Historia de don Rafael.
«Soy hijo de una comedianta de Madrid, famosa por su habilidad, pero
mucho más por sus célebres aventuras. Llamábase Lucinda. En cuanto a
mi padre, no puedo sin temeridad asegurar quién fuese. Podía muy bien
decir quién era el sujeto de distinción que cortejaba a mi madre al
tiempo que yo nací; pero esta época no es prueba convincente de que
yo le debiese el ser. Las personas de la clase de mi madre son, por
lo común, tan poco de fiar en este punto, que cuando se muestran más
inclinadas a un señor le tienen ya prevenido algún substituto por su
dinero.
»No hay cosa como no hacer aprecio de lo que digan malas lenguas.
Mi madre, en vez de darme a criar donde ninguno me conociese, sin
hacer misterio alguno me cogía de la mano y me llevaba al teatro muy
francamente, no dándosele un pito de lo mucho que se hablaba de ella
ni de las falsas risitas que causaba sólo el verme. En fin, yo era
su ídolo y la diversión de cuantos venían a casa, los cuales no se
cansaban de hacerme mil fiestas. No parecía sino que en todos ellos
hablaba la sangre a favor mío.
»Dejáronme pasar los doce primeros años de mi vida en todo género de
frívolos pasatiempos. Apenas me enseñaron a leer y escribir, y mucho
menos la doctrina cristiana. Solamente aprendí a cantar, bailar y tocar
un poco la guitarra. A esto se reducía todo mi saber cuando el marqués
de Leganés me pidió para que estuviese en compañía de un hijo suyo
único, poco más o menos de mi edad. Consintió en ello Lucinda con mucho
gusto, y entonces fué el tiempo en que comencé a ocuparme en alguna
cosa seria. El tal caballerito estaba tan adelantado como yo, y, fuera
de eso, no parecía haber nacido para las ciencias. Apenas conocía una
letra del abecedario, sin embargo que hacía quince meses que tenía
para esto un preceptor. Los demás maestros sacaban el mismo partido de
sus lecciones, de modo que a todos les tenía apurada la paciencia. Es
verdad que a ninguno le era lícito castigarle; antes bien, a todos les
estaba mandado expresamente le enseñasen sin mortificarle, orden que,
unida a la mala disposición del señorito para el estudio, hacía inútil
la enseñanza que se le daba.
»Pero al maestro de leer le ocurrió un bello medio para meter miedo
al discípulo sin contravenir a la orden de su padre. Este medio fué
azotarme a mí siempre que aquél lo merecía. No me gustó el tal
arbitrio, y así, me escapé y fuí a quejarme a mi madre de una cosa tan
injusta; pero ella, aunque me quería mucho, tuvo valor para resistir a
mis lágrimas, y considerando lo decoroso y ventajoso que era para su
hijo el estar en casa de un marqués, me volvió a ella inmediatamente; y
héteme aquí otra vez en poder del preceptor. Como éste había observado
que su invención había producido buen efecto, prosiguió azotándome
en lugar de hacerlo al señorito, y para que el castigo hiciese más
impresión en él me sacudía de firme, de modo que estaba seguro de pagar
diariamente por el joven Leganés, pudiendo yo decir con toda verdad
que ninguna letra del alfabeto aprendió el hijo del marqués que no me
costase a mí cien azotes. Echen ustedes la cuenta del número a que
ascenderían éstos.
»No eran solamente los azotes lo que tenía que aguantar en aquella
casa. Como toda la gente de ella me conocía, los criados inferiores,
hasta los mismos maritornes, me echaban en cara a cada paso mi
nacimiento. Esto llegó a aburrirme tanto que un día huí, después de
haber tenido maña para robar al preceptor todo el dinero que tenía,
el cual podía ser como unos ciento y cincuenta ducados. Tal fué la
venganza que tomé de las injustas y crueles zurras con que su merced
me había favorecido, y creo que no podía tomar otra que le fuera
más sensible. Este juego de manos lo supe hacer con tanto primor y
sutileza, que, aunque fué mi primer ensayo, dejé burladas cuantas
pesquisas se hicieron en dos días para saber quién había sido el
raterillo. Salí de Madrid y llegué a Toledo sin que ninguno fuese en mi
seguimiento.
»Entraba entonces en mis quince años. ¡Gran gusto es hallarse un
hombre en aquella edad con dinero, sin sujeción a nadie y dueño de
sí mismo! Hice presto conocimiento con dos mozuelos, que me hicieron
listo y ayudaron a comer mis cien ducados. Juntéme también con ciertos
caballeros de la garra, los cuales cultivaron tan felizmente mis buenas
disposiciones naturales, que en poco tiempo llegué a ser uno de los más
ricos caballeros de su orden.
»Al cabo de cinco años se me puso en la cabeza el viajar y ver tierras.
Dejé a mis cofrades, y queriendo dar principio a mis caravanas por
Extremadura, me dirigí a Alcántara; pero antes de entrar en el pueblo
hallé una bellísima ocasión de ejercitar mis talentos y no la dejé
escapar. Como caminaba a pie y cargado con mi mochila, que no pesaba
poco, me sentaba a ratos a descansar a la sombra de los árboles que
estaban a orillas del camino. Una de estas veces me encontré con dos
mozos, ambos hijos de gente de forma, los cuales estaban en alegre
conversación, al fresco, en un verde prado. Saludélos con mucha
cortesía, lo que me pareció no haberles desagradado, y con esto
entablamos luego conversación. El de más edad no llegaba a quince años,
y ambos eran muy sencillos. «Señor caminante--me dijo el más joven--,
nosotros somos hijos de dos ricos ciudadanos de Plasencia; nos entró
un gran deseo de ver el reino de Portugal, y para contentarlo cada uno
hurtó cien doblones a su padre. Caminamos a pie para que nos dure más
el dinero y podamos así ver más provincias. ¿Qué le parece a usted?»
«Si yo tuviera tanta plata--les respondí--, ¡Dios sabe a dónde iría a
dar conmigo! Recorrería con él las cuatro partes del mundo. ¡Adónde
vamos a parar! ¡Doscientos doblones! Es una suma de que nunca se verá
el fin. Si lo tenéis a bien, hijos míos--añadí--, yo os acompañaré
hasta la villa de Almoharín, adonde voy a recibir la herencia de un
tío mío, que murió después de haber vivido allí el espacio de veinte
años.» Respondiéronme los dos mozos que tendrían el mayor gusto en ir
en mi compañía. Con esto, después de haber descansado un poco todos
tres, marchamos todos juntos a Alcántara, donde entramos mucho antes de
anochecer.
»Alojámonos todos en un mesón, pedimos un cuarto y nos dieron uno
donde había un armario que se cerraba con llave. Dijimos que se nos
dispusiese de cenar, y mientras, propuse a mis compañeritos si gustaban
que saliésemos a dar una vuelta por el pueblo. Agradóles mucho la
proposición. Guardamos nuestros hatillos en el armario, cerrámoslo y
uno de los dos jóvenes guardó la llave en la faltriquera. Salimos del
mesón, fuimos a ver algunas iglesias, y estando en la principal, fingí
de pronto que me había ocurrido un negocio de importancia, y así, dije:
«Queridos, ahora me acuerdo de que un amigo de Toledo me encargó
dijese de su parte dos palabras a un mercader que vive cerca de esta
iglesia; esperadme aquí, que voy y vuelvo en un momento.» Diciendo
esto, me aparté de ellos. Vuelvo a la posada, voime derecho al armario,
quebranto la cerradura, registro sus mochilas y encuentro sus doblones.
¡Pobres niños! Robéselos todos, sin dejarles siquiera uno para pagar
el piso de la posada. Hecho esto, salí prontamente del pueblo y tomé
el camino de Mérida, sin darme cuidado de lo que dirían ni harían las
inocentes criaturas.
»Púsome este lance en estado de poder caminar con más comodidad.
Aunque tenía pocos años, me sentía capaz de portarme con juicio, y
puedo decir que estaba suficientemente adelantado para aquella edad.
Determiné comprar una mula, como lo hice efectivamente en el primer
lugar donde la encontré. Convertí la mochila en una maleta y empecé
a hacerme algo más el hombre de importancia. A la tercera jornada
encontré en el camino a un hombre que iba cantando vísperas a grandes
voces. Desde luego conocí que era algún sochantre. «¡Animo--le dije--,
señor bachiller, y vaya usted adelante, que lo canta de pasmo.»
«Caballero--me respondió--, soy cantor de una iglesia y quiero
ejercitar la voz.»
»De esta manera entramos en conversación, y no tardé en conocer que
me hallaba con un hombre muy divertido y agudo. Tendría como de
veinticuatro a veinticinco años, y como él iba a pie y yo a caballo,
de propósito refrenaba la mula para ir a su paso, por el gusto de
oírle. Hablamos, entre otras cosas, de Toledo. «Tengo bien conocida
aquella ciudad--me dijo el cantor--; he estado en ella muchos años
y tengo allí algunos amigos.» «¿Y en qué calle vivía usted?», le
interrumpí. «En la calle Nueva--respondió--, donde vivía con don
Vicente de Buenagarra y don Matías del Cordel y otros dos o tres
honrados caballeros. Habitábamos y comíamos juntos y lo pasábamos
alegremente.» Sorprendíme al oírle estas palabras, porque los sujetos
que citaba eran los mismos _caballeros de la garra_ que en Toledo
me habían recibido en su nobilísima orden. «Señor cantor--exclamé
entonces--, esos ilustrísimos señores son muy conocidos míos, porque
vivimos juntos en la misma calle Nueva.» «¡Ya os entiendo!--me
respondió sonriéndose--. Eso es decir que entrasteis en la orden tres
años después que yo salí de ella.» «Dejé la compañía de aquellos
caballeros--proseguí--porque se me puso en la cabeza el viajar y
ver mundo. Pienso andar toda España, y sin duda valdré más cuando
tenga más experiencia.» «¡Acertado pensamiento!--dijo el cantor--.
Para perfeccionar el ingenio y los talentos no hay mejor escuela que
la de viajar. Por la misma razón dejé yo a Toledo, aunque nada me
faltaba en aquella ciudad. ¡Gracias a Dios, que me ha dado a conocer
a un caballero de mi orden cuando menos lo pensaba! Unámonos los
dos, caminemos juntos, hagamos una liga ofensiva y defensiva contra
el bolsillo del prójimo y aprovechemos todas las ocasiones que se
ofrezcan de mostrar nuestra habilidad.»
»Díjome esto con tanta franqueza y gracia, que desde luego acepté la
proposición. En el mismo punto granjeó toda mi confianza, y yo la suya.
Abrímonos recíprocamente el pecho; contóme su historia y yo le dije mis
aventuras. Confióme que venía de Portalegre, de donde le había hecho
salir cierto lance malogrado por un contratiempo, obligándole a ponerse
en salvo precipitadamente bajo el traje de sopista en que le veía.
Luego que me informó de todos sus asuntos, determinamos dirigirnos a
Mérida, a probar fortuna y ver si podíamos dar allí un golpe maestro,
y después marchar a otra parte. Desde aquel instante se hicieron
comunes nuestros bienes. Es verdad que Morales--así se llamaba mi nuevo
compañero--no se hallaba en muy brillante situación. Todo su haber
consistía en cinco o seis ducados y en alguna ropa que llevaba en la
mochila; pero si yo estaba mucho mejor que él en dinero, en recompensa,
él estaba mucho más adelantado que yo en el arte de engañar a los
hombres. Montábamos los dos alternativamente en la mula, y de esta
manera llegamos en fin a Mérida.
»Apeámonos en un mesón del arrabal. Morales se puso otro vestido que
sacó de su mochila, y fuimos a andar por la ciudad para descubrir
terreno y ver si se nos presentaba algún buen lance. Considerábamos
muy atentamente cuantos objetos se ofrecían a nuestra vista. Nos
parecíamos, como hubiera dicho Homero, a dos milanos que desde lo más
alto de las nubes tienen fijos los ojos en la tierra, acechando todos
los rincones por ver si atisban algunos polluelos para lanzarse sobre
ellos. Estábamos, en fin, esperando a que la casualidad nos trajese a
la mano alguna ocasión de ejercitar nuestra habilidad, cuando vimos en
la calle un caballero, bastante canoso, el cual, firme con la espada
en la mano, se defendía contra tres que le llevaban a mal traer.
Chocóme infinito la desigualdad del combate, y como soy naturalmente
espadachín, acudí corriendo con mi espada a ponerme al lado del
caballero, cuyo ejemplo imitó Morales, y en breve tiempo pusimos en
vergonzosa fuga a los tres enemigos que tan villanamente le habían
acometido.
»Diónos el anciano un millón de gracias. Respondímosle cortésmente
que habíamos celebrado en extremo la dichosa casualidad que tan
oportunamente nos había proporcionado aquella ocasión de servirle,
y le suplicamos nos confiase el motivo que habían tenido aquellos
hombres para querer asesinarle. «Señores--nos respondió--, estoy muy
agradecido a vuestra generosa acción y no puedo negarme a satisfacer
vuestra curiosidad. Yo me llamo Jerónimo Miajadas; soy vecino de
esta ciudad, donde vivo de mi hacienda. Uno de los tres asesinos de
que ustedes me han librado está enamorado de mi hija y me la pidió
por medio de otro sujeto, y porque no le di mi consentimiento vino a
vengarse de mí con espada en mano.» «¿Y se podrá saber--le repliqué
yo--por qué razón negó usted su hija al tal caballero?» «Vóisela a
decir a usted--me respondió--. Tenía yo un hermano, comerciante en
esta ciudad, llamado Agustín, que hace dos meses estaba en Calatrava,
alojado en casa de Juan Vélez de la Membrilla, su corresponsal. Eran
los dos íntimos amigos; pidióle Juan Vélez mi única hija, Florentina,
para su hijo, con el fin de estrechar más y más la unión e intereses de
las dos familias. Prometiósela mi hermano, no dudando, por el cariño
que nos teníamos los dos, que yo ratificaría su promesa. Así lo hice,
porque apenas volvió Agustín a Mérida y me propuso esta boda, cuando
consentí en ella por darle gusto y no desairar su palabra. Envió el
retrato de Florentina a Calatrava; pero el pobre no pudo ver el fin de
su negociación porque se lo llevó Dios tres semanas ha. Poco antes de
morir me pidió encarecidamente que no casase a mi hija con otro que
con el hijo de su corresponsal. Ofrecíselo así, y éste es el motivo
por que se la negué al caballero que acaba de acometerme, aunque era
un partido muy ventajoso para mi casa. Yo soy esclavo de mi palabra;
por instantes estoy esperando al hijo de Juan Vélez de la Membrilla
para que sea yerno mío, aunque jamás le he visto a él ni a su padre.
Perdonen ustedes si les he cansado con relación tan prolija, lo que no
hubiera hecho a no haber querido ustedes mismos saberla.»
»Escuchéle con la mayor atención, y adoptando el extraño pensamiento
que de repente me ocurrió, afectó quedar del todo asombrado. Alcé
los ojos al cielo, y volviéndome hacia el buen viejo le dije en tono
patético: «¿Es posible, señor Jerónimo Miajadas, que al momento
de entrar yo en Mérida haya tenido la fortuna de salvar la vida a
mi venerado suegro?» Estas palabras causaron en el viejo grande
admiración, y no fué menor la que produjeron en Morales, el cual, en el
modo de mirarme, me dió a entender que yo le parecía un gran tunante.
«¿Qué es lo que me dices?--respondió lleno de gozo el aturdido viejo--.
¿Es posible que tú seas el hijo del corresponsal de mi hermano?» «¡Sí,
señor!», le respondí con desembarazo; y abrazándole estrechamente
proseguí diciéndole: «¡Sí, señor, yo soy el dichoso mortal para quien
está destinada la amable Florentina! Pero antes de manifestaros el
gozo que me causa la honra de enlazarme con vuestra ilustre familia,
dadme licencia para que desahogue el sentimiento que renueva en mí la
dulce memoria del señor Agustín, vuestro hermano; sería yo el hombre
más ingrato del mundo si no llorase amargamente la muerte de aquel a
quien siempre me confesaré deudor de la mayor felicidad de mi vida.»
Dicho esto, volví a dar un abrazo al buen Jerónimo, saqué el pañuelo
e hice como que me enjugaba las lágrimas. Morales, que desde luego
conoció lo mucho que nos podía valer aquel embuste, quiso también
ayudarme por su parte. Fingióse criado mío y comenzó a dar muestras de
mayor sentimiento que el que yo había mostrado por la muerte del señor
Agustín, diciendo muy lastimado: «¡Ah, señor Jerónimo, y qué pérdida
ha hecho usted perdiendo a su querido hermano! ¡Era un hombre muy de
bien; el fénix de los comerciantes; un mercader desinteresado; un
mercader de buena fe; un mercader de aquellos que no se ven hoy!»
»Tratábamos con un hombre tan sencillo como crédulo, que, lejos de
sospechar que le engañábamos, él mismo nos ayudaba a llevar adelante
nuestro enredo. «Y bien--me preguntó--, ¿y por qué no viniste
derechamente a apearte a mi casa? ¿A qué fin irte a meter en un mesón?
Entre nosotros ya están de más los cumplimientos.» «Señor--respondió
Morales, tomando la palabra por mí--, mi amo es algo ceremonioso;
tiene ese defecto, y me disculpará que yo se lo afee; fuera de que en
cierta manera es disculpable en no haberse atrevido a presentarse en
vuestra casa en el traje en que le veis. Nos han robado en el camino, y
los ladrones nos dejaron despojados de toda la ropa.» «Dice la verdad
este mozo, señor de Miajadas--le interrumpí yo--; ése es el motivo
por que no me fuí en derechura a vuestra casa. Tenía vergüenza de
presentarme en tan pobre equipaje ante una señorita a quien jamás había
visto, y para hacerlo con la decencia que era razón estaba esperando
la vuelta de un criado que he despachado a Calatrava.» «¡No admito
la excusa!--repuso el viejo--. Ese accidente no debió detenerte para
servirte de mi casa, y desde aquí mismo quiero que vayas a ser dueño de
ella.»
»Diciendo esto, él mismo me cogió de la mano para guiarme, y por el
camino fuimos hablando del robo; y dije que todo ello me importaba
un bledo y que sólo había sentido me quitasen el retrato de mi amada
señorita Florentina. Respondióme el señor Jerónimo, sonriéndose, que
presto me consolaría de esta pérdida, porque el original valía más que
la copia. Con efecto, luego que llegamos a su casa hizo llamar a la
hija, que sólo contaba diez y seis años y podía pasar por una persona
perfecta. «Aquí tenéis--me dijo--a la persona que os prometió su tío,
mi difunto hermano.» «¡Ah, señor!--exclamé yo entonces en aire de
apasionado--. ¡No hay necesidad de decirme que es la amable señorita
Florentina! ¡Sus hechiceras facciones están grabadas en mi memoria y
mucho más en mi amante corazón! Si el retrato que perdí, y era sólo
un bosquejo de sus más que humanas perfecciones, supo encender mil
hogueras en mi enamorado pecho, ¡figuraos lo que ahora pasará dentro de
mí teniendo a la vista el original!» «Señor--me dijo Florentina--, son
demasiado lisonjeras vuestras expresiones y no soy tan vana que crea
merecerlas.» «¡No hagas caso de lo que dice mi hija--le interrumpió su
padre--y vé adelante con esos bellos cumplimientos!» Diciendo esto, me
dejó solo con su hija, y asiendo de la mano a Morales, se fué a otro
cuarto con él y le dijo: «¿Conque al fin os robaron toda vuestra ropa?
Y con ella es cosa muy natural que también se llevasen todo vuestro
dinero, que es por donde siempre empiezan.» «Sí, señor--respondió mi
camarada--. Asaltónos una cuadrilla de bandoleros junto a Castilblancov
y no nos dejó mas que el vestido que traemos a cuestas; pero estamos
esperando por momentos letras de cambio para equiparnos con la decencia
que es razón.» «Entre tanto que vienen esas letras--replicó el anciano
sacando un bolsillo y alargándoselo--, ahí van esos cien doblones, de
que podréis disponer.» «¡Jesús, señor!--replicó Morales--. Perdóneme su
merced, que yo no lo puedo recibir, porque estoy cierto que me regañará
mi amo y quizá me despedirá. ¡Santo Dios! ¡Todavía no le conoce usted
bien! Es delicadísimo en esta materia. Nunca fué de aquellos hijos
de familia que están prontos a tomar de todas manos; no le gusta, a
pesar de sus pocos años, contraer deudas, y antes pedirá limosna que
tomar prestado ni un solo maravedí.» «¡Tanto mejor!--dijo el buen
hombre--. ¡Ahora le estimo mucho más! Yo no puedo llevar con paciencia
que los hijos de gente honrada contraigan deudas; eso se deja para los
caballeros, los cuales están ya en antigua posesión de contraerlas.
Por tanto, yo no quiero estrechar a tu amo, y si le desazona el que
le ofrezcan dinero, no se hable más del asunto.» Diciendo esto, quiso
volver a meter en la faltriquera el bolsillo; pero deteniéndole el
brazo mi compañero, le dijo: «Tenga usted, señor, que ahora mismo
me ocurre un pensamiento. Es cierto que mi amo tiene una grandísima
repugnancia a tomar dinero ajeno, pero no desconfío de hacerle admitir
vuestros cien doblones; todo quiere maña. Una cosa es pedir dinero
prestado a los extraños y otra es recibirle cuando voluntariamente se
lo ofrece uno de la familia y sabe muy bien pedir dinero a su padre
cuando lo ha menester. Es un mozo que, como usted ve, sabe distinguir
de personas, y hoy considera a su merced como a su segundo padre.»
»Con estas y otras semejantes razones se dió por convencido el buen
viejo, alargó el bolsillo a Morales y volvió a donde estábamos su
hija y yo, haciéndonos cumplimientos, con lo que interrumpió nuestra
conversación. Informó a su hija de lo muy obligado que me estaba, y
sobre esto se desahogó en expresiones que me hicieron no dudar de su
gran reconocimiento. No malogré tan favorable ocasión y le dije que la
mayor prueba de agradecimiento que podía darme era el acelerar mi unión
con su hija. Rindióse con el mayor agrado a mi impaciencia y me empeñó
su palabra de que, a más tardar, dentro de tres días sería esposo
de Florentina; y aun añadió que, en lugar de los seis mil ducados
que había ofrecido por su dote, daría diez mil, para manifestarme lo
agradecido que estaba al servicio que le había hecho.
»Estábamos Morales y yo bien regalados en casa del buen Jerónimo
Miajadas, viviendo alegrísimos con la próxima esperanza de embolsarnos
no menos que diez mil ducados y con ánimo resuelto de retirarnos
prontamente de Mérida con ellos. Turbaba, sin embargo, algún tanto esta
alegría el recelo de que dentro de aquellos tres días podía parecer
el verdadero hijo de Juan Vélez de la Membrilla y dar en tierra con
nuestra soñada felicidad. El resultado acreditó que no era mal fundado
nuestro temor.
»Llegó al día siguiente a casa del padre de Florentina una especie de
aldeano que traía una maleta. No me hallaba yo en casa a la sazón, pero
estaba en ella Morales. «Señor--dijo el hombre al buen viejo--, soy
criado del caballero de Calatrava que ha de ser vuestro yerno; quiero
decir, del señor Pedro de la Membrilla. Acabamos ahora de llegar los
dos, y él estará aquí dentro de un momento; yo me he adelantado para
avisárselo a su merced.» Apenas acabó de decir esto, cuando llegó su
amo, lo que sorprendió mucho al viejo y turbó algo a Morales.
»Este señor novio, que era un mozo airoso y de los más bien formados,
dirigió la palabra al padre de Florentina; pero el buen señor no le
dejó acabar su salutación. Antes, volviéndose a mi compañero, le dijo:
«Y bien, ¿qué quiere decir esto?» Entonces Morales, a quien ninguna
persona del mundo aventajaba en descaro, tomando un aire desembarazado,
respondió prontamente al viejo: «Señor, esto quiere decir que esos
dos hombres son de la cuadrilla de los ladrones que nos robaron en
el camino real. Conózcolos a entrambos bien, pero particularmente al
que tiene atrevimiento para fingirse hijo del señor Juan Vélez de la
Membrilla.» El viejo creyó sin dudar a Morales, y persuadido de que
los dos forasteros eran unos bribones, les dijo: «Señores, ustedes
ya llegan muy tarde, porque hay quien se ha anticipado; el señor
Pedro de la Membrilla está hospedado en mi casa desde ayer.» «¡Mire
usted lo que dice!--le replicó el mozo de Calatrava--. ¡Sepa que le
engañan y que tiene en su casa a un impostor! Mi padre, el señor Juan
Vélez de la Membrilla, no tiene más hijo que yo.» «¡A otro perro con
ese hueso!--respondió el viejo--. ¡Yo sé muy bien quién eres tú! ¿No
conoces este mozo--señalando a Morales--, a cuyo amo robaste en el
camino de Calatrava?» «¡Cómo robar!--repuso Pedro--. ¡A no estar en
vuestra casa, le cortaría las orejas a ese desvergonzado, que tiene la
insolencia de tratarme de ladrón! ¡Agradézcalo a vuestra presencia,
cuyo respeto reprime mi justa ira! Señor--continuó él--, vuelvo a
deciros que os engañan; yo soy el mozo a quien el señor Agustín, su
hermano, prometió la hija de usted. ¿Quiere que le enseñe todas las
cartas que él escribió a mi padre cuando se trataba este matrimonio?
¿Creerá usted al retrato de Florentina, que me envió él poco antes de
su muerte?» «No--replicó el viejo--; el retrato no me hará más fuerza
que las cartas. Estoy bien enterado del modo con que cayó en tus manos;
y el consejo más caritativo que te puedo dar es que cuanto antes salgas
de Mérida, para librarte del castigo que merecen tus semejantes.» «¡Eso
es ya demasiado!--interrumpió el ultrajado mozo--. ¡No aguantaré jamás
que me roben impunemente mi nombre, ni mucho menos que me hagan pasar
por salteador de caminos! Conozco a varios sujetos de esta ciudad;
voy a buscarlos, y volveré con ellos a confundir la impostura que tan
preocupado os tiene contra mí.» Dicho esto, se retiró con su criado,
y Morales quedó triunfante. Esta misma aventura impelió a Jerónimo de
Miajadas a determinar que se efectuase la boda con la mayor brevedad, a
cuyo fin salió a hacer las diligencias.
»Aunque mi compañero estaba muy alegre viendo al padre de Florentina
tan favorable a nuestro intento, con todo, no las tenía todas consigo.
Temía las consecuencias de los pasos que juzgaba, con razón, no dejaría
el señor Pedro de dar, y me esperaba con impaciencia para informarme
de todo lo que pasaba. Encontréle sumamente pensativo, y le dije:
«¿Qué tienes, amigo? Paréceme que tu imaginación está ocupada en
grandes cosas.» «¡Y como que lo está!--me respondió; y al mismo tiempo
me refirió todo lo que había pasado, añadiendo al fin--: Mira ahora
si tenía fundamento para estar pensativo. Tu temeridad nos ha metido
en estos atolladeros. No puedo negar que la empresa era famosa y te
hubiera colmado de gloria como saliera bien; pero, según todas las
señales, tendrá mal fin, y soy de parecer que antes que se descubra
el enredo pongamos los pies en polvorosa, contentándonos con la pluma
que hemos arrancado del ala de este buen pavo.» «Señor Morales--le
repliqué--, no hay que apresurarnos; usted cede fácilmente a las
dificultades y hace muy poco honor a don Matías del Cordel y a los
demás caballeros de la orden con quienes ha vivido en Toledo. Quien
aprendió en la escuela de tan insignes maestros no debe entrar en
cuidado con tanta facilidad. Yo, que quiero seguir las huellas de estos
héroes y acreditar que soy digno discípulo de su escuela, hago frente
a ese obstáculo que tanto te espanta y me obligo a desvanecerle.» «Si
lo consigues--repuso mi camarada--, desde luego declararé que superas a
todos los barones ilustres de Plutarco.»
»Al acabar de hablar Morales entró Jerónimo de Miajadas y me dijo:
«Acabo de disponerlo todo para tu boda; esta noche serás ya yerno mío.
Tu criado te habrá contado lo sucedido. ¿Qué me dices de la infamia
de aquel bribón que me quería embocar que era hijo del corresponsal
de mi hermano?» Estaba Morales cuidadoso de saber cómo saldría yo de
este aprieto, y no quedó poco sorprendido de oírme cuando, mirando
tristemente a Miajadas, le respondí con la mayor sinceridad: «Señor,
de mí dependería manteneros en vuestro error y aprovecharme de él.
Pero conozco que no he nacido para sostener una mentira, y así, quiero
hablaros con toda verdad. Confieso que no soy hijo de Juan Vélez de
la Membrilla.» «¡Qué es lo que oigo!--interrumpió precipitadamente
el viejo entre colérico y sorprendido--. Pues qué, ¿no sois vos el
mozo a quien mi hermano?...» «Sosiéguese usted, señor--le interrumpí
yo también--, y ya que empecé una narración fiel y sincera, sírvase
oírme con paciencia hasta concluirla. Ocho días ha que amo ciegamente
a vuestra hija y su amor es el que me ha detenido en Mérida. Ayer,
después que acudí a vuestra defensa, pensaba pedírosla por esposa,
pero me tapasteis la boca con decirme que estaba ya prometida a otro.
Al mismo tiempo, me dijisteis que al morir vuestro hermano os había
encargado eficazmente que la casaseis con Pedro de la Membrilla,
que así se lo ofrecisteis y que, en fin, erais esclavo de vuestra
palabra. Consternado de oíros, y reducido mi amor a la desesperación,
me inspiró la estratagema de que me he valido. Os diré, sin embargo,
que mil veces me he avergonzado en mi interior de esta cautela; pero
me persuadí de que vos mismo me la perdonaríais luego que llegaseis
a saber que soy un príncipe italiano que viajo _incógnito_. Mi padre
es soberano de ciertos valles que están entre los suizos, el Milanés
y la Saboya. Y aun me imaginaba que os sorprendería agradablemente
cuando os revelase mi nacimiento, y desde entonces me recreaba en
pensar el gozo que causaría a Florentina el saber, después de haberme
desposado con ella, el fino y discreto chasco que le había dado. ¡El
Cielo no quiere--proseguí, mudando de tono--que yo tenga tanto placer!
Pareció el verdadero Pedro de la Membrilla; debo restituirle su nombre,
cuésteme lo que me costare. Vuestra promesa os obliga a recibirle
por yerno. Lo siento, sin poder quejarme, pues debéis preferirle a
mí, sin reparar en mi alta clase ni en la cruel situación a que vais
a reducirme. No quiero representaros que vuestro hermano no era mas
que tío de Florentina y que vos sois su padre, que parece más puesto
en razón corresponder a la obligación que me tenéis que hacer punto
en cumplir otra, la cual a la verdad os liga muy levemente.» «¿Qué
duda tiene eso?--exclamó el buen Jerónimo de Miajadas--. ¡Es una cosa
muy clara! Y así, estoy muy lejos de vacilar entre vos y Pedro de la
Membrilla. Si viviera mi hermano Agustín, él mismo desaprobaría que
prefiriese el tal Pedro a un hombre que me salvó la vida y que, además
de eso, es un príncipe que quiere honrar mi familia con tan no merecida
como nunca imaginada alianza. ¡Sería preciso que yo fuese enemigo de
mi fortuna o hubiese perdido el juicio para que os negase mi hija y no
solicitase todo lo posible la más pronta ejecución de este matrimonio!»
«Con todo eso, señor--repliqué yo--, no quisiera que usted partiese con
precipitación. No haga nada sin deliberarlo con madurez; atienda sólo a
sus intereses y sin respeto a la nobleza de mi sangre...» «¡Os burláis
de mí!--interrumpió Miajadas--. ¿Debo vacilar un momento? ¡No, príncipe
mío, y os ruego que desde esta misma noche os dignéis honrar con
vuestra mano a la dichosa Florentina!» «¡Enhorabuena!--le respondí--.
Id vos mismo a darle esta noticia y a informarla de su venturosa
suerte.»
»Mientras el buen hombre iba a dar parte a su hija de la conquista que
había hecho su hermosura, no menos que de un gran príncipe, Morales,
que había estado oyendo toda la conversación, se arrodilló de repente
delante de mí y me dijo: «¡Señor príncipe italiano, hijo del soberano
de los valles que están entre los suizos, el Milanés y la Saboya!
¡Permítame vuestra alteza que me arroje a sus pies para darle prueba
de mi alegría y de mi pasmosa admiración! ¡A fe de bribón que eres un
prodigio! Teníame yo por el mayor hombre del mundo; pero, hablando
francamente, arrío bandera a vista de tu pabellón, sin embargo de que
tienes menos experiencia que yo.» «Según eso--le respondí--, ¿ya no
tienes miedo?» «¡Cierto que no!--replicó él--. No temo ya al señor
Pedro. ¡Que venga ahora su merced cuando quisiere!» Y hétenos aquí a
Morales y a mí más firmes en nuestros estribos. Comenzamos a discurrir
sobre el camino que habíamos de tomar así que recibiésemos la dote,
con la cual contábamos con más seguridad que si la tuviéramos ya en el
bolsillo. Sin embargo, todavía no la habíamos pillado, y el fin de la
aventura no correspondió muy bien a nuestra confianza.
»Poco tiempo después vimos venir al mocito de Calatrava. Acompañábanle
dos vecinos y un alguacil, tan respetable por sus bigotes y su
tez amulatada como por su empleo. Estaba con nosotros el padre de
Florentina. «Señor Miajadas--le dijo el tal mozo--, aquí os traigo a
estos tres hombres de bien, que me conocen y pueden decir quién soy.»
«Sí por cierto--dijo el alguacil--; y declaro ante quien convenga cómo
yo te conozco muy bien; te llamas Pedro y eres hijo único de Juan
Vélez de la Membrilla. ¡Cualquiera que se atreva a decir lo contrario
es un solemnísimo embustero!» «Señor alguacil--dijo entonces el buen
Jerónimo Miajadas--, yo le creo a usted; para mí es tan sagrado
vuestro testimonio como el de los señores mercaderes que vienen en
vuestra compañía. Estoy del todo convencido de que este caballerito
que los ha conducido a mi casa es hijo del corresponsal de mi difunto
hermano. Pero ¿qué me importa? He mudado de dictamen y ya no pienso
darle mi hija.» «¡Oh, eso es otra cosa!--dijo el alguacil--. Yo sólo he
venido a vuestra casa para aseguraros que conocía a este hombre. Por lo
que toca a vuestra hija, vos sois su padre y ninguno os puede obligar
a casarla contra vuestra voluntad!» «Tampoco pretendo yo--interrumpió
Pedro--forzar la voluntad del señor Miajadas, que puede disponer de
su hija como tenga por conveniente; pero desearía saber por qué razón
ha variado de parecer. ¿Tiene algún motivo para quejarse de mí? ¡Ah,
ya que pierdo la dulce esperanza de ser su yerno, quisiera tener el
consuelo de saber que no la perdí por culpa mía!» «No tengo la menor
queja de vos--respondió el viejo--; antes bien, os confesaré que siento
verme obligado a faltar a mi palabra y os pido mil perdones. Vos sois
tan generoso, que me persuado no llevaréis a mal que yo haya preferido
a vos un pretendiente a quien debo la vida. Este es el caballero que
veis aquí. Este señor--prosiguió, señalándome--es el que me salvó de un
gran peligro, y para mayor disculpa mía debo añadir que es un príncipe
italiano que, a pesar de la desigualdad de nuestra clase, se digna
enlazar con Florentina, de la cual está enamorado.»
»Al oír esto, Pedro se quedó mudo y confuso, y los dos mercaderes,
abriendo tanto ojo, quedaron como absortos; pero el alguacil, como
acostumbrado a mirar las cosas por el mal lado, sospechó que detrás
de aquella extraordinaria aventura se ocultaba algún enredo que le
podía valer algunos cuartos. Empezó a mirarme con la más escrupulosa
atención, y como mis facciones, que nunca había visto, ayudaban
poco a su buena voluntad, se volvió a examinar a mi camarada con
igual curiosidad. Por desgracia de mi alteza, conoció a Morales,
y acordándose de haberle visto en la cárcel de Ciudad Real, «¡Ah!
¡Ah!--exclamó sin poderse contener--. ¡He aquí uno de nuestros
parroquianos! ¡Me acuerdo de este caballero y os le doy por uno de los
mayores bribones que calienta el sol de España en todos sus reinos y
señoríos!» «¡Poco a poco, señor alguacil--dijo Jerónimo Miajadas--,
que ese pobre mozo, de quien hacéis tan mal retrato, es un criado del
señor príncipe!» «¡Sea en buen hora!--respondió--. ¡Eso me basta para
saber lo que debo creer! ¡Por el criado saco yo lo que será el amo!
¡No me queda la menor duda de que estos dos señores son dos pícaros
de marca que se han unido para burlarse de vos! Soy muy práctico en
conocer esta casta de pájaros, y para haceros ver que son dos lindas
ganzúas, en el mismo punto voy a llevarlos a la cárcel. ¡Quiero que se
aboquen con el señor corregidor para que tengan con él una conversación
reservada y sepan de la boca de su señoría que todavía se usan por acá
penques y rebenques!» «¡Alto ahí, señor ministro!--replicó el viejo--.
¡No hay que llevar tan adelante el negocio! Los del hábito de usted no
tienen reparo en mortificar a una persona honrada. ¿No podrá ser este
criado un bribón sin que el amo lo sea? ¿Es por ventura cosa nueva ver
bribones al servicio de los príncipes?» «¡Usted se chancea con sus
príncipes!--repuso el alguacil--. Este mozo, vuelvo a decir, es un
tunante, y así, desde ahora les intimo a los dos que se den _presos al
rey_. Si rehusan ir voluntariamente a la cárcel, veinte hombres tengo a
la puerta que los llevarán por fuerza. ¡Vamos, príncipe mío--me dijo en
seguida--; vamos andando!»
»Al oír estas palabras quedé todo fuera de mí, y lo mismo sucedió a
Morales; y nuestra turbación nos hizo sospechosos a Jerónimo Miajadas,
o, por mejor decir, nos perdió enteramente en su concepto. Bien se
persuadió de que habíamos querido engañarle, y con todo eso tomó en
esta ocasión el partido que debe tomar una persona delicada. «Señor
ministro--dijo al alguacil--, vuestras sospechas pueden ser falsas
y también verdaderas; pero sean lo que fueren, no apuremos más la
materia. Os suplico que no impidáis que estos caballeros salgan y
se retiren a donde mejor les pareciere. Es una gracia que os pido
para cumplir con la obligación que les debo.» «La mía--interrumpió
el alguacil--sería llevarlos a la cárcel sin atención a vuestros
ruegos. Sin embargo, por respeto vuestro, quiero dispensarme ahora
del cumplimiento de mi deber, con la condición de que en este mismo
momento han de salir de la ciudad. ¡Porque si mañana los veo en ella,
les aseguro por quien soy que han de ver lo que les pasa!»
»Cuando Morales y yo oímos decir que estábamos libres, volvimos a
respirar. Quisimos hablar con resolución y sostener que éramos hombres
de honor; pero el alguacil, con una mirada de soslayo, nos impuso
silencio. No sé por qué esta gente tiene ascendiente sobre nosotros.
Vímonos, pues, precisados a ceder Florentina y la dote a Pedro de la
Membrilla, que verosímilmente pasó a ser yerno de Jerónimo de Miajadas.
»Retiréme con mi camarada y tomamos el camino de Trujillo, con el
consuelo de haber a lo menos ganado cien doblones en esta aventura.
Una hora antes de anochecer pasábamos por una aldea, con ánimo de ir a
hacer noche más adelante, y vimos en ella un mesón de bastante buena
apariencia para aquel lugar. Estaban el mesonero y la mesonera sentados
a la puerta, en un poyo. El mesonero, hombre alto, seco y ya entrado
en días, estaba rascando una guitarra para divertir a su mujer, que
mostraba oírle con gusto. Viendo el mesonero que pasábamos de largo,
«¡Señores--nos gritó--, aconsejo a ustedes que hagan alto en este
lugar! Hay tres leguas mortales a la primera posada, y créanme que no
lo pasarán tan bien como aquí. ¡Entren ustedes en mi casa, que serán
bien tratados y por poco dinero!» Dejámonos persuadir. Acercámonos más
al mesonero y a la mesonera, saludámoslos, y habiéndonos sentado junto
a ellos, nos pusimos todos cuatro a hablar de cosas indiferentes. El
mesonero decía que era cuadrillero de la Santa Hermandad, y la mesonera
tenía pinta de ser una buena pieza que sabía vender bien sus agujetas.
»Interrumpió nuestra conversación la llegada de doce o quince
hombres, montados unos en caballos y otros en mulas, seguidos de como
unos treinta machos de carga. «¡Oh cuántos huéspedes!--exclamó el
mesonero--. ¿Dónde podré yo alojar a tanta gente?» En un instante se
vió la aldea llena de hombres y de caballerías. Había, por fortuna, una
espaciosa granja cerca del mesón, en la que se acomodaron los machos y
cargas, y las mulas y caballos se repartieron en varias caballerizas
del mesón y del lugar. Los hombres pensaron menos en dónde habían de
dormir que en mandar disponer una buena cena, la que se ocuparon en
hacer el mesonero, la mesonera y una criada, dando fin de todas las
aves del corral. Con esto, y un guisado de conejo y de gato y una
abundante sopa de coles, hecha con carnero, hubo para toda la comitiva.
»Morales y yo mirábamos a aquellos caballeros, los cuales también nos
miraban a nosotros de cuando en cuando. En fin, trabamos conversación
y les dijimos que si lo tenían a bien cenaríamos en compañía; y
habiéndonos respondido que tendrían en ello particular gusto, nos
sentamos todos juntos a la mesa. Entre ellos había uno que parecía
mandaba a los demás, y aunque éstos le trataban con bastante
familiaridad, sin embargo, se conocía que le miraban con algún respeto.
Lo cierto es que ocupaba siempre el lugar más distinguido, que hablaba
alto, que algunas veces contradecía a los otros sin reparo y que, lejos
de hacer lo mismo con él, más bien parecía que todos se adherían a su
dictamen. La conversación recayó casualmente sobre Andalucía, y como
Morales comenzase a alabar mucho a Sevilla, el hombre de quien voy
hablando le dijo: «Caballero, usted hace el elogio de la ciudad donde
yo nací, o a lo menos muy cerca de ella, porque mi madre me dió a luz
en el arrabal de Mairena.» «En el mismo me parió la mía--respondió
Morales--, y no es posible que yo deje de conocer a los parientes
de usted, conociendo desde el alcalde hasta la última persona del
arrabal. ¿Quién fué su señor padre?» «Un honrado escribano--respondió
el caballero--llamado Martín Morales.» «¡Martín Morales!--exclamó
mi compañero, no menos alegre que sorprendido--. ¡A fe mía que la
aventura es bien extraña! Según eso, sois mi hermano mayor, Manuel
Morales.» «Justamente--respondió el otro--, y, por consiguiente, tú
eres mi hermanico Luis, a quien dejé en la cuna cuando salí de la casa
paterna.» «Ese es mi nombre», replicó mi camarada; y dicho esto, se
levantaron los dos de la mesa y se dieron mil abrazos. Volviéndose
después el señor Manuel a todos los que estábamos presentes, dijo:
«Señores, este suceso tiene algo de maravilloso. La casualidad dispone
que encuentre y reconozca a un hermano a quien ha por lo menos más de
veinte años que no he visto; dadme licencia para que os lo presente.»
Entonces todos los caballeros, que por cortesía estaban en pie,
saludaron al hermano menor de Morales y le dieron repetidos abrazos.
Después de esto, nos volvimos a la mesa, la que no dejamos en toda
la noche. Los dos hermanos se sentaron uno junto a otro y estuvieron
hablando en voz baja de las cosas de su familia, mientras los demás
convidados bebíamos y nos alegrábamos.
»Tuvo Luis una larga conversación con su hermano Manuel, y concluída,
me llamó aparte y me dijo: «Todos estos caballeros son criados del
conde de Montaños, a quien el rey acaba de nombrar virrey de Mallorca.
Conducen el equipaje de su amo a Alicante, donde deben embarcarse.
Mi hermano, que es el mayordomo de Su Excelencia, me ha propuesto
llevarme consigo, y a vista de la repugnancia que le mostré de dejar tu
compañía, me dijo que si tú quieres venir con nosotros te facilitará un
buen empleo. Caro amigo--continuó él--, te aconsejo que no desprecies
este partido. Vamos juntos a Mallorca; si allí lo pasamos bien, nos
quedaremos, y si no nos tuviere cuenta nos volveremos a España.»
»Admití con gusto la propuesta; incorporámonos el joven Morales y
yo con la familia del conde y partimos del mesón antes del amanecer
del día siguiente. Pusímonos en camino para Alicante, yendo a largas
jornadas. Luego que llegamos, compré una guitarra y me mandé hacer un
vestido decente antes de embarcarme. Ya no pensaba yo sino en la isla
de Mallorca, y lo mismo sucedía a mi camarada Morales. Parecía que
ambos habíamos renunciado para siempre a la vida bribona. Es preciso
decir la verdad: uno y otro queríamos acreditarnos de hombres de bien
entre aquellos caballeros, y este respeto nos contenía. En fin, nos
embarcamos alegremente, lisonjeándonos con la esperanza de llegar
presto a Mallorca; pero no bien habíamos salido del golfo de Alicante,
cuando nos cogió una furiosa borrasca. ¡Qué ocasión tan buena era ésta
para hacer ahora una bellísima descripción de la tempestad, pintándoos
el aire todo inflamado, la viva luz de los relámpagos, el estampido de
los truenos, la rápida caída de los rayos, el silbido de los vientos y
la hinchazón de las olas, etc.! Pero dejando a un lado todas las flores
retóricas, os diré sencillamente que fué tan recia la tormenta, que nos
obligó a ancorar en la punta de la Cabrera, que es una isla desierta,
defendida con un fortín, cuya guarnición consistía entonces en cinco o
seis soldados y un oficial, que nos recibió con mucho agasajo.
»Como nos veíamos precisados a detenernos allí muchos días para
componer nuestro velamen, procuramos pasar el tiempo en diferentes
diversiones para evitar el fastidio. Siguiendo cada uno su inclinación,
unos jugaban a los naipes; otros, a la pelota, etc.; yo me iba a pasear
por la isla con otros compañeros amantes del paseo. Saltábamos de
peñasco en peñasco, porque el terreno es desigual y tan pedregoso que
apenas se descubría en él un palmo de tierra. Un día que considerando
aquellos lugares áridos y secos estábamos admirando los caprichos de
la Naturaleza, que es fecunda o estéril donde le da la gana, sentimos
todos de repente un olor muy grato que nos dejó sorprendidos. Lo
quedamos mucho más cuando volviéndonos hacia el Oriente, de donde
venía aquella fragancia, vimos un campo todo cubierto de madreselva,
más hermosa y odorífera que la de Andalucía. Acercámonos gustosos a
aquellos bellísimos arbustos, que perfumaban el aire circunvecino,
y hallamos que cercaban la entrada de una caverna muy profunda. Era
ésta ancha y poco sombría; bajamos a ella por una escalera o caracol
de piedra adornado de flores que primorosamente guarnecían sus lados.
Cuando estuvimos abajo, vimos serpentear, sobre un suelo de arena
más roja que el oro, varios arroyuelos, formados de las gotas que
destilaban continuamente los peñascos y se perdían en la misma arena.
Pareciónos tan clara y cristalina el agua, que nos dió gana de beberla,
y la hallamos tan fresca y delgada, que resolvimos volver a este lugar
al día siguiente, llevando con nosotros algunas botellas de vino,
persuadidos de que lo beberíamos allí con gusto.
»Dejamos con sentimiento un sitio tan delicioso, y cuando nos
restituímos al fuerte ponderamos a nuestros camaradas la noticia de
tan feliz descubrimiento; pero el comandante del fuerte nos dijo que
nos advertía en amistad que por ningún caso volviésemos a la cueva de
que tan enamorados habíamos quedado. «¿Y eso por qué?--le pregunté
yo--. ¿Hay por ventura algo que temer?» «Y mucho--me respondió--. Los
corsarios de Argel y de Trípoli vienen algunas veces a esta isla y
hacen aguada en ese paraje, y uno de estos días sorprendieron en él a
dos soldados y los llevaron esclavos.» Por más seriedad con que nos lo
decía el oficial, no le quisimos creer. Parecíanos que se zumbaba, y al
día siguiente volví yo a la caverna con tres caballeros de la comitiva,
y de intento no quisimos llevar armas de fuego, para mostrar que no
teníamos el más mínimo temor. Morales no quiso venir con nosotros y se
quedó jugando con su hermano y otros del castillo.
»Bajamos al hondo de la cueva como el día anterior y pusimos a
refrescar las botellas de vino en uno de los arroyuelos. A lo mejor
que estábamos bebiendo, tocando la guitarra y divirtiéndonos con mucha
algazara y alegría, vimos a la boca de la caverna muchos hombres con
bigotes, turbantes y vestidos a la turca. Juzgamos al pronto que
eran algunos del navío, que juntamente con el comandante se habían
disfrazado para chasquearnos. Creídos de esto nos echamos a reír y
dejamos bajar hasta diez de ellos sin pensar en defendernos; pero
presto quedamos tristemente desengañados viendo ser un pirata que
venía con su gente a esclavizarnos. «¡Rendíos, perros--nos dijo en
lengua castellana--, o aquí moriréis todos!» Al mismo tiempo nos
pusieron al pecho las carabinas los que con él venían y que a la menor
resistencia las hubieran disparado. Preferimos la esclavitud a la
muerte y entregamos las espadas al pirata. Nos hizo cargar de cadenas,
nos llevaron a su buque, que no estaba muy distante, levaron anclas,
hiciéronse a la vela y singlaron hacia Argel.
»De este modo fuimos justamente castigados del poco aprecio que
hicimos del aviso del comandante del fuerte. La primera cosa que hizo
el corsario fué registrarnos y quitarnos cuanto dinero llevábamos.
¡Gran golpe de mano para él! Los doscientos doblones del mercader de
Plasencia, los ciento que Jerónimo Miajadas había dado a Morales, y que
por desgracia llevaba yo conmigo, todo lo arrebañó sin misericordia.
Los bolsillos de mis camaradas tampoco estaban mal provistos. En
suma, el pirata hizo una buena pesca, de lo que estaba muy contento;
y el grandísimo bergante, no bastándole haberse apoderado de todo
nuestro dinero, comenzó a insultarnos con bufonadas, que no eran mucho
menos sensibles que la dura necesidad de aguantarlas. Después de mil
impertinentes truhanadas, y para mofarse de nosotros de otro modo,
mandó traer las botellas que habíamos puesto a refrescar y comenzó a
vaciarlas todas, ayudándole sus gentes y repitiendo a nuestra salud
muchos brindis por irrisión.
»Durante este tiempo mis camaradas mostraban un semblante que daba
a entender lo que interiormente pasaba en ellos. Se les hacía tanto
más doloroso el cautiverio cuanto más alegre era la idea de ir a la
isla de Mallorca. Por lo que a mí toca, tuve valor para tomar desde
luego mi determinación, y menos apesadumbrado que los otros, no sólo
trabé conversación con nuestro capitán mofador, sino que le ayudé yo
mismo a llevar adelante la zumba, cosa que le cayó muy en gracia.
«Oye, mozo--me dijo--, me gusta tu buen humor y tu genio; y si bien se
considera, en vez de gemir y suspirar, lo mejor es armarse de paciencia
y acomodarse con el tiempo. Tócanos una buena tocata--añadió, viendo
que yo llevaba una guitarra--; veamos a lo que llega tu habilidad.»
Mandó que me desatasen los brazos, y al punto comencé a tocar, de tal
modo que merecí sus aplausos; bien es verdad que yo no manejaba mal
este instrumento. También me hizo cantar, y no quedó menos satisfecho
de mi voz; todos los turcos que había en el bajel mostraron con gestos
de admiración el placer con que me habían oído, por lo que conocí que
en materia de música no carecían de gusto. El pirata se arrimó a mí
y me dijo al oído que sería un esclavo afortunado y que podía estar
cierto de que mis talentos me proporcionarían un destino que haría muy
llevadera la esclavitud.
»Estas palabras me consolaron algo; pero, por más halagüeñas que
fuesen, no dejaba de inquietarme el empleo que el pirata me había
pronosticado y temía que no fuese de mi aceptación. Al llegar al puerto
de Argel vimos una multitud de personas que había acudido para vernos,
y sin que aún hubiésemos saltado en tierra hicieron resonar el aire con
mil gritos de alegría y alborozo. Acompañaba a éstos un confuso rumor
de trompetas, flautas moriscas y otros instrumentos del uso de aquella
gente y que causaban un estruendo desentonado más que una música
apacible. Aquella extraordinaria algazara nacía de la falsa noticia
que se había esparcido por la ciudad de que el renegado Mahometo--que
así se llamaba nuestro pirata--había muerto peleando con una gruesa
embarcación genovesa, y todos sus parientes y amigos, informados de su
regreso, acudían a darle muestras de su regocijo.
»Luego que desembarcamos, a mí y a mis compañeros nos llevaron al
palacio del bajá Solimán, donde un escribano cristiano nos examinó
a cada uno en particular, preguntándonos el nombre, edad, patria,
religión y habilidad. Entonces Mahometo, mostrándome al bajá, le
ponderó mi voz y mi destreza en tocar la guitarra. No hubo menester
más Solimán para determinarse a tomarme a su servicio, y desde aquel
punto quedé reservado para su serrallo, adonde me condujeron para
instalarme en el empleo que me estaba destinado. Los demás cautivos
fueron llevados a la plaza mayor y vendidos según costumbre. Verificóse
lo que Mahometo me había pronosticado en el bajel, porque, ciertamente,
fuí muy afortunado. No me entregaron a las guardias de las mazmorras
ni me destinaron a trabajar en las obras públicas; antes bien, mandó
Solimán, por aprecio particular, que me agregasen en cierto sitio
privado a cinco o seis esclavos de distinción, cuyo rescate se esperaba
presto y a quienes no se empleaba sino en trabajos ligeros, y se me
encargó el cuidado de regar en los jardines las flores y los naranjos.
No podía tener yo una ocupación más suave, y por eso di gracias a mi
estrella, presintiendo, sin saber por qué, que no sería desgraciado al
servicio de Solimán.
»Este bajá--porque es necesario que haga su retrato--era un hombre de
cuarenta años, bien plantado, muy atento, y aun muy galán para turco.
Tenía por favorita una cachemiriana que por su talento y hermosura se
había hecho dueña de él. Idolatraba en ella y no pasaba día en que no
la festejase con alguna diversión nueva; unas veces era un concierto de
voces y de instrumentos; otras, una comedia a la turca, es decir, unos
dramas en los cuales no se tenía más respeto al pudor y al decoro que a
las reglas de Aristóteles. La favorita, que se llamaba Farrukhnaz, era
apasionadísima a semejantes espectáculos, y aun algunas veces mandaba
a sus criadas representar piezas árabes en presencia del bajá. Ella
misma solía también hacer su papel, y lo ejecutaba con tal viveza y
tanta gracia, que hechizaba a todos los espectadores. Un día en que yo
asistí a una de estas funciones mezclado entre los músicos me mandó
Solimán que en un intermedio cantase y tocase solo la guitarra. Hícelo
así, y tuve la fortuna de darle tanto gusto, que no sólo me aplaudió
con palmadas, sino de viva voz, y la favorita, a lo que me pareció, me
miró con ojos favorables.
»El día siguiente por la mañana, estando yo regando los naranjos en
los jardines, pasó junto a mí un eunuco que, sin detenerse ni hablar
palabra, dejó caer a mis pies un billete. Recogíle prontamente, con
una turbación mezclada de alegría y de temor; echéme a la larga en
el suelo, por que no me viesen desde las ventanas del serrallo, y
ocultándome detrás de los naranjos le abrí presuroso. Hallé dentro
de él un preciosísimo brillante y escritas en buen castellano estas
palabras: «Joven cristiano, da mil gracias al Cielo por tu esclavitud.
El amor y la fortuna la harán feliz; el amor, si te muestras sensible
a los atractivos de una persona hermosa; y la fortuna, si tienes valor
para arrostrar todo género de peligros.»
»No dudé ni un solo momento que el billete era de la sultana favorita;
el brillante y el estilo me lo persuadían. Además de que nunca fuí
cobarde, la vanidad de verme favorecido de la dama de un gran príncipe,
y sobre todo la esperanza de conseguir de ella cuatro veces más dinero
del que me era menester para mi rescate, me determinaron a tentar
esta nueva aventura, a costa de cualquier riesgo. Proseguí, pues,
en mi ocupación, pensando siempre en el modo que podría tener para
introducirme en el cuarto de Farrukhnaz, o, por mejor decir, en los
arbitrios que ella discurriría para abrirme este camino, pareciéndome,
y con fundamento, que no se contentaría con lo hecho y que ella misma
se adelantaría a librarme de este cuidado. Con efecto, no me engañé;
de allí a una hora volvió a pasar junto a mí el mismo eunuco de antes
y me dijo: «Cristiano, ¿has hecho tus reflexiones? ¿Tendrás valor
para seguirme?» Respondíle que sí. «Pues bien--añadió él--, el Cielo
te guarde. Mañana por la mañana te volveré a ver; está dispuesto para
dejarte conducir.» Y dicho esto, se retiró. Efectivamente, al día
siguiente, a cosa de las ocho de la mañana, se dejó ver y me hizo señal
de que le siguiese. Obedecí, y me condujo a una sala donde había un
gran rollo de lienzo pintado, que acababan de traer él y otro eunuco
para llevarlo a la cámara de la sultana y había de servir para la
decoración de una comedia árabe que ella tenía dispuesta para divertir
al bajá.
»Los dos eunucos, viéndome dispuesto a hacer todo lo que quisiesen, no
perdieron tiempo. Desarrollaron el telón, hiciéronme tender a la larga
en medio de él y lo arrollaron otra vez, volviéndome y revolviéndome
dentro del mismo con peligro de sofocarme. Cogiéronlo cada uno de un
extremo, y de esta manera me introdujeron sin riesgo en el cuarto
donde dormía la bella cachemiriana. Estaba sola con una esclava vieja
enteramente dedicada a darle gusto. Desenvolvieron ambas el telón,
y Farrukhnaz, luego que me vió, mostró una alegría que manifestaba
bien el carácter de las mujeres de su país. En medio de mi natural
intrepidez, confieso que, cuando me vi de repente transportado al
cuarto secreto de las mujeres, sentí cierto terror. Conociólo muy bien
la favorita, y para disiparlo me dijo: «No temas, cristiano, porque
Solimán acaba de marchar a su casa de recreo, donde se detendrá todo el
día, y nosotros hablaremos aquí libremente.»
»Animáronme estas palabras y me hicieron cobrar un espíritu y seguridad
que acrecentó el contento de mi patrona. «Esclavo--me dijo--, tu
persona me ha agradado y quiero hacerte más suave el rigor de la
esclavitud. Te considero muy digno de la inclinación que te he tomado.
Aunque te veo en el traje de esclavo, descubro en tus modales un aire
noble y galán que me obliga a creer no eres persona común. Háblame con
toda confianza y díme quién eres. Sé muy bien que los esclavos bien
nacidos ocultan su condición para que les cueste menos el rescate,
pero conmigo no debes gastar ese disimulo, y aun me ofendería mucho
semejante precaución, pues que te prometo tu libertad. Sé, pues,
sincero, y confiésame que no te criaste en pobres pañales.» «Con
efecto, señora--le respondí--, correspondería ruinmente a vuestra
generosa bondad si usara con vos de artificio. Ya que tenéis empeño en
que os descubra quién soy, voy a obedeceros. Soy hijo de un grande de
España.» Quizá decía en esto la verdad; por lo menos la sultana así lo
creyó, y dándose a sí misma el parabién de haber puesto los ojos en un
hombre ilustre, me aseguró que haría todo lo posible para que los dos
nos viésemos a solas con frecuencia. Tuvimos una larga conversación.
En mi vida he tratado con mujer de mayor talento y atractivo. Sabía
muchas lenguas, y sobre todo la castellana, que hablaba medianamente.
Cuando le pareció que era tiempo de separarnos, me hizo meter en un
gran cestón de juncos, cubierto con un repostero de seda trabajado
por su misma mano, y llamando a los mismos eunucos que me habían
introducido les entregó aquella carga, como un regalo que ella enviaba
al bajá, lo que es tan sagrado entre los que hacen la guardia al cuarto
de las mujeres que ninguno tiene la osadía de mirarlo.
»Hallamos Farrukhnaz y yo otros varios arbitrios para hablarnos, y la
amable sultana poco a poco me fué inspirando tanto amor hacia ella como
ella me lo tenía a mí. Dos meses estuvieron ocultas nuestras amorosas
visitas, sin embargo de ser cosa muy difícil que en un serrallo
se escapen por largo tiempo a los ojos de tantos Argos; pero un
contratiempo desconcertó nuestras medidas y mudó enteramente de aspecto
mi fortuna. Un día en que entré en el cuarto de la sultana metido
dentro de un dragón artificial que se había hecho para un espectáculo,
cuando estaba yo hablando con ella, creído de que Solimán se hallaba
aún fuera, entró éste tan de repente en el cuarto de su favorita,
que la esclava no tuvo tiempo de avisarnos, y mucho menos yo para
ocultarme, y así, fuí el primero que se ofreció a los ojos del bajá.
»Mostróse sumamente admirado de verme en aquel sitio; y sucediendo
en un momento la ira a la admiración, arrojaban fuego sus ojos,
despidiendo llamas de indignación y furor. Consideré entonces que era
llegada la última hora de mi vida y me imaginaba ya en medio de los más
crueles tormentos. Por lo que toca a Farrukhnaz, conocí que también
estaba sobresaltada; pero en vez de confesar su delito y pedir perdón
de él, dijo a Solimán: «Señor, suplícoos no me condenéis antes de
oírme. Confieso que todas las apariencias me condenan y me representan
infiel y traidora a vos, y, por consiguiente, merecedora de los más
horrorosos castigos. Yo misma hice venir a mi cuarto a este cautivo, y
para introducirle en él me valí de los mismos artificios que pudiera
usar si estuviera ciegamente enamorada de su persona. Sin embargo de
eso, a pesar de todas estas exterioridades, pongo por testigo al gran
Profeta de que no os he sido desleal. Quise hablar con este esclavo
cristiano para persuadirle a que dejase su secta y abrazase la de los
verdaderos creyentes. Al principio, encontré en él la resistencia que
aguardaba; mas al fin he desvanecido sus preocupaciones, y en este
punto me estaba dando palabra de que se hará mahometano.»
»Confieso que era obligación mía desmentir a la favorita, sin respeto
alguno al peligro en que me hallaba; pero turbada la razón en aquel
lance y acobardado el espíritu a vista del riesgo que corría mi vida
y la de una dama a quien amaba, me quedé confuso y cortado. No tuve
valor para articular una palabra; y persuadido Solimán por mi silencio
de que era verdad cuanto había dicho la sultana, depuso su ira y le
dijo: «Quiero creer que no me has ofendido y que el celo de hacer una
cosa que fuese grata al Profeta te movió a arriesgarte a una acción
tan delicada. Por eso te disculpo tu imprudencia, con tal que el
esclavo tome el turbante en este mismo punto.» Inmediatamente hizo
venir a su presencia un morabito. Vistiéronme a la turca, y yo les dejé
hacer cuanto quisieron sin la menor resistencia, o, por mejor decir,
ni yo mismo sabía lo que me hacían en aquella turbación de todas mis
potencias. ¡Cuántos cristianos hubieran sido tan cobardes como yo en
esta ocasión!
»Concluída la ceremonia, salí del serrallo, con el nombre de Sidy Haly,
a tomar posesión de un empleo de poca monta a que Solimán me destinó.
No volví a ver a la sultana, pero uno de sus eunucos vino a buscarme
cierto día y de su parte me entregó una porción de piedras preciosas,
estimadas en dos mil _sultaninos de oro_, y juntamente un billete, en
que me aseguraba que jamás olvidaría la generosa complacencia con que
me había hecho mahometano por salvarle la vida. Con efecto, además de
los regalos que había recibido de la bella Farrukhnaz, conseguí por su
mediación otro empleo de más importancia que el primero, de manera que
en menos de seis a siete años me hallé el renegado más rico de todo
Argel.
»Ya habrán conocido ustedes que si yo concurría a las oraciones
que hacían los musulmanes en sus mezquitas y practicaba las demás
ceremonias de su ley, era todo una mera ficción. Por lo demás, estaba
firmemente resuelto a volver a entrar en el seno de la Iglesia, para lo
que pensaba retirarme algún día a España o Italia con las riquezas que
hubiese juntado. Mientras tanto, vivía muy alegremente. Estaba alojado
en una hermosa casa, tenía jardines magníficos, multitud de esclavos y
un serrallo bien abastecido de mujeres bonitas. Aunque el uso del vino
está prohibido en aquella tierra a los mahometanos, sin embargo, pocos
moros dejan de beberlo secretamente. Yo, por lo menos, lo bebía sin
escrúpulo, como lo hacen todos los renegados.
»Acuérdome que me acompañaban comúnmente en mis borracheras un par
de camaradas, con quienes muchas veces pasaba toda la noche con las
botellas sobre la mesa. Uno era judío y el otro árabe. Teníalos por
hombres de bien, y en esta confianza vivía con ellos sin reserva.
Convidélos una noche a cenar, y aquel día se me había muerto un perro
que yo quería mucho. Lavamos el cuerpo y lo enterramos con todas
las ceremonias que acostumbran los musulmanes en el funeral de sus
difuntos. No lo hicimos, ciertamente, por burlarnos de la religión de
Mahoma, sino sólo por divertirnos y satisfacer el capricho que tuve,
estando medio tomado de vino, de celebrar las exequias de mi amado
animalillo.
»Sin embargo, faltó poco para que esta inconsiderada acción me perdiese
enteramente. El día siguiente se presentó en mi casa un hombre, que
me dijo: «Señor Sidy Haly, vengo a buscar a usted para cierto asunto
de importancia. El señor cadí tiene precisión de hablarle; sírvase
tomar el trabajo de llegarse a su casa inmediatamente.» «Decidme,
os suplico--le pregunté--, qué es lo que me quiere.» «El mismo os
lo dirá--respondió el moro--; todo lo que puedo deciros es que un
mercader que ayer cenó con usted le ha dado parte de no sé qué impía
o irreligiosa acción que se ejecutó en vuestra casa con motivo de
enterrar un perro. Yo os notifico de oficio que comparezcáis hoy
mismo ante el juez, con apercibimiento de que no cumpliéndose así
se procederá criminalmente contra vuestra persona.» Dijo, y sin
aguardar respuesta me volvió la espalda, dejándome atónito con su
apercibimiento. No tenía el árabe la más mínima razón para estar
quejoso de mí ni yo podía comprender por qué me había jugado una pieza
tan ruin. Sin embargo, la cosa era muy digna de atención. Yo tenía
bien conocido al cadí por hombre severo en la apariencia, pero en el
fondo poco escrupuloso y muy avaro. Metí en el bolsillo doscientos
_sultaninos de oro_ y fuí derecho a presentarme a él. Hízome entrar
en su despacho y luego me dijo en tono colérico y furioso: «¡Sois un
impío, un sacrílego, un hombre abominable! ¡Habéis dado sepultura a un
perro como si fuera un musulmán! ¡Qué sacrilegio! ¡Qué profanación!
¿Es éste el respeto que profesáis a las más venerables ceremonias de
nuestra santa ley? ¿Os hicisteis mahometano únicamente para burlaros
de las ceremonias más sagradas de nuestro Alcorán?» «Señor cadí--le
respondí--, el árabe que vino a haceros una relación tan alterada o
tan malignamente desfigurada, aquel amigo traidor fué cómplice en mi
delito, si por tal se debe reputar haber dado sepultura a un doméstico
fiel, a un inocente animal que tenía mil bellas cualidades. Amaba tanto
a las personas de mérito y distinción, que hasta en su muerte quiso
dejarles testimonios irrefragables de su estimación y afecto. En su
testamento, en el que me nombró por único albacea, repartió entre ellas
sus bienes, legando a unas veinte escudos, a otras treinta, etc.; y es
tanta verdad lo que digo, que tampoco se olvidó de vos, pues me dejó
muy encargado que os entregase los doscientos _sultaninos de oro_ que
hallaréis en este bolsillo.» Y dicho esto, le alargué el que llevaba
prevenido. Perdió el cadí toda su gravedad cuando me oyó decir esto,
sin poder contener la risa, y como estábamos solos, tomó francamente el
bolsillo y me despidió, diciendo: «¡Id en paz, Sidy Haly! ¡Hicisteis
cuerdamente en haber enterrado con pompa y con honor a un perro que
hacía tanto aprecio de los sujetos de mérito!»
»Salí por este medio de aquel pantano; y si el lance no me hizo más
cuerdo, a lo menos me enseñó a ser más circunspecto. No volví a tratar
con el árabe ni con el judío, y escogí para mi camarada de botellas a
un caballero de Liorna, que era esclavo mío, llamado Azarini. No era
yo como aquellos renegados que tratan a los cautivos cristianos peor
que a los mismos turcos. Los míos no se impacientaban aunque se les
retardase el rescate. Tratábalos con tanta benignidad, que muchas
veces me decían les costaba más suspiros el miedo de pasar a servir a
otro amo que el deseo de conseguir la libertad, sin embargo de ser ésta
tan dulce y tan apetecible a todos los que gimen en cautiverio.