De la comisión que el marqués de Marialba dió a Gil Blas y cómo la
desempeñó este fiel secretario.
Todavía no había vuelto el marqués de casa de su comedianta; pero
en su aposento encontré a los ayudas de cámara, que jugaban a los
naipes esperando su venida. Me introduje con ellos y nos entretuvimos
alegremente hasta las dos de la madrugada, en que llegó nuestro amo.
Sorprendióse un poco al verme y me dijo con una afabilidad que daba a
entender volvía contento de su visita: «Gil Blas, ¿por qué no te has
acostado?» Yo le respondí que quería saber antes si tenía alguna cosa
que mandarme. «Puede ser--dijo--te encargue por la mañana un asunto y
entonces te daré mis órdenes. Vé a descansar y sabe que te dispenso
de esperarme, pues me bastan los ayudas de cámara.» Después de esta
advertencia, que no dejó de agradarme, pues me excusaba la sujeción,
que algunas veces hubiera llevado con disgusto, dejé al marqués en
su cuarto y me retiré a mi buhardilla. Me acosté; pero, no pudiendo
dormir, seguí el consejo de Pitágoras, de traer a la memoria por la
noche lo que hemos hecho en el día, para aplaudir nuestras buenas
acciones o vituperar las malas.
Mi conciencia no estaba tan limpia que dejase de remorderme haber
apoyado la mentira de Laura. Por más que yo me decía para disculparme
de que no había podido decentemente desmentir a una muchacha que no
había tenido otra mira que la de mi bien y que en algún modo me había
visto en la precisión de ser cómplice de su engaño, poco satisfecho de
esta excusa, yo mismo me respondía que no debía llevar tan adelante el
embuste y que era demasiado descaro el querer vivir con un señor cuya
confianza pagaba tan mal. En fin, después de un severo examen, convine
en que, si no era un bribón, me faltaba poco.
Pasando de aquí a las consecuencias, reflexioné que aventuraba mucho en
engañar a un hombre de distinción, quien por mis pecados acaso tardaría
poco en descubrir el enredo. Una reflexión tan juiciosa aterró algún
tanto mi espíritu; pero bien presto desvanecieron mi temor las ideas
del contento y del interés. Por otra parte, la profecía del hombre
del elixir hubiera bastado para tranquilizarme; y así, me entregué
a imágenes muy risueñas. Me puse a hacer cuentas de aritmética y a
calcular para conmigo mismo la suma a que ascenderían mis salarios
al cabo de diez años de servicio. A esto añadí las gratificaciones
que recibiría de mi amo; y midiéndolas por su carácter liberal, o más
bien según mis deseos, tenía una intemperancia de imaginación, si
puede hablarse de este modo, que no ponía límites a mi fortuna. Tanta
felicidad me concilió poco a poco el sueño y me quedé dormido haciendo
castillos en el aire.
Por la mañana me levanté a cosa de las nueve para ir a recibir las
órdenes de mi amo, pero al abrir mi puerta para salir me admiré de
verle venir en bata y gorro. Estaba solo, y me dijo: «Gil Blas, al
despedirme anoche de tu hermana le ofrecí pasar a su casa esta mañana;
pero un negocio de importancia no me permite cumplirlo. Vé y díle de
mi parte cuánto siento este contratiempo y asegúrale que aún cenaré
esta noche con ella. No es esto lo más--añadió, entregándome una bolsa
con una cajita de zapa guarnecida de piedras--: llévale mi retrato y
toma para ti esta bolsa, en donde van cincuenta doblones, que te doy
en prueba de la amistad que ya te he cobrado.» Con una mano tomé el
retrato y con la otra la bolsa, de mí tan poco merecida. Fuí corriendo
al momento a casa de Laura, diciendo en medio del exceso de alegría que
me enajenaba: «¡Bueno! ¡Bueno! ¡La predicción se verifica visiblemente!
¡Qué fortuna es ser hermano de una buena moza que admite galanteos! ¡Es
lástima que no haya en esto tanta honra como provecho y utilidad!»
Laura, contra la costumbre de las personas de su profesión, solía
madrugar. Halléla al tocador, en donde, esperando a su portugués,
añadía a su hermosura natural todos los atractivos auxiliares que el
arte podía prestarle. «Amable Estela--le dije al entrar--, imán de
los extranjeros, ya puedo comer con mi amo, pues me ha honrado con un
encargo que me da esta prerrogativa, el cual vengo a evacuar. Dice que
no puede tener el gusto de verte esta mañana, como lo había pensado;
pero para consolarte de esto cenará esta noche contigo. Y te envía su
retrato, con lo que me parece quedarás algo más consolada.»
Entreguéla la caja, que, con el vivo resplandor de los brillantes de
que estaba guarnecida, alegró infinito su vista. Abrióla, y habiéndola
cerrado después de haber considerado la pintura por mero cumplimiento,
volvió a mirar las piedras. Celebró su hermosura y me dijo con sonrisa:
«Ve aquí unas copias que las damas de teatro estiman mucho más que los
originales.» Díjele en seguida que el generoso portugués, al darme el
retrato, me había regalado cincuenta doblones. «Me alegro infinito--me
dijo ella--. Este señor principia por donde aún raras veces acaban
otros.» «A ti es, mi querida--respondí yo--, a quien debo este regalo,
que el marqués me hizo a causa de fraternidad.» «Yo quisiera--dijo
ella--te hiciera otros como ese todos los días. ¡No puedo ponderarte
cuánto te amo! Desde el instante en que te vi te amé tan estrechamente
que el tiempo no ha podido romper esta unión. Cuando te eché de menos
en Madrid, no perdí las esperanzas de recobrarte, y ayer al verte te
recibí como a un hombre que volvía a su centro. En una palabra, amigo
mío, el Cielo nos ha destinado el uno para el otro. Tú serás mi marido,
pero antes es preciso enriquecemos. La prudencia exige que comencemos
por aquí. Todavía quiero tener tres o cuatro cortejos para ponerte en
una situación aventajada.»
Díle cortésmente las gracias por el trabajo que quería tomarse por mí e
insensiblemente nos fuimos metiendo en una conversación que duró hasta
el mediodía. Entonces me retiré para ir a dar cuenta a mi amo del modo
con que había sido recibido su regalo. Aunque Laura no me había dado
sus instrucciones sobre este punto, compuse en el camino una buena
arenga para cumplimentarle de su parte; pero fué tiempo perdido, porque
cuando llegué a la posada me dijeron que el marqués acababa de salir; y
estaba decretado que no volvería a verle más, como puede leerse en el
capítulo siguiente.