_Que cuenta como una vieja remedió las cuitas de Candido, y como
topó este con su dama._
No cobró ánimo Candido, pero siguió á la vieja á una ruin casucha,
donde le dió su conductora un bote de pomada para untarse, y le dexó
de comer y de beber; luego le enseñó una camita muy aseada, y al lado
de la cama un vestido completo: Come, hijo, bebe y duerme, le dixo, y
Nuestra Señora de Atocha, el señor San Antonio de Padua, y el señor
Santiago de Compostela se queden contigo: mañana volveré. Confuso
Candido con todo quanto habia visto, y quanto habia padecido, y inas
todavía con la caridad de la vieja, le quiso besar la mano. No es mi
mano la que has de besar, le dixo la vieja; mañana volveré. Untate con
la pomada, come y duerme.
No obstante sus muchas desventuras, comió y durmió Candido. Al otro
dia le trae la vieja de almorzar, le visita las espaldas, se las
estriega con otra pomada, y luego le trae de comer: á la noche vuelve,
y le trae que cenar. El tercer dia fué la misma ceremonia. ¿Quién es
vm.? le decia Candido; ¿quién le ha inspirado tanta bondad? ¿cómo
puedo darle dignas gracias? La buena señora nunca respondia palabra,
pero volvió aquella noche, y no traxo que cenar. Ven conmigo, le dixo,
y no chistes; y diciendo esto agarró á Candido del brazo, y echó á
andar con el por el campo. A cosa de medio quarto de legua que
hubiéron andado, llegáron á una casa sola, cercada de canales y
jardines. Llama la vieja á un postigo: abren, y lleva á Candido por
una escalera secreta á un gabinete dorado, donde le dexa sobre un
canapé de terciopelo, cierra la puerta, y se marcha. A Candido se le
figuraba que soñaba, teniendo su vida entera por un sueño funesto, y
el momento actual por un sueño delicioso.
Presto volvió la vieja, sustentando con dificultad del brazo á una
muger que venia toda trémula, de magestuosa estatura, cubierta de
piedras preciosas, y tapada con un velo. Alza ese velo, dixo á Candido
la vieja. Arrímase el mozo, y alza con mano tímida el velo. ¡Qué
instante! ¡qué pasmo! cree que está viendo á su baronesita, á su
Cunegunda; y así era la verdad, porque era ella propia. Fáltale el
aliento, no puede articular palabra, y cae desmayado á sus plantas.
Cunegunda se cae sobre el canapé: la vieja los inunda en aguas de
olor; vuelven en sí, se hablan; primero en voces interrumpidas, en
preguntas y respuestas que no se dan vado unas á otras, en suspiros,
lágrimas y gritos. La vieja, recomendándoles que metan ménos bulla,
los dexa libres. ¡Con que es vm., dice Candido! ¡con que la veo en
Portugal, y no ha sido violada, y no le han pasado de parte á parte
las entrañas, como me habia dicho el filósofo Panglós! Sí tal, replicó
la hermosa Cunegunda, pero no siempre son mortales esos accidentes.
--¿Y han sido muertos el padre y la madre de vm.?--Por mi desgracia,
sí, respondió llorando Cunegunda.--¿Y su hermano?--Mi hermano
también.--¿Pues porqué está vm. en Portugal? ¿cómo ha sabido que
también yo lo estaba? ¿porqué raro acaso me ha hecho venir á esta
casa? Todo lo diré, replicó la dama; pero antes es forzoso que me diga
vm. quantos sucesos le han pasado desde el inocente beso que me dió, y
las patadas con que se le hiciéron pagar.
Obedeció Candido con profundo respeto; y puesto que estaba confuso,
que tenia trémula y flaca la voz, y que aun le dolia no poco el
espinazo, contó con la mayor ingenuidad quanto desde el punto de su
separacion habia padecido. Alzaba Cunegunda los ojos al cielo, y
vertió tiernas lágrimas por la muerte del buen anabautista y de
Panglós; habló despues como sigue á Candido, el qual no perdió una
palabra, y se la comia con los ojos.