RAMON A. LAVAL

El recuerdo de las personas que conocimos i el de las acciones, casi

siempre insignificantes, que ejecutamos en el rápido curso de nuestra

infancia, son, sin duda, los que mas persisten en nuestra memoria. La

zancadilla que dimos al compañero de colejio que no hemos vuelto a ver,

las pequeñas diabluras que haciamos al maestro, los guantes[1] que él

solia aplicarnos con fervoroso celo, los juegos con que nos divertiamos

en la única hora de recreo que teniamos i en el corto rato de libertad

que nuestros padres nos daban en la noche, perduran como fotografiados

en las cámaras de nuestros cerebros. Todas éstas son cosas que nadie

olvida. ¿Qué estraño, pues, que yo recuerde con verdadero placer

aquellos hermosos años de mi niñez en que tan rápidas pasaban las horas

que compartia entre el estudio i el juego? ¿I cómo olvidar a aquella

excelente viejecita, la mama Antuca, que nos cuidaba a todos los chicos

de la casa como si fuéramos sus hijos? ¡Cuántos años han pasado desde

entonces! i sin embargo todavía me parece verla, con su carita arrugada,

sentada al lado del enorme brasero, i nosotros, mis hermanos i yo,

rodeándola, escuchando atentos sus cuentos maravillosos en que figuraban

como principales personajes, cuando ménos un príncipe encantado, un

culebrón con siete cabezas i los leones que dormian con los ojos

abiertos; o las aventuras, siempre interesantes, del Soldadillo, de

Pedro Urdemales o de Puntetito, aquel Puntetito a quien se tragó el buei

al comerse una mata de lechuga entre cuyas hojas se habia ocultado el

simpático chiquitin.

Un rato despues de la comida, libre ella de sus menesteres i fatigados

nosotros de corretear en la plazuela vecina jugando con otros chicos al

pillarse, al tugar,[2] a los huevos,[3] o a las escondidas, nos

congregábamos a su lado, i sentados los mas en el suelo con las piernas

cruzadas, i acariciados por el suave calor que irradiaba el brasero, nos

estábamos pendientes de sus relatos, mirándola sin pestañear, a no

perder una sola de sus palabras, hasta que el sueño nos rendia i ella

misma nos iba a acostar.

--Mama Antuca, le dije una noche en que nos referia casos de aparecidos,

que nos ponian los pelos de punta i nos hacian mirar a un lado i a otro,

asustados, creyendo ver deslizarse en la penumbra de la pieza no

alumbrada sino por los débiles resplandores de la llama del brasero, una

sombra que estendia su mano negra i velluda para cojernos, mama Antuca,

le dije, cuéntenos mejor un cuento.

--Pero, hijito, si ya les hei contao toos los que sabia!

--No importa, mama; cuéntenos otra vez cualquiera de ellos, el del

_compadrito león_, mas que no sea[4].

--Pero si ese se los hei contao por lo ménos veinte veces. Mejor les

contaré el del _Gatito montés_.

--Bueno! bueno! gritamos en coro, cuéntenos el del Gatito montés.

Cuentos chilenos de nunca acabar · 第 12 / 44 题