Mi madre, con su sagacidad relativa y al pormenor, conoció al punto
que yo iba preocupado y mohino; pero erró la causa. «A ti te han dado
algún desaire en el Tejo. No me digas que no. Te hicieron perrerías, de
seguro. Si no fué así, ¿por qué te viniste como los conejos en busca
del _tobo_, sin despedirte ni cosa que lo valga? Vamos, confiésale a tu
mamá el disgusto». Por más que juré y perjuré no haber recibido sino
atenciones, ella no la tragó. «Bien, bien; cállate, haz misterio...
Yo lo sabré, que todo se sabe. Ya me lo contarán los de fuera». Tuve
que referirle punto por punto las circunstancias de la boda: digo mal,
ella fué quien se adelantó a mis explicaciones, mostrándose enterada de
menudencias que me asombraron. Estaba en detalles que yo desconocía.
Era condición de su inteligencia pronta y aguda dominar la micrografía
de la vida, y desconocer, en cambio, sus leyes eternas, hondas,
visibles sólo para los espíritus superiores: las que han de regirla
hasta que se apague su soplo y el universo se enfríe por falta de
amor...
Los primeros días de estancia en la aldea sentí gran alivio. Aquel
frenesí del día de la boda se había calmado con la falta de _especies
sensibles_ que lo reavivasen, y me parecía que el entusiasmo por
la tití, el furor celoso y las meditaciones poéticas en la playa,
fueron no más travesura de la imaginación, la cual gusta de fingir
sentimientos profundos donde no hay sino antojos, efervescencias y
espejismos.
Contribuyó a sosegarme la compañía de Luis Portal, que vino desde
Orense a pasar conmigo una semana. Nos dimos tales paseos y tales
atracones de pan y leche, que el sano cansancio y la rusticación
hicieron su oficio, preparándome a oir con tranquilidad y hasta prestar
asentimiento a razones por el estilo de las que siguen:
«Lo que te sucede a ti --me decía Luis en ocasión de estar los dos
tumbados al pie de un castaño, donde habíamos _escotado_ la siesta--
es un fenómeno muy común entre nosotros los españoles, que creyendo de
buena fe preparar y desear el porvenir, vivimos enamorados del pasado,
y somos siempre, en el fondo, tradicionalistas acérrimos, aunque nos
llamemos republicanos. Lo que te encanta y atrae en la señora de tu
tío Felipe es precisamente aquello que menos se ajusta a tus ideas, a
tus convicciones y a tu modo de ser como hombre de tu siglo. Me sales
con que la señorita de Aldao realiza el ideal de la mujer cristiana.
Patarata, chacho. ¿Me quieres decir qué encontramos de bonito en ese
ideal, si lo examinamos detenidamente? El ideal para nosotros debiera
ser la mujer contemporánea, o mejor dicho la futura: una hembra que nos
comprendiese y comulgase en aspiraciones con nosotros. Dirás que no
existe. Pues a tratar de fabricarla. Nunca existirá si la condenamos
antes de nacer.
»¿Cuáles son y en qué consisten las virtudes que atribuyes a la tití y
que tanto admiras? A mí me parecen negativas, irracionales, brutales.
No te espantes, brutales he dicho. ¿Casarse con un hombre repulsivo,
entregársele como un autómata, y todo por qué? ¿por no autorizar con
su presencia los pecados ajenos? ¿Quién responde de más acciones que
las propias? Esa señorita o está demente o es tonta de remate; y al
fraile que tal consiente y apadrina... no quiero calificarle, porque se
me iría la lengua. Ese comprende mejor que la tití a lo que la tití se
compromete: ese debiera haber evitado semejante barbaridad... Te digo
que el frailecito... ¡Rediós! Pero, en fin, el fraile es el fraile;
y nosotros, que pretendemos innovar la sociedad, en algo hemos de
diferenciarnos de él.
»Una mujer como la que está pidiendo la sociedad nueva se pondría a
servir, a coser, a fregar los suelos, si no se hallaba bien en la casa
paterna, si creía su dignidad lastimada; pero nunca enagenaría su
libertad y su corazón y su cuerpo para irse con semejante marido.
»Te entró la manía del cristianismo. Hay que dejarte. ¡Una perfecta
cristiana! ¿Y por qué te seduce una perfecta cristiana? ¿Eres acaso
perfecto cristiano tú? ¿Aspiras a serlo? ¿O crees que la ordenada
marcha de la sociedad consiste en la esposa cristiana y el esposo
racionalista?
»Salustiño, despierta, que estás soñando. ¡Vas a enamorarte de una
mujer porque piensa al revés que tú en casi todo! Que está soltera; que
te corresponde; que os casais; que ella conserva encendida la _antorcha
de la fe_... y no te arriendo la ganancia. Déjasela a tu tío, que para
él es de molde. Harán la gran pareja. ¡Pero para ti! Chachiño, cúrate
de romanticismos y de cristiandades. Esto no quiere decir que no le
hagas el amor a la tía; pero al modo humano, sin música de Poliuto.
Si te gusta ¡hala con ella! Es decir..., siempre debes tener cuidado,
para evitar dramas... Los dramas, en el teatro Español... y aun allí,
la mayor parte salen hueros. En fin... sin drama... ya me entiendes.
Pero como vuelvas a contarme novelas de cristianas y judíos... te doy
bromuro. Y sobre todo... a estudiar. No soy más perdigón, ni por la
diosa Venus que venga a hacerme garatusas.»
No dejaron de persuadirme las observaciones del discretísimo
orensano. Cuando menos, me indujeron a meditar sobre el problema de
mis entusiasmos locos. En efecto, el pensar y el sentir de mi tití,
eran radicalmente opuestos a los míos: yo no creía en nada de lo que
ella reverenciaba: su moral difería de mi moral: la palabra _deber_
en nuestros labios tenía diferente significación, y sin embargo, me
atraía más hacia ella esa disparidad de ideal, como al blanco le atrae
a veces el color cetrino de la mulata, y a la ardiente gitana el dorado
cabello del inglés. ¿Acertaba Portal al decir que nosotros estábamos
sin hembra propia y nos convenía buscarla, hacerla a nuestra imagen
para que nos comprendiese y su cerebro funcionase a compás del nuestro?
O al contrario, ¿era mayor atractivo la picante oposición de las almas
y el tener yo en la mía cámaras obscuras donde, como en la de _Barba
Azul_, le estaría a ella siempre vedado penetrar? ¿Por qué exaltaba yo
a aquella mujer, viendo en ella la perfección misma del tipo femenil?
¿Por qué su sacrificio, que en mí me parecería absurdo, en ella se me
antojaba sublime?
«En lo que acierta Luis», resolvía yo definitivamente, «es en que
conviene estudiar, y que el drama interior es enemigo del trabajo».
En efecto, cogí libros para repasar un poco aprovechando el ocio de
las vacaciones, y al concentrar mis facultades y aplicarlas a las
inflexibles matemáticas, trabábase en el campo de mi mollera descomunal
batalla, que yo llamaba en mi lenguaje íntimo, la _guerra entre las
rectas y las curvas_. Las rectas eran las ecuaciones, los polinomios,
los teoremas, los problemas de secciones de ángulos y otras demoniuras
semejantes; las curvas, los ensueños amorosos, las antipatías judáicas
y toda la pícara ebullición de mi fantasía moza. Al principio las
curvas llevaron la mejor parte, pero la táctica y precisión de las
rectas acabó por imponerse a aquel indisciplinado ejército, que se
replegó en el peor orden posible hacia el corazón, último refugio.
Ya se acercaban a su término las vacaciones cuando recibimos una visita
inesperada. El intransigente Serafín vino en persona, sin asomo de hiel
ni de rencor, sobón y pegajoso lo mismo que un perrito, a instalarse en
la Ullosa: yo no pude recordar que le hubiese convidado, y mamá juraba
que tampoco. Le acogimos sin ceremonia, y desde el primer día le dedicó
mi madre a recortar espalleres, recoger fruta y echar pitanza a los
pollos, tareas que él desempeñaba gustosísimo. Cuando nos hablamos sin
testigos, lejos de mostrarme el más mínimo enfado, me soltó un estrecho
abrazo, me hizo cosquillas y se soltó a barbarizar, a su estilo de
orate. «¿No sabe?» preguntó afectuosamente. «Así que usted se largó yo
me desaté. Si me pillan amarrado, buena la hacíamos. ¡Qué guasa! Lo de
mirar no estaba bien. Pero era guasa, era pavita. El _Pajaritum_ tenía
la culpa. Los novios, a Pontevedra aquella misma tarde. Ahora andan por
allá muy _majaderos_, luciendo las galas; el Santo les ha obsequiado
con una gran comida en el Naranjal; hubo sesos de contribuyente
fritos; y cola de litigante en escabeche... De postres, turrón; como
que ya la casa de su tío está alquilada para oficina de Correos. ¿Eh?
¡Guí, guí! Al señor de Aldao le ha venido no sé qué cruz, con mucho
tratamiento de _perliquitencia_... ¿Y no sabe lo bueno? ¿No ha leído de
la irrisión, digo, de la procesión de la Divina Peregrina? Me pasmo de
que no cayese sobre ella fuego del cielo, según dijo el otro: _Pluit
super Sodomam et Gomorrham sulphur et ignem a Domino de cœlo_. Hombre,
¿cómo no fué a Pontevedra ese día? Otra igual, ni en veinte años. Hasta
los periodiqueros y los masones alumbraban. Le digo que sí. Y luego
el _Teucrense_ le llamó a la procesión _festival_. ¿Qué es festival?
A modo de _saturnal_, sin duda». Después, bajando la voz, añadió:
«También un obispo papaba moscas allí, y no por amor de la Peregrina...
Pero no se pasme de eso. Nestorio fué obispo de Constantinopla.
¿Y quién promovió el cisma de aquel grandiosísimo cerdo del rey de
Inglaterra, sino otro gorrino de obispo hereje que se llamaba _Crémor
o Cremer_...? Déjeme de obispos. La Iglesia la hemos de regenerar
solitos el Papa y los clérigos... digo, no, los aprendices de clérigo y
unos cuantos laicos de agallas... mande lo que guste la Encíclica _Cum
multa_».
Le aseguré que no sabía lo que podía mandar semejante Encíclica, y le
pregunté por Candidiña como al descuido. «¡Uy! Buena pieza... guí,
guí. Ahora, solita con el viejo... Lo ha de volver del revés». Hablóme
también del Padre Moreno, y supe que el fraile moro, terminados sus
baños de mar, pensaba pasarse dos días en la Ullosa.
En breve se confirmó el anuncio y apareció el Padre, todo empolvado
de su larga jornada en diligencia. Mi madre, que le quería mucho, le
recibió al pronto con cierta frialdad: no podía perdonarle el haber
bendecido la boda. Yo, en cambio, extremé la cortesía. Hubiese deseado
poder decirle a Aben-Jusuf: «Aquellos delirios pasaron. Se me ha
deshinchado el sentimentalismo. ¡Si viese usted qué bien me encuentro!
Lo mismo que quien se aplica un remedio para curar una neuralgia, y lo
consigue. Mi dolor de muelas amoroso ya cesó. Me parece increíble haber
sido aquel que por poco se desnuca arrojándose de un árbol, se envilece
espiando, se tira al mar en una noche de bodas o le pide a usted el
hábito de novicio. Aquí tiene usted a un muchacho formal, alumno de
Ingenieros e hijo de Benigna Unceta, señora muy práctica. Estoy sano».
Si no fué esto mismo, algo muy semejante le indiqué en un paseíto que
el fraile y yo nos dimos por los montes. Recuerdo que él se mostró
sinceramente satisfecho, y debió de contestarme lo que verán ustedes.
«Óptimamente, pero no fiarse. Los calenturones del corazón no
duran como dan, ¡Dios nos asista!, sólo que repiten. Y repiten por
culpa nuestra, que nos llegamos al fuego. En esa lotería se pagan
aproximaciones. No aproximarse. Respetuosa distancia. Cordón sanitario.
Si hace usted otra cosa, no le tendré por hombre honrado».
_Mutatis mutandis_, así se expresó el Padre Moreno. Pasados los
primeros instantes, mi madre, que tiene corazón de oro e instintos
hospitalarios, le trató con agasajo, empeñándose en alimentarle bien
y a todas horas, hasta el extremo de que el fraile se sublevase
cómicamente. «No más pollo, aunque usted me emplume... Ni más pisto...
¡Qué señora! Alma de almirez, corazón de dátil, ¿quiere que yo
reviente aquí? Usted mande en su polisón, señora, que yo mando en
mi estómago...» Poco duró el exagerado obsequio gastronómico; a los
dos días, el Padre se nos marchó a su convento, dejándonos un gran
vacío. Había espirado también su temporada de vacaciones y el permiso
del superior para bañarse y atender a la salud, y el moro con sayal
se volvía resignadamente a su tétrico retiro de Compostela, donde,
a fuerza de humedad, sudaban los muros y verdeaban las junturas de
las piedras. A pesar de la entereza con que el fraile afirmó que iba
satisfecho al cumplimiento de su deber, comprendí que aquel español
medio sarraceno, prendado de la luz del África, debía de sufrir mucho
en cuerpo y espíritu viéndose desterrado a clima tan húmedo y gris.
Le ví marchar recordando con sorpresa que le había envidiado aquel
sayal y hasta aquella cadena de los votos. «A la fuerza yo he padecido
este verano una especie de _psicalgia_. Ahora que estoy convaleciente
lo comprendo». Los pocos días que faltaban ya para mi salida hacia
Madrid, como no teníamos huéspedes ni gran distracción, me sepulté en
la lectura de dos o tres librotes muy interesantes: obras de filosofía,
entre ellas la _Crítica de la razón pura_, de Kant. Exento, a mi
parecer, de toda engañosa alucinación, de toda exaltación enfermiza,
¡con qué puro deleite se empapaba mi inteligencia, docilitada por el
estudio de las matemáticas, en la enseñanza del filósofo! ¡Con qué
dulce firmeza sentía penetrar en las últimas casillas de mi cerebro
aquellas verdades del criticismo, que, lejos de conducir a la escéptica
negación, nos infunden sereno convencimiento de la vanidad de nuestras
tentativas para conocer el mundo exterior, y nos encierran en el
benéfico egoismo del estudio de nuestras propias facultades!
Cuando después de una lectura de Kant salía yo a recorrer el soto, la
pradería, las modestas dependencias de la granja patrimonial, y la paz
del atardecer se me infiltraba en el espíritu, me encontraba venturoso,
salvado de mis locuras, encerrado en la línea recta. «Entiende y serás
libre», repetía para mí con juvenil orgullo.