CAPITULO XI

De la noticia que supo Gil Blas, y que fué un golpe mortal para él.

Fuíme a mi posada, en donde encontré dos sujetos, con quienes comí y

con cuya gustosa conversación me entretuve en la mesa hasta la hora de

la comedia, que nos separamos, ellos para ir a sus quehaceres y yo para

tomar el camino del teatro. Advierto de paso que yo tenía motivo para

estar de buen humor, porque la alegría había reinado en la conversación

que acababa de tener con estos caballeros, mostrándoseme además

propicia la fortuna; pero con todo, sentía una tristeza que no estaba

en mi mano desechar. A vista de esto, no se diga que no se presienten

las desgracias que nos amenazan.

Al entrar en el vestuario se acercó a mí Melchor Zapata y me dijo en

voz baja que le siguiera. Me llevó a un sitio excusado y me dijo lo

siguiente: «Señor mío, miro como un deber dar a usted un aviso muy

importante. Usted no ignora que el marqués de Marialba se enamoró

primero de Narcisa, mi esposa, y aun había elegido día para venir

a picar en mi cebo, cuando la artificiosa Estela halló medio de

desconcertar la partida y de traer a su casa a este señor portugués.

Bien conoce usted que una cómica no pierde tan buena presa sin

despecho. Mi mujer está muy resentida de esto; nada es capaz de omitir

para vengarse, y, por desgracia de usted, se le presenta para ello

una ocasión favorable. Ayer, si usted hace memoria, todos nuestros

dependientes acudieron a verle. El sotadespabilador dijo a algunas

personas de la compañía que conocía a usted y que de ningún modo era

hermano de Estela. Esta noticia--añadió Melchor--ha llegado a oídos de

Narcisa, que no ha dejado de preguntársela al que la ha dado, y éste

se la ha repetido. Dice conoció a usted de criado de Arsenia, cuando

Estela, bajo el nombre de Laura, la servía en Madrid. Mi esposa,

contentísima con este descubrimiento, se lo participará al marqués de

Marialba, que ha de venir esta tarde a la comedia. Camine usted en esta

inteligencia, y si no es en realidad hermano de Estela, le aconsejo,

como amigo, y por nuestro antiguo conocimiento, que se ponga en salvo.

Narcisa, que no busca mas que una víctima, me ha permitido se lo

advierta a usted para que evite con una pronta fuga cualquier accidente

funesto.»

Me hubiera sido inútil saber más. Di gracias por este aviso al

histrión, que conoció muy bien por mi sobresalto que yo no estaba en

el caso de desmentir al sotadespabilador. Como realmente no tenía

intención de llevar hasta este punto la desvergüenza, ni aun fuí a

despedirme de Laura, temiendo no quisiese obligarme a que siguiera

el enredo. Bien sabía yo que ella era buena comedianta para salir

con facilidad de este berenjenal; pero yo no veía mas que un castigo

infalible que me amenazaba y no estaba tan enamorado que quisiese

burlarme de él. Determiné, pues, poner tierra por medio, cargando con

mis dioses penates, es decir, con mi ropa, y en un abrir y cerrar de

ojos me desaparecí del coliseo, y en un momento hice sacar y trasladar

mi maleta a la posada de un arriero que al día siguiente, a las tres

de la mañana, debía salir para Toledo. Hubiera deseado estar ya con el

conde de Polán, cuya casa me parecía el único asilo que había seguro

para mí; pero no hallándome aún en ella, no podía pensar sin inquietud

en el tiempo que me restaba que pasar en una ciudad en donde temía me

buscasen aquella misma noche.

No dejé de ir a cenar a mi hostería, a pesar de estar tan zozobroso

como un deudor que sabe andan en seguimiento suyo los alguaciles; pero

no creo que la cena hizo en mi estómago un excelente quilo. Miserable

juguete del miedo, miraba con cuidado a todas las personas que entraban

en la sala y temblaba como un azogado siempre que por mi desgracia eran

algunas de mala catadura, cosa que no es rara en tales parajes. Después

de haber cenado en medio de continuos sobresaltos, me levanté de la

mesa y me volví a la posada del ordinario, en donde me eché sobre paja

fresca hasta la hora de marchar.

Puedo asegurar que durante este tiempo ejercité bien mi paciencia. Mil

tristes pensamientos vinieron a asaltarme; si algún instante me quedaba

traspuesto, soñaba que veía furioso al marqués, lastimando a golpes el

hermoso rostro de Laura y haciendo pedazos cuanto había en su casa, o

ya que le oía mandar a sus criados que me matasen a palos. Despertaba

despavorido, y siendo tan gustoso despertar después de haber soñado

cosas funestas, para mí era esto más cruel que el mismo sueño.

Por fortuna, me sacó de esta angustia el arriero viniendo a avisarme

que estaban prontas las mulas. Inmediatamente me levanté, y, gracias

al Cielo, me puse en camino curado radicalmente de Laura y de la

quiromancia. Conforme nos íbamos alejando de Granada iba mi espíritu

recobrando su serenidad. Empecé a trabar conversación con el arriero,

el cual me contó algunas historias divertidas que me hicieron reír y

fuí perdiendo insensiblemente mi temor. Dormí con sosiego en Ubeda,

donde hicimos noche a la primera jornada, y a la cuarta llegamos a

Toledo. Mi primer cuidado fué preguntar por la casa del conde de Polán,

y persuadido de que no consentiría me alojase en otra, fuí allá. Pero

yo había hecho la cuenta sin la huéspeda, pues no encontré en ella mas

que al portero, quien me dijo que su amo había salido el día antes para

la quinta de Leiva, de donde le habían escrito que Serafina estaba

enferma de peligro.

Yo no había contado con la ausencia del conde, que disminuyó el

gusto que tenía de estar en Toledo y fué causa de que tomase otra

determinación. Viéndome tan cerca de Madrid, me resolví a ir allá,

discurriendo que en la corte podría hacer fortuna, pues, según había

oído decir, no era necesario en ella tener un talento superior para

adelantar. Al día siguiente me aproveché de un caballo de retorno,

que me llevó a esta capital de la España, adonde la buena suerte me

conducía para que hiciese papeles más brillantes que los que hasta

entonces me había hecho representar.

Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 2 de 3) · 第 47 / 69 题