Desde que lo vió llegar, madame Bazan tendió á Mauricio las manos.
--¡Triunfamos!--exclamó, con la espontánea alegría francesa.
--Reunido anoche mi areópago á la hora del té, expuse el caso con todas
sus atenuantes modificaciones.
¡Quién lo creyera! La seccion jóven fué á V. adversa.
¡Y dicen que la juventud es indulgente! ¡Qué error!
Apenas, las viejas, en mayoría, lograron triunfar, no sin el rigoroso
aditamento de--forzosa ausencia de la casa, _desde primera hora hasta
la hora del sueño_.
Venga usted á ver el cuarto que le destino. Es el único que un hombre
puede habitar en esta casa, verdadero monasterio, dónde solo faltan la
toca y el sayal.
Y empujando una puerta que abría en el zaguan, hizo entrar á Mauricio
en una pieza pequeña, pero aseada; cubiertas sus paredes con papel de
ramajes azules en fondo blanco.
Frente á la ventana, que recibía luz de la calle, una puerta empapelada
como las paredes, clavada una percha en lo alto del marco y oculta
bajo una cortina de damasco azul, hacía veces de ropero, cegando la
comunicacion con la vivienda vecina.
Cubría el piso un tapiz de hule; y el mobiliario componíanlo una cama
de nogal con dos colchones, dos almohadas y mosquitero de gasa blanca;
un velador, un lavabo con juego de porcelana, una cómoda, dos sillas y
una mesita central.
--¡Magnífico! Hé aquí cuanto necesito--dijo Mauricio, estrechando
gozoso la mano á madame Bazan.