Después de la pesca, todas las tardes vino mi tío a hacer la corte a
su futura, y se desvanecieron aquellas vislumbres, acaso imaginarias,
de inteligencia entre ella y yo. La boda se acercaba, y notábase en
la casa la fermentación que precede a los grandes acontecimientos
domésticos. Una mañana fué mi tío al Naranjal con el fin de conseguir
que Sotopeña honrase con su presencia la ceremonia; pero el Santo
andaba molestado de unos cólicos biliosos, y cabalmente se preparaba
a salir para las aguas de Mondariz, sin que la multiplicidad de sus
asuntos e importantes ocupaciones le permitiese diferir o modificar
sus planes ni veinticuatro horas. Fué esta negativa un parchazo para
mi tío, cuya influencia en la provincia crecería al recibir pública
muestra de amistad del tutelar de la región, del hombre que alcanzaba
popularidad hasta entre sus conterráneos de las Antillas y la América
del Sur. El señor de Aldao, en cambio, se tranquilizó cuando supo
que no les visitaría D. Vicente. ¿Qué opinión formaría el dueño del
Naranjal acerca de las mejoras y ornato del Tejo? El instinto de
conservación de la vanidad (que lo tiene, y muy grande) le dictaba a D.
Román el recelo de que Sotopeña pudiese reirse, allá en su interior, de
las bolitas tornasoladas donde se reflejaba el paisaje, de los bustos
de yeso, de los cristales de colorines de la capilla, del gran escudo
de boj que dibujaba las armas de los Aldaos, del invernáculo hecho con
vidrieras, y, por último, de todo pormenor y requisito de la boda y
convite.
A medida que se acercaba el día solemne, y llegaban regalitos de
amigos y parientes, y el novio usaba y abusaba de su privilegio de
dar conversación a Carmen, yo me encontraba más separado de ella por
barreras inaccesibles.
En cambio advertía ya claramente la frialdad glacial de la tití hacia
su futuro. Lo que es en esto sí que no podía equivocarme, como se
equivocaría otra persona menos interesada en la observación. Dos o tres
veces percibí movimientos de desvío, gestos de impaciencia nerviosa, en
momentos en que el rostro de la mujer, sentada cerca del que quiere,
se ilumina de alegría. Noté también que la novia no revelaba mayor
complacencia y ternura al hablar con su padre o con su hermano. Era
respetuosa, cordial, afable; pero nada más: faltaba la efusión. Y esta
efusión, imposible de ocultar, porque la delatan los ojos con su
luz y la voz con sus inflexiones, la mostraba tití al hablar con el
Padre Moreno: en vista de lo cual hice desvergonzados soliloquios. «El
frailecito no me engaña a mí. Con esos ojos tan negros, ese aire tan
resuelto, ese carácter tan explícito y esos retratos barbudos... ¡Ay,
ay! El tal Aben-Jusuf...»
Confirmé estas sospechas al cerciorarme que entre el Padre moro y mi
tití se cruzaban alguna vez ojeadas significativas, ya rápidas, ya
largas y llenas de sentido. Diríase que el fraile y la novia trataban
de ponerse de acuerdo, con algún grave propósito. Una vez, en la
huerta, oí que cambiaban ciertas palabras quedito. «¿Se verán de
noche?» me atreví a pensar. Estudiando la distribución de la casa,
comprendí que era imposible. Al padre Moreno le habían dado la mejor
habitación, exceptuando la destinada a los novios; este dormitorio
del Padre comunicaba con el del señor de Aldao, de manera que no
podía el fraile rebullirse sin que D. Román lo sintiese. Al lado de
mi tití dormían Candidiña y su hermana; ¿cómo intentar escapatoria
nocturna que no fuese sabida? Por este lado tampoco encontró mi
bárbara malicia terreno firme. Y sin embargo, no podía quedarme duda
de que _se entendían_ el fraile y la señorita de Aldao, y andaban a
caza de una ocasión de reunirse clandestinamente. Me dí cuenta en
distintas ocasiones de estos proyectos de cita: ví a los culpables,
que después de haber tomado el café intentaban escurrirse al jardín;
noté que por la mañana, a la hora del chocolate, procuraban secretear
en algún rincón de la galería. Siempre interrumpían su coloquio,
o intervenciones mías, o jugarretas y travesuras de Candidiña, o
majaderías de Serafín, o faranduladas obsequiosas de don Román.
Era visible la contrariedad en el rostro de la muchacha. El Padre
disimulaba mejor.
Reflexionando en lo que haría yo en el caso de ellos, vine a comprender
que sólo les quedaba una hora hábil para verse de ocultis: la
madrugada. Con un madrugón resolvían el problema. En efecto, cuando
el Padre decía su misa tempranito, la mayor parte de los habitantes
de la quinta se quedaban repantigados en la cama. En espera de que a
mis dos reos se les ocurriese este ardid, empecé a darme los grandes
madrugones. Me acostaba a las nueve, no sin luchar a brazo partido con
el aprendiz de clérigo empeñado en charlar hasta las altas horas. Aún
no clareaba la luz del día cuando dejaba yo las ociosas plumas; y mal
despabilado me lanzaba al huerto, que a decir verdad estaba delicioso
de frescura, regado por el rocío nocturno, lleno del estremecimiento
misterioso del follaje al despertarlo la aurora, y embalsamado por los
ligeros olores venidos del jardín de daturas, resedas y heliotropos. El
ruidito de la fuente era más que nunca melodioso, dulce y alternativo,
como si cayese del cielo en un tazón de cristal. Todos estos encantos
me predisponían a soñar y hasta me hacían olvidarme de mi acecho. A la
segunda mañana que lo practiqué, ya era para mí secundario, y madrugaba
por gusto, temiendo que no conseguiría averiguar nada y que mis hábiles
emboscadas no me producirían sino el recreo de ver el huerto tan
deleitable. No obstante, continué madrugando, y la cuarta mañana, al
respirar con delicia la primer bocanada de aire puro, se me ocurrió
cuán bonito sería subir al _Teixo_ y presenciar desde allí la salida
del sol en el mar. Dicho y hecho. Trepé por la escalera, pasé del salón
de baile, ascendí hasta el cenador, y de allí a Vistabella.
Me detuve sorprendido ante el panorama que se desarrollaba a mis pies.
Delante de mí, muy cercana, la gentil ladera donde se asienta San
Andrés de Louza; bosquetes de castaños, maizales, praderías, algunos
molinos salpicados por las vueltas del riachuelo, a manera de broches
de perlas en un collar de brillantes, que el sol no hacía resplandecer
aún. Apenas asomaba, como reflejo delator de una vasta hoguera, sobre
la parte del horizonte en que se confundían mar y cielo y se dibujaba
la mancha negruzca de las Casitérides. Era una luz difusa, semejante a
la primer mirada incierta de unas hermosas pupilas que se entreabren.
La niebla la velaba todavía. Cuando los primeros rayos del globo rojo
empezaron a encender el mar prodigiosamente sereno, sacudida misteriosa
estremeció la superficie de las olas, que se tiñeron de opulentos
colores, como si la mano de algún mago esparciese en ellas oro, zafiro
y derretido carmín. Al mismo tiempo el paisaje se animaba, espejeaban
ya las aguas del riachuelo, y las playas de San Andrés y Portomouro
surgían blancas y pulcras, como lavadas por el oleaje, con el plateado
tono de sus arenas finísimas y el festón verde de sus algas. Las
matas de grandes áloes en flor lucían, sobre la pureza del cielo, sus
penachos amarillos. El rojo de los tejados podía compararse a pulido
coral. De repente, como ave que sacude sus alas para ensayar el vuelo,
la vela latina de una lancha sardinera brotó del infinito azul de la
ría, al pie de San Andrés, y tras ella fueron saliendo otras muchas,
apiñadas como bando de palomas. Me quedé embelesado.
No sé qué aviso interior hizo variar la dirección de mis miradas,
convirtiéndola hacia el huerto y la quinta, muda y cerrada a tal hora.
El escudo de armas de recortados bojes, las canastillas y arriates
de rosas, pensamientos y petunias, el bosquecillo de frutales, el
pilón, parecían, desde Vistabella, dibujos de un jardín geométrico,
trazado sobre el fondo de un tapiz. Los cristales de la silenciosa casa
rebrillaban. De improviso...
Un suceso muy previsto por la imaginación y que racionalmente nos
parece inverosímil, causa viva emoción, aunque en el fondo no pueda
importarnos. A mí el corazón se me apretó y se me enfriaron las
manos cuando ví salir por dos puertas diferentes de la casa y casi
a un tiempo al Padre Moreno y a la tití. Indudablemente competían
en exactitud; habían convenido en una hora fija, y ni la saboneta de
Carmiña ni el cronómetro cebolla del Padre, regalado por la señora del
Cónsul inglés, discrepaban un minuto.
La señorita y el fraile, al verse, se acercaron aprisa, como personas
que desde hace tiempo aspiran a encontrarse a solas y tienen algo muy
importante que decirse; mi tití se inclinó, besando la manga del Padre.
Luego parecieron discutir un momento acaloradamente, serios y animados;
y de repente el Padre extendió el brazo y señaló al Tejo.
Yo sabía que no podían verme. Por instinto de prudencia me había
agazapado detrás del ramaje. Así es que comprendí el significado de
aquella mímica. «En el Tejo es donde estaremos mejor y podremos charlar
tranquilos.» Hacerme cargo de esto y tener súbita inspiración fué
todo uno. Lo quería, lo necesitaba; ansiaba oir aquella conversación
criminal o inocente, pero de seguro interesantísima para mí. Adiviné
que lo primero que harían, antes de hablar sin recelo, sería registrar
el árbol, aunque a tales horas no podían suponer razonablemente que
estuviese habitado. En consecuencia, miré alrededor buscando un
escondrijo. El ramaje del Tejo era, a más de tupido, sólido, cerrado y
adecuado para recatar a una persona; pero hacia la copa se clareaba.
No ví medio de ocultarme sino bajando de nivel, es decir, poniéndome
al del cenador. Donde quiera que el Padre y la señorita se colocasen
a aquella altura yo podía oirlos y verlos. Bajé, pues, y salvando la
barandilla y perdiéndome entre las sombrías ramas, cabalgué en la
más fuerte y resistente. Crujieron muchas, rompiéronse dos o tres
pequeñas, gimió la espesura, y algunos pajarillos salieron azorados y
revoloteando para huir de mi supuesta agresión. Por fortuna el fraile y
la novia pasaban entonces bajo las calles cubiertas del espaller, y ni
era posible que mirasen hacia el Tejo, ni que viesen aunque mirasen.
De otro modo, notarían el oleaje de las ramas, comparable al de un
estanque cuando cae en él la cáscara de nuez de un botecillo. Aún
susurraban y se estremecían, cuando sentí por la escalera el taconeo de
tití y las reverendas pisadas del Padre Moreno.
Sentáronse muy cerca el uno del otro. Se habían colocado tan bien en
lo alto del mirador, que les veía de frente, aunque un poco de abajo
arriba; y el estar ellos en plena luz y yo en relativa oscuridad, me
permitía sorprender mejor la expresión de sus caras. Oía hasta el
sobrealiento de la subida en el pecho de Carmen Aldao, y el crujido del
asiento de madera al caer en él todo el peso del Padre. Él fué quien
habló primero, celebrando la acertada elección de sitio y el acuerdo
de refugiarse donde era imposible que nadie sorprendiese su diálogo
confidencial.
--Verdad --afirmó la señorita satisfecha--. También a mí me parecía
que aquí o en ninguna parte podríamos hablar con libertad completa. En
la huerta se descolgarían Serafín o Salustio, se nos pegarían, y ya
imposible. Aunque les dé la manía de madrugar, es bien seguro que al
Tejo no se les ocurre venir. ¿Y ha visto usted qué pesados son?