Para colocar los cimientos de un edificio los indígenas acostumbran
derramar chicha en el hueco abierto con ese fin, enterrando en una
esquina un conejo blanco y algunas monedas. Si el que construye
es rico, se da el lujo de sepultar una llama tierna. Esta ofrenda
denominada _cuchu_, es el tributo que se paga a la Pacha-Mama, para que
tenga duración la casa que se edifica, para que se muestre propicia con
los que la habiten, y no se enoje por el atrevimiento que han tenido en
cavar la superficie del suelo para los cimientos. Dicen los indios que
la capa terrestre es la vestidura de aquella deidad, y el que la rasga,
la ofende y lastima con esa herida.
Cuando los muros se encuentran terminados, se fija el día en que se ha
de techar la casa, y como este acto lo consideran de suma importancia,
se proveen los dueños, con la anticipación debida, de chicha,
aguardiente y otros licores, los cuales deben ser abundantes, para que
abastezcan a todos los asistentes durante la fiesta proyectada. Llegado
el día, concurren los parientes y amigos del propietario, llevando
consigo botellas de bebidas alcohólicas. Desde los primeros momentos
comienza el consumo de las bebidas, en copas que no cesan de circular
de mano en mano; lo que no obsta para que las mujeres se impongan la
tarea de formar manojos de paja, que los hombres entusiastas arrojan
al techo. A esta ocupación, realizada con grande algazara y gritos, se
creen obligados todos los asistentes, causando resentimientos su excusa
inmotivada.
Concluída la techa, que debe ser siempre el mismo día en que se dió
comienzo, se presentan los compadres del propietario, al son de los
golpes de un tambor y de las agudas notas de una flauta, trayendo
cruces, botellas de licores y viandas. Las cruces deben estar adornadas
con figuras de víboras, colocadas diagonalmente, con objeto de que
sirven para proteger la nueva casa de las descargas del rayo. Estos
reptiles son tenidos por los indios como dioses tutelares y sus
antepasados, los de Tiahuanacu, adoraban una culebra enroscada.
Los indios compadres traen, además, legumbres, _cuys_ y flores, que
obsequian a los dueños, a quienes les adornan los sombreros con
flores. En seguida, colocan las cruces en la cumbre del nuevo techo,
sahumando el interior de la casa con ají, para purificar el aire nocivo
y ahuyentar el espíritu malo. Después se entregan a un juego bárbaro,
llamado _achokalla_, el que consiste en hacer corretear a una persona,
azotándola con los retazos de cordel de paja o _cchahuara_, que han
sobrado. Este sobrante enovillado, lo arrojan a la tijera más firme,
teniendo una punta en la mano y con la otra amarran al dueño y lo
suspenden y azotan. Otro tanto hacen con varias personas. Algunos se
van con estos cordeles atados al pescuezo, aparentando bailar.
Finalizados tales actos se entregan al jolgorio. Estando embriagados
y hartos de comidas, comienzan a bailar, haciendo grandes ruedas en
el patio, hasta que terminan por salir a la plaza en rigle, jaleando
y zapateando ruidosamente. Esta costumbre de salir a ostentar en
público su alegría, la conceptúan indispensable y de buen tono, y
cuando la han omitido creen haber verificado la techa de manera triste
y desapercibida.
Al día siguiente los que trajeron cruces, van de casa en casa, al rayar
el día, con manojos de paja encendida, al son de música y estallidos
de cohetes, en busca de los principales concurrentes del día anterior,
los hacen levantar de cama y los llevan a la nueva casa, de donde se
dirigen al aposento de los dueños, los azotan y hacen que se vistan y
les sirven tazas de ponche y continua la borrachera. Los propietarios y
asistentes se complacen en recibir los azotes, porque suponen, que en
razón de los dolores, estará la duración de la casa. A medio día tiran
a la taba haciendo que los perdidos costeen las bebidas. Semejantes
diversiones suelen durar muchos días e importar demasiado a los
interesados.
La casa nueva se come al propietario si éste se olvida de ofrendar a
la Pacha-Mama antes de habitarla. No debe alquilarse una casa por diez
años, porque la propiedad ya no vuelve a poder de su dueño.