CAPITULO VII

Historia de Laura.

«Voy a contarte lo más compendiosamente que pueda por qué casualidad

abracé la profesión cómica. Después que tan honradamente me dejaste,

sucedieron grandes acontecimientos. Mi ama Arsenia, más de cansada que

de disgustada del mundo, abjuró el teatro y me llevó consigo a una

hermosa hacienda que acababa de comprar cerca de Zamora con monedas

extranjeras. Bien presto hicimos conocimientos en esta ciudad, a la que

íbamos con frecuencia y en donde nos deteníamos uno o dos días.

»En uno de estos viajecillos, don Félix Maldonado, hijo único del

corregidor, me vió casualmente y le caí en gracia. Buscó ocasión de

hablarme a solas, y, por no ocultarte nada, yo contribuí algo para

hacérsela hallar. Este caballero no tenía veinte años; era hermoso como

un sol; su persona, muy bien formada, y encantaba más todavía con sus

modales amables y generosos que con su cara. Me ofreció con tan buena

voluntad y tanta instancia un grueso brillante que llevaba en el dedo,

que no pude menos de admitirle. Estaba muy gustosa y vana con un galán

tan amable; pero ¡qué mal hacen las mozuelas ordinarias en prendarse

de los hijos de familia cuyos padres tienen autoridad! El corregidor,

que era el más severo de los de su clase, advertido de nuestro

trato, procuró evitar con presteza sus resultas. Me hizo prender por

una cuadrilla de esbirros, que a pesar de mis gritos me llevaron al

hospicio de la Caridad.

»Allí, sin más forma de proceso, la superiora me hizo despojar de mi

anillo y vestidos y poner un largo saco de sarga ceniciento, ceñido por

la cintura con una ancha correa negra de cuero, de la que pendía un

rosario de cuentas gordas, que me llegaba hasta los talones. Después

me llevaron a una sala, en donde encontré un fraile viejo, de no sé

qué Orden, que principió a exhortarme a la penitencia, del mismo modo,

poco más o menos, que la señora Leonarda te exhortó a ti a la paciencia

en el sótano. Me dijo debía estar muy agradecida a las personas que me

mandaban encerrar allí, pues que me hacían un gran beneficio sacándome

de los lazos del demonio, en los cuales estaba infelizmente enredada.

Te confieso francamente mi ingratitud: muy lejos de ser agradecida a

los que me habían hecho este favor, les echaba mil maldiciones.

»Ocho días pasé sin hallar consuelo, pero a los nueve--porque yo

contaba hasta los minutos--mi suerte pareció querer mudar de aspecto.

Al atravesar un patio pequeño encontré al mayordomo de la casa, que

todo lo mandaba y hasta la superiora le obedecía. No daba las cuentas

de su administración sino al corregidor, de quien únicamente dependía y

que tenía una entera confianza en él. Figúrate un hombre alto, pálido,

descarnado y de buena catadura, propia para modelo de una pintura

del Buen Ladrón. Parecía que ni aun miraba a las hermanas. Cara

tan hipócrita no la habrás visto, aunque hayas estado en el palacio

arzobispal.

»Encontré, pues--continuó ella--, al señor Zendono, que me detuvo

diciéndome: «¡Consuélate, hija mía, estoy compadecido de tus

desgracias!» Nada más me dijo y continuó su camino, dejando a mi

arbitrio hacer los comentarios que quisiese sobre un texto tan

lacónico. Como yo le tenía por un hombre de bien, me imaginaba

fácilmente que se había tomado el trabajo de examinar la causa de

mi encierro y que, no hallándome bastante culpable para merecer que

se me tratara tan indignamente, quería empeñarse en mi favor con el

corregidor. Pero conocía mal al vizcaíno; sus intenciones eran otras.

Había proyectado en su mente hacer un viaje, del que me dió parte

algunos días después. «Amada Laura mía--me dijo--, es tanto lo que

siento tus trabajos, que he resuelto poner fin a ellos. No ignoro

que esto es querer perderme, pero ya no soy mío ni puedo vivir mas

que para ti. La situación en que te veo me atraviesa el alma, y así,

intento sacarte mañana de tu encierro y llevarte yo mismo a Madrid,

sacrificándolo todo al placer de ser tu libertador.» Poco me faltó para

morir de gozo al oír a Zendono, el cual, juzgando por mis extremos que

lo que yo más deseaba era escaparme, tuvo al día siguiente la osadía

de robarme a vista de todos, del modo que voy a contar. Dijo a la

superiora que tenía orden para llevarme a presencia del corregidor,

que se hallaba en una casa de recreo a dos leguas de la ciudad, y me

hizo con todo descaro subir con él en una silla de posta, tirada por

dos buenas mulas que había comprado para el caso. No llevábamos con

nosotros mas que un criado, que conducía la silla y que era enteramente

de la confianza del mayordomo. Comenzamos a caminar, no como yo creía,

hacia Madrid, sino hacia las fronteras de Portugal, adonde llegamos

en menos tiempo del que necesitaba el corregidor de Zamora para saber

nuestra fuga y despachar en nuestro seguimiento sus galgos. Antes de

entrar en Braganza, el vizcaíno me hizo poner un vestido de hombre,

que llevaba prevenido, y contándome ya por suya me dijo en la hostería

donde nos alojamos: «Bella Laura, no tomes a mal que te haya traído a

Portugal. El corregidor de Zamora nos hará buscar en nuestra patria

como a dos criminales a quienes la España no debe dar ningún asilo;

pero--añadió él--podemos ponernos a cubierto de su resentimiento

en este reino tan extraño, aunque en el día esté sujeto al dominio

español; a lo menos, estaremos aquí más seguros que en nuestro país.

Déjate, pues, persuadir, ángel mío; sigue a un hombre que te adora.

Vamos a vivir a Coimbra; allí pasaremos sin temor nuestros días en

medio de unos pacíficos placeres.»

»Una propuesta tan eficaz me hizo ver que trataba con un caballero a

quien no gustaba servir de conductor a las princesas por la gloria de

la caballería. Comprendí que contaba mucho con mi agradecimiento y aun

más con mi miseria. Sin embargo, aunque estos dos motivos me hablaban

en su favor, me negué resueltamente a lo que me proponía. Es verdad que

por mi parte tenía dos razones poderosas para mostrarme tan reservada,

pues no era de mi gusto ni le creía rico. Pero cuando, volviendo a

estrecharme, ofreció ante todas cosas casarse conmigo y me hizo ver

palpablemente que su administración le había suministrado caudal para

mucho tiempo, no lo oculto: comencé a escucharle. Me deslumbró el oro y

la pedrería que me enseñó, y entonces experimenté que el interés sabe

hacer transformaciones tan bien como el amor. Mi vizcaíno fué poco a

poco haciéndose otro hombre a mis ojos: su cuerpo alto y seco se me

representó de una estatura fina y delicada; su palidez, una blancura

hermosa, y hasta su aspecto hipócrita me mereció un nombre favorable.

Entonces acepté sin repugnancia su mano a presencia del Cielo, a quien

tomó por testigo de nuestra unión. Después de esto ya no tuvo que

experimentar ninguna contradicción por mi parte, y, siguiendo nuestro

camino, muy presto Coimbra recibió dentro de sus muros a un nuevo

matrimonio.

»Mi marido me compró muy buenos vestidos de mujer y me regaló muchos

diamantes, entre los cuales conocí el de don Félix Maldonado. No

necesité más para adivinar de dónde venían todas las piezas preciosas

que yo había visto, y para persuadirme de que no me había casado

con un rígido observador del séptimo artículo del Decálogo; pero

considerándome como la causa primera de sus juegos de manos, se los

perdonaba. Una mujer disculpa hasta las malas acciones que hace cometer

su hermosura, y a no ser esto, ¡qué mal hombre me hubiera parecido!

»Dos o tres meses pasé con él bastante gustosa, porque me hacía mil

cariños y parecía amarme tiernamente. Sin embargo, las pruebas de

amistad que me daba no eran mas que falsas apariencias. El bribón me

engañaba y me preparaba el trato que toda soltera seducida por un

hombre infame debe esperar de él. Un día, a mi vuelta de misa, no

encontré en la casa mas que las paredes. Los muebles y hasta mis ropas

habían desaparecido. Zendono y su fiel criado habían tomado tan bien

sus medidas que en menos de una hora se había ejecutado completamente

el despojo de mi casa, de modo que con el solo vestido que llevaba

puesto y la sortija de don Félix, que por fortuna tenía en el dedo,

me vi como otra Ariadna abandonada de un ingrato. Pero te aseguro que

no me entretuve en hacer elegías sobre mi infortunio; antes bien, di

gracias al Cielo por haberme librado de un perverso que no podía menos

de caer tarde o temprano en manos de la justicia. Miré el tiempo que

habíamos pasado juntos como un tiempo perdido, que yo no tardaría en

reparar. Si hubiera querido permanecer en Portugal y entrar al servicio

de alguna señora ilustre, las habría tenido de sobra; pero ya fuese el

amor que tenía a mi país, o ya fuese arrastrada por la fuerza de mi

estrella, que me preparaba allí mejor suerte, sólo pensé en volver a

España. Vendí el diamante a un joyero, que me dió su importe en monedas

de oro, y salí con una señora española, ya anciana, que iba a Sevilla

en una silla volante.

»Esta señora, llamada Dorotea, venía de ver a una parienta suya que

vivía en Coimbra, y se volvía a Sevilla, en donde tenía su casa.

Congeniamos ambas de tal modo que desde la primera jornada trabamos

amistad, la que se estrechó tanto en el camino que cuando llegamos a

Sevilla no me permitió alojar sino en su casa. No tuve motivo para

arrepentirme de haber hecho semejante conocimiento, pues no he visto

jamás mujer de mejor carácter. Todavía se descubría en sus facciones

y en la viveza de sus ojos que en su mocedad habría hecho puntear a

sus rejas bastantes guitarras, y por eso sin duda había tenido muchos

maridos nobles y vivía honradamente con lo que le dejaron.

»Entre otras excelentes prendas, tenía la de ser muy compasiva con las

doncellas desgraciadas. Cuando le conté mis infortunios, tomó con tanto

ardor mi causa que llenó de maldiciones a Zendono. «¡Ah perros!--dijo

en un tono que parecía haber encontrado en su viaje algún mayordomo--.

¡Miserables! ¡En el mundo hay bribones que, como éste, se deleitan

en engañar a las mujeres! Lo que me consuela, querida hija mía, es

que, según tu relación, no estás ligada con el pérfido vizcaíno. Si

tu casamiento con él es bastante bueno para servirte de disculpa, en

recompensa es bastante malo para permitirte contraer otro mejor cuando

halles ocasión para ello.»

»Todos los días salía con Dorotea para ir a la iglesia o a visitar a

alguna amiga, que es el medio seguro de encontrar prontamente alguna

aventura. Me atraje las miradas de muchos caballeros, entre los cuales

algunos quisieron tentar el vado. Hablaron por segunda mano a mi

vieja patrona, pero los unos no tenían con qué soportar los gastos de

un menaje y los restantes todavía eran unos babosos, lo que bastaba

para quitarme la gana de escucharlos, sabiendo por mi experiencia

las consecuencias de ello. Un día nos ocurrió ir a ver representar

los cómicos de Sevilla, que habían anunciado en los carteles la

representación de la comedia famosa _El embajador de sí mismo_,

compuesta por Lope de Vega Carpio.

»Entre las actrices que se presentaron en el teatro vi a una de mis

antiguas amigas, a Fenicia, aquella moza gorda, pero muy alegre, que

te acordarás era criada de Florimunda y con quien cenaste algunas

veces en casa de Arsenia. Sabía yo muy bien que Fenicia hacía más de

dos años que no estaba en Madrid, pero ignoraba que fuese cómica. Era

tal la impaciencia que tenía de abrazarla que me pareció larguísima

la pieza. Quizá tenían también la culpa los que la representaban, que

no lo hacían ni tan bien ni tan mal que me divirtieran, porque te

confieso que, como soy tan risueña, un cómico perfectamente ridículo

no me divierte menos que uno excelente. En fin, llegado el esperado

momento, es decir, el fin de la famosa comedia, fuimos mi viuda y yo al

vestuario, en donde vimos a Fenicia, que hacía la desdeñosa escuchando

con melindres el dulce gorjeo de un tierno pajarito que al parecer se

había dejado coger con la liga de su declamación. Luego que me vió se

despidió de él cortésmente, vino a mí con los brazos abiertos y me dió

todas las muestras de amistad imaginables. Por mi parte, la abracé con

el mayor agrado. Mutuamente nos manifestamos el placer que teníamos en

volvemos a ver; pero no permitiéndonos el tiempo ni el sitio meternos

en una larga conversación, dejamos para el día inmediato el hablar en

su casa más extensamente.

»El gusto de hablar es una de las pasiones más vivas de las mujeres

y particularmente la mía. No pude pegar los ojos en toda la noche:

tal era el deseo que tenía de verme con Fenicia y hacerle preguntas

sobre preguntas. Dios sabe si fuí perezosa para levantarme e ir a

donde me había dicho que vivía. Estaba alojada con toda la compañía en

un gran mesón. Una criada que encontré al entrar, y a quien supliqué

me condujese al cuarto de Fenicia, me hizo subir a un corredor, a lo

largo del cual había diez o doce cuartos pequeños, separados solamente

por unos tabiques de madera y ocupados por la cuadrilla alegre. Mi

conductora tocó a una puerta, la cual abrió Fenicia, cuya lengua

rabiaba tanto como la mía por hablar. Apenas nos tomamos el tiempo de

sentarnos, nos pusimos en disposición de parlar sin cesar. Teníamos que

preguntarnos sobre tantas cosas que se atropellaban las preguntas y

las respuestas de un modo extraordinario.

»Después de haber contado mutuamente nuestras aventuras, e instruidas

del actual estado de nuestros asuntos, me preguntó Fenicia qué

partido quería tomar. «Porque al fin--me dijo--es preciso hacer

alguna cosa, no estando bien visto en una persona de tu edad el ser

inútil a la sociedad.» Respondíle que había resuelto, hasta encontrar

mejor fortuna, colocarme con alguna señorita distinguida. «¡Quítate

allá!--exclamó mi amiga--. ¡No pienses en ello! ¿Es posible, amiga

mía, que aun no te hayas cansado de servir? ¿No te has fastidiado de

estar sujeta a la voluntad de otros, respetar sus caprichos, oír que te

regañan y, en una palabra, ser esclava? ¿Por qué no abrazas, como yo,

la vida de cómica? Ninguna cosa es más conveniente para las personas de

talento que carecen de posibles y de lucida cuna. Es un estado medio

entre la nobleza y la plebe; una condición libre y desembarazada de

las etiquetas más incómodas de la vida civil. Nuestras rentas nos las

paga en moneda contante el público, que es el poseedor de sus fondos.

En una palabra, siempre vivimos alegres y gastamos nuestro dinero del

mismo modo que lo ganamos. El teatro--prosiguió--favorece sobre todo

a las mujeres. Todavía me salen los colores al rostro siempre que me

acuerdo de que cuando servía a Florimunda no oía sino a los criados de

la compañía del Príncipe y que ningún hombre de suposición me miraba

a la cara. ¿De qué nacía esto? De que yo no hacía allí papel; por

buena que sea una pintura, no se celebra si no se expone a la vista

pública. Pero después que me puse en chapines, esto es, que parecí en

las tablas, ¡qué mudanza! Traigo al retortero a los mejores mozos de

los pueblos por donde pasamos. Una cómica tiene cierto atractivo en su

oficio. Si es discreta--quiero decir, que no favorece mas que a un solo

amante--, esto le hace un honor distinguido, se celebra su moderación;

y cuando muda de galán la miran como a una verdadera viuda que se

vuelve a casar. Y aun a una viuda se la mira con desprecio si contrae

terceras nupcias, porque no parece sino que esto hiere la delicadeza

de los hombres, al paso que una dama parece hacerse más apreciable a

medida que aumenta el número de sus favorecidos, pues todavía, después

de haber tenido cien cortejos, es un manjar apetitoso.» «¿A quién

cuentas eso?--interrumpí yo al llegar aquí--. ¿Piensas tú que ignoro

esas ventajas? Las he considerado muchas veces, y, hablándote sin

ningún disimulo, te digo que lisonjean sobrado a una muchacha de mi

genio. Conozco en mí mucha inclinación a la vida cómica, pero esto no

basta, pues se requiere talento y yo no tengo ninguno. Algunas veces

me he puesto a recitar relaciones de comedia delante de Arsenia y no

ha quedado satisfecha de mí, lo que me ha hecho no gustar del arte.»

«No es extraño que le hayas disgustado--replicó Fenicia--. ¿Ignoras

que esas grandes actrices son por lo común envidiosas? A pesar de su

vanidad, temen se les presenten personas que las desluzcan. En fin,

yo, sobre este asunto, no me atendría solamente al voto de Arsenia; su

decisión no ha sido sincera. Dígote sin lisonja que has nacido para el

teatro. Tienes naturalidad, acción despejada y muy graciosa, un metal

de voz suave, buen pecho y, sobre todo, un buen palmito de cara. ¡Ah

picaruela, a cuántos encantarás si te haces comedianta!»

»A esto añadió otras expresiones seductoras, y me hizo declamar algunos

versos para convencerme a mí misma de la excelente disposición que

tenía para el teatro, y habiéndome oído fueron mayores sus elogios,

hasta decirme que me aventajaba a todas las actrices de Madrid. En

vista de esto, no debía ya dudar de mi mérito ni dejar de acusar a

Arsenia de envidiosa y de mala fe. Me fué preciso convenir en que mi

persona valía mucho. Fenicia me hizo repetir los mismos versos delante

de dos cómicos que entraron en aquella sazón, los que se quedaron

pasmados; y cuando volvieron de su admiración fué para colmarme de

alabanzas. Hablando seriamente, te aseguro que aunque los tres hubieran

ido a porfía sobre quién me había de elogiar más, no hubieran empleado

más hipérboles. Mi modestia tuvo poco que padecer con tantos elogios.

Principié a creer que valía algo y heme aquí resuelta a abrazar la

profesión cómica.

»No hablemos más, querida mía--dije a Fenicia--. Está hecho; quiero

seguir tu consejo y entrar en la compañía si no hay inconveniente.»

A esto, mi amiga, arrebatada toda de gozo, me abrazó, y sus

dos compañeros no manifestaron menos alegría que ella al ver mi

determinación. Quedamos en que al día siguiente por la mañana iría

al teatro y repetiría delante de toda la compañía el mismo ensayo.

Si en casa de Fenicia adquirí una opinión ventajosa, todavía fué más

favorable la de los comediantes después que recité en su presencia sólo

unos veinte versos, y así, me recibieron muy gustosos en la compañía.

Desde entonces puse mi atención sólo en el modo con que había de salir

la primera vez en las tablas. Para que fuese con más lucimiento, gasté

todo el dinero que me quedaba de la sortija, y si no me presenté

con ostentación, a lo menos hallé el arte de suplir la falta de

magnificencia con un gusto delicado. Presentéme, en fin, por la primera

vez en la escena. ¡Qué palmadas! ¡Qué aplausos! No faltaré, amigo mío,

a la modestia si te digo que arrebaté la atención de los espectadores.

Era preciso haber presenciado la celebridad que adquirí en Sevilla

para creerla. Fuí el objeto de todas las conversaciones de la ciudad,

la que por tres semanas acudió a bandadas a la comedia, de modo que

la compañía, con esta novedad, atrajo al público, que ya empezaba a

desampararla. Me presenté de un modo que hechicé a todos, lo que fué

publicar que me vendía al que más diera. Una infinidad de sujetos

de todas edades y condiciones vinieron a ofrecerme sus obsequios y

facultades. Por mi gusto hubiera escogido al más joven y bonito; pero

nosotras solamente debemos mirar al interés y a la ambición cuando se

trata de tomar una amistad. Esta es regla del teatro, por cuya razón

mereció la preferencia don Ambrosio de Nisaña, hombre ya viejo y de muy

rara figura, pero rico, generoso y uno de los señores más poderosos de

Andalucía. Es verdad que le costó caro. Tomó para mí una hermosa casa,

la adornó magníficamente, me buscó un buen cocinero, dos lacayos, una

doncella, y me señaló para el gasto mil ducados mensuales. Añade a esto

ricos vestidos y muchas joyas. Arsenia nunca llegó a un estado tan

brillante.

»¡Qué mudanza en mi fortuna! Ni aun yo podía comprenderla ni me conocía

a mí misma; por lo que no me espanto de que haya tantas que se olviden

prontamente de la nada y miseria de donde las sacó el capricho de algún

poderoso. Te confieso ingenuamente que los aplausos del público, las

expresiones lisonjeras que oía por todas partes y la pasión de don

Ambrosio me infundieron una vanidad que llegó hasta la extravagancia.

Miré mi habilidad como un título de nobleza y tomé el aire de señora.

Ya escaseaba tanto las miradas cariñosas cuanto las había prodigado

antes, de suerte que me puse en el pie de no hacer caso sino de duques,

condes y marqueses.

»El señor de Nisaña, con algunos de sus amigos, venía todas las noches

a cenar a casa; yo por mi parte procuraba juntar las cómicas más

divertidas y pasábamos la mayor parte de la noche en beber y reír.

Una vida tan agradable me acomodaba mucho, pero no duró mas que seis

meses. Si los señores no tuvieran la facilidad de cansarse, serían

más amables. Don Ambrosio me dejó por una maja granadina que acababa

de llegar a Sevilla, con muchas gracias y el talento suficiente para

hacerlas valer. Mi aflicción no duró mas que veinticuatro horas, porque

inmediatamente ocupó su lugar un caballero de veintidós años, llamado

don Luis de Alcacer, tan bello mozo que pocos podían comparársele. Con

razón me preguntarás por qué elegí a un señor tan joven sabiendo que el

trato con esta clase de gentes es peligroso, y yo te diré que don Luis

ni tenía padre ni madre y que ya disponía de su hacienda. Además, que

este trato sólo deben temerlo las criadas y las miserables aventureras.

Las mujeres de nuestra profesión son personas de título; nunca

somos responsables de los efectos que producen nuestros atractivos.

¡Desgraciadas las familias a cuyos herederos hemos desplumado!

»Nos apasionamos tan extremadamente uno de otro Alcacer y yo que dudo

haya habido jamás amor como el nuestro. Nos amábamos con tanto ardor

que no parecía sino que estábamos hechizados. Los que sabían nuestra

pasión nos creían los amantes más dichosos del mundo, y tal vez éramos

los más infelices. Don Luis era amable por su rostro, pero tan celoso

que me atormentaba a cada instante con injustos recelos. Por más que

yo procurase no mirar a hombre alguno para acomodarme a su flaqueza,

su ingeniosa desconfianza hallaba delitos con que inutilizaba mi

cuidado. Si estaba en la escena, le parecía que mientras representaba

miraba al descuido cariñosamente a algún joven y me llenaba de

reconvenciones. En una palabra, nuestras más tiernas conversaciones

estaban siempre mezcladas de quejas. No pudimos aguantar más; a ambos

nos faltó la paciencia y nos separamos amigablemente. ¿Creerás tú

que el último día de nuestra amistad fué el más gustoso que habíamos

tenido hasta entonces? Igualmente fatigados los dos de los males que

habíamos padecido, nos despedimos con la mayor alegría, semejantes a

dos miserables cautivos que recobran su libertad después de una dura

esclavitud.

»Desde entonces he procurado precaverme del amor y no quiero más

amistad que turbe mi reposo. No sienta bien en nosotras suspirar como

las demás mujeres ni debemos abrigar en nuestro pecho una pasión cuyas

ridiculeces hacemos ver al público.

»Entre tanto mi fama iba alcanzando más vuelo, publicando por todas

partes que yo era una actriz inimitable. Tanta nombradía movió a los

comediantes de Granada a que me escribiesen convidándome con una

plaza en su compañía; y para hacerme ver que la propuesta no era

despreciable, me enviaron una razón del importe de sus últimas entradas

y de sus caudales, por lo cual, pareciéndome un partido ventajoso, lo

acepté, aunque en lo íntimo de mi corazón sentía dejar a Fenicia y a

Dorotea, a quienes amaba tanto cuanto una mujer es capaz de amar a

otra. A la primera la dejé en Sevilla ocupada en derretir la vajilla

de un platerillo que por vanidad quería tener por cortejo a una

comedianta. Se me ha olvidado decirte que al hacerme cómica mudé por

capricho el nombre de Laura en el de Estela, y con éste salí para

Granada.

»Allí principié mi ejercicio con tanta felicidad como en Sevilla e

inmediatamente me vi rodeada de amantes; pero como no quería favorecer

sino a quien diese buenas señales, me porté con tal reserva que pude

ofuscarlos. Sin embargo, temiendo pagar la pena de una conducta que de

nada servía y que no me era natural, pensaba declararme a favor de un

oidor joven, de nacimiento plebeyo, quien, por razón de su empleo, de

una buena mesa y de arrastrar coche, hacía el papel de señor, cuando vi

por primera vez al marqués de Marialba. El señor portugués, que viaja

en España por mera curiosidad, al pasar por Granada se detuvo. Fué a

la comedia y aquel día no representé yo. Miró con mucha atención a las

actrices que se presentaron, halló una que le gustó y desde el día

siguiente empezó a tratar con ella. Estaba ya para convenirse cuando

me presenté yo en el teatro. Mi presencia y mis monadas volvieron

prontamente la veleta. Ya mi portugués no pensó mas que en mí, y, a

decir verdad, como yo no ignoraba que mi compañera había agradado a

este señor, procuré desbancarla, y tuve la fortuna de conseguirlo. Bien

sé que ella me ha aborrecido, pero esto poco importa. Debiera saber que

entre las mujeres es natural esta ambición y que las más íntimas amigas

no hacen escrúpulo de ella.»

Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 2 de 3) · 第 43 / 69 题