XII

Esta convicción se me impuso, y no sé si me fué dolorosa o grata. Sé

que hizo en mí una especie de revolución interna, renovando aquel

sentimiento de repugnancia invencible que me inspiraba mi tío, y

reforzándolo con todo el desamor que creí notar en la novia. A la vez

me preguntaba con rabiosa curiosidad: ¿Por qué se casa esta mujer?

Tres o cuatro días bastaron para convencerme de que sólo mi madre

podía imaginar que en su casa trataban mal a Carmiña. Doña Andrea

apenas componía papel, como no fuese el pasivo de un ama de llaves muy

antigua, versada en los misterios domésticos, y bastante esclava de

su trabajo. Creo que el único privilegio que disfrutaba doña Andrea

en calidad de odalisca retirada, era el de sostener conversación más

frecuente de lo debido con la bota del vino añejo del Borde o con la

damajuana del aguardiente. Por lo demás, hablaba cariñosamente a la

señorita de Aldao, y ella, a su vez, mostraba confianza e indulgencia

a la criada antigua. Doña Andrea no se salía jamás de su esfera

propia, el gobierno interior de la casa, ni aparecía en el salón, ni

manifestaba otras pretensiones más que las compatibles con su oficio.

Allí la única persona fuera de su lugar me pareció Candidiña. Ni

era señorita que pudiese alternar con la hija de D. Román Aldao, ni

fregatriz que viviese entre los pucheros: algo tenía de lo uno y de lo

otro, y no se explicaba bien su presencia y su ambigua personalidad

admitida en la sala y excluída de la mesa. Su hermanita pequeña

ocupaba situación distinta, del todo humilde, sin que la diferencia se

justificase.

Era evidente que la novia de mi tío no llevaba vida de Cenicienta, ni

al contraer matrimonio obedecía al deseo de emanciparse, de reinar en

su casa, que impulsa a tantas solteras a acoger bien al primero que

las dice algo de amores. ¿Pues entonces a qué? Probablemente sería a

la desahogada posición, al porvenir indiscutible de mi tío. No podía

menos. Se casaba aquella muchacha, si no precisamente por cálculo, al

menos porque no es razonable desdeñar una ventajosa situación. Aunque

el modo de proceder de la señorita de Aldao no se pasaba de sublime,

tampoco era lícito censurarlo.

Por otra parte, y creyendo adivinar el verdadero móvil de los actos

de mi futura tía, yo notaba en ella, al observarla diariamente, en la

intimidad del próximo parentesco, la similitud de edades y la vida del

campo, algo que contrastaba con los fines razonables y prácticos que le

atribuía. Carmiña tenía ráfagas de vehemencia y rasgos de sentimiento

que delataban su natural apasionado. A ratos brillaban sus ojos,

palpitaban las ventanas de su nariz, y una firmeza singular destellaba

en aquel rostro soñador de ascéticas líneas. A mí se me figuraba que

debajo de la superficie debía de haber fuego, y mucho fuego, oculto.

Como no soy novelista, no he menester preparar hábilmente las

transiciones; y como tampoco soy hipócrita, he de consignar algo

que no sé si ha declarado algún observador o moralista. Y es que

casi siempre la primer mirada de un hombre a una mujer --hombre en

mis circunstancias, mozo y en disponibilidad amorosa-- es mirada de

curiosidad amorosa también: mirada que dice: «¿Me querría esta mujer a

mí? ¿Cómo sería si me quisiese?» Esto no es un alarde de cinismo, ni

hacer a la humanidad peor de lo que Dios la hizo: es indicar solamente

que el instinto sexual, como todos los instintos, no descansa,

aunque lo reprima la razón. Si profesase a mi tío cariño y respeto,

hubiese acallado sin pérdida de tiempo la voz confusa del instinto.

Pero sucedía lo contrario: mi tío me irritaba, me sublevaba el alma

secretamente; y al creer advertir en su novia gérmenes de sentimiento

análogo, me sentía atraído hacia ella, por una fraternidad psíquica que

iba derecha hacia el enamoramiento.

Sin que hubiese en mí un minuto de duda, sin que la cosa me

sorprendiese lo más mínimo ni yo vacilase cinco minutos en confesármelo

a mí propio (confesión siempre más fácil que la auricular), deseé y

me propuse insinuarme suavemente con Carmiña. La tentación se apoderó

de mí con tanta mayor facilidad, cuanto que no habiéndose realizado

todavía el matrimonio, ni aun se libró en mi alma el breve combate

interior, entre el deseo y las conveniencias.

Para decir la estricta verdad, lo que yo me propuse no fué seducir a la

futura ni desbancar al futuro. Sobre que el verbo _seducir_ indica una

fatuidad que no padezco, no soy capaz de combinar en frío lo que Luis

Portal llamaba drama de familia. Lo único a que aspiré fué a averiguar

si eran ciertos mis barruntos, si la novia detestaba al novio, y si a

mí podía verme con tierna indulgencia. De buena fe creí que, conseguido

esto, se calmaría mi inquietud.

La vida en el Tejo se prestaba a estrechar intimidades. De vuelta del

baño tomábamos el desayuno dónde y cómo quería cada cual; libertad

sumamente propicia a encontrar a la novia en grato aislamiento, por

el huerto o por el jardín. Costábame mucho trabajo, para lograr

este propósito, desembarazarme del monaguillo, que me había cobrado

afición y se me agarraba como una lapa. Quedábase él tumbado leyendo

periódicos, o jugando a las damas con don Román, o cogiendo cerezas y

fresas con Candidiña, y yo me escurría en busca de Carmen. Generalmente

la sorprendía al salir de la capilla, donde había oído la misa del

Padre Moreno. Al hacerme el encontradizo, la ofrecía flores y la daba

palique. Hablábamos lo que se puede hablar con una muchacha soltera:

de si Pontevedra es un pueblo animado, de las fiestas de la Peregrina,

de los bailes del Casino, del paseo, de los amoríos y noviazgos de las

amigas, con otras insulseces semejantes. Tuve ocasión para piropearla

disimuladamente, ya elogiando lo bien que la sentaba su traje o lo

bonito de su pelo, ya convidándola a que se apoyase mejor en mi brazo

para andar, alegando que no podía fatigarme tan grata pesadumbre.

A estas insinuaciones mi tía no opuso jamás la _cara feroce_ de la

virtud. Acogía los requiebros con graciosa sonrisa de malicia, como si

dijese: «Bueno, quedamos enterados: es muy amable mi futuro sobrino.»

A los ofrecimientos respondía apoyándose en efecto, sin recelo alguno,

con una cordialidad decorosa. Ante el airecillo melancólico que adopté

un día por variar de registro, dió ella en suponerme enfermo y cuidarme

con atención, ofreciéndome toda clase de remedios físicos, cuando yo

afectaba solicitar uno moral. En realidad, no encontraba brecha abierta

por donde atacar aquel corazoncito.

Analicé su actitud con mi tío. Mientras conmigo, hecho ya el

conocimiento, se manifestaba alegre y cordial, al novio le demostraba,

al par que sumisión y solicitud complaciente, formalidad y corrección

excesivas, que podían tomarse por encogimiento o púdica modestia,

pero que a mí, vistas a la luz siniestra que alumbraba mi alma, me

parecieron síntomas de frialdad absoluta.

Cuando creí hacer este descubrimiento, percibí un impulso de simpatía

hacia la casta novia. Si en efecto sentía por su futuro el mismo desvío

que yo, ¿cuál lazo más fuerte podía atarnos? «La repugna. Acaso ella

misma no se da cuenta, pero la repugna. Esto prueba su buen gusto, su

delicadeza de epidermis. Ya decía yo...» Después, la eterna pregunta:

«¿Y entonces, por qué se casa con él? ¿Por qué se casa?»

Mientras me proponía este enigma, continuaba mi respetuoso asedio.

Parecíame que lo único indispensable para lograr mis propósitos era el

tiempo: se acercaba el día de la boda, y era evidente que aspirando

a merecer, no ya la ternura, sino solamente la amistad entera de

aquella señorita, necesitaba frecuente y asiduo trato, en que cada hora

diese su fruto, poco a poco, como se entreabren, al impregnarse de

agua el tallo, las arrugadas y plegadas hojas de una rosa de Jericó.

«Naturalmente,» discurría yo al verla tan amable, pero tan reservada en

cuanto toca a los asuntos del corazón, «esta mujer no va a entregarme

de buenas a primeras la llave del tesoro. No es fácil que yo sepa de su

boca las razones que tiene para aceptar al tío.»

Entretanto, la obsequiaba, me tomaba libertades corteses, procurando

ganar algunas pulgadas de terreno. La primer broma fué llamarla

_tiíta_. Al principio no le cayó en gracia, pero luego se resolvió

a tratarme, chanceándose también, de _sobrino_. Así que oí de sus

labios un nombre que ya suponía cierta familiaridad, pedí permiso

para llamarla _tití Carmen_. Estos dos nombres, el primero tierno e

infantil y más aún el segundo con su fragancia de juventud y belleza

me parecieron encantadores, y desde aquel momento los vinculé en la

señorita de Aldao, a quien no volví a llamar de otra manera.

Hubo un momento en que imaginé que tití Carmen había entrado ya en

ese período en que deliberada o indeliberadamente reflejamos algo del

ajeno sentir, y por contagio experimentamos el mal que a nuestro lado

se padece. Fué una tarde en que mi tío no estaba en San Andrés, sino en

Pontevedra, manejando y tocando aquel teclado de la política al menudeo

que tan perfectamente afirmaba conocer. Para distraernos, don Román

dispuso que saliésemos a pescar _panchos_ en las aguas tranquilas de

la ría. Esta pesca se hace en días serenos, dejando ir la embarcación

muy despacio, y echando anzuelos cebados con carnada de _miñocas_ o

lombrices de tierra. Es en realidad un paseo por mar, a la hora más

dulce que se puede disfrutar en el campo. Nosotros ocupábamos una

lancha. Tití, sentada a mi lado, me embromaba porque en mi _liña_ no se

sentía jamás el nervioso tironcillo del pez, mientras la suya no cesaba

de atirantarse y traer a la superficie pesca menuda. Propúsele cambiar

de liña, y aceptó el cambio, pero los peces no se dejaron engañar y

siguieron desairándome. Aprovechándome de que Candidiña se peleaba

con Serafín, y el Padre Moreno, cuya perspicacia me infundía temor,

pescando se divertía y gozaba como un chiquillo, me atreví a decir a

la tití no sé qué boberías y expresivos rendimientos. Ella respondió

sonriendo y mirándome fijamente, con mirada que yo no sabré explicar

sino diciendo que parecía hecha de una mezcla de luz y angelical

travesura. Si aquello era burla, sería burla adobada con miel, adornada

de rosas y sazonada con la dulce sal de la cariñosa risa. De repente,

me pareció que los ojos de gloria se velaban con profunda tristeza; que

de aquel pecho salía un suspiro... suspiro hondo, el cual no expresaba

ni podía expresar más que esto: «Muy bien, futuro sobrino, pero yo

por desgracia ya estoy ligada al antipático de tu tío y resulta que no

podemos entendernos. Déjate de niñadas, o tendré que decirte _tarde

piache_.»

Puso fin a la pesca el venir la noche. Regresamos al Tejo a pie, por el

camino ya conocido. Hacía luna, esa luna que vista en el campo parece

más argentina, más triste, mayor que cuando alumbra las ciudades. Tití

iba delante, apoyándose en Candidiña, y algunas veces se volvía para

hablar con el Padre Moreno o conmigo. Para acortar, atravesamos por

sembrados, y hasta nos metimos en una era, arrostrando la furia de un

mastín que quería probar el sabor de nuestra carne.

Al llegar al Tejo, y entrar en la sala donde alrededor de la gran

lámpara giraban multitud de mariposillas y falenas, que entraban por

las ventanas abiertas de par en par, tití lanzó una exclamación: «¡Ay!

¡Al pasar la era me he llenado de _amores_!» Comprendí perfectamente

el sentido de la frase: era que se habían pegado a sus faldas esas

florecillas, o por mejor decir, plantas erizadas de ganchos que se

adhieren que no hay modo de desprenderlas. Al punto me arrodillé y

empecé a quitar amores por aquí, amores por allí. Los condenados se

agarraban al paño de mis ropas; sin variar de postura, alcé los ojos

hacia la novia murmurando: «Se me pegan». Mi actitud debió de expresar

mucho. Hay movimientos que delatan la pasión.

De allí a poco cruzó la ventana un bicho negro, un murciélago alevoso.

Volando con el aleteo torpe y fatídico propio de tales avechuchos,

giró varias veces por la sala, apareciéndose en los rincones, donde

menos contábamos con él, y batiéndose contra las paredes o cayendo,

cuando más descuidados estábamos, sobre nuestras cabezas. Risa va y

grito viene, nos armamos todos de lo primero que encontramos: pañuelos,

cubiertas de las sillas... y dimos caza al feo monstruo. Serafín fué

el primero que le puso la mano encima. A pesar de los agrios chillidos

que exhalaba al verse preso, el monago le sujetó, pidió dos alfileres

y extendiéndole de punta a punta las alas membranosas, lo clavó contra

la madera de una ventana. Después le introdujo en el hocico un cigarro

hecho de un rollo o flecha de papel, encendiéndolo con un fósforo; y

mientras el animal se estremecía agonizante y convulso, su verdugo le

hacía mil visajes. Era una escena grotesca, para desternillarse de

risa, y yo me entretenía en saborearla, cuando oí a la novia preguntar

impaciente:

--¡Cándida! ¿Dónde está Cándida?

La muchacha no parecía. Entonces Carmen, asomándose a la ventana,

exclamó:

--¡Papá, papá! Sube... Ven a ver el murciélago que hemos cazado...

Desde el jardín contestó «voy» la voz de D. Román Aldao, y el vejete

entró en la sala echando chispas por los ojos, animadísimo. El suplicio

del murciélago le hizo mucha gracia. Pero la novia intercedió por la

víctima.

--¡Serafín, deja al pobre animal. Matarlo, bueno; pero atormentarlo

no... No seas judío!

Una Cristiana · 第 15 / 27 题