XII

Aquel mismo dia mandó allí su modesto equipaje, que la camarera

instaló, arreglando el pequeño cuarto, á pesar de su deficiente

mueblaje, con el realce de un buen gusto enteramente parisiense.

Cuando Mauricio vino aquella noche, _á la hora del sueño_, quedó

encantado de su nueva morada.

Todo estaba en su lugar: el gas encendido dentro de una bombita de

cristal, sobre la mesa del centro; la bugía en el velador, al lado

de la garrafa de agua y el vaso de cristal de roca; la cama abierta,

mullidos colchones y almohadas; sábanas y cobertores sahumados con

alhucema; en el lavabo preparado el baño.

La puerta-ropero guardaba los vestidos de Mauricio, bajo la cortina de

damasco azul; la cómoda sus corbatas y ropa blanca.

Sentíase allí la mano de la mujer y su benéfica influencia en todo:

hasta en un lindo ramilletito de violetas que desde el fondo del baño

de porcelana, enviaba su perfume al pobre huésped proscrito.

Mauricio, apoyado el codo en la mesa y la frente en la mano, leía, ó

más bien, distraido, divertíase en hojear un libro, señalando con los

dedos, á la ventura y á largas distancias en la página, frases que,

reunidas, formaban absurdos ó sentencias, que lo hacían sonreir ó

meditar.

En una de esas casuales agrupaciones, leyó:

--En toda existencia humana hay un minuto esperado ó fortuito, solemne

ó trivial, que decide del destino entero.

Mauricio sonrió.--¡Perogrulladas!--iba á decir, á tiempo que una ráfaga

de melodía, que parecía venir detrás de la puerta-ropero, invadió el

silencioso cuarto.

De seguro pertenecía á un Steinway, el teclado que una mano ligera,

experta, suavísima, recorrió con un arpegio ténue como el rumor de la

brisa, seguido de las primeras notas del valse de Julieta.

Mauricio, inmóvil, comprimiendo el aliento, escuchaba aquellas notas

que como una misteriosa corriente, llevaban su pensamiento léjos en

el tiempo y en el espacio, allá, á bordo del «Senegal,» al caer el

crepúsculo, en la rada de Pouillac; y en la bahía de Rio Janeiro, en

una noche primaveral.

Pero como si la artista hubiera adivinado su presencia, el piano calló.

--Es una de las enemigas que rechazaron mi admision--pensó Mauricio.

Aquella noche, fantásticas visiones visitaron su sueño. Ora bajo la

aérea forma de una vírgen, sonreíale el valse de Julieta; ora, en

letras de fuego llameaba la misteriosa leyenda....

Desde entónces, en vano Mauricio aguzaba el oído; el cuarto vecino

permanecía silencioso.

--Quizá para alejarse de mí, su habitante lo habrá abandonado--pensaba

Mauricio, no sin consagrar un tierno recuerdo al encantado arpegio, y

al bello valse de Julieta.

Oasis en la vida · 第 23 / 43 题