_Del magnífico auto de fe que se hizo para que cesara el terremoto,
y de los doscientos azotes que pegáron á Candido._
Pasado el terremoto que habia destruido las tres quartas partes de
Lisboa, el mas eficaz medio que ocurrió á los sabios del pais para
precaver una total ruina, fue la fiesta de un soberbio auto de fe,
habiendo decidido la universidad de Coïmbra que el espectáculo de unas
quantas personas quemadas á fuego lento con toda solemnidad es
infalible secreto para impedir los temblores de tierra. Habian sido
presos por tanto un Vizcayno que estaba convicto de haberse casado con
su comadre, y dos Portugueses que se habían comido un pollo un
viernes, y la olla sin tocino un sábado; y despues de comer se
lleváron atados al doctor Panglós y su discípulo Candido, al uno por
lo que habia dicho, y al otro por haberle escuchado con ademan de
aprobar lo que decia. Pusiéronlos separados en unos aposentos muy
frescos, donde nunca incomodaba el sol, y de allí á ocho dias los
vistiéron de un san-benito, y les engalanáron la cabeza con unas
mitras de papel: la coroza y el san-benito de Candido llevaban llamas
boca abaxo, y diablos sin garras ni rabo; pero los diablos de Panglós
tenian rabo y garras, y las llamas ardian hácia arriba. Así vestidos
saliéron en procesion, y oyéron un sermon muy tierno, al qual se
siguió una bellísima música en fabordon. A Candido, miéntras duró el
canto, le pegáron doscientos azotes á compas; al Vizcayno y á los dos
que habian comido la olla sin tocino los quemáron, y Panglós fué
ahorcado, aunque no era estilo. Aquel mismo día, tembló la tierra con
un furor espantable.
Candido atónito, desatentado, confuso, ensangrentado y palpitante,
decia entre sí: ¿Si este es el mejor de los mundos posibles, cómo
serán los otros? Vaya con Dios, si no hubieran hecho mas que
espolvorearme las espaldas, que ya los Bulgaros me habian hecho el
mismo agasajo. Pero tú, caro Panglós, el mayor de los filósofos,
¿porqué te he visto ahorcar, sin saber por qué? O mi amado
anabautista, tu que eras el mejor de los hombres, ¿porqué te has
ahogado en el puerto? Y tú, baronesita Cunegunda, perla de las niñas,
¿porqué te han sacado el redaño? Volvíase diciendo esto á su casa, sin
poderse tener en pié, predicado, azotado, absuelto, y bendito, quando
se le acercó una vieja que le dixo: Hijo mió, ten buen ánimo, y
sígueme.