Del recibimiento que hicieron a Gil Blas los cómicos de Granada y de la
persona a quien reconoció en el vestuario.
En el punto mismo que Laura acababa de contar su historia llegó una
comedianta vieja, vecina suya, que venía a sacarla para ir a la
comedia. Esta venerable heroína de teatro hubiera sido primorosa para
hacer el papel de la diosa Cotis. Mi hermana no dejó de presentar
su hermano a esta figura añeja, y sobre ello mediaron grandes
cumplimientos de ambas partes.
Las dejé solas, diciendo a la viuda del mayordomo que iría a buscarla
al teatro luego que hubiera hecho llevar mi ropa a casa del marqués,
que ella me enseñó. Fuí inmediatamente al cuarto que tenía alquilado,
pagué a mi huéspeda, di a un mozo mi maleta y fuí con él a una gran
posada, en donde estaba alojado mi amo. Encontré a la puerta a su
mayordomo, que me preguntó si era yo el hermano de la señora Estela.
Respondí que sí, y me dijo: «Pues sea usted muy bien venido, caballero.
El marqués de Marialba, de quien tengo honra de ser mayordomo, me ha
mandado os reciba con todo agasajo. Se le ha preparado a usted un
cuarto; si usted gusta, yo se lo enseñaré.» Me subió a lo último de la
casa y me introdujo en un aposento tan pequeño que sólo cabía una cama
muy estrecha, un armario y dos sillas; tal era mi habitación. «Usted
no estará aquí muy a sus anchuras--me dijo mi conductor--; pero en
recompensa prometo a usted que en Lisboa estará soberbiamente alojado.»
Metí mi maleta en el armario, del cual me llevé la llave, y pregunté
a qué hora se cenaba. Me respondieron que el señor cenaba comúnmente
fuera y que daba a cada criado un tanto al mes para su mantenimiento.
Hice algunas otras preguntas y conocí que los criados del marqués eran
unos holgazanes afortunados. Al cabo de una breve conversación dejé al
mayordomo y fuí a buscar a Laura, entretenido agradablemente con los
presagios de mi nuevo acomodo.
Luego que llegué a la puerta de la casa de comedias y dije que era
hermano de Estela, todo se me franqueó. ¡Hubierais visto las centinelas
hacerme paso a porfía, como si yo fuera uno de los principales
personajes de Granada! Todos los dependientes del teatro que encontré
en el tránsito me hicieron profundas reverencias. Pero lo que yo
quisiera poder pintar bien al lector es el recibimiento que, con
una seriedad cómica, me hicieron en el vestuario, en donde encontré
toda la compañía vestida ya y pronta a principiar. Los comediantes y
comediantas, a quienes Laura me presentó, se agolparon hacia mí. Los
hombres me confundieron a abrazos, y las mujeres en seguida, aplicando
sus rostros pintados al mío, lo llenaron de arrebol y blanquete.
Ninguno quería ser el último a cumplimentarme y todos se pusieron a
hablarme a un tiempo. No bastaba yo a responderles; pero mi hermana
vino a mi socorro, y como tenía ejercitada la lengua, cumplió con todos
por mí.
No pararon los cumplimientos en los actores y actrices; fué preciso
aguantar los del tramoyista, violinistas, apuntador, despabilador y
sotadespabilador; en fin, de todos los dependientes del teatro, que
al rumor de mi llegada vinieron corriendo a examinar mi persona. No
parecía sino que estas gentes eran todas de la Inclusa, que jamás
habían visto hermanos.
Entre tanto empezó la comedia. Algunos caballeros que estaban en el
vestuario se retiraron a tomar sus asientos, y yo, como de casa,
continué en conversación con los actores que no representaban. Entre
éstos había uno a quien llamaron, y oí le nombraban Melchor. Este
nombre me chocó, y habiendo mirado atentamente al sujeto a quien se le
daba, me pareció haberle visto en alguna parte. Al fin me acordé de él
y vi que era Melchor Zapata, aquel pobre cómico de la legua que, como
dije en el libro segundo de mi historia, estaba mojando mendrugos de
pan en una fuente.
Al instante le llamé aparte y le dije: «Si no me engaño, usted es el
señor Melchor, con quien tuve la honra de almorzar un día a la orilla
de una clara fuente entre Valladolid y Segovia. Iba yo con un mancebo
de barbero, juntamos algunas provisiones que llevábamos con las de
usted y compusimos entre los tres una comida escasa que se sazonó con
mil conversaciones agradables.» Zapata se quedó como pensativo algunos
instantes y después me respondió: «Usted me habla de una cosa de que
sin dificultad hago memoria. Entonces venía de Madrid, en donde había
salido para prueba en aquel teatro, y me volvía a Zamora. También
me acuerdo que mis negocios andaban de mala data.» «Y yo, por esas
señas--le dije--, vengo en conocimiento de que usted llevaba un jubón
forrado de carteles de comedias. Tampoco he olvidado que usted se
quejaba en aquel tiempo de que tenía una mujer muy honesta.» «¡Oh! ¡Por
esa parte ya no me quejo!--dijo Zapata con precipitación--. ¡Vive diez
que la buena mujer se ha enmendado en esto, y así, mi jubón va mejor
forrado!»
Al ir a darle la enhorabuena de tan feliz mudanza tuvo precisión de
dejarme para salir a la escena. Con el deseo de conocer a su mujer,
me acerqué a un comediante y le supliqué me la mostrase, lo que hizo
diciendo: «Véala usted, esa es Narcisa, la más linda de nuestras damas
después de la hermana de usted.» Juzgué que esta actriz debía de ser
aquella a quien se había aficionado el marqués de Marialba antes de
haber visto a su Estela, y mi conjetura no salió errada. Acabada la
comedia, acompañé a Laura a su casa, en donde vi muchos cocineros que
estaban disponiendo una gran cena. «Aquí puedes cenar», me dijo ella.
«Nada menos que eso--le respondí--: el marqués querrá quizá estar solo
contigo.» «No--respondió ella--; ahora vendrá con dos amigos suyos y
uno de nuestros compañeros, y si tú quieres, serás la sexta persona.
Bien sabes que en casa de las cómicas los secretarios tienen privilegio
de comer con sus amos.» «Es verdad--le dije--, pero todavía no es
tiempo de contarme entre los secretarios favoritos; para obtener este
cargo honorífico debo antes emplearme en alguna comisión de confianza.»
Diciendo esto, dejé a Laura y fuí a mi hostería, donde hice ánimo de
comer todos los días, porque mi amo no tenía casa.