XIV

El culto a la piedra es general entre los indios que la tienen como la

base del mundo y el principio eficiente de los fenómenos de la vida.

Sus _huacas_ más notables son de piedra, y de piedra son sus grandes

ídolos y konopas más queridos.

A las piedras esquinadas y aisladas, las veneraban, porque decían que

al estallar la guerra y durante los combates, se tornaban en guerreros

y después de haber luchado por la tribu hasta vencer a los enemigos, se

volvían a sus inmutables asientos.

Sienten aún gran predilección por los peñascos o ciertas piedras que

tienen la figura de gente o animal. Cerca a la ciudad de Oruro, existía

un pedrejón en forma de sapo, el que era considerado por el pueblo como

una huaca milagrosa y, en consecuencia, se la reverenciaba cubriéndola

constantemente de flores, mixtura y derramando encima de ella chicha,

vino y aguardiente. La piedra contenía en su base un hueco, por donde

pasaban arrastrándose las personas que deseaban saber sobre el término

de su vida. La que se atracaba y no podía franquear el paso suponía que

iba a morir pronto, o por lo menos, no ser larga la existencia que le

quedaba; la que salvaba sin dificultad alguna, creía que viviría mucho,

y que su muerte estaba muy distante. Un militar despreocupado y torpe,

redujo a pedazos la piedra sagrada con un tiro de dinamita, causando el

hecho, general y profundo sentimiento en el pueblo, que se vió privado

de su preciada huaca.

En los suburbios de la ciudad de La Paz, había antiguamente una gran

piedra, cuya forma se ignora, a la que los indios rendían culto, y les

imitaban los primeros pobladores de la ciudad. Alarmados los frailes

y misioneros, dieron en predicar contra la piedra y derramar basura

encima, hasta convertir el paraje en muladar. Los indios y vecinos al

ver tanto desacato que no era castigado por ella, la apellidaron la

_piedra de la paciencia_. Destruída por fin, quedó el lugar con el

nombre hasta ha poco, de _cenizal de la paciencia_.

De tal modo confiaban todos en las piedras, que solían poner y adorar

una en cada _tupu_ o campo, y otro en cada acequia. Aun a las que

servían de lindes, bien para las heredades o bien para los pueblos,

consagraban fiestas y holocaustos. No estimaban menos los meteoritos y

las piedras que hubiera partido el rayo.

Las piedras preciosas eran a los ojos de los indios, y siguen siendo,

otros tantos fetiches. Cuando alguien se encuentra una, la conserva con

gran afecto y la reverencia teniéndola, desde entonces, como penate de

la familia.

«Del especial culto a las piedras hablan todos los autores, incluso

Cieza», dice Pi y Margall. Según Cieza alcanzó a los mismos Incas.

«Afirmaban, dice, que había Hacedor de todas las cosas y al Sol tenían

por dios soberano, al cual hicieron grandes templos; y, engañados del

demonio adoraban en árboles y piedras como los gentiles». Describe el

mismo autor en otro lugar a los antiguos pobladores de Huamachuco, y

escribe que adoraban piedras grandes como huevos y en otras mayores de

diversas tintas que habían puesto en los templos o huacas de los altos

y sierras de nieve.

«Ese culto debió ser antiquísimo. Lo infiero de que en Tiahuanacu hay

largas filas de piedras muy parecidas a los _menhirs_ de los celtas.

Lo deduce Girard de Rialle de la leyenda peruana de los tres o cuatro

hermanos que salieron de Pacarec Tampu, y es posible que acierte.

Algo significa que el mayor de los hermanos derribase los cerros con

las piedras que disparaba su honda, y en piedras quedaren al fin

convertidos por lo menos dos de tan misteriosos personajes».[13]

[13] _Historia de la América Antecolombiana_ por don Francisco

Pi y Margall.--Tomo I.--Pag. 1,392.

Mitos, supersticiones y supervivencias populares de Bolivia · 第 22 / 69 题