Esta convicción se me impuso, y no sé si me fué dolorosa o grata. Sé
que hizo en mí una especie de revolución interna, renovando aquel
sentimiento de repugnancia invencible que me inspiraba mi tío, y
reforzándolo con todo el desamor que creí notar en la novia. A la vez
me preguntaba con rabiosa curiosidad: ¿Por qué se casa esta mujer?
Tres o cuatro días bastaron para convencerme de que sólo mi madre
podía imaginar que en su casa trataban mal a Carmiña. Doña Andrea
apenas componía papel, como no fuese el pasivo de un ama de llaves muy
antigua, versada en los misterios domésticos, y bastante esclava de
su trabajo. Creo que el único privilegio que disfrutaba doña Andrea
en calidad de odalisca retirada, era el de sostener conversación más
frecuente de lo debido con la bota del vino añejo del Borde o con la
damajuana del aguardiente. Por lo demás, hablaba cariñosamente a la
señorita de Aldao, y ella, a su vez, mostraba confianza e indulgencia
a la criada antigua. Doña Andrea no se salía jamás de su esfera
propia, el gobierno interior de la casa, ni aparecía en el salón, ni
manifestaba otras pretensiones más que las compatibles con su oficio.
Allí la única persona fuera de su lugar me pareció Candidiña. Ni
era señorita que pudiese alternar con la hija de D. Román Aldao, ni
fregatriz que viviese entre los pucheros: algo tenía de lo uno y de lo
otro, y no se explicaba bien su presencia y su ambigua personalidad
admitida en la sala y excluída de la mesa. Su hermanita pequeña
ocupaba situación distinta, del todo humilde, sin que la diferencia se
justificase.
Era evidente que la novia de mi tío no llevaba vida de Cenicienta, ni
al contraer matrimonio obedecía al deseo de emanciparse, de reinar en
su casa, que impulsa a tantas solteras a acoger bien al primero que
las dice algo de amores. ¿Pues entonces a qué? Probablemente sería a
la desahogada posición, al porvenir indiscutible de mi tío. No podía
menos. Se casaba aquella muchacha, si no precisamente por cálculo, al
menos porque no es razonable desdeñar una ventajosa situación. Aunque
el modo de proceder de la señorita de Aldao no se pasaba de sublime,
tampoco era lícito censurarlo.
Por otra parte, y creyendo adivinar el verdadero móvil de los actos
de mi futura tía, yo notaba en ella, al observarla diariamente, en la
intimidad del próximo parentesco, la similitud de edades y la vida del
campo, algo que contrastaba con los fines razonables y prácticos que le
atribuía. Carmiña tenía ráfagas de vehemencia y rasgos de sentimiento
que delataban su natural apasionado. A ratos brillaban sus ojos,
palpitaban las ventanas de su nariz, y una firmeza singular destellaba
en aquel rostro soñador de ascéticas líneas. A mí se me figuraba que
debajo de la superficie debía de haber fuego, y mucho fuego, oculto.
Como no soy novelista, no he menester preparar hábilmente las
transiciones; y como tampoco soy hipócrita, he de consignar algo
que no sé si ha declarado algún observador o moralista. Y es que
casi siempre la primer mirada de un hombre a una mujer --hombre en
mis circunstancias, mozo y en disponibilidad amorosa-- es mirada de
curiosidad amorosa también: mirada que dice: «¿Me querría esta mujer a
mí? ¿Cómo sería si me quisiese?» Esto no es un alarde de cinismo, ni
hacer a la humanidad peor de lo que Dios la hizo: es indicar solamente
que el instinto sexual, como todos los instintos, no descansa,
aunque lo reprima la razón. Si profesase a mi tío cariño y respeto,
hubiese acallado sin pérdida de tiempo la voz confusa del instinto.
Pero sucedía lo contrario: mi tío me irritaba, me sublevaba el alma
secretamente; y al creer advertir en su novia gérmenes de sentimiento
análogo, me sentía atraído hacia ella, por una fraternidad psíquica que
iba derecha hacia el enamoramiento.
Sin que hubiese en mí un minuto de duda, sin que la cosa me
sorprendiese lo más mínimo ni yo vacilase cinco minutos en confesármelo
a mí propio (confesión siempre más fácil que la auricular), deseé y
me propuse insinuarme suavemente con Carmiña. La tentación se apoderó
de mí con tanta mayor facilidad, cuanto que no habiéndose realizado
todavía el matrimonio, ni aun se libró en mi alma el breve combate
interior, entre el deseo y las conveniencias.
Para decir la estricta verdad, lo que yo me propuse no fué seducir a la
futura ni desbancar al futuro. Sobre que el verbo _seducir_ indica una
fatuidad que no padezco, no soy capaz de combinar en frío lo que Luis
Portal llamaba drama de familia. Lo único a que aspiré fué a averiguar
si eran ciertos mis barruntos, si la novia detestaba al novio, y si a
mí podía verme con tierna indulgencia. De buena fe creí que, conseguido
esto, se calmaría mi inquietud.
La vida en el Tejo se prestaba a estrechar intimidades. De vuelta del
baño tomábamos el desayuno dónde y cómo quería cada cual; libertad
sumamente propicia a encontrar a la novia en grato aislamiento, por
el huerto o por el jardín. Costábame mucho trabajo, para lograr
este propósito, desembarazarme del monaguillo, que me había cobrado
afición y se me agarraba como una lapa. Quedábase él tumbado leyendo
periódicos, o jugando a las damas con don Román, o cogiendo cerezas y
fresas con Candidiña, y yo me escurría en busca de Carmen. Generalmente
la sorprendía al salir de la capilla, donde había oído la misa del
Padre Moreno. Al hacerme el encontradizo, la ofrecía flores y la daba
palique. Hablábamos lo que se puede hablar con una muchacha soltera:
de si Pontevedra es un pueblo animado, de las fiestas de la Peregrina,
de los bailes del Casino, del paseo, de los amoríos y noviazgos de las
amigas, con otras insulseces semejantes. Tuve ocasión para piropearla
disimuladamente, ya elogiando lo bien que la sentaba su traje o lo
bonito de su pelo, ya convidándola a que se apoyase mejor en mi brazo
para andar, alegando que no podía fatigarme tan grata pesadumbre.
A estas insinuaciones mi tía no opuso jamás la _cara feroce_ de la
virtud. Acogía los requiebros con graciosa sonrisa de malicia, como si
dijese: «Bueno, quedamos enterados: es muy amable mi futuro sobrino.»
A los ofrecimientos respondía apoyándose en efecto, sin recelo alguno,
con una cordialidad decorosa. Ante el airecillo melancólico que adopté
un día por variar de registro, dió ella en suponerme enfermo y cuidarme
con atención, ofreciéndome toda clase de remedios físicos, cuando yo
afectaba solicitar uno moral. En realidad, no encontraba brecha abierta
por donde atacar aquel corazoncito.
Analicé su actitud con mi tío. Mientras conmigo, hecho ya el
conocimiento, se manifestaba alegre y cordial, al novio le demostraba,
al par que sumisión y solicitud complaciente, formalidad y corrección
excesivas, que podían tomarse por encogimiento o púdica modestia,
pero que a mí, vistas a la luz siniestra que alumbraba mi alma, me
parecieron síntomas de frialdad absoluta.
Cuando creí hacer este descubrimiento, percibí un impulso de simpatía
hacia la casta novia. Si en efecto sentía por su futuro el mismo desvío
que yo, ¿cuál lazo más fuerte podía atarnos? «La repugna. Acaso ella
misma no se da cuenta, pero la repugna. Esto prueba su buen gusto, su
delicadeza de epidermis. Ya decía yo...» Después, la eterna pregunta:
«¿Y entonces, por qué se casa con él? ¿Por qué se casa?»
Mientras me proponía este enigma, continuaba mi respetuoso asedio.
Parecíame que lo único indispensable para lograr mis propósitos era el
tiempo: se acercaba el día de la boda, y era evidente que aspirando
a merecer, no ya la ternura, sino solamente la amistad entera de
aquella señorita, necesitaba frecuente y asiduo trato, en que cada hora
diese su fruto, poco a poco, como se entreabren, al impregnarse de
agua el tallo, las arrugadas y plegadas hojas de una rosa de Jericó.
«Naturalmente,» discurría yo al verla tan amable, pero tan reservada en
cuanto toca a los asuntos del corazón, «esta mujer no va a entregarme
de buenas a primeras la llave del tesoro. No es fácil que yo sepa de su
boca las razones que tiene para aceptar al tío.»
Entretanto, la obsequiaba, me tomaba libertades corteses, procurando
ganar algunas pulgadas de terreno. La primer broma fué llamarla
_tiíta_. Al principio no le cayó en gracia, pero luego se resolvió
a tratarme, chanceándose también, de _sobrino_. Así que oí de sus
labios un nombre que ya suponía cierta familiaridad, pedí permiso
para llamarla _tití Carmen_. Estos dos nombres, el primero tierno e
infantil y más aún el segundo con su fragancia de juventud y belleza
me parecieron encantadores, y desde aquel momento los vinculé en la
señorita de Aldao, a quien no volví a llamar de otra manera.
Hubo un momento en que imaginé que tití Carmen había entrado ya en
ese período en que deliberada o indeliberadamente reflejamos algo del
ajeno sentir, y por contagio experimentamos el mal que a nuestro lado
se padece. Fué una tarde en que mi tío no estaba en San Andrés, sino en
Pontevedra, manejando y tocando aquel teclado de la política al menudeo
que tan perfectamente afirmaba conocer. Para distraernos, don Román
dispuso que saliésemos a pescar _panchos_ en las aguas tranquilas de
la ría. Esta pesca se hace en días serenos, dejando ir la embarcación
muy despacio, y echando anzuelos cebados con carnada de _miñocas_ o
lombrices de tierra. Es en realidad un paseo por mar, a la hora más
dulce que se puede disfrutar en el campo. Nosotros ocupábamos una
lancha. Tití, sentada a mi lado, me embromaba porque en mi _liña_ no se
sentía jamás el nervioso tironcillo del pez, mientras la suya no cesaba
de atirantarse y traer a la superficie pesca menuda. Propúsele cambiar
de liña, y aceptó el cambio, pero los peces no se dejaron engañar y
siguieron desairándome. Aprovechándome de que Candidiña se peleaba
con Serafín, y el Padre Moreno, cuya perspicacia me infundía temor,
pescando se divertía y gozaba como un chiquillo, me atreví a decir a
la tití no sé qué boberías y expresivos rendimientos. Ella respondió
sonriendo y mirándome fijamente, con mirada que yo no sabré explicar
sino diciendo que parecía hecha de una mezcla de luz y angelical
travesura. Si aquello era burla, sería burla adobada con miel, adornada
de rosas y sazonada con la dulce sal de la cariñosa risa. De repente,
me pareció que los ojos de gloria se velaban con profunda tristeza; que
de aquel pecho salía un suspiro... suspiro hondo, el cual no expresaba
ni podía expresar más que esto: «Muy bien, futuro sobrino, pero yo
por desgracia ya estoy ligada al antipático de tu tío y resulta que no
podemos entendernos. Déjate de niñadas, o tendré que decirte _tarde
piache_.»
Puso fin a la pesca el venir la noche. Regresamos al Tejo a pie, por el
camino ya conocido. Hacía luna, esa luna que vista en el campo parece
más argentina, más triste, mayor que cuando alumbra las ciudades. Tití
iba delante, apoyándose en Candidiña, y algunas veces se volvía para
hablar con el Padre Moreno o conmigo. Para acortar, atravesamos por
sembrados, y hasta nos metimos en una era, arrostrando la furia de un
mastín que quería probar el sabor de nuestra carne.
Al llegar al Tejo, y entrar en la sala donde alrededor de la gran
lámpara giraban multitud de mariposillas y falenas, que entraban por
las ventanas abiertas de par en par, tití lanzó una exclamación: «¡Ay!
¡Al pasar la era me he llenado de _amores_!» Comprendí perfectamente
el sentido de la frase: era que se habían pegado a sus faldas esas
florecillas, o por mejor decir, plantas erizadas de ganchos que se
adhieren que no hay modo de desprenderlas. Al punto me arrodillé y
empecé a quitar amores por aquí, amores por allí. Los condenados se
agarraban al paño de mis ropas; sin variar de postura, alcé los ojos
hacia la novia murmurando: «Se me pegan». Mi actitud debió de expresar
mucho. Hay movimientos que delatan la pasión.
De allí a poco cruzó la ventana un bicho negro, un murciélago alevoso.
Volando con el aleteo torpe y fatídico propio de tales avechuchos,
giró varias veces por la sala, apareciéndose en los rincones, donde
menos contábamos con él, y batiéndose contra las paredes o cayendo,
cuando más descuidados estábamos, sobre nuestras cabezas. Risa va y
grito viene, nos armamos todos de lo primero que encontramos: pañuelos,
cubiertas de las sillas... y dimos caza al feo monstruo. Serafín fué
el primero que le puso la mano encima. A pesar de los agrios chillidos
que exhalaba al verse preso, el monago le sujetó, pidió dos alfileres
y extendiéndole de punta a punta las alas membranosas, lo clavó contra
la madera de una ventana. Después le introdujo en el hocico un cigarro
hecho de un rollo o flecha de papel, encendiéndolo con un fósforo; y
mientras el animal se estremecía agonizante y convulso, su verdugo le
hacía mil visajes. Era una escena grotesca, para desternillarse de
risa, y yo me entretenía en saborearla, cuando oí a la novia preguntar
impaciente:
--¡Cándida! ¿Dónde está Cándida?
La muchacha no parecía. Entonces Carmen, asomándose a la ventana,
exclamó:
--¡Papá, papá! Sube... Ven a ver el murciélago que hemos cazado...
Desde el jardín contestó «voy» la voz de D. Román Aldao, y el vejete
entró en la sala echando chispas por los ojos, animadísimo. El suplicio
del murciélago le hizo mucha gracia. Pero la novia intercedió por la
víctima.
--¡Serafín, deja al pobre animal. Matarlo, bueno; pero atormentarlo
no... No seas judío!