XVIII

Aquella noche, Mauricio encontró sobre la mesita central de su cuarto

y bajo el globo de gas, un album en cuero de Rusia con sus broches de

plata cuidadosamente cerrados y un aire de coqueto misterioso.

--Hé aquí el enigma insoluble de Renata--pensó Mauricio.

Nada tan claro y sencillo.

Sin embargo, al abrir aquel album, al contacto de sus páginas, sentía

algo del pavor que inspira el santuario.

Iba á descorrerse el velo que ocultaba al objeto de su amor.

El album aquel era un libro _sui géneris_; una galería de retratos

seguida de filiaciones biográficas que le daban interés y novedad.

Contenía en órden cronológico las fotografías de todas las señoras que

habitaban la casa.

Comenzaba la série, el retrato de una dama de sesenta años, con ojos

vivos y alegrísimo semblante.

Su filiacion decía que la señora de Sanabria era viuda de un rico

estanciero y poseía campos y haciendas innumerables.

El biógrafo terminaba cada filiacion con un chiste referente al

carácter de su heroina.

Así, de la señora de Sanabria, decía que, de una manera desordenada,

tenía la manía de la caridad. Para poner á sus anchas la confianza de

sus pobres, declaraba sus riquezas inagotables, conjurándolos á pedir y

pedir.

A esta seguía la señora Zárate, antigua directora de un colegio de

niñas fundado por la Sociedad de Señoras de la Misericordia y servido

por Hermanas del Huerto.

El carácter de la Zárate, concluye el biógrafo, es tan recto y

justiciero, que, un dia, asistiendo á la clase de religion, oyó á la

profesora explicar la escena de Jesús, niño, en el templo, con su Madre

y los doctores de la Ley.

--Pues yo, hijas mias--dijo ella dirigiéndose á las chiquitinas--yo,

en lugar de mi Señora, en el templo y delante de los doctores de la

Ley, le habría dado á mi Señor Jesucristo una _limpia_ de azotes por

cimarron.

Al siguiente dia, delatada por la hermana profesora de religion, perdía

su puesto en la escuela.

Pero Aquel que lee en los corazones, indemnizó aquella pérdida,

mandándole el beneficio de una herencia con la que vivía tranquila.

Seguía así una docena de viejas que apesar de su insignificancia,

Mauricio las contemplaba con profunda gratitud.

Ellas habíanle abierto las puertas de aquella casa, donde le aguardaba

el dulcísimo sentimiento que llenaba su alma.

Grupos de jovencitas, lindas todas--pues que la juventud es

belleza--llenaban el resto del album.

Sobre ellas el biógrafo había arrojado una lluvia de flores, de esas

flores que convienen á todas las jóvenes, sean grandes ó chicas,

rosadas ó pálidas, morenas ó rubias.

Mauricio sintió temblarle la mano y el corazon, al volver la última

página.

Un cerco de viñetas representando coronas y ramilletes, ofrendas de

cariño, rodeaban el retrato de una jóven morena, esbelta, de rostro

oval, frente elevada y abundosos cabellos.

Vestida de negro, con esa sencillez elegante y severa que es y será

la moda en todos los tiempos, cruzados los brazos sobre el pecho,

apoyábase en la reja de un balcon.

Sus grandes ojos negros miraban á lo léjos, y una ténue sonrisa

suavizaba la seriedad de su boca.

En aquel semblante, á la vez, juvenil y reflexivo, había un encanto

indefinible, que atraia y hacía meditar.

Mauricio, cerrando los ojos, cotejó aquella imágen con la que había en

su corazon....

Era la misma, era el ideal que soñara bajo el velo de crespon negro en

la rada de Pouillac y en la bahía de Rio Janeiro....

Oasis en la vida · 第 29 / 43 题