedecieron con su sudor,
y que hoy, a medida que aumentan los calores van covirtiéndose en
desolados campos. Los _yatiris, laykas y thaliris_ son consultados a
menudo, no cesando éstos a su vez de investigar el porvenir, en la coca
y en el vientre de los animales que con ese objeto matan, los cuales
sean perros, corderos, cuys, o gallinas, deben ser siempre de color
negro. Cogen a los sapos y los exponen en rocas áridas, o los encierran
en ollas para que viéndose en esa dura situación clamen al cielo por
agua; revuelven los hormigueros y obligan a cuanto animal vive bajo de
la tierra a que salga fuera. También acostumbran hacer que los niños
completamente desnudos suban a los cerros y alturas, llevando velas
encendidas y cruces, gritando en coro: _Misericordia Señor... Agua por
amor de Dios..._
Si el mal tiempo persiste y pierden las esperanzas de recoger sus
cosechas, los más cierran las puertas de sus casas y tapiandolas con
adobes, emigran a las ciudades en busca de trabajo y alimentos; si,
por el contrario, mejora el tiempo, la alegría es general: las jóvenes
cubren sus sombreros con las primeras flores y entonan cantos; los
indios jóvenes tocar, sus _kenas y pinquillos_, mientras los viejos
rodean y agasajan respetuosos al brujo, que ha acertado para que, según
ellos, se produzca aquel cambio feliz.
Por lo común mantienen la idea, desde el principio de la cosecha,
de que cuando caen aguaceros a principios del mes de agosto, el año
agrícola será lluvioso y abundante en productos; cuando no, que será
seco y escaso. Además, bajo el nombre de _cabañuelas_, acostumbran
calcular los agricultores la mayor o menor humedad de los meses
posteriores a agosto, levantado indistintamente una piedra del campo,
durante los primeros siete días de este mes. Si la piedra levantada el
primer día tiene humedad, dicen que en septiembre lloverá, si no, que
será seco. Al siguiente día que corresponde a octubre hacen el mismo
pronóstico, continuando en los días restantes, adjudicados a los meses
sucesivos, en igual forma.
Los eclipses son siempre considerados por los indios como presagios
de grandes calamidades que, sin duda alguna, tienen que sobrevenir,
más o menos tarde sobre el país. Por esta creencia, tan arraigada en
ellos, un eclipse los apena tanto, que para conjurar el peligro que
les amenaza, ocurren a la intervención de sus hechiceros. El momento
en que se realiza el eclipse, sacan al patio platos y utensilios de
plata, llenos de agua, levantan el grito al cielo, cual si alguien los
maltratara; castigan a los muchachos y a los perros, para que con sus
chillidos y ladridos espanten el espíritu malo que trata de devorar
a la luna y privarles de ese benéfico astro de la noche. Suponen los
indios que sin ese bullicio estrepitoso, la luna no despertaría de su
letargo y sería víctima cómoda de aquél.
Las mujeres dan a luz mellizos, cuando el año será estéril y, para
conjurar el mal, suelen matar, en secreto una de las criaturas, o
enterrarla viva. Este es uno de los pocos casos en que el indio se
desprende de un niño, sea su hijo o ageno. En esta raza son muy
raras las acusaciones de filicidio, porque las mujeres se muestran
incapaces de dar muerte a un hijo suyo, sea que éste provenga de un
comercio ilícito o de legítima unión. La razón es obvia: los hijos
no constituyen desventaja, en ninguna forma, en las casas indígenas,
por las múltiples ocupaciones pastoriles y agrícolas que los hacen
necesarios. A los cuatro o cinco años el hijo es, por lo general, el
pastor del pequeño rebaño que provee a la familia de la carne para
vender o sustentarse, de la lana que ha de servir para su vestido
y de la leche para formar quesos. Desde la adolescencia, hasta que
llega a la mayoridad, ayuda a sus padres o a los que lo criaron, en
la labranza del campo. Un miembro más que sobreviene en la familia
indígena, no es una carga para ésta, sino una esperanza de alivio.
No permiten que las mujeres preñadas o que están menstruando pasen
por las sementeras, porque temen que al ejecutarlo, absorvan con sus
órganos genitales predispuestos para la fecundación o ya fecundados, la
virtud productiva de la tierra y que, a causa de ello, resulten escasos
y débiles los frutos que se recojan en la cosecha próxima.
Cuando caen rayos, hay que hacer una cruz en el suelo y poner en el
centro un huevo para que cesen aquellos.
Para que la granizada se suspenda, se deben aprisionar los granizos y
maltratarlos, y cesa la tempestad.
Soplando el humo del incienso a la tempestad, se suspende ésta.
Las polillas corretean en las paredes agitando sus alas para que llueva.
El agua corriente se entibia, para que llueva.
La alegría de los puercos anuncia lluvia.
Los sapos se retiran del río, cuando está próxima a estallar la
tempestad, temiendo que la avenida que entre los arrastre lejos.