De la noticia que supo Gil Blas, y que fué un golpe mortal para él.
Fuíme a mi posada, en donde encontré dos sujetos, con quienes comí y
con cuya gustosa conversación me entretuve en la mesa hasta la hora de
la comedia, que nos separamos, ellos para ir a sus quehaceres y yo para
tomar el camino del teatro. Advierto de paso que yo tenía motivo para
estar de buen humor, porque la alegría había reinado en la conversación
que acababa de tener con estos caballeros, mostrándoseme además
propicia la fortuna; pero con todo, sentía una tristeza que no estaba
en mi mano desechar. A vista de esto, no se diga que no se presienten
las desgracias que nos amenazan.
Al entrar en el vestuario se acercó a mí Melchor Zapata y me dijo en
voz baja que le siguiera. Me llevó a un sitio excusado y me dijo lo
siguiente: «Señor mío, miro como un deber dar a usted un aviso muy
importante. Usted no ignora que el marqués de Marialba se enamoró
primero de Narcisa, mi esposa, y aun había elegido día para venir
a picar en mi cebo, cuando la artificiosa Estela halló medio de
desconcertar la partida y de traer a su casa a este señor portugués.
Bien conoce usted que una cómica no pierde tan buena presa sin
despecho. Mi mujer está muy resentida de esto; nada es capaz de omitir
para vengarse, y, por desgracia de usted, se le presenta para ello
una ocasión favorable. Ayer, si usted hace memoria, todos nuestros
dependientes acudieron a verle. El sotadespabilador dijo a algunas
personas de la compañía que conocía a usted y que de ningún modo era
hermano de Estela. Esta noticia--añadió Melchor--ha llegado a oídos de
Narcisa, que no ha dejado de preguntársela al que la ha dado, y éste
se la ha repetido. Dice conoció a usted de criado de Arsenia, cuando
Estela, bajo el nombre de Laura, la servía en Madrid. Mi esposa,
contentísima con este descubrimiento, se lo participará al marqués de
Marialba, que ha de venir esta tarde a la comedia. Camine usted en esta
inteligencia, y si no es en realidad hermano de Estela, le aconsejo,
como amigo, y por nuestro antiguo conocimiento, que se ponga en salvo.
Narcisa, que no busca mas que una víctima, me ha permitido se lo
advierta a usted para que evite con una pronta fuga cualquier accidente
funesto.»
Me hubiera sido inútil saber más. Di gracias por este aviso al
histrión, que conoció muy bien por mi sobresalto que yo no estaba en
el caso de desmentir al sotadespabilador. Como realmente no tenía
intención de llevar hasta este punto la desvergüenza, ni aun fuí a
despedirme de Laura, temiendo no quisiese obligarme a que siguiera
el enredo. Bien sabía yo que ella era buena comedianta para salir
con facilidad de este berenjenal; pero yo no veía mas que un castigo
infalible que me amenazaba y no estaba tan enamorado que quisiese
burlarme de él. Determiné, pues, poner tierra por medio, cargando con
mis dioses penates, es decir, con mi ropa, y en un abrir y cerrar de
ojos me desaparecí del coliseo, y en un momento hice sacar y trasladar
mi maleta a la posada de un arriero que al día siguiente, a las tres
de la mañana, debía salir para Toledo. Hubiera deseado estar ya con el
conde de Polán, cuya casa me parecía el único asilo que había seguro
para mí; pero no hallándome aún en ella, no podía pensar sin inquietud
en el tiempo que me restaba que pasar en una ciudad en donde temía me
buscasen aquella misma noche.
No dejé de ir a cenar a mi hostería, a pesar de estar tan zozobroso
como un deudor que sabe andan en seguimiento suyo los alguaciles; pero
no creo que la cena hizo en mi estómago un excelente quilo. Miserable
juguete del miedo, miraba con cuidado a todas las personas que entraban
en la sala y temblaba como un azogado siempre que por mi desgracia eran
algunas de mala catadura, cosa que no es rara en tales parajes. Después
de haber cenado en medio de continuos sobresaltos, me levanté de la
mesa y me volví a la posada del ordinario, en donde me eché sobre paja
fresca hasta la hora de marchar.
Puedo asegurar que durante este tiempo ejercité bien mi paciencia. Mil
tristes pensamientos vinieron a asaltarme; si algún instante me quedaba
traspuesto, soñaba que veía furioso al marqués, lastimando a golpes el
hermoso rostro de Laura y haciendo pedazos cuanto había en su casa, o
ya que le oía mandar a sus criados que me matasen a palos. Despertaba
despavorido, y siendo tan gustoso despertar después de haber soñado
cosas funestas, para mí era esto más cruel que el mismo sueño.
Por fortuna, me sacó de esta angustia el arriero viniendo a avisarme
que estaban prontas las mulas. Inmediatamente me levanté, y, gracias
al Cielo, me puse en camino curado radicalmente de Laura y de la
quiromancia. Conforme nos íbamos alejando de Granada iba mi espíritu
recobrando su serenidad. Empecé a trabar conversación con el arriero,
el cual me contó algunas historias divertidas que me hicieron reír y
fuí perdiendo insensiblemente mi temor. Dormí con sosiego en Ubeda,
donde hicimos noche a la primera jornada, y a la cuarta llegamos a
Toledo. Mi primer cuidado fué preguntar por la casa del conde de Polán,
y persuadido de que no consentiría me alojase en otra, fuí allá. Pero
yo había hecho la cuenta sin la huéspeda, pues no encontré en ella mas
que al portero, quien me dijo que su amo había salido el día antes para
la quinta de Leiva, de donde le habían escrito que Serafina estaba
enferma de peligro.
Yo no había contado con la ausencia del conde, que disminuyó el
gusto que tenía de estar en Toledo y fué causa de que tomase otra
determinación. Viéndome tan cerca de Madrid, me resolví a ir allá,
discurriendo que en la corte podría hacer fortuna, pues, según había
oído decir, no era necesario en ella tener un talento superior para
adelantar. Al día siguiente me aproveché de un caballo de retorno,
que me llevó a esta capital de la España, adonde la buena suerte me
conducía para que hiciese papeles más brillantes que los que hasta
entonces me había hecho representar.