Al saltar del vagón en Madrid, en la estación del Norte, divisé lo
primero las rojas barbas y la geta repulsiva de mi tío Felipe, que me
alargó la mano y llamó a un mozo para entregarle el talón de mi baúl.
Después, metiéndose conmigo en un coche de punto, dió las señas de su
casa: «Claudio Coello, número tantos...»
--¿No vamos a mi posada? --pregunté sorprendido.
--Verás... --respondió el hebreo con aquella dificultad de frase y
contracción de rostro que acompañaban en él a la manifestación de la
avaricia--. Es una tontería andar con cumplidos entre parientes... En
mi casa hay un cuarto sobrante, que de nada sirve; lo ocupaban unos
trastos... Es alegre y capaz... Mejor tratado que en la posada estarás,
chico... Y para tus estudios, la tranquilidad que quieras.
Comprendí el mezquino cálculo. Pagarme el pupilaje tenía que costarle
más, por barato que fuese, que hospedarme en su casa. Pero yo _allí_...
En el primer momento no sé qué efecto me produjo la idea. Lo cierto es
que exclamé:
--Mi tía no verá con gusto ese arreglo.
--Te diré --respondió el marido--. Al principio se le figuró que para
tu objeto convenía más la casa de huéspedes... Terqueó un poco... Pero
la he convencido... Ya está conforme y te espera.
Guardé silencio. Notaba la impresión desagradable que se experimenta
al salir de una atmósfera templada a una corriente de aire frío. La
vida en la Ullosa había sido un paréntesis, un descanso, una especie
de grata somnolencia; y aquel brusco llamamiento al exterior, a
la agitación y a la fantasmagoría, precisamente en el momento de
reanudar los estudios, de necesitar toda mi voluntad y fuerza mental
para consagrarla a mis arduas tareas, me desquiciaba. Y con todo, la
juventud ama tanto el riesgo, la marejada y la tormenta, que sentí un
estremecimiento de placer cuando mi tío oprimió el disco de cobre de
la campanilla eléctrica, y se abrió la puerta tras de la cual estaba
Carmiña Aldao.
¡Con qué temblor íntimo la saludé! Mi sangre toda giró por el cuerpo
precipitándose al corazón; conocí las señales de la antigua llama, y
mi lengua, pegada al paladar, casi no acertaba a articular el saludo.
La esposa de don Felipe me recibió correctamente, sin mostrar ni
despego ni cordialidad excesiva. Llenando sus deberes de ama de casa,
me instaló en mi cuarto, se enteró de lo que yo necesitaba, me mostró
varios muebles donde podía colocar libros, ropa, me dió consejos
prácticos para aprovechar mejor las cuatro paredes... «Aquí pones tus
camisolas... En esta percha cuelgas la capa... La mesa aquí, junto a la
ventana, que podrás estudiar mejor... Mira, este es el lavabo... Ten
aquí siempre las toallas... Te he buscado este quinqué de pantalla
verde, que no te echará a perder la vista...»
Mientras ella explicaba semejantes pormenores, yo la miraba con tal
sed de verla, que bebía sus facciones y devoraba su imagen querida.
Lo que buscaba era esa revelación que, bien estudiado, encierra todo
rostro de mujer casada; la cuenta corriente de la felicidad. No, no era
feliz. Lo cárdeno de sus ojeras no procedía de amorosa fiebre, sino
de pena oculta. Su boca no se dilataba para la risa o el halago; se
recogía como la de todo luchador que mortifica solitariamente la carne
o el espíritu. Sus sienes estaban un tanto marchitas. Su talle era más
plano: no había adquirido la redondez graciosa y majestuosa que se
advierte en las desposadas a los pocos meses de vida conyugal, aunque
no sean madres. ¡No era feliz! ¡Cuánto trabajó mi fantasía sobre la
base de esta suposición!
Poco tardé, sin embargo, en habituarme a la convivencia con tití, y fué
no pareciéndome tan peligrosa. La proximidad es siempre incentivo, pero
la convivencia, quitando interés dramático y novedad a las ocasiones de
encontrarse, tal vez disminuye el riesgo.
Aunque los últimos años de la carrera de ingeniero distan mucho de ser
tan absorbentes como los primeros, y las dificultades van allanándose
a medida que se sube la áspera cuesta, el estudio bastaba a ocupar
mis ocios. La vida de tití se deslizaba tan aislada de la mía, que
viviendo bajo el mismo techo, apenas nos tropezábamos fuera de las
horas de comer. Por la mañana salíamos los dos, yo a mis clases, ella
a compras y a devociones muy largas. Al almuerzo yo observaba en
Carmiña cierta animación, contento inexplicable. Venía de la iglesia:
era evidente. Mi tío, también satisfecho y decidor, de zapatillas
y sin corbata, charlaba conmigo, me hacía preguntas, comentaba las
noticias de la víspera, los diálogos con D. Vicente Sotopeña en el
salón de conferencias y en los pasillos del Congreso, sobre el
cariz de la política, las insinuaciones de los periódicos, la última
conversación confidencial de la Regente con el Embajador de Austria,
que persona bien enterada había repetido en el Casino de pe a pa.
Sin duda yo provocaba la locuacidad de los esposos, pues Carmiña, a
su vez, me contaba la gaceta de Pontevedra, los inocentes chismes
que la escribían sus amigas, y detalles relativos a las vecinas del
principal y del entresuelo, a las cuales solía visitar de noche, según
la costumbre mesocrática madrileña, que organiza en cada casa una
tertulia de vecindad. Por la tarde mi tío salía, ya solo, ya con su
mujer; yo necesitaba bien el tiempo para trabajar o pasear con Luis,
y ¡adiós hasta la comida! Esta era más triste que el almuerzo: mi tía
estaba nerviosa y excitada, o aplanada y distraída, sin que lograse
disimularlo. De noche, ella subía a sus tertulias caseras o hacía labor
junto a la chimenea, y mi tío me sacaba de casa, llevándome, a veces, a
algún teatrillo por horas. Ningún peligro. El engranaje de mis tareas
me salvaba de las sugestiones de la ociosidad. El diablo no sabía
cuándo tentarme.
Ya supondrán ustedes con quién desahogaba yo. ¿Para qué están en el
mundo las personas sesudas y discretas como Portal, sino para oir
confidencias de maniáticos? Creo que me incitaba a hacer confesión
plenísima el mismo desagrado del confesor. Sus agrias censuras eran
latigazos que me estimulaban a escarbar más hondo en los rincones de mi
espíritu.
--Chacho --díjome un día el formal amigote--, ya he adivinado lo que
padeces. Conozco la medicina. Guíate por mí y sanas al cuarto de
hora. El mal tuyo recibe este nombre técnico: _espuma de la mocedad
comprimida_. El remedio se llama... ¡adivina adivinanza! Se llama...
Belén.
--¿Belén? ¡Qué absurdo!
--Qué, ¿no te acuerdas ya? Belén, la hurí de negros ojos, la que
pegaba angelitos en cajas de cartón. ¿Tan olvidada la tenías?
¡Descastado! Pues yo la he seguido la pista... Chico, transformación
de comedia de magia. Verás a la prójima en su apogeo. Coche no lo
arrastramos aún... pero todo se andará.
--¿De veras? ¿Ha encontrado su _gran Paganini_? --pregunté con
indiferencia.
--No quiero decirte nada hasta que juzgues por ti mismo... Quedarás
absorto.
De allí a pocas tardes, el orensano me guió a una buena casa, en la
calle, céntrica y solitaria a la vez, de las Hileras. El portal era
decoroso; la escalera cómoda y clara, y la puerta del entresuelo
a que llamamos, tenía aspecto de seriedad y discreción, y metales
relucientísimos.
Nos abrió una mujer de mediana edad, vestida de negro, mestiza de
doncella y ama de llaves, y a las primeras palabras de Luis dijo que
pasásemos a la sala, que iba a avisar «a la señora».
--¿Eh? ¿Qué tal? --exclamó mi amigo--. ¿Qué te parece? «La señora» por
arriba y «la señora» por abajo... Sillería de reps, color botón de
oro... espejo con marco de palo santo... alfombra de buena moqueta...
cortinas de yute fino... dos jarrones de bronce y porcelana... un
costurero incrustado... un entredós... su quinqué con pantalla de
paraguas... Me parece que el bolsista no se queda corto.
--¡Qué metamorfosis!
--Ahí verás tú... Los tiempos _cambean_. Por otra parte, la
metamorfosis era prevista. La chica se cansaba de pegar cromos en
cucuruchos; pero no le habían saltado más gangas que el cicatero de tu
tío, que al darla dinero para dulces, la tomaba después la cuenta por
céntimos. Cuando apareció el bueno de don Telesforo Armiñón, resuelto a
sacarla de penas, ¡ayúdame a sentir!, vió el cielo abierto. Lo primero
que pidió la infeliz fué calzado... Tu tío la traía con los dedos
fuera... Estas de Madrid tienen su vanidad en el pie... ¡Ahora hay
cada zapatito...! (Portal lanzó un beso al aire). Ahí viene ya... Ponte
serio.
Rugir de faldas... Belén hizo su entrada solemne. ¡Diantre! Era
verdad; no había quien la conociese. Peinada con la clásica modestia
de las señoras, lucía una bata de terciopelo color hoja seca, y en las
orejas dos tornillitos de diamantes. En las manos, afinadas ya por la
holganza, relucía también alguna piedra; y al andar se entreveían los
zapatitos famosos, estrechos, entaconados, de raso obscuro, un par
de monerías. Me pareció más gruesa, de movimientos más tranquilos y
lánguidos, de tez aún más pálida y fresca que antes, comparable sólo al
satinado de la hoja de magnolia.
--¿Venimos a mala hora? --preguntó Portal.
Antes de responder, Belén se fijó en mí, y chilló de alegría...
--¡Hola! ¡Ya pareció el perdido! ¿Es usted, mala persona? Una sola
vez he tenido el gusto de verle, y luego la del humo... Veraneando
¿eh? Pues aquí nos hemos aguantado los demás con calores y sofoquines.
¿Cuándo llegaste? --añadió apeándome el tratamiento.
--Hace dos días --atajó Portal--, y siempre suspirando por echar la
vista encima a la gente buena. No me dejaba vivir con «vamos a saludar
a Belén... Aunque como ahora está hecha una señorona, puede que no haga
maldito caso a los pobres estudiantes... Yo me pongo malo si no la
veo... Lo dicho, me da un ataque de... algo...»
--¡Ande usted, gallego trapacero! --contestó la hermosa, que, clavando
en mí sus flechadores y soberbios ojos, me envolvió en una mirada
fogosa y humilde a la vez--. Ni éste se acordaba de mí, ni ganas...
Ná; después de aquel día de jaleíto... si te he visto no me acuerdo. Y
yo... claro, ¿qué ha de hacer una? Para los despilfarros que gastaba
tu tío... ¡Tiñoso igual! Dicen que se ha casado... Divertida estará
la mujer... En fin, ahora me encuentro como la propia rosa... Estos
son otros López. ¡Ea! --añadió sin dar tiempo a que nos sentásemos--
a ver mi casita; es la gran casa... Gabinete con chimenea y todo...
Hoy no han encendido, porque todavía no hace frío, ¿sabes tú? pero voy
a mandar que enciendan, volando. ¡Olé! Pasa por aquí... el comedor,
chiquito, pero no se dan banquetes,... una cocina hermosa... cuarto
para baules... Entra ahí... alcoba de columnas y todo...
--Hija --advirtió Portal con ánimo de sacarla de sus casillas--, no
me convences. Has pasado de un avariento sin careta a otro hipócrita.
Armillón tiene millones, y ni te ha puesto coche, ni te ha vestido los
muebles de seda; de manera que... no me digas a mí que se porta. Lo
que es el diván de raso y el milor te los debe, como yo debo la vida a
mi padre. Andan por ahí la Sevillana y Concha Ríos hechas unas reinas
en su carruaje. ¿De qué te sirven los trajes ricos ni los aretitos de
piedras, si no puedes ir al Retiro a quitar moños?
--Calla, calla... Déjame a mí de coches. El coche me marea --respondió
la pecadora, molestada por lo del milor, sin poderlo remediar--. ¿Qué
te crees tú, que si le pido coche va a negármelo? Pero no lo pediré.
Yo tengo mucha dignidá, ¿sabes? Cuando veo personas decentes, y no
como aquel Iscariotes de tío de éste... ¡Dios, qué tipejo! No será tío
verdadero suyo. Puede que la abuela...
Después trazó una semblanza de su bolsista.
--Lo mejor que tiene, que viene poco. En jamás hasta que cierra
el... el bolsín --repitió, afirmándose en lo dicho--. Y hay días que
ni aporta. Hoy, verbigracia. Me ha avisado, de manera que estoy en
grande...
--¿Y si se le antoja presentarse de repente?
--¡Vaya una dificultad! Con no abrir... Él no tiene llave. Si te digo
que mejor pasta de hombre... Como yo grite «coche», va a contestar «un
_mail_ de seis caballos». Pues si viene... mañana le digo que había
salido con la Fausta, a ver a mi madre y a Cinta... Lo cree a puño
cerrado.
--¿Y esas? --preguntó Portal.
--¿Quién? _¿Las otras?_ Pues... hijo, insufribles. Si las doy el Perú,
me piden el Potosí. No hago más que sacudírmelas, porque me chupan
la sangre. Cada bronca que me arman... ¿Y no sabes? A Cinta le ha
entrado la tarantela de echarme sermones, y dale con que ella, antes de
sujetarse a un hombre por dinero, ha de trabajar y buscarse la vida...
Empeñada en meterse a tiple de zarzuela. Lo malo es... que tiene que
aprender el solfeo. Pero yo he convencido a mi señor de que me alquile
un piano y me pague un maestro, y la muchacha vendrá aquí a dar
lecciones. Hay que estrujar el limón... ¿Para qué sirve un rico, a ver?
Pues nada, hoy os quedáis aquí; hoy hacéis penitencia en esta casa...
Verás qué vajilla tan mona y qué cubiertos de plata... Es decir, de
plata Meneses: porque no era cosa de exponerse a un robo. Me pondré el
vestido bueno de faya francesa, que me regaló ahora poco, día de su
santo... Nada, que tengo gusto en que veáis mis galas. Estrenaré el
reloj. Rige mal, pero es de oro... Luisillo que se largue si tiene que
hacer: ¡lo que es tú no te vas...!
Algunos días después del convite de Belén, paseando con Luis por
Recoletos, me dijo mi amigo entre severo y envidioso:
--Todos los pícaros tienen fortuna. La Belén, loca por ti: mujer más
encaprichada no se ha visto. Ayer tuve que darla buenos consejos para
que no plante a su bolsista y vuelva a vivir en un sotabanco, a fin
de recibirte con toda libertad. La he dicho que se agarre al señor de
Armillón mientras no le salga otro que tenga más arranque y ponga landó
y regale plata fina en vez de Meneses. ¡Lo que yo la he predicado!
Ni un misionero... Pero tienes más suerte que un ahorcado, trucha.
¡Cuidado que entrarle así por el ojo derecho a la niña esa!... ¿Y qué,
aún no estás contento? ¿Aún andas por los espacios imaginarios? Si te
parto un alón...
--Párteme lo que gustes --contesté francamente, condensando en un
suspiro mis desilusiones--. Chachiño, en el mundo hay algo más que las
satisfacciones de la materia. Si me apuras te salgo con que la materia
no existe... Es un mito. A los dos minutos de haberme despedido de
Belén... nada, me olvido hasta de que vive tal mujer en el mundo. Salgo
de allí más espiritualista que un diablo.
--No puedo oirte desatinar así --gritaba Portal furioso--. ¿Qué
espiritualismo ni qué calabazas? Ándate por las nubes y sé perdigón.
¿Dónde hay perla como una Belén, una mujer en quien no se piensa más
que cuando hace falta? Belén es para ti el premio gordo. Lo que te pasa
es que te han embrujado en esa casa maldita de tus tíos. La atmósfera
de hipocresía y de estupidez en que vives, te va secando el magín
poco a poco. ¿Por qué no te vienes a mi posada? Estarías al pelo. Te
sacaríamos inmediatamente del cuerpo los demonios. Trinito, este año
más célebre que nunca. ¿Querrás creer que nos canta no solamente las
óperas, sino todo cuanto oye en los conciertos del Salón Romero? Nos
tiene de Lohengrin y de Tanhauser hasta el testuz. Y lo mejor es que
piensa meterse a crítico musical. Ayer casi le tiramos la cafetera a
las narices, porque nos rompió el tímpano con _La muerte de Iseo_. Anda
memo, arrímate a nosotros.
--Luis, seré todo lo simple que quieras... pero no puedo resistir a esa
muchacha. Conozco que es guapa, que me tiene ley, y así todo... Vamos,
que no me resulta. A ver si tú, que has armado ese lío, lo desarmas.
El mejor día la digo en su misma cara que la aborrezco, lo cual sería
una crueldad tonta. Nada; dejarlo. El vicio y la desvergüenza podrán
entretener un rato, pero hastían.
--Bobalicón, ¿dónde están semejantes desvergüenzas ni semejantes
vicios? ¡Pues si Belén, moralmente, vale un tesoro! Belén te quiere de
verdad; Belén daría por ti la plata Meneses y los zapatos de raso...
Belén posee un corazón y tu tía no, al menos para ti, criatura. ¡Dale
con las mujeres virtuosas! Me apestan. Más virtuosa es una estatua de
yeso, que ni siente ni padece.
--¿Qué sabes tú --murmuré dejando, como a pesar mío, que se desbordase
la esperanza--, qué sabes tú si ese corazón existirá? ¿Y si existiera?
Portal se quedó repentinamente preocupado y serio. Su entrecejo se
frunció, y con voz algo alterada me dijo:
--No permita Dios que exista. He pensado sobre el caso, y te juro que
lo que mejor puede sucederte es que eso no sea nunca. ¿Lo oyes? ¡Loco
de atar! A Simarro que te reconozca. Supón que en efecto, la tití te
quisiera; vamos, que se revelase ese corazón. Pues después de revelarse
y de quereros mucho, mucho, como Francesca y Paolo, ¿qué haces?
Sepámoslo. ¡Venga ese programa amoroso! ¿Te escapas con ella? ¿La
pones un piso? ¿Profanas el hogar paterno de tu tío con toda frescura?
¡Contesta, guillado!
Su interés por mí le irritaba. Sus ojos saltones me miraban con cólera,
igual que mirarían a un chico emperrado en cortarse un dedo manejando
una navaja.
--Yo no sé qué responderte... --dije meditando--. Lo que comprendo es
que sería feliz, ¿entiendes?, completamente feliz, si me quisiese esa
mujer. Que me quiera. No pido más. Me apartaré de ella, me iré al Polo
Norte, pero seguro de que me quiere. Eso aguardo y por eso vivo. La
respeto como a la Virgen... pero que me quiera, que me quiera.
--Que me quiera, que me quiera --tatareó Portal remedándome la voz y
el gesto--. Pues es una borricada muy grande, ¡caracoles! y no puedo
aguantar que la digas. Excuso advertirte que no hablo así por el aquel
de la moralidad ni del respeto al hogar ¡bsssss! La moralidad... que
cada uno se la arregle; el hogar... tal como hoy lo conocemos, es una
institución caduca, y quien más la barrene más recompensa merece de
la patria. No es eso ¡rábanos! Se trata de la conveniencia... de tu
conveniencia propia. Estás perdiendo el juicio y vas a perder el año,
¿por qué? Por un fantasma. A nuestra edad todos soñamos con la mujer, y
es bien natural que soñemos; pero debiéramos soñar con la mujer cortada
para nosotros, y no precisamente con la que nos haría infelices si nos
uniésemos a ella. ¡Que tu tía es muy buena, muy pura, muy santa! Bondad
pasiva; sumisión al destino; rutina moral, hijo... y se acabó, se
acabó. Tú, casado con tití Carmen, procederías como don Felipe: no la
dirigirías la palabra a las horas de comer, y la dejarías sola todo el
tiempo posible, porque ni os entenderíais, ni os resistiríais el uno al
otro. Divorcio de alma más completo no se concibe. Créelo. No te forjes
ilusiones bobas. ¿Serías tú íntimo amigo de un neocatólico sin cultura
y lleno de preocupaciones? ¿No? Pues tampoco de tu esposa. Y lo que en
ella consideras virtud, en el neocatólico te parece mojigatería.
--Luis --exclamé-- ¿te atreves a negar el heroismo de una mujer que por
no presenciar los extravíos de su padre sacrifica su juventud y se casa
con un hombre a quien no puede amar? Ya otra vez hablamos de esto, y me
subleva que no estimes acción tan noble y tan rara.
--¡Pues por eso, pues por eso! --vociferó Portal ya fuera de sí--.
Yo te replico desde mi punto de vista: ¿Te atreves a calificar de
virtud la acción de la mujer que acepta a un esposo repugnante, y
no prefiere salir a cantar en un teatro como Cinta, o fregar pisos
como la alcarreña que nos sirve en casa de doña Jesusa? ¿Pues en qué
se distingue tu soñado ángel de Belén, por ejemplo? Belén sufre a
un protector antipático, porque le conviene... porque así gasta y
triunfa... Y tu señora tía...
--Cállate, cállate --grité levantándome furioso a mi vez--. Si
dices una palabra más sobre eso, creeré que eres un canallita y te
abofetearé, tan cierto como me llamo Salustio. No me nombres a Carmiña
después de nombrar a Belén. No busques tres pies al gato...
--Tú eres quien buscas camorra, retal...
--Recual, a mí no me...
--Bueno, pues anda a freir espárragos...
--Y tú a escardar cebollinos...
Etcétera. No añado más, porque el discreto lector supondrá fácilmente
lo que se dirían dos acalorados amigotes. En quince días no le miré
a la cara a Luis. El caso es que me parecía que me faltaba algo:
la razón práctica de mi vida, el Sancho moderador de mi fantasía
quijotesca. No me hallaba sin sus advertencias, sus burlas, sus enojos
y sus lecciones. A la hora de ir a buscarle a su posada, me entraba
desazón e inquietud y hasta nostalgia indecible. Echaba de menos el
hábito inveterado, la dulce costumbre de la comunicación, del chispazo
intelectual, de la contradicción misma. Hubo días en que llegué a
figurarme que me era más indispensable la vieja amistad que el sueño
amoroso. «Maldito si sabía yo --pensé-- que necesitaba tanto a este
hombre. Ando sin sombra. Pero yo no me doblo. Que venga si quiere...» Y
vino, vino, probándome una vez más que él representaba en nuestro mutuo
trato el buen sentido o el sentido común o como se nos antoje llamar
a esa cualidad grata y modesta que quita énfasis a nuestros actos y
nos enseña a no amargar la vida con necios tesones y quisquillosidades
dramáticas. La reconciliación se verificó con la mayor naturalidad: un
día, al salir de clase, Luis me empujó el codo, y preguntóme risueño:
«¿Se ha pasado el cabrito? ¿Vamos a hacer las paces?» Me abracé a él,
lo confieso, con toda el alma, tartamudeando: «Luisiño, ¡chacho de mi
vida!» Y él se reía, diciéndome: «Quita, memo... parece que vuelves de
América después de veinte años de emigración».
Salimos de allí agarrados de bracete, y aquella tarde charlamos más
que nunca. «Ya no te llevaré la contraria --advirtió mi amigo con
resignación burlona--. Enamórate como un dromedario africano o como
Marsilla el de Teruel... yo dejo correr el agua. Tú has de convencerte.
Para ser felices, necesitamos mujeres ilustradas que piensen como
nosotros y que nos entiendan. Bueno, yo lo creo así; pero a ti se te
ha puesto en el periquito que nos convienen las damas del siglo XIII
o las santas góticas pintadas sobre fondo de oro... Adelante. Caerás
del burro, Aparte de que la tití... chacho, ni esto. La lucha con lo
imposible acabará por cansarte. No te atufes. Dime cómo andan tus
amores; abre ese corazoncito.»
--Luis --murmuré con misterio--, yo no sé si me quiere o no me quiere
a mí. Pero estoy cierto... ¡atiende bien!, de que no puede sufrir a su
marido.
--En eso demuestra buen gusto.
--No me equivoco, no. La observo, Luisiño, la observo. Está la pobre
descolorida; apenas come: por las mañanas, cuando va a la iglesia, y
sobre todo los días que comulga, manifiesta cierta serenidad; pero
por las noches... ¡Ay! Yo creo que tiene la fiebre cuotidiana de la
aversión.
--¿Y el marido? ¿Se distrae por ahí?
--Me parece que no. Se retira a horas razonables, aunque salga a
conferenciar con Sotopeña o al Círculo. A Belén no intenta verla:
me consta. Mi tío es avaro, ya lo sabes, y por economía capaz es de
contentarse con lo de casa... Luis, yo trago mucha saliva, pero me
consuela saber que ella está triste y padece.
--Bonito consuelo. Y sabe Dios si te engañarás, y si esa mujer se
entenderá perfectamente con su marido.
--Es que si yo la viese hecha una tórtola con él... no sé qué me
sucedería.
--Que se te quitaría el viento de la cabeza. ¡Los diablos carguen
contigo!
Pasábamos esta conversación a tiempo que, saliendo de la calle Mayor,
penetrábamos en el famoso Viaducto o suicidadero. La tarde, de
magnífica serenidad, convidaba a arrimarse al alto enverjado y admirar
al través de sus huecos el punto de vista, acaso el más hermoso de
Madrid. Sin entretenernos en revolver los libros viejos, de texto
la mayor parte, mugrientos y maltratados casi todos, que vendía al
aire libre y sobre el santo suelo un vejete con facha de maniático,
aproximamos la cara a los hierros y nos embelesamos en mirar primero el
grandioso panorama de la izquierda, el rojo palacio de Uceda con sus
blancos escudos a que sirven de tenantes fieros leones; las mil cúpulas
y rotondas de templos y casas que domina, esbelta como la palmera,
la torre mudéjar de San Pedro. Luego nos volvimos hacia la derecha,
encantados por la fresca verdura del jardinete que a gran distancia
debajo de nosotros extendía un tapete de coníferas y arbustos en flor.
Allá a lo lejos, el Manzanares trazaba sobre las verdes praderas
una _ese_ de metal blanco, y el Guadarrama erguía su línea blanca y
refulgente detrás de los severos y escuetos contornos de las sierras
próximas. Pero lo que nos fascinaba, la nota sublime de aquel conjunto,
era la calle de Segovia, a pavorosa profundidad, abajo, abajo... Luis
me apretó la muñeca diciéndome:
--Hijo, este Viaducto explica todas las muertes que han ocurrido en él.
--Como que convida a arrojarse --respondí sin dejar de contemplar
el abismo del empedrado y sintiendo ya en la planta de los pies el
hormigueo del vértigo.
--Mira un suicida, chacho --exclamó súbitamente Portal, señalándome a
un hombre de muy derrotadas trazas, apoyado en la barandilla también.
Lo que es ese se tira de un momento a otro.
Me acerqué curiosamente. El presunto suicida se volvió... ¡cuánto
tiempo sin ver su rostro noble y expresivo, sus ojos negros, su
apostura gallarda, su mugrienta y astrosa ropa! ¡Pobre Botello!
Experimenté alegría al encontrar a aquel ser incoherente, a aquel ripio
social, inofensivo e inútil.
--¿Ibas a matarte? --le pregunté sonriendo, pasadas las primeras
efusiones y los primeros abrazos.
--¡Hombre! no... --respondió el huésped de Pepita--. Sólo por
entretener el tiempo, meditaba en lo sabiamente que obraría si me
tirase de cabeza. Esa calle, con sus piedras duras, me llamaba a voces.
Así se acabarían todas las trampas y todas las miserias... ¿No sabéis?
Pepa casi me ha plantado en la calle... Diariamente me insulta...
Apenas fumo... Tengo un cuarto donde duermo, pero eso de comer es un
lujo que desconozco. La vizcaína anda rabiosa porque don Julián hizo
la del humo, y se niega a mantenerme. Me han embargado mi pensión. ¿Me
pagáis un bisté?
Salimos a la calle de Bailén, y no tardamos en instalarnos en un figón,
delante de unas chuletitas esparrilladas muy apetitosas. El perdis nos
dijo melancólicamente.
--Hay días en que estoy tan desesperado, que hasta se me ocurre
trabajar en cualquier cosa. ¿Pero en qué? Y además esas son ideas
absurdas, hijas de la debilidad o del aguardiente. No; cuando tengo
una peseta la apunto y me gano cien. Yo no sirvo para la ignominia
del trabajo. Quédese para los negros. Y después, siempre le salen
a uno buenos amigos que no niegan un duro a quien se le pide. No
creáis que vivo del sable, hijos, no; sablazo es cuando ofrece uno
pagar... y yo no ofrezco nunca semejante desatino. El que me presta me
regala. ¿Sabéis la que me jugaron Mauricio Parra y Pepe Vidal estos
Carnavales? ¿Les conocéis? Uno de arquitectura, y otro de minas.
Están de huéspedes en casa de Pepa Urrutia. Pues nada, que nos vino
una huéspeda de buen trapío... una viuda cordobesa, ¡más salada...! y
yo... la miraba un poco. Una noche supe que iba al baile del Real... ¡Y
yo sin un real! Mauricio y Pepe me animan y me toman la entrada... van
conmigo... Se nos acerca la mascarita... que la conocí perfectamente...
«Tengo sed... ¿Me convidas? ¿Vamos al buffet?» Ví el cielo abierto...
y el infierno, porque no tenía un cochino ochavo. Echo la mano atrás,
y con ella hago señas a Mauricio y Pepe... Siento que me introducen
en el hueco de la mano una moneda... ¡Dios! ¡Qué será! De fijo un
duro... aunque parecía algo chico. Sin mirar lo embolso, y ¡zás! subo
tan intrépido... Ella se pone a comer pastelillos, a beber Jerez... Yo
temblando que la cuenta pasase del duro... Nunca acababa de engullir
la buena señora... Al fin se resuelve a acabar, y yo saco del bolsillo
la moneda y le digo al mozo con gran prosopopeya: «Cóbrese usted.»
«¡Pero, caballero, si me da usted un perro grande!» ¡Hijos, la que
allí se armó! Creí que me llevaban a la prevención derechito... ¡Y qué
chacota! Pues así, así vive uno, y así está siempre: más arrancado hoy
que ayer, y más mañana que hoy. Ya supondréis que mi portuguesiño se ha
vuelto a Portugal; en cambio tengo a un diputado provincial conquense,
que se le ha puesto en la cabeza ser autor dramático, y le acompaño
entre bastidores, porque se le antoja que debo conocer íntimamente
a los actores y actrices; y en efecto les conozco; ¿quién no conoce
aquí a todo género humano? pero no sé qué papel compongo en Lara, en
Eslava y en Apolo; el caso es que los acomodadores me toman por actor,
los actores por autor tronado, y yo allí de coronilla con mi diputado
provincial, empeñado en que le representen su apropósito, o juguete, o
revista, o lo que sea...
--¿No lo sabes a punto fijo?
--No. Cien veces intentó leérmelo; pero por ahora voy parando el golpe.
Veremos si lo consigo hasta el fin. Adiós, salvadores míos... Mis ideas
de muerte ya se han disipado. Gracias.
«Hoy el cielo y la tierra me sonríen;
Hoy llega al fondo de mi alma el sol;
Hoy me dísteis chuletas, ¡dos chuletas!
Hoy creo en Dios.»
Declamando así, Dumillas nos estrechó las manos con las suyas puercas y
enlutadas, y se fué...
--Ahí tienes al romanticismo --murmuró desdeñosamente Luis alzando los
hombros--. ¡Qué falta tan grande les hace a este y a los que son como
él un curso de _sentido-comunología_!