Aquel mismo dia mandó allí su modesto equipaje, que la camarera
instaló, arreglando el pequeño cuarto, á pesar de su deficiente
mueblaje, con el realce de un buen gusto enteramente parisiense.
Cuando Mauricio vino aquella noche, _á la hora del sueño_, quedó
encantado de su nueva morada.
Todo estaba en su lugar: el gas encendido dentro de una bombita de
cristal, sobre la mesa del centro; la bugía en el velador, al lado
de la garrafa de agua y el vaso de cristal de roca; la cama abierta,
mullidos colchones y almohadas; sábanas y cobertores sahumados con
alhucema; en el lavabo preparado el baño.
La puerta-ropero guardaba los vestidos de Mauricio, bajo la cortina de
damasco azul; la cómoda sus corbatas y ropa blanca.
Sentíase allí la mano de la mujer y su benéfica influencia en todo:
hasta en un lindo ramilletito de violetas que desde el fondo del baño
de porcelana, enviaba su perfume al pobre huésped proscrito.
Mauricio, apoyado el codo en la mesa y la frente en la mano, leía, ó
más bien, distraido, divertíase en hojear un libro, señalando con los
dedos, á la ventura y á largas distancias en la página, frases que,
reunidas, formaban absurdos ó sentencias, que lo hacían sonreir ó
meditar.
En una de esas casuales agrupaciones, leyó:
--En toda existencia humana hay un minuto esperado ó fortuito, solemne
ó trivial, que decide del destino entero.
Mauricio sonrió.--¡Perogrulladas!--iba á decir, á tiempo que una ráfaga
de melodía, que parecía venir detrás de la puerta-ropero, invadió el
silencioso cuarto.
De seguro pertenecía á un Steinway, el teclado que una mano ligera,
experta, suavísima, recorrió con un arpegio ténue como el rumor de la
brisa, seguido de las primeras notas del valse de Julieta.
Mauricio, inmóvil, comprimiendo el aliento, escuchaba aquellas notas
que como una misteriosa corriente, llevaban su pensamiento léjos en
el tiempo y en el espacio, allá, á bordo del «Senegal,» al caer el
crepúsculo, en la rada de Pouillac; y en la bahía de Rio Janeiro, en
una noche primaveral.
Pero como si la artista hubiera adivinado su presencia, el piano calló.
--Es una de las enemigas que rechazaron mi admision--pensó Mauricio.
Aquella noche, fantásticas visiones visitaron su sueño. Ora bajo la
aérea forma de una vírgen, sonreíale el valse de Julieta; ora, en
letras de fuego llameaba la misteriosa leyenda....
Desde entónces, en vano Mauricio aguzaba el oído; el cuarto vecino
permanecía silencioso.
--Quizá para alejarse de mí, su habitante lo habrá abandonado--pensaba
Mauricio, no sin consagrar un tierno recuerdo al encantado arpegio, y
al bello valse de Julieta.