»Volvieron un día los jabeques de Solimán cargados de presa, y en

ella cien esclavos de uno y otro sexo, apresados todos en las costas

de España. Reservó Solimán para sí un cortísimo número y los demás

fueron puestos a la venta. Fuí a la plaza donde ésta se celebraba y

compré una muchacha española de diez a doce años. Lloraba la pobrecita

amargamente y se desesperaba. Admirado yo de verla afligirse así en

tan tierna edad, me llegué a ella, y le dije en lengua castellana que

no se apesadumbrase tanto, asegurándole que había caído en manos de

un amo que, aunque llevaba turbante, era de corazón humano. La joven,

poseída enteramente de su dolor, ni siquiera atendía a mis palabras.

Gemía, suspiraba y se deshacía en lágrimas inconsolables, prorrumpiendo

de cuando en cuando en esta exclamación: «¡Ay, madre mía, y por qué me

habrán separado de ti! ¡Todo lo llevaría en paciencia como estuviéramos

juntas!» Mientras decía estas palabras, tenía puestos los ojos en una

mujer de cuarenta y cinco a cincuenta años, distante pocos pasos, la

cual, muy modesta, silenciosa y con los ojos bajos, estaba esperando

a que alguno la comprase. Preguntéle si era su madre aquella mujer

a quien miraba. «Sí, señor--me respondió con tierno sentimiento--.

¡Por amor de Dios, haga su merced que jamás me separen de ella!» «Bien

está, hija mía--le dije--. Si para tu consuelo no deseas mas que el

estar juntas las dos, presto quedarás contenta y consolada.» Al mismo

tiempo me acerqué a la madre para comprarla; pero no bien la miré

con un poco de cuidado, cuando reconocí en ella, con la conmoción

que podéis imaginar, todas las facciones y demás señales de Lucinda.

«¡Cielos!--exclamé dentro de mí mismo--. ¿Qué es lo que veo? ¡Esta

es mi madre; no puedo dudarlo!» Pero ella, o ya fuese porque el vivo

dolor del estado en que se hallaba no le dejaba ver otra cosa mas que

enemigos en todos los objetos que se le presentaban, o ya fuese porque

el traje mahometano me hacía parecer otro, o bien que en el espacio de

doce años que no me había visto me hubiese desfigurado, el hecho es que

realmente ella no me conoció. En fin, yo la compré y me la llevé a mi

casa.

»No quise dilatarle el gusto de que me conociese. «Señora--le dije--,

¿es posible que no os acordéis de haber visto nunca esta cara? Pues

qué, ¿unos bigotes y un turbante me desfiguran de suerte que os

impidan conocer a vuestro hijo Rafael»? Volvió en sí al oír estas

palabras; miróme, remiróme, reconocióme, y arrojándose a mí con los

brazos abiertos nos estrechamos tiernamente. Con igual ternura abracé

después a su querida hija, la cual estaba tan ignorante de que tenía

un hermano como yo ajeno de tener una hermana. «Confesad--dije

entonces a mi madre--que en todas vuestras comedias no habéis tenido un

encuentro y reconocimiento tan positivo como éste.» «Hijo--me respondió

suspirando--, grandísima alegría he tenido en volverte a ver; pero esta

alegría está mezclada con un amarguísimo pesar. ¡Dios mío! ¡En qué

estado he tenido la desgracia de encontrarte! Mi esclavitud me sería

mil veces menos sensible que ese traje odioso...» «A fe, madre--le

respondí sonriéndome--, que me admiro de vuestra delicadeza; por cierto

que no es muy propia de una comedianta. A la verdad, señora, que sois

muy otra de la que erais si este mi disfraz os ha dado tanto enojo.

En lugar de enojaros contra mi turbante, miradme como a un cómico

que representa el papel de un turco en el teatro. Aunque renegado,

soy tan musulmán como lo era en España, y en la realidad permanezco

siempre en mi religión. Cuando sepáis todas las aventuras que me han

acontecido en este país me disculparéis. El amor fué la causa de mi

delito. Sacrifiqué a esta deidad. En esto me parezco algo a vos; fuera

de que hay aún otra razón que debe templar vuestro dolor de verme en

la situación en que me veis. Temíais experimentar en Argel una dura

esclavitud y habéis hallado en vuestro amo un hijo tierno, respetuoso

y bastante rico para que viváis con regalo y con quietud en esta

ciudad hasta que se nos proporcione ocasión oportuna para que todos

podamos seguramente volver a España. Reconoced ahora la verdad de aquel

proverbio que dice: _No hay mal que por bien no venga_.» «Hijo mío--me

dijo Lucinda--, una vez que estás resuelto a restituirte a tu patria

y abjurar el mahometismo, quedo consolada. Entonces irá con nosotros

tu hermana Beatriz y tendré el gusto de volverla a ver sana y salva en

Castilla.» «Sí, señora--le respondí--, espero que le tendréis, pues

lo más presto que sea posible iremos todos tres a juntarnos en España

con el resto de nuestra familia, no dudando yo que habréis dejado en

ella algunas otras prendas de vuestra fecundidad.» «No, hijo--repuso

mi madre--, no he tenido más hijos que a vosotros dos; y has de saber

que Beatriz es fruto de un matrimonio de los más legítimos.» «Pero,

señora--repliqué--, ¿qué razón tuvisteis para conceder a mi hermanita

esa preeminencia que me negasteis a mí? ¿Y cómo os habéis resuelto a

casaros? Acuérdome haberos oído decir mil veces en mi niñez que nunca

perdonaríais a una mujer joven y linda el sujetarse a un marido.»

«_¡Otros tiempos, otras costumbres!_--respondió ella--. Si los hombres

más firmes en sus propósitos están más sujetos a mudar, ¿qué razón

habrá para pretender que las mujeres sean invariables en los suyos?

Voy a contarte--continuó--la historia de mi vida desde que saliste de

Madrid.» Hízome después la siguiente relación, que jamás olvidaré, y de

la cual no quiero privaros, porque es curiosísima:

«Hará cosa de trece años, si te acuerdas, que dejaste la casa del

marquesito de Leganés. En aquel tiempo, el duque de Medinaceli me dijo

que deseaba cenar conmigo privadamente. Señalóme el día, esperéle,

vino y le gusté. Pidióme el sacrificio de todos los competidores que

podía tener, y se lo concedí, con la esperanza de que me lo pagaría

bien, y así lo ejecutó. Al día siguiente me envió varios regalos, a

que siguieron otros muchos en lo sucesivo. Temía yo que no duraría

largo tiempo en mis prisiones un señor de aquella elevación; y lo temía

con tanto mayor fundamento cuanto no ignoraba que se había escapado

de otras en que le habían aprisionado varias famosas beldades, cuyas

dulces cadenas lo mismo había sido probarlas que romperlas. Sin

embargo, lejos de disgustarse, cada día parecía más embelesado de mi

condescendencia. En suma, tuve el arte de asegurármele y de impedir

que su corazón, naturalmente voluble, se dejase arrastrar de su nativa

propensión.

»Tres meses hacía que me amaba, y yo me lisonjeaba de que su cariño

sería durable, cuando cierto día una amiga mía y yo concurrimos a

una casa donde se hallaba la duquesa esposa del duque, y habíamos

ido a ella convidadas para oír un concierto de música de voces e

instrumentos. Sentámonos casualmente un poco detrás de la duquesa, la

cual llevó muy a mal que yo me hubiese dejado ver en un sitio donde

ella se hallaba. Envióme a decir por una criada que me suplicaba me

saliese de allí al instante. Respondí a la criada con mucha grosería,

de lo que, irritada la duquesa, se quejó a su esposo, el cual vino a

mí y me dijo: «Lucinda, sal prontamente de aquí. Cuando los grandes

señores se inclinan a mozuelas como tú, no deben éstas olvidarse de lo

que son. Si alguna vez os amamos a vosotras más que a nuestras mujeres,

siempre las respetamos a éstas mucho más que a vosotras, y siempre que

tengáis la insolencia de pretender igualaros con ellas seréis tratadas

con la indignidad que merecéis.»

»Por fortuna que el duque me dijo todo esto en voz tan baja que ninguno

pudo comprenderlo. Retiréme avergonzada y confusa, pero llorando de

rabia por el desaire que había recibido. Para mayor pesar mío, los

comediantes y comediantas aquella misma noche supieron, no sé cómo,

todo lo que me había pasado. ¡No parece sino que hay algún diablillo

acechador y cizañero que se divierte en descubrir a unos lo que sucede

a otros! Hace, por ejemplo, un comediante en una francachela alguna

extravagancia, acaba una comedianta de acomodarse con un mozuelo galán

y adinerado: toda la compañía inmediatamente sabe hasta la más ridícula

menudencia. Así supieron mis compañeros cuanto me había pasado en el

concierto, y sabe Dios cuánto se divirtieron a mi costa. Reina entre

ellos un cierto espíritu de caridad que se descubre bien en semejantes

ocasiones. Con todo eso yo no hice caso de sus habladurías, y tardé

poco en consolarme de la pérdida del duque, que no volvió a parecer por

mi casa, y luego supe había tomado amistad con una cantarina.

»Mientras una comedianta tiene la fortuna de ser aplaudida, nunca le

faltan amantes, y el amor de un gran señor, aunque no dure más que tres

días, siempre añade nuevos realces a su mérito. Yo me vi sitiada de

apasionados luego que se esparció por Madrid la voz de que el duque me

había dejado. Los mismos competidores que yo le había sacrificado, más

enamorados de mis hechizos que antes, volvieron a porfía a galantearme.

Fuera de éstos, recibí los obsequiosos tributos de otros mil corazones.

Nunca fuí tan de moda como entonces. Entre los que solicitaban mi

favor, ninguno me pareció más ansioso que un alemán gordo, gentilhombre

del duque de Osuna. Su figura no era muy apreciable, pero se mereció

mi atención con mil doblones que había juntado en casa de su amo y

los prodigó por lograr la dicha de entrar en el número de mis amantes

favorecidos. Este buen señor se llamaba Brutandorff. Mientras hizo

el gasto fué bien recibido; pero apenas se le apuró la bolsa halló

la puerta cerrada. Enfadado de este proceder mío me fué a buscar a

la comedia, dióme sus quejas, y porque me reí de él a sus hocicos,

arrebatado de cólera, me sacudió un bofetón a la tudesca. Di un gran

grito, salí al teatro, interrumpí la comedia y, dirigiéndome al

duque, que estaba en su aposento con su esposa la duquesa, me quejé

a él en alta voz de los modales tudescos con que me había tratado

su gentilhombre. Mandó el duque seguir la comedia, diciendo que

después de ella oiría a las partes. Acabada la representación, me

presenté muy alterada al duque, exponiendo mi queja con vehemencia. El

alemán despachó su defensa en dos palabras, diciendo que en vez de

arrepentirse de lo hecho era hombre para repetirlo. El duque de Osuna,

oídas las partes y volviéndose al alemán, sentenció de esta manera:

«Brutandorff, te despido de mi casa y te prohibo que te presentes

más delante de mí, no porque has dado un bofetón a una comedianta,

sino porque has faltado al respeto debido a tus amos y turbado un

espectáculo público en presencia de los dos.»

»Esta sentencia me atravesó el alma. Apoderóse de mí una ira rabiosa y

un inexplicable furor al ver que no habían despedido al alemán por la

ofensa que me había hecho. Creía yo que un oprobio como aquél, cometido

contra una comedianta, debía castigarse como un delito de lesa majestad

y contaba con que el tudesco padecería una pena aflictiva. Abrióme

los ojos este vergonzosísimo suceso y me hizo conocer que el mundo

sabe distinguir entre el comediante y los personajes que representa.

Esto me disgustó del teatro, en términos que desde aquel punto resolví

dejarlo e irme a vivir lejos de Madrid. Escogí para mi retiro la ciudad

de Valencia, y partí de _incógnito_ a ella, llevando conmigo hasta el

valor de veinte mil ducados en dinero y alhajas, caudal que me parecía

bastante para mantenerme con decencia el resto de mis días, pues mi

ánimo era llevar una vida retirada. Tomé en aquella ciudad una casa

pequeña y no recibí más familia que una criada y un paje, para quienes

era tan desconocida como para todas las demás del vecindario. Fingí

ser viuda de un empleado de la Real Casa y que había escogido para

mi retiro la ciudad de Valencia por haber oído que su temple era uno

de los más benignos y su terreno uno de los más deliciosos de España.

Trataba con muy poca gente, y mi conducta era tan arreglada que a

ninguno le pudo pasar por el pensamiento que yo hubiese sido cómica.

Sin embargo, y a pesar de mi cuidado en vivir escondida y retirada,

puso los ojos en mí un hidalgo que vivía en una quinta propia, cerca

de Paterna. Era un caballero bastante bien dispuesto y como de treinta

y cinco a cuarenta años, pero un noble muy adeudado, lo que no es más

raro en el reino de Valencia que en otros muchos países.

»Habiendo agradado mi persona a este hidalgo, quiso saber si en lo

demás podría yo convenirle. A este fin despachó sus ocultos batidores

para que averiguasen mis circunstancias, y por los informes que

le dieron tuvo el gusto de saber que yo era viuda, de trato nada

fastidioso y, además de eso, bastante rica. Hizo juicio desde luego

que yo era la que había menester, y muy presto se dejó ver en mi casa

una buena vieja, que me dijo de su parte que, prendado de mi honradez

tanto como de mi hermosura, me ofrecía su mano, y que ratificaría esta

oferta si merecía la dicha de que quisiese ser su esposa. Pedí tres

días de término para pensarlo y resolverme. Informéme en este tiempo de

las cualidades de aquel hidalgo, y por el mucho bien que me dijeron de

él, aunque sin disimularme el lastimoso estado de sus rentas, determiné

gustosa casarme con él, como lo hice dentro de muy pocos días.

»Don Manuel de Jérica--éste era el nombre de mi esposo--me condujo

luego a su hacienda. La casa tenía cierto aspecto de antigüedad, de lo

que hacía mucha vanidad el dueño. Decía que la había hecho edificar

uno de sus progenitores, y de la vejez de la fábrica deducía que la

familia de Jérica era la más antigua de toda España. Pero el tiempo

había maltratado tanto aquel bello monumento de nobleza, que por que no

viniese a tierra lo habían apuntalado. ¡Qué dicha para don Manuel la

de haberse casado conmigo! Gastóse en reparos la mitad de mi dinero,

y lo restante en ponernos en estado de hacer gran figura en el país;

y héteme aquí en un nuevo mundo, por decirlo así, y convertida de

repente en señora de aldea y de hacienda. ¡Qué transformación! Era yo

muy buena actriz para no saber representar y sostener el esplendor que

correspondía a mi nuevo estado. Revestíame en todo de ciertos modales

teatrales de nobleza, de majestad y desembarazo, que hacían formar en

la aldea un alto concepto de mi nacimiento. ¡Oh, cuánto se hubieran

divertido a costa mía si hubiesen sabido la verdad del hecho! ¡Con

cuántos satíricos motes me hubiera regalado la nobleza de los contornos

y cuánto hubieran rebajado los respetuosos obsequios que me tributaban

las demás gentes!

»Viví por espacio de seis años feliz y gustosamente en compañía de

don Manuel, al cabo de los cuales se lo llevó Dios. Dejóme bastantes

negocios que desenredar y por fruto de nuestro matrimonio a tu hermana

Beatriz, que a la sazón contaba cuatro años de edad cumplidos. Nuestra

quinta, que era a lo que estaban reducidos nuestros bienes, se

hallaba, por desgracia, empeñada para seguridad de muchos acreedores,

el principal de los cuales se llamaba Bernardo Astuto, nombre que le

convenía perfectamente. Ejercía en Valencia el oficio de procurador,

que desempeñaba como hombre consumado en todas las trampas de los

pleitos; y a mayor abundamiento, había estudiado leyes para saber mejor

hacer injusticias. ¡Oh qué terrible acreedor! Una quinta entre las uñas

de semejante procurador es lo mismo que una paloma en las garras de un

milano. Por tanto, el señor Astuto, apenas supo la muerte de mi marido

puso sitio a mi pobre quinta. Infaliblemente la hubiera hecho volar

con las minas que las supercherías legales comenzaban a formar si mi

fortuna o mi estrella no la hubiera salvado. Quiso ésta que de enemigo

se convirtiese en esclavo mío. Enamoróse de mí en una conversación que

tuvo conmigo con motivo de nuestro pleito. Confieso que de mi parte

hice cuanto pude para inspirarle amor, obligándome el deseo de salvar

mi posesión a probar con él todos aquellos artificios que me habían

salido tan bien en tantas ocasiones. Verdad es que con toda mi destreza

creía no poder enganchar al procurador, tan embebecido en su oficio

que parecía incapaz de admitir ninguna impresión amorosa. Con todo,

aquel socarrón, aquel marrajo, aquel empuerca-papel me miraba con mayor

complacencia de la que yo pensaba. «Señora--me dijo un día--, yo no

entiendo de enamorar; dedicado siempre a mi profesión, nunca he cuidado

de aprender las reglas, los usos ni los diferentes modos de galantear.

Sin embargo de eso, no ignoro lo esencial, y para ahorrar palabras

sólo diré que si usted quiere casarse conmigo quemaremos al instante

el proceso y alejaré a los demás acreedores que se han reunido conmigo

para hacer vender su hacienda; usted será dueña del usufructo y su hija

de la propiedad.» El interés de Beatriz y el mío no me dejaron vacilar

ni un solo punto. Acepté al instante la proposición. El procurador

cumplió su palabra: volvió sus armas contra los otros acreedores y

aseguróme en la posesión de mi quinta. Quizá fué ésta la primera vez

que supo servir bien a la viuda y al huérfano.

»Llegué, pues, a verme procuradora, sin dejar por eso de ser señora

de aldea, aunque este matrimonio me perdió en el concepto de la

nobleza valenciana. Las señoras de la primera distinción me miraron

como a una mujer que se había envilecido y no quisieron visitarme

más. Vime precisada a tratar solamente con las aldeanas o con señoras

de medio pelo. No dejó de causarme esto alguna pena, porque me había

acostumbrado por espacio de seis años a tratarme únicamente con

personas de carácter. Verdad es que tardé poco en consolarme, porque

tomé conocimiento con una escribana y dos procuradoras, cada una

de un carácter muy digno de risa. Yo me divertía infinito de ver su

ridiculez. Estas medio señoras se tenían por personas ilustres. Pensaba

yo que solamente las comediantas eran las que no se conocían a sí

mismas, mas veo que ésta es una flaqueza universal. Cada uno cree que

es más que su vecino. En este particular, toco ahora que tan locas

son las hidalgas de aldea como las damas de teatro. Para castigarlas,

quisiera yo que se las obligase a conservar en sus casas los retratos

de sus abuelos, y apuesto cualquiera cosa a que no los colocarían en

los sitios más visibles.

»A los cuatro años de matrimonio cayó enfermo el señor Astuto, y murió

sin haberme quedado hijos de él. Añadiéndose lo que él me dejó a lo

que yo poseía, me hallé una viuda rica, y por tal me tenían. En virtud

de esta fama, comenzó a obsequiarme un caballero siciliano, llamado

Colifichini, resuelto a ser mi amante para arruinarme o ser desde luego

mi marido, dejando a mi arbitrio la elección. Había venido de Palermo

para ver la España, y después de haber satisfecho su curiosidad,

estaba en Valencia esperando, según decía, ocasión de embarcarse para

restituirse a Sicilia. Tenía veinticinco años; era, aunque pequeño

de cuerpo, bien plantado, y, en fin, me agradaba su figura. Halló

modo de hablarme a solas, y--te confieso la verdad--desde la primera

conversación quedé loca perdida por él. No quedó él menos enamorado

de mí, y creo--¡Dios me lo perdone!--que en aquel mismo punto nos

hubiéramos casado si la muerte del procurador, que aun estaba muy

reciente, me hubiera permitido hacer tan presto otra boda, porque

desde que comencé a tomar inclinación a los matrimonios respetaba los

estímulos del mundo.

»Convinimos, pues, en dilatar un poco nuestro casamiento por el bien

parecer. Mientras tanto, Colifichini proseguía obsequiándome, y lejos

de entibiarse en su amor se mostraba más vehemente cada día. El pobre

mozo no estaba sobrado de dinero; conocílo y procuré que nunca le

faltase. Además de que mi edad era doble de la suya, me acordaba de

haber hecho contribuir a los hombres en la flor de mis años y miraba lo

que daba como una especie de restitución en descargo de mi conciencia.

Estuvimos esperando con la mayor paciencia que nos fué posible a que

pasase el tiempo que prescribe a las viudas el ceremonial del respeto

humano para pasar a otras nupcias. Apenas llegó, cuando fuimos a la

iglesia a unirnos con aquel estrecho lazo que sólo puede desatar la

muerte. Retirámonos después a mi quinta, donde puedo decir que vivimos

dos años, menos como esposos que como dos tiernos amantes. Pero, ¡ay,

que no nos habíamos unido para que nuestra dicha fuese duradera! Al

cabo de esto breve tiempo, un dolor de costado me privó de mi adorado

Colifichini.»

»Aquí no pude menos de interrumpir a mi madre diciéndole: «Pues qué,

señora, ¿también murió vuestro tercer marido? Sin duda sois una plaza

que sólo puede tomarse a costa de la vida de sus conquistadores.»

«Hijo mío, ¡cómo ha de ser!--me respondió ella--. ¿Por ventura puedo

yo alargar los días que el Cielo tiene contados? Si he perdido tres

maridos, ¿cómo lo he de remediar? A dos los lloré mucho; el que menos

lágrimas me costó fué el procurador. Como me casé con él puramente

por el interés, tardé poco en consolarme de su muerte. Pero volviendo

a Colifichini, te diré que algunos meses después de muerto, deseando

yo ver una casa de campo junto a Palermo, que me había señalado para

mi viudedad en nuestro contrato matrimonial, y tomar posesión de ella

personalmente, me embarqué para Sicilia con mi hija Beatriz; pero

en el viaje fuimos apresadas por los corsarios del bajá de Argel.

Condujéronnos a esta ciudad, y por fortuna nuestra te encontraste en la

plaza donde estábamos puestas en venta. A no ser esto, hubiéramos caído

en manos de un amo despiadado, que nos hubiera maltratado y bajo cuya

dura esclavitud quizá habríamos gemido toda la vida sin que tú hubieses

oído hablar nunca de nosotras.»

»Tal fué, señores, la relación que mi madre me hizo. Coloquéla después

en el mejor cuarto de mi casa, con la libertad de vivir como mejor

le pareciese, cosa que fué muy de su gusto. Habíase arraigado tanto

en ella el hábito de amar, en virtud de tan repetidos actos, que no

le era posible estar sin un amante o sin un marido. Anduvo vagueando

por algún tiempo, poniendo los ojos en algunos de mis esclavos, hasta

que finalmente llamó toda su atención Haly Pegelín, renegado griego

que frecuentaba mi casa. Inspiróle éste un amor mucho más vivo que

el que había tenido a Colifichini, y era tan diestra en agradar a los

hombres que halló el secreto de encantar también a éste. Aunque conocí

desde luego que obraban de acuerdo los dos, me di por desentendido de

su trato, pensando sólo en el modo de restituirme a España. Habíame

dado licencia el bajá para armar una embarcación, a fin de ir en corso

a ejercitar la piratería. Ocupábame enteramente el cuidado de este

armamento, y ocho días antes que se acabase dije a Lucinda: «Madre,

presto saldremos de Argel y dejaremos para siempre un lugar que tanto

aborrecéis.»

»Mudósele el color al oír estas palabras y guardó un profundo

silencio. Sorprendióme esto extrañamente y le dije admirado: «¿Qué es

esto, señora? ¿Qué novedad veo en vuestro semblante? Parece que os

aflijo en vez de causaros alegría. Creía daros una noticia agradable

participándoos que todo lo tengo dispuesto para nuestro viaje. ¿No

desearíais acaso restituiros a España?» «No, hijo mío--me respondió--,

confieso que ya no lo deseo. Tuve allí tantos disgustos, que he

renunciado a ella para siempre.» «¡Qué es lo que oigo!--exclamé

penetrado de dolor--. ¡Ah señora! ¡Decid más bien que el amor es

quien os hace odiosa vuestra patria! ¡Santos Cielos y qué mudanza!

Cuando llegasteis a esta ciudad, todo cuanto se os ponía delante os

causaba horror; pero Haly Pegelín os hace mirar las cosas con otros

ojos.» «No lo niego--respondió Lucinda--; es cierto que amo a este

renegado y quiero que sea mi cuarto marido.» «¿Qué proyecto es el

vuestro?--interrumpí todo horrorizado--. ¡Vos casaros con un musulmán!

Sin duda habéis olvidado que sois cristiana, o, por mejor decir,

solamente lo habéis sido hasta aquí de puro nombre. ¡Ah madre mía, y

qué de cosas estoy viendo ya! ¡Habéis resuelto perderos para siempre

porque vais a hacer por vuestro gusto lo que yo no hice sino por

necesidad!»

»Otras muchas cosas le dije para disuadirla de aquel intento, pero fué

predicar en desierto, porque se había cerrado en ello. No contenta con

dejarse arrastrar de su mala inclinación, dejándome a mí por entregarse

a un renegado, quiso llevarse consigo a Beatriz; pero a esto me opuse

fuertemente. ¡Ah infeliz Lucinda!--le dije--. ¡Si nada es capaz de

conteneros, a lo menos abandonaos sola al furor que os posee y no

queráis conducir a una inocente al precipicio en que os apresuráis a

caer!» Lucinda se marchó sin replicar, quizá por algún vislumbre de

luz que por entonces rayó en ella y le impidió obstinarse en pedir su

hija. Así lo creía yo, pero conocía muy mal a mi madre. Uno de mis

esclavos me dijo dos días después: «Señor, mirad por vos. Un cautivo

de Pegelín acaba de confiarme un secreto que no debo ocultaros, para

que no perdáis tiempo en aprovecharos de él. Vuestra madre ha mudado

de religión, y para vengarse de vos por haberle negado su hija está

determinada a dar parte al bajá de vuestra próxima fuga.» No tuve la

menor duda de que Lucinda era capaz de hacer todo lo que mi esclavo

me avisaba. Habíala yo estudiado mucho y estaba persuadido de que,

a fuerza de representar papeles trágicos en el teatro, se había

familiarizado tanto con el crimen que muy bien me hubiera hecho quemar

vivo, y no le conmovería más mi muerte que si viese representada en una

tragedia esta catástrofe sangrienta.

»Por tanto, no quise despreciar el aviso que me dió el esclavo.

Apresuré cuanto pude las prevenciones del embarco y tomé, según

costumbre de los corsarios argelinos que van a corso, algunos turcos

conmigo, pero solamente los que eran necesarios para no hacerme

sospechoso, y salí del puerto con todos mis esclavos y mi hermana

Beatriz. Ya se persuadirán ustedes de que no me olvidaría de llevar

al mismo tiempo todo el dinero y alhajas que había en mi casa y

podía importar hasta unos seis mil ducados. Luego que nos vimos en

plena mar, lo primero que hicimos fué asegurarnos de los turcos, a

quienes encadenamos fácilmente, por ser mucho mayor el número de

mis esclavos. Tuvimos un viento tan favorable que en poco tiempo

arribamos a las costas de Italia; entramos en el puerto de Liorna con

la mayor facilidad, y toda la ciudad, a lo que creo, acudió a nuestro

desembarco. Entre los que concurrieron a él estaba por casualidad o

por curiosidad el padre de mi esclavo Azarini. Miraba atentamente a

todos mis cautivos conforme iban desembarcando; y aunque en cada uno

de ellos deseaba ver las facciones de su hijo, ninguna esperanza tenía

de encontrarlas. Pero ¡qué júbilo, qué abrazos se dieron padre e hijo

después de haberse reconocido! Luego que Azarini le informó de quién

era yo y del motivo que me llevaba a Liorna, me obligó el buen viejo

a que fuese a alojarme a su casa, juntamente con mi hermana Beatriz.

Pasaré en silencio la menuda relación de mil cosas que me fué preciso

practicar para volver a reconciliarme con el gremio de la Iglesia, y

sólo diré que abjuré el mahometismo con mucha mayor fe que le había

abrazado. Purguéme enteramente del humor mahometano, vendí mi bajel

y di libertad a todos los esclavos. Por lo que toca a los turcos, se

los aseguró en las cárceles de Liorna para canjearlos a su tiempo por

otros tantos cristianos. Los dos Azarinis, padre e hijo, usaron conmigo

de todo género de atenciones. El hijo se casó con mi hermana Beatriz,

partido que a la verdad no dejaba de ser ventajoso para él, porque al

cabo era hija de un caballero y heredera de la hacienda de Jérica, cuya

administración había dejado mi madre a cargo de un rico labrador de

Paterna cuando resolvió pasar a Sicilia.

»Después de haberme detenido en Liorna algún tiempo, marché a

Florencia, deseoso de ver aquella ciudad. Llevé conmigo algunas cartas

de recomendación que el viejo Azarini me dió para algunos amigos suyos

en la corte del gran duque, a quienes me recomendaba como un caballero

español pariente suyo. Yo añadí el don a mi nombre de bautismo, a

imitación de no pocos paisanos míos plebeyos, que sin tenerlo y por

honrarse se lo ponen a sí mismos en los países extranjeros. Hacíame,

pues, llamar con descaro don Rafael, y como había traído de Argel lo

que bastaba para sostener dignamente esta nobleza, me presenté en la

Corte con brillantez. Los caballeros a quienes me había recomendado

Azarini publicaban en todas partes que yo era un sujeto de distinción,

y como no lo desmentían los modales caballerescos, que había estudiado

bien, era generalmente tenido por persona de importancia.

»Supe introducirme muy presto con los primeros señores de la Corte,

los cuales me presentaron al gran duque, y tuve la fortuna de caerle

en gracia. Dediquéme a hacerle la corte y a estudiarle el genio. Oía

para esto con atención lo que decían de él los cortesanos más viejos

y experimentados. Observé, entre otras cosas, que le gustaban mucho

los cuentos graciosos traídos con oportunidad y los dichos agudos.

Esto me sirvió de regla, y todas las mañanas escribía en mi libro de

memoria los cuentos que quería contarle durante el día. Sabía tan gran

número de ellos, que parecía tener un saco lleno, y aunque procuré

gastarlos con economía, poco a poco se fué apurando el caudal, de

suerte que me hubiera visto precisado a repetirlos o a hacer ver que

había concluído mis apotegmas, si mi talento, fecundo en invenciones,

no me hubiese socorrido con abundancia, de manera que yo mismo compuse

cuentos galantes o cómicos que divirtieron mucho al gran duque, y, lo

que sucede muchas veces a los ingeniosos y agudos de profesión, por la

mañana apuntaba en mi libro de memoria las agudezas que había de decir

por la tarde, vendiéndolas como ocurridas de repente.

»Metíme también a poeta y consagré mi musa a las alabanzas del

príncipe. Confieso de buena fe que mis versos no valían mucho, y por

eso nadie los criticó; pero aun cuando hubieran sido mejores, dudo

que el duque los hubiera celebrado más; el hecho es que le agradaban

infinito, lo que quizá dependería de los asuntos que yo elegía. Fuese

por lo que quisiese, aquel príncipe estaba tan pagado de mí que llegué

a causar celos a los cortesanos. Estos quisieron averiguar quién era

yo, pero no lo consiguieron, y sólo llegaron a descubrir que había sido

renegado. No dejaron de ponerlo en noticia del príncipe, con esperanza

de desbancarme; pero, lejos de salir con la suya, este chisme sirvió

únicamente para que el gran duque me obligase un día a que le hiciese

una fiel relación de mi cautiverio en Argel. Obedecíle, y mis aventuras

le divirtieron infinito.

»Luego que la acabé, me dijo: «Don Rafael, yo te estimo mucho y quiero

darte de ello una prueba tal que no te deje género de duda. Voy a

hacerte depositario de mis secretos, y para ponerte desde luego en

posesión de confidente mío, te digo que amo con pasión a la mujer de

uno de mis ministros. Es la señora más linda de mi corte, pero al mismo

tiempo la más virtuosa. Ocupada enteramente en el gobierno de su casa,

y del todo entregada al amor de un marido que la idolatra, parece

que ella sola ignora lo celebrada que es en Florencia su hermosura.

Por aquí conocerás la dificultad de conquistar su corazón. En medio

de eso, esta deidad, inaccesible a los amantes, alguna vez me ha oído

suspirar por ella; he hallado medios de hablarle a solas; conoce

mis sentimientos interiores, mas no por eso me lisonjeo de haberle

inspirado amor, no habiéndome dado ningún motivo para formarme una

idea tan lisonjera. Sin embargo, no desconfío de que llegue a serle

grata mi constancia y la misteriosa conducta que observo. La pasión

que abrigo en mi pecho a esta dama, ella sola la conoce. En vez de

dejarme llevar de mi inclinación sin reparo alguno, abusando del poder

y autoridad de soberano, mi mayor cuidado es ocultar a todo el mundo

el conocimiento de mi amor. Paréceme deber esta atención a Mascarini,

que es el esposo de la que amo. El desinterés y celo con que me sirve,

sus servicios y su probidad me obligan a proceder con el mayor secreto

y circunspección. No quiero clavar un puñal en el pecho de este marido

infeliz declarándome amante de su mujer. Quisiera que ignorase siempre,

si posible fuera, el fuego que me abrasa, porque estoy persuadido de

que moriría de pena si llegase a saber lo que ahora te confío. Por esto

le oculto todos los pasos que doy y he pensado valerme de ti para que

manifiestes a Lucrecia lo mucho que me hace padecer la violencia a que

me condeno yo mismo; tú serás el que le declares mis amorosos afectos,

no dudando que desempeñarás muy bien este delicado encargo. Traba

conversación con Mascarini, procura granjear su amistad, introdúcete en

su casa y logra la libertad de hablar a su mujer. Esto es lo que espero

de ti y lo que estoy seguro harás con toda la destreza y discreción que

pide un encargo tan delicado.»

»Habiendo prometido al gran duque hacer todo lo posible para

corresponder a su confianza y contribuir a la satisfacción de sus

deseos, cumplí presto mi palabra. Nada omití para adquirir la amistad

de Mascarini, lo que me costó poco trabajo. Sumamente pagado de que

solicitase su amistad un cortesano tan bienquisto del príncipe, me

ahorró la mitad del camino. Franqueóme su casa, tuve libre la entrada

en el cuarto de su mujer, y me atreveré a decir que, en vista de mi

cauto proceder, no tuvo la menor sospecha de la negociación de que

estaba encargado. Es verdad que como era poco celoso, aunque italiano,

se fiaba en la virtud de su esposa, y, encerrándose en su despacho, me

dejaba muchos ratos solo con Lucrecia. Dejando desde luego a un lado

los rodeos, le hablé del amor del gran duque y le declaré que yo iba

a su casa precisamente a tratar de este asunto. Parecióme que no le

tenía grande inclinación, pero al mismo tiempo conocí que la vanidad le

hacía oír con gusto su pretensión y se complacía en oírla sin querer

corresponder a ella. Era verdaderamente mujer juiciosa y muy prudente,

pero al fin era mujer, y advertí que su virtud iba insensiblemente

rindiéndose a la lisonjera idea de tener aprisionado a un soberano. En

conclusión, el príncipe podía con fundamento esperar que, sin renovar

la violencia de Tarquino, vería a esta Lucrecia esclava de su amor. Sin

embargo, un lance impensado desvaneció sus esperanzas, como ahora oirán

ustedes.

»Soy naturalmente atrevido con las mujeres, costumbre que contraje

entre los turcos. Lucrecia era hermosa, y olvidándome de que con

ella solamente debía hacer el papel de negociador, le hablé por mí

en lugar de hablarle por el gran duque. Ofrecíle mis obsequios lo

más cortésmente que pude, y en vez de ofenderse de mi osadía y de

responderme con enfado, me dijo sonriéndose: «Confesad, don Rafael, que

el gran duque ha tenido grande acierto en elegir un agente muy fiel y

muy celoso, pues le servís con una lealtad que no hay palabras para

encarecerla.» «Señora--le respondí en el mismo tono--, las cosas no se

han de examina con tanto escrúpulo. Suplícoos que dejemos a un lado las

reflexiones, que conozco no me favorecen mucho; yo solamente sigo lo

que me dicta el corazón. Sobre todo, no creo ser el primer confidente

de un príncipe que en punto a galanteo ha sido traidor a su amo. Es

cosa muy frecuente en los grandes señores hallar en sus Mercurios unos

rivales peligrosos.» «Bien puede ser así--replicó Lucrecia--; pero yo

soy altiva y sólo un príncipe sería capaz de mover mi inclinación.

Arreglaos por este principio--prosiguió ella, volviendo a revestirse de

su natural seriedad--y mudemos de conversación. Quiero olvidar lo que

me acabáis de decir, con la condición de que jamás os suceda volver a

tocar semejante asunto, pues de lo contrario podréis arrepentiros.»

»Aunque éste era un _aviso al lector_ de que yo debiera haberme

aprovechado, proseguí, no obstante, en hablar de mi pasión a la mujer

de Mascarini, y aun la importuné con más eficacia que antes a que

correspondiese a mi cariño, llevando a tal extremo mi temeridad que

quise tomarme algunas libertades. Ofendida entonces la dama de mis

expresiones y de mis modales musulmanes, se llenó de cólera contra mí,

amenazándome de que no tardaría el gran duque en saber mi insolencia

y que le suplicaría me castigase como merecía. Díme yo también por

ofendido de sus amenazas, y, convirtiéndose en odio mi amor, determiné

tomar venganza del desprecio con que me había tratado. Fuíme a ver con

su marido, y, después de haberle hecho jurar que no me descubriría, le

informé de la inteligencia que reinaba entre su mujer y el príncipe,

pintándola muy enamorada para dar más interés a la relación. Lo primero

que hizo el ministro, para precaver todo accidente, fué encerrar sin

más ceremonia en un cuarto reservado a su esposa, encargando a personas

de toda confianza la custodiasen estrechamente. Mientras ella estaba

cercada de vigilantes Argos que la observaban y no dejaban camino

alguno por donde pudiesen llegar al gran duque noticias suyas, yo me

presenté a este príncipe con rostro triste y le dije que no debía

pensar más en Lucrecia, porque Mascarini sin duda había descubierto

todo nuestro enredo, puesto que había comenzado a guardar a su mujer;

que yo no sabía por dónde pudiese haber entrado en sospechas de mí,

pues siempre había yo usado del mayor disimulo y maña; que quizá la

misma Lucrecia habría informado de todo a su esposo y, de acuerdo con

él, se habría dejado encerrar para librarse de solicitaciones que

ponían en sobresalto su virtud. Mostróse el príncipe muy afligido de

oírme; entonces me compadeció mucho su sentimiento, y más de una vez me

pesó de lo que había dicho, pero ya no tenía remedio. Por otra parte,

confieso que experimentaba un maligno placer cuando consideraba el

estado a que había reducido a una mujer orgullosa que había despreciado

mis suspiros.

»Yo gozaba impunemente del placer de la venganza, cuando un día,

estando en presencia del gran duque con cinco o seis señores de su

corte, nos preguntó a todos: «¿Qué castigo os parece merecería un

hombre que hubiese abusado de la confianza de su príncipe e intentado

robarle su dama?» «Merecería--respondió uno de los cortesanos--ser

descuartizado vivo.» Otro opinó que debía ser apaleado hasta que

expirase; el menos cruel de estos italianos, y el que se mostró más

favorable al delincuente, dijo que él se contentaría con hacerle

arrojar de lo alto de una torre. «Y don Rafael--replicó entonces el

gran duque--, ¿de qué parecer es? Porque estoy persuadido de que

los españoles no son menos severos que los italianos en semejantes

ocasiones.»

»Conocí bien, como se puede discurrir, que Mascarini había violado

su juramento o que su mujer había hallado medio de informar al gran

duque de cuanto había pasado entre los dos. En mi rostro se echaba de

ver la turbación que me agitaba; pero a pesar de ella respondí con

entereza al gran duque: «Señor, los españoles son más generosos. En

igual lance, perdonarían al confidente, y con este rasgo de bondad

producirían en su alma un eterno arrepentimiento de haberle sido

traidor.» «Pues bien--me dijo el duque--: yo me contemplo capaz de esa

generosidad y perdono al traidor, reconociendo que sólo debo culparme a

mí mismo por haberme fiado de un hombre a quien no conocía y de quien

tenía motivos de desconfiar en razón de lo que me habían contado de

él. Don Rafael--añadió--, la venganza que tomo de vos es que salgáis

inmediatamente de todos mis Estados y no volváis a poneros en mi

presencia.» Retiréme en el mismo punto, menos afligido de mi desgracia

que gozoso de haber escapado de este apuro a tan poca costa. Al día

siguiente me embarqué en un buque catalán que salió del puerto de

Liorna para Barcelona.»

Cuando llegó don Rafael a este punto de su historia, no me pude

contener en decirle: «Para un hombre tan advertido como sois, me parece

fué grande error no haber salido de Florencia así que descubristeis

a Mascarini el amor del príncipe hacia Lucrecia. Debíais tener por

cierto que tardaría poco el gran duque en saber vuestra traición.»

«Convengo en ello--respondió el hijo de Lucinda--, y por lo mismo

había pensado huir cuanto antes, a pesar del juramento que me hizo

el ministro de no exponerme al resentimiento del príncipe. Llegué

a Barcelona--continuó--con lo que me había quedado de las riquezas

que traje de Argel, cuya mayor parte había disipado en Florencia por

ostentar que era un caballero español. No me detuve largo tiempo en

Cataluña. Reventaba por volverme cuanto antes a Madrid, encantado lugar

de mi nacimiento, y satisfice mis ansiosos deseos lo más presto que

me fué posible. Luego que llegué a la corte, me apeé por casualidad

en una de las posadas de caballeros, en donde vivía una dama llamada

Camila, que, aunque había salido ya de la menor edad, era una mujer

muy salada; testigo, el señor Gil Blas, que por aquel mismo tiempo,

poco más o menos, la vió en Valladolid. Aun era más discreta que

hermosa, y ninguna aventurera tuvo mayor talento para traer la pesca a

sus redes; pero no se parecía a aquellas ninfas que se aprovechan del

agradecimiento de sus galanes. Si acababa de despojar a algún mayordomo

de un gran señor, inmediatamente repartía los despojos con el primer

caballero mendicante que fuese de su gusto.

»Apenas nos vimos los dos cuando nos amamos, y la conformidad de

nuestras inclinaciones nos unió tan estrechamente que presto pasó

a hacer comunes nuestros bienes. A la verdad, no eran éstos muy

considerables, y así, los comimos en poco tiempo. Por nuestra

desgracia, sólo pensábamos uno y otro en agradarnos, sin valemos

de las disposiciones que ambos teníamos para vivir a costa ajena.

La miseria, en fin, despertó nuestro ingenio, que el placer tenía

aletargado. «Querido Rafael--me dijo un día Camila--, pongamos treguas

a nuestro amor; dejemos de guardarnos una fidelidad que nos arruina. Tú

puedes embobar a alguna viuda rica y yo pescar a algún viejo poderoso.

Si proseguimos siéndonos fieles uno a otro, ve ahí dos fortunas

perdidas.» «Hermosa Camila--respondí yo prontamente--, me ganas por la

mano, pues iba a hacerte la misma propuesta; vengo en ello, reina mía.

Sí, por cierto; para la mejor conservación de nuestro amor es menester

intentar conquistas útiles. Nuestras infidelidades serán triunfos para

entrambos.»

»Ajustado este tratado, salimos a campaña. Al principio, por más

diligencias que hicimos, no pudimos encontrar lo que buscábamos. A

Camila solamente se le presentaban pisaverdes, es decir, amantes que

no tienen un cuarto, y a mí sólo se me ofrecían aquellas mujeres que

más quieren imponer contribuciones que pagarlas. Como el amor se negaba

a socorrer nuestras necesidades, apelamos a enredos y bellaquerías.

Hicimos tantos y tantas, que el corregidor llegó a saberlas, y

este juez, en extremo severo, dió orden a un alguacil para que nos

prendiese; pero éste, que era tan bueno como taimado el corregidor, nos

hizo espaldas para que saliésemos de Madrid, mediante una propineja que

le dimos. Tomamos el camino de Valladolid e hicimos pie en aquella

ciudad. Alquilé una casa, donde me alojé con Camila, que por evitar

el escándalo pasaba por hermana mía. Al principio nos contuvimos en

ejercer nuestra habilidad, y comenzamos a tantear y conocer bien el

terreno antes de acometer ninguna empresa.

»Un día se llegó a mí en la calle un hombre y, saludándome muy

cortésmente, me dijo: «Señor don Rafael, ¿no me conoce usted?»

Respondíle que no. «Pues yo--me replicó--conozco a usted mucho, por

haberle visto en la Corte de Toscana, donde servía yo en las guardias

del gran duque. Pocos meses ha que dejé el servicio de aquel príncipe,

y me vine a España con un italiano de los más astutos. Estamos en

Valladolid tres semanas ha y vivimos en compañía de un castellano y de

un gallego, mozos los dos seguramente muy honrados, y nos mantenemos

todos con el trabajo de nuestras manos. Lo pasamos opíparamente y nos

divertimos como unos príncipes. Si usted quiere agregarse a nosotros,

será muy bien recibido de mis compañeros, porque siempre le he tenido

a usted por un hombre muy de bien, naturalmente poco escrupuloso y

caballero profeso en nuestra orden.»

»La franqueza con que me habló aquel bribón me estimuló a responderle

del mismo modo. «Ya que te has franqueado conmigo con tanta

sinceridad--le respondí--, quiero hablarte con la misma. Es verdad que

no soy novicio en vuestra profesión, y si la modestia me permitiera

referirte mis proezas, verías que no me has hecho demasiada merced en

tu ventajoso concepto. Pero dejando a un lado alabanzas propias, me

contentaré con decirte, admitiendo la plaza que me ofreces en vuestra

compañía, que no perdonaré diligencia alguna para haceros conocer que

no la desmerezco.» Apenas dije a aquel ambidextro que consentía en

aumentar el número de sus camaradas, cuando me condujo a donde éstos

estaban, y desde el mismo punto me dió a conocer a todos. Allí fué

donde vi por primera vez al ilustre Ambrosio de Lamela. Examináronme

aquellos señores sobre el arte de apropiarse sutilmente de lo ajeno.

Quisieron saber si tenía principios de la facultad, y descubríles

tantas tretas nuevas para ellos que se quedaron admirados; pero mucho

más se pasmaron cuando, despreciando yo la sutileza de mis manos como

una cosa muy ordinaria, les aseguré que en lo que yo me aventajaba era

en golpes magistrales de hurtar que pedían ingenio, y para persuadirlos

que era verdad les conté la aventura de Jerónimo de Miajadas, y bastó

la sencilla relación de aquel suceso para que me reconociesen por un

talento superior y todos a una me nombrasen por jefe suyo. Tardé poco

en acreditar el acierto de su elección en una multitud de bribonerías

que hicimos, de todas las cuales fuí yo, por decirlo así, la llave

maestra. Cuando necesitábamos alguna actriz para forjar mejor algún

enredo, echábamos mano de Camila, que representaba con primor cuantos

papeles se le encargaban.

«Dióle por aquel tiempo a nuestro cofrade Ambrosio la tentación de ir a

su país, y, con efecto, marchó a Galicia, asegurándonos de su vuelta.

Después que satisfizo sus deseos, volvió por Burgos, sin duda para dar

algún golpe de maestro, en donde un mesonero conocido suyo le acomodó

con el señor Gil Blas de Santillana, de cuyos asuntos le informó muy

bien. Usted, señor Gil Blas--prosiguió, dirigiéndome la palabra--, se

acordará, sin duda, del modo con que le desvalijamos en la posada de

caballeros de Valladolid. Tengo por cierto que desde luego sospechó

usted que su criado Ambrosio había sido el principal instrumento de

aquel robo, y en verdad que le sobró la razón para sospecharlo. Luego

que llegó a Valladolid, vino en busca nuestra, enterónos de todo, y

la gavilla se encargó de lo demás; pero no sabrá usted las resultas

de aquel pasaje y quiero informarle de ellas. Ambrosio y yo cargamos

con la valija y, montados en vuestras mulas, tomamos el camino de

Madrid, sin contar con Camila ni con los demás camaradas, los cuales se

admirarían tanto como vos de ver que no parecíamos al día siguiente.

»A la segunda jornada mudamos de pensamiento: en vez de ir a Madrid, de

donde no había salido sin motivo, pasamos por Cebreros y continuamos

nuestro camino hasta Toledo. Lo primero que hicimos en aquella

ciudad fué vestirnos muy decentemente, y luego, vendiéndonos por

dos hermanos gallegos que viajaban por curiosidad, en poco tiempo

hicimos conocimiento con mucha gente de distinción. Estaba yo tan

acostumbrado a los modales cortesanos y caballerescos que fácilmente

se engañaron cuantos me vieron y trataron. A esto se añadía que como

en un país desconocido la calidad de los forasteros regularmente se

mide por el gasto que hacen y por el lucimiento con que se portan,

ofuscábamos a todos con magníficos festines que empezamos a dar a

las damas. Entre las que yo visitaba encontré con una que me gustó,

pareciéndome más linda y joven que Camila. Quise saber quién era, y

me dijeron se llamaba Violante, mujer de un caballero que, cansado ya

de sus caricias, galanteaba a una cortesana que se había apoderado de

su corazón. No necesité saber más para determinarme a hacer a doña

Violante dueña soberana de todos mis pensamientos.

»Tardó poco ella misma en conocer la adquisición que había hecho.

Comencé a seguirla a todas partes y a hacer mil locuras para

persuadirla de que no aspiraba yo a otra cosa que a consolarla de las

infidelidades de su marido. Pensó un tanto sobre esto, y al cabo tuve

el gusto de conocer que aprobaba mis intenciones. Recibí, en fin, un

billete de ella en respuesta a muchos que yo le había escrito por medio

de una de aquellas viejas que en España e Italia son tan cómodas.

Decíame la dama en el tal billete que su marido cenaba todas las

noches en casa de su amiga y que hasta muy tarde no volvía a la suya.

Desde luego comprendí lo que me quería decir con esto. Aquella misma

noche fuí a hablar por la reja con doña Violante y tuve con ella una

conversación de las más tiernas. Antes de separamos quedamos de acuerdo

en que todas las noches a la misma hora nos hablaríamos en el propio

sitio, sin perjuicio de las demás galanterías que nos fuese permitido

practicar por el día.

»Hasta entonces don Baltasar--que así se llamaba el marido de

Violante--podía darse por bien servido; pero siendo otros mis deseos,

fuí una noche al sitio consabido con ánimo de decirle que ya no podía

vivir si no lograba hablarle a solas en un lugar más conveniente al

exceso de mi amor, fineza que aun no había podido conseguir de ella.

Apenas llegué cerca de la reja, cuando vi venir por la calle a un

hombre, el cual conocí que me observaba. Con efecto, era el marido de

doña Violante, que aquella noche se retiraba a casa algo temprano, y

viendo parado allí a un hombre, comenzó él mismo a pasearse por la

calle. Dudé algún tiempo lo que debía hacer; pero al fin me determiné

a llegarme a don Baltasar, sin conocerle ni que él me conociese a mí,

y le dije: «Caballero, suplico a usted que por esta noche me deje

libre la calle, que en otra ocasión le serviré yo a usted.» «Señor--me

respondió--, la misma súplica iba yo a hacerle a usted. Yo cortejo a

una señorita que vive a veinte pasos de aquí, a la cual un hermano

suyo hace guardar con la mayor vigilancia, por lo que quisiera ver

desocupada del todo la calle.» «Espere usted--repliqué--, que ahora

me ocurre un modo para que ambos quedemos servidos sin incomodarnos,

porque la dama que yo cortejo vive en esta casa--mostrándole la

propia suya--. Usted puede divertirse en la otra mientras yo me

divierto en ésta y hacernos espaldas los dos si alguno de nosotros

fuere acometido.» «Convengo en ello--repuso él--; voy a ocupar mi

sitio, usted quédese en el suyo y socorrámonos mutuamente en caso de

necesidad.» Diciendo esto, se apartó de mí, pero fué para observarme

mejor, lo que podía hacer sin riesgo, porque la noche estaba obscura.

»Acercándome entonces sin recelo a la reja de Violante, no tardó ésta

en venir y comenzamos a hablar. No me olvidé de instar a mi reina

para que me concediese una audiencia privada en sitio reservado.

Resistióse un poco a mis ruegos para hacer más apreciable el favor;

pero después, echándome un papel que ya traía prevenido en el bolsillo,

«Ahí va--me dijo--lo que deseáis, y veréis bien despachadas vuestras

súplicas.» Al decir esto se retiró, por cuanto iba ya viniendo la

hora en que acostumbraba a recogerse a casa su marido; pero éste, que

había conocido muy bien ser su mujer el ídolo a quien yo sacrificaba,

me salió al encuentro y, con un fingido gozo, me preguntó: «Y bien,

caballero, ¿está usted contento de su buena fortuna?» «Tengo motivos

para estarlo--le respondí--; y a usted ¿cómo le fué con la suya?

¿Mostrósele el amor risueño y favorable?» «¡Oh, no!--me respondió con

despecho--. ¡El maldito hermano de mi querida volvió de su casa de

campo un día antes de lo que habíamos pensado, y este contratiempo ha

aguado el contento con que yo me había lisonjeado!»

»Hicímonos don Baltasar y yo recíprocas protestas de amistad y nos

citamos para vernos en la plaza Mayor la mañana siguiente. Después

que nos separamos, se fué don Baltasar derecho a su casa, donde no

mostró a su mujer el menor indicio de las noticias que tenía de ella,

y al otro día acudió a la plaza, según lo acordado, y de allí a un

momento llegué yo. Saludámonos con vivas demostraciones de amistad, tan

alevosas por su parte como sinceras por la mía. Hízome el artificioso

don Baltasar una falsa confianza de sus lances amorosos con la dama de

quien me había hablado la noche anterior. Contóme una larga fábula que

había forjado, todo con el siniestro fin de obligarme a corresponderle

contándole yo el modo con que había hecho conocimiento con Violante.

Caí incautamente en el lazo y con la mayor franqueza del mundo le

confesé todo lo que me había sucedido; y no contento con esto, le

enseñé el papel que había recibido, y aun le leí también su contexto,

que era el siguiente: «Mañana iré a comer en casa de doña Inés; ya

sabéis dónde vive. Allí hablaremos a solas. No puedo negaros por más

largo tiempo un favor que juzgo merecéis.»

«Ese es un papel--dijo don Baltasar--que le promete a usted el

merecido premio de sus amorosos suspiros. Doile a usted de antemano

la enhorabuena de la dicha que le aguarda.» No dejó de parecer algo

turbado mientras hablaba de esta manera, pero fácilmente me deslumbró

ocultando a mis ojos su conmoción y enojo. Estaba tan embelesado

en mis halagüeñas esperanzas, que no me paraba en observar a mi

confidente, aunque éste se vió precisado a dejarme, sin duda por temor

de que conociese su agitación. Partió luego a contar a su cuñado esta

aventura, e ignoro lo que pasó entre los dos; sólo sé que don Baltasar

vino a casa de doña Inés a tiempo que yo estaba con Violante. Supimos

que era él el que llamaba y yo me escapé por una puerta falsa antes

que entrase en la sala. Luego que desaparecí, se aquietaron las dos

mujeres, que se habían asustado mucho con la repentina venida del

marido. Recibiéronle con tanta serenidad, que desde luego sospechó me

habían escondido o hecho pasadizo. Lo que dijo a doña Inés y a su mujer

no os lo puedo contar, porque nunca lo he sabido.

»Entre tanto, no acabando todavía de conocer que don Baltasar se

burlaba cruelmente de mi sinceridad, salí de la casa echándole mil

maldiciones y me fuí derecho a la plaza, donde había dicho a Lamela me

aguardase. No le encontré, porque el bribón tenía también su poco de

trapillo, y con suerte más dichosa que la mía. Mientras le esperaba,

vi a mi falso confidente venir hacia mí con rostro muy alegre y mucho

desembarazo. Luego que llegó a mí, me preguntó cómo me había ido con

mi ninfa en casa de doña Inés. «No sé qué demonio--le respondí--,

envidioso de mis gustos, me vino a echar un jarro de agua en todos

ellos. Mientras estaba a solas con ella, instando y suplicando,

llamó a la puerta su maldito marido, a quien lleve Barrabás. Me fué

preciso pensar en el modo de retirarme prontamente, y así, me marché

por una puerta excusada, dando mil veces al diablo al grandísimo

importuno que viene siempre a desbaratar mis designios.» «A la

verdad, lo siento--repuso don Baltasar, alegrísimo en su interior de

verme desazonado--. Ese es un marido molesto, que no merece se le dé

cuartel.» «¡Oh! ¡En cuanto a eso--repliqué yo--, no dudéis que seguiré

vuestro consejo! Os doy palabra de que esta misma noche se le dará

pasaporte para el otro barrio. Su mujer, al separamos, me dijo que

fuese adelante con mi empeño y no abandonase la empresa por tan poca

cosa; que prosiguiese en acudir a su ventana a la hora acostumbrada,

porque estaba resuelta a introducirme ella misma en su casa, pero que

en todo caso no dejase de ir escoltado con dos o tres camaradas, para

que en cualquier lance me hallase bien prevenido.» «¡Oh qué prudente es

esa dama!--me respondió él--. Yo me ofrezco desde luego a acompañaros.»

«¡Oh querido amigo--repliqué yo, fuera de mí de puro gozo y echándole

los brazos al cuello--, y de cuántas finezas os soy deudor!» «Aun haré

más por vos--repuso él--. Yo conozco a un mozo que es un Alejandro;

éste nos acompañará, y con tal escolta podréis divertiros a vuestro

gusto sin sobresalto ni contratiempo.»

»No encontraba voces para explicar mi agradecimiento a los favores de

aquel nuevo amigo; tan encantado me tenía su celo. Acepté, en fin, el

auxilio que me ofrecía, y dándonos el santo para cerca de la puerta de

Violante a la entrada de la noche, nos separamos. Don Baltasar fué a

buscar a su cuñado, que era el Alejandro de quien me había hablado,

y yo me quedé paseando con Lamela, el cual, aunque no menos admirado

que yo de la eficacia con que don Baltasar se interesaba en este

asunto, cayó también en la red como yo había caído, sin pasarle por el

pensamiento la menor desconfianza de la sencillez de aquellas finezas.

Confieso que una simplicidad tan garrafal no se podía perdonar a unos

hombres como nosotros. Cuando me pareció que era hora de presentarme

a la ventana de Violante, Ambrosio y yo nos acercamos a ella, bien

prevenidos de buenas armas. Hallamos en el mismo sitio al marido de la

dama, acompañado de otro hombre que nos esperaba a pie firme. Llegóse a

mí don Baltasar y me dijo: «Este es el caballero de cuyo valor hablamos

esta mañana. Entre usted en casa de esa señora y disfrute su dicha sin

recelo ni inquietud.»

»Acabados los recíprocos cumplimientos, llamé a la puerta de mi ninfa y

vino a abrirla una especie de dueña. Entré sin advertir lo que pasaba

a mis espaldas y llegué hasta una sala donde Violante me esperaba.

Mientras la estaba saludando, los dos traidores, que me siguieron hasta

dentro de la casa, habían entrado en ella tan atropelladamente, y

cerrado tras de sí la puerta con tanta violencia, que el pobre Ambrosio

se quedó en la calle. Descubriéronse entonces, y ya podéis imaginar el

apuro en que yo me vería. Bien se deja conocer que fué forzoso entonces

llegar a las manos. Acometiéronme los dos al mismo tiempo con las

espadas desnudas, y yo les correspondí, dándoles tanto que hacer que

se arrepintieron presto de no haber tomado medidas más seguras para la

venganza. Pasé de parte a parte al marido, y el cuñado, viéndole en

aquel estado, tomó la puerta, que Violante y la dueña habían dejado

abierta al escaparse mientras nosotros reñíamos. Fuíle siguiendo hasta

la calle, donde me reuní con Lamela, que, no habiendo podido sacar ni

una sola palabra a las dos mujeres que había visto ir huyendo, no sabía

precisamente a qué atribuir el rumor que acababa de oír. Volvimos a la

posada, y, recogiendo lo mejor que teníamos, montamos en nuestras mulas

y salimos de la ciudad antes que amaneciese.

»Conocimos muy bien que el lance podía tener malas resultas y que se

harían en Toledo pesquisas contra las cuales sería imprudencia no

tomar todo género de precauciones. Hicimos noche en Villarrubia, en un

mesón, en donde a poco rato entró un mercader de Toledo que caminaba

a Segorbe. Cenamos con él y nos contó el trágico suceso del marido de

Violante, mostrándose tan ajeno de sospecharnos reos de él que con

libertad le hicimos toda suerte de preguntas. «Señores--nos dijo--, el

caso lo supe esta mañana al ir a montar a caballo. Se hacen grandes

diligencias para encontrar a Violante y me han asegurado que, siendo el

corregidor pariente de don Baltasar, está en ánimo de no perdonar medio

alguno para descubrir los autores del homicidio. Esto es todo lo que

sé.»

»Aunque nada me espantaron las pesquisas del corregidor de Toledo,

no obstante, tomé desde luego la determinación de salir cuanto antes

de Castilla la Nueva, haciéndome cargo de que si encontraban a

Violante confesaría ésta cuanto había pasado y daría tales señas de

mi persona que la justicia despacharía rápidamente varias gentes en

mi seguimiento. Por todas estas consideraciones, resolvimos desviamos

del camino real desde el día siguiente. Tuvimos la fortuna de que

Lamela había corrido las tres partes de España y tenía bien conocidas

todas las sendas extraviadas por donde podíamos pasar con seguridad a

Aragón. En vez de irnos derechos a Cuenca, nos metimos en las montañas

que están antes de llegar a la ciudad, y por senderos muy practicados

por mi conductor llegamos a una gruta que tenía toda la apariencia de

ermita. Con efecto, era la misma adonde ayer noche llegaron ustedes a

pedirme los recogiese.

»Mientras estaba yo examinando sus contornos, que me representaban un

país deliciosísimo, me dijo mi compañero: «Seis años ha que pasando

yo por aquí me hospedó caritativamente en esta ermita un anciano y

venerable ermitaño, que repartió conmigo los escasos víveres que tenía.

Era un santo varón, y me dijo cosas tan santas y tan buenas que faltó

poco para que yo dejase el mundo. Acaso vivirá todavía y quiero ver si

es así.» Dicho esto, se apeó de la mula el curioso Ambrosio, y entrando

en la ermita, después de haberse detenido en ella algunos momentos,

salió, diciéndome: «Apeaos, don Rafael, y venid a ver un espectáculo

muy tierno.» Eché pie a tierra inmediatamente, y, atando nuestras mulas

a un árbol, seguí a Lamela hasta la gruta, donde entré, y vi tendido en

una vil tarima a un viejo anacoreta, pálido y moribundo. Pendía de su

venerable rostro una blanca barba, tan poblada y larga que le llegaba

hasta la cintura, y tenía en sus manos juntas entrelazado un gran

rosario. Al ruido que hicimos cuando nos acercamos a él entreabrió los

ojos, que la muerte había comenzado ya a cerrar, y después de habernos

mirado un momento nos dijo: «Hermanos míos, seáis quienes fuereis,

aprovechaos del espectáculo que se ofrece a vuestra vista. Cuarenta

años he vivido en el mundo y sesenta en esta soledad. ¡Ah y qué largo

me parece ahora el tiempo que dediqué a mis deleites, y, al contrario,

qué corto el que he consagrado a la penitencia! ¡Ah! ¡Mucho temo que

las austeridades del hermano Juan no hayan sido bastantes para expiar

los pecados del licenciado don Juan de Solís.»

»Apenas dijo estas palabras, cuando expiró, y los dos nos quedamos

atónitos a vista de su muerte. Tales objetos siempre hacen alguna

impresión hasta en los mayores libertinos; pero duró poco nuestra

conmoción, porque olvidamos presto lo que acababa de decirnos.

Comenzamos a hacer inventario de todo lo que había en la ermita, en lo

que no tardamos mucho tiempo, pues todos los muebles consistían en lo

que habéis podido ver en ella. No sólo la tenía el hermano Juan mal

amueblada, sino que hasta la despensa estaba mal provista. Todas las

provisiones que hallamos se reducían a unas pocas avellanas y algunos

mendrugos de pan casi petrificados, que a la cuenta no habían podido

mascar las despobladas encías del santo varón; digo despobladas porque

observamos que se le había caído la dentadura. Todo lo que contenía

esta morada solitaria y todo lo que veíamos nos hacía mirar a este

buen anacoreta como a un santo. Una sola cosa nos llamó la atención:

hallamos un papel plegado en forma de carta, que el difunto había

dejado sobre la mesa, en el cual encargaba a quien le leyese que

llevase su rosario y sus sandalias al obispo de Cuenca. No acabamos de

entender con qué intención había podido aquel nuevo padre del desierto

desear que se hiciese a su obispo semejante regalo. Olíanos esto a

falta de humildad o a cierto hipo de ser tenido por santo. Pero ¡quién

sabe si sólo fué un si es no es de tontería! Es punto que no me meteré

a decidir.

»Hablando de ello Lamela y yo, le ocurrió a aquél un extraño

pensamiento. «Quedémonos--me dijo--en esta ermita y disfracémonos de

ermitaños. Enterremos al hermano Juan. Tú pasarás por él, y yo, con

el nombre de hermano Antonio, iré a pedir limosna por los lugares y

aldeas del contorno. De esta manera, no sólo estaremos a cubierto de

las pesquisas del corregidor, que no creo pueda pensar en buscarnos

aquí, sino que espero lo pasaremos bien, en virtud de los conocimientos

que tengo en la ciudad de Cuenca.» Aprobé este extraño pensamiento,

no ya por las razones que Ambrosio me alegaba, sino por un rasgo de

extravagancia y como para representar un papel en una pieza de teatro.

Abrimos, pues, una sepultura a treinta o cuarenta pasos de la gruta,

y enterramos en ella modestamente al anacoreta, después de haberle

despojado de su hábito, que consistía en una túnica ceñida al cuerpo

con una correa de cuero, y le cortamos también la barba, para hacerme

con ella a mí una postiza; en fin, hechos los funerales, tomamos

posesión de la ermita.

»Pasámoslo muy mal el primer día, viéndonos precisados a mantenernos

solamente de la triste provisión que nos había dejado el difunto; pero

el día siguiente, antes de amanecer, salió Lamela a campaña con las dos

mulas, que vendió en Cuenca, y por la noche volvió cargado de víveres

y de otras cosillas que había comprado. Trajo todo lo que era menester

para disfrazarnos bien. Hizo para sí una túnica o hábito de paño pardo

y una barbilla roja de crines, la que se supo acomodar con tal arte que

parecía natural. No hay en el mundo mozo más mañoso que él. Arregló

también la barba del hermano Juan, ajustándomela a la cara, y púsome

en la cabeza un gran gorro de lana obscura, que contribuía mucho para

disimular el artificio. Se puede decir que nada faltaba para nuestro

disfraz. Hallámonos los dos en este ridículo equipaje, de manera que no

podíamos mirarnos sin reírnos, viéndonos en un traje que ciertamente

no nos convenía. Con la túnica del hermano Juan heredé también su

rosario y sus sandalias, que no hice escrúpulo de apropiarme en vez de

regalárselas al obispo de Cuenca.

»Hacía tres días que estábamos en la ermita, sin haber visto en todos

ellos alma viviente; pero al cuarto entraron en la gruta dos aldeanos,

que traían al difunto, creyendo que estuviese todavía vivo, pan, queso

y cebollas. Luego que los vi, me eché en mi tarima, y me fué fácil

alucinarlos, fuera de que ellos no podían distinguirme bien por la

escasa luz de la ermita, y procuré imitar lo mejor que pude la voz del

hermano Juan, cuyas últimas palabras había oído: de manera que los

pobres hombres no tuvieron la menor sospecha de aquella superchería,

y sí sólo mostraron alguna admiración de hallarse en la gruta con

otro ermitaño. Pero advirtiéndolo, el socarrón de Lamela les dijo con

cierto aire hipocritón: «No os admiréis, hermanos, de verme a mí en

esta soledad. Estaba yo en una ermita de Aragón y la he dejado por

venir a acompañar al venerable y discreto hermano Juan y asistirle en

su extrema vejez, considerando la necesidad que tendría en ella de este

alivio.» Los aldeanos prorrumpieron en infinitas alabanzas de Ambrosio,

ensalzando hasta el cielo su heroica caridad y dándose a sí mismos mil

parabienes por la dicha de tener dos hombres santos en su país.

»Había comprado Lamela unas grandes alforjas, y cargado con ellas

partió por la primera vez a dar principio a la demanda en la ciudad

de Cuenca, que sólo dista una legua corta de la ermita. Como la

Naturaleza le ha dotado de un exterior devoto y compungido, y además

de eso posee en supremo grado el arte de hacerlo valer, no dejó de

mover el corazón de las personas caritativas a darle limosna, y así, en

poco tiempo llenó las alforjas de los dones de su liberalidad. «Amigo

Ambrosio--le dije cuando volvió a la ermita--, te doy el parabién del

admirable talento que tienes para ablandar y enternecer las almas

cristianas. ¡Vive diez, que parece has ejercitado por muchos años el

oficio de demandante capuchino!» «Algo más he hecho--me respondió--que

hacer abundante cosecha, porque has de saber que he encontrado a cierta

ninfa, llamada Bárbara, que fué algo mía en otro tiempo. La he hallado

bien mudada, pues se ha dado, como nosotros, a la devoción. Vive con

otras dos o tres beatas que edifican el mundo en público y hacen una

vida muy diferente en casa. Al principio no me conoció; tanto, que me

vi obligado a decirle: «¿Cómo así, señora Bárbara? ¿Es posible que

ya desconozcáis a uno de vuestros antiguos amigos y vuestro humilde

servidor Ambrosio?» «¡Por vida mía, amigo Lamela--respondió Bárbara--,

que jamás podía soñar el verte vestido con ese traje! ¿Por qué diablos

de aventuras has venido a parar en ermitaño?» «Eso es cosa larga--le

respondí--, y ahora no puedo detenerme a contárosla; pero mañana a la

noche volveré y satisfaré vuestra curiosidad. También vendrá conmigo

mi compañero, el hermano Juan.» «¿Qué hermano Juan?--replicó ella--.

¿Aquel viejo y buen ermitaño que vive en una ermita cerca de esta

ciudad? ¡Tú no sabes lo que te dices, pues se asegura que tiene más de

cien años!» «Es verdad--le respondí--que en otro tiempo tuvo esa edad,

pero de pocos días a esta parte se ha remozado tanto que no soy yo más

mozo que él.» «Pues bien--respondió Bárbara--, siendo así, que venga

contigo. Sin duda que en eso se oculta algún misterio.»

»No dejamos de ir al día siguiente, luego que fué noche, a casa de

aquellas santurronas, que para recibirnos mejor nos tenían prevenida

una gran cena. Así que entramos en su casa nos quitamos las barbas

postizas y el hábito eremítico, y sin ceremonia nos presentamos a estas

princesas tales cuales éramos; y ellas, por no parecer menos francas

que nosotros, nos mostraron de cuánto son capaces las falsas devotas

cuando arriman a un lado las gazmoñerías de la aparente devoción.

Pasamos casi toda la noche a la mesa y no nos retiramos a nuestra gruta

hasta poco antes de amanecer. Repetimos presto la visita, o por mejor

decir seguimos el mismo método por espacio de tres meses, y gastamos

con aquellas ninfas más de los dos tercios de nuestro caudal; pero

cierto celoso lo ha descubierto todo, dando parte a la justicia, la

cual debía hoy ir a la ermita a echarnos mano. Ayer, mientras Ambrosio

hacía su demanda en Cuenca, una de las beatas le entregó un billete,

diciéndole: «Una amiga mía me escribe esta carta, que iba a enviaros

con un propio. Muéstresela al hermano Juan y tomen sus medidas en

informándose de su contenido.» Este es, señores, aquel mismo billete

que Lamela me entregó ayer en vuestra presencia y el que nos obligó a

abandonar tan precipitadamente nuestra solitaria habitación.»

Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 2 de 3) · 第 30 / 69 题