Muda Gil Blas de acomodo, pasando a servir a don Gonzalo Pacheco.
Tres semanas después de este casamiento, queriendo mi ama recompensar
mis buenos servicios, me regaló cien doblones, y me dijo: «Gil Blas,
yo no te despido de mi casa; puedes mantenerte en ella todo el tiempo
que quisieres; pero sábete que don Gonzalo Pacheco, tío de mi marido,
desea mucho seas su ayuda de cámara. Le he hablado tan bien de ti, que
me ha pedido te persuada a que vayas a servirle. Es un señor ya de
días, pero de bellísimo genio, y estoy cierta de que te irá muy bien
con él.»
Di mil gracias a Aurora por sus favores, y como ya no necesitaba
de mí, acepté con tanto más gusto el partido que me proporcionaba
cuanto que yo no salía de entre la familia. Fuí, pues, una mañana, de
parte de la recién casada, a casa del señor don Gonzalo, que todavía
estaba en la cama, aunque era cerca de mediodía. Entré en su cuarto
y le hallé tomando un caldo que acababa de traerle un paje. Tenía el
buen viejo los bigotes envueltos en unos papelillos, ojos hundidos y
casi amortiguados, un rostro descarnado y macilento. Era de aquellos
solterones que, habiendo sido muy libertinos en la mocedad, no son más
contenidos en la vejez. Recibióme con agrado y me dijo que si le quería
servir con el mismo celo con que había servido a su sobrina podía
contar con que me haría feliz. Ofrecíle emplear igual esmero en cumplir
con mi obligación en su casa que en la de su sobrina, y desde aquel
momento me recibió en su servidumbre.
Heme aquí, pues, con un nuevo amo, el cual sabe Dios qué hombre era.
Cuando se levantó creí estar viendo la resurrección de Lázaro. Figúrese
el lector un cuerpo alto y tan seco que si se le viese en cueros sería
a propósito para aprender la osteología; las piernas eran tan chupadas
que, aun después de tres o cuatro pares de medias que se puso, me
parecían delgadísimas. Además de eso, esta momia viviente era asmática,
acompañando con una tos cada palabra. Luego tomó chocolate, y mandando
después que le trajesen papel y tinta, escribió un billete, que cerró y
entregó al paje que le había servido el caldo, para que le llevase a su
destino. Apenas partió éste cuando, volviéndose a mí, me dijo: «Amigo
Gil Blas, de aquí en adelante pienso que seas tú confidente de mis
encargos, particularmente los respectivos a doña Eufrasia, que es una
joven a quien amo y de quien soy tiernamente correspondido.»
«¡Santo Dios!--dije prontamente para mi capote--. ¿Y cómo podrán los
mozos dejar de creer que los aman, cuando este viejo chocho está
persuadido de que le idolatran?» «Hoy mismo--prosiguió él--irás conmigo
a casa de esta señora, porque casi todas las noches ceno con ella. Te
quedarás admirado de ver su modestia y compostura. Muy lejos de imitar
a aquellas loquillas que se pagan de la juventud y se prendan de las
apariencias, es ya de un entendimiento claro y de un juicio maduro;
no busca en los hombres sino el buen modo de pensar y prefiere a la
belleza del rostro una persona que sepa amar.» No limitó a sólo esto
el elogio de su dama, sino que se empeñó en persuadirme de que era
un compendio de todas las perfecciones; pero encontró con un oyente
difícil en dejarse convencer sobre este punto. Después de haber
cursado en la escuela de las comediantas y sido testigo ocular de todas
sus maniobras, nunca creí que los viejos fuesen muy afortunados en
amor. Sin embargo, fingí--por complacerle únicamente--que le creía;
y aun hice más, pues no sólo alabé la discreción y el buen gusto de
doña Eufrasia, sino que me adelanté a decir que ella tampoco podría
encontrar otro sujeto más amable. El buen hombre no conoció que yo le
lisonjeaba; antes por el contrario tomó por verdadera mi alabanza.
Tanta verdad es que nada se arriesga en adular a los grandes, pues
admiten con gusto aun las lisonjas más desmedidas.
Después de esta conversación, comenzó el viejo a arrancarse con unas
pinzas algunos pelos blancos de la barba; se lavó los ojos, que
estaban llenos de legañas; lo mismo hizo con los oídos, manos y cara;
y concluídas sus abluciones, se tiñó de negro el bigote, las cejas y
el pelo, gastando en el tocador más tiempo que emplea una viuda vieja
empeñada en desmentir el estrago de los años. No bien había acabado de
vestirse, cuando entró en su cuarto el conde de Azumar, amigo suyo y
tan viejo como él, pero muy diferente en todo lo demás. Este traía sus
venerables canas descubiertas, se apoyaba en un bastón y, en vez de
querer parecer joven, mostraba hacer alarde de su ancianidad. «Amigo
Pacheco--dijo luego que entró--, vengo a comer contigo.» «¡Bien venido,
conde!», le respondió mi amo. Y al mismo tiempo se abrazaron y pusieron
a hablar mientras se hacía hora de sentarse a la mesa. Al principio
fué la conversación sobre una corrida de toros que pocos días antes se
había celebrado, y hablaron de los picadores que habían mostrado mayor
destreza y valor. Sobre esto, el viejo conde, a manera de aquel otro
Néstor, a quien todas las cosas presentes le servían de ocasión para
alabar las pasadas, dijo suspirando: «¡Ya no se hallan hoy los hombres
que se veían en otros tiempos! Ni los toros ni los torneos se hacen con
aquella magnificencia con que se hacían en nuestra mocedad.»
Yo me reía interiormente de la ridícula preocupación del señor conde
de Azumar, el cual no se contentó con aplicarla únicamente a los toros
y a los torneos, pues cuando se sirvió la fruta en la mesa dijo,
mirando unos excelentes melocotones que se habían puesto en ella: «En
mi tiempo eran mucho mayores los melocotones de lo que son ahora. ¡La
Naturaleza se debilita cada día!» «¡Según eso--dije yo entonces para mí
sonriéndome--, los melocotones en tiempo de Adán debían ser de enorme
tamaño!»
Detúvose el conde de Azumar con don Gonzalo hasta cerca de la noche.
Luego que éste se desembarazó de él, salió de casa, diciéndome le
acompañase, y fuimos derechos a la de Eufrasia, distante como cien
pasos de la nuestra. Encontrámosla en un cuarto alhajado con primor.
Estaba vestida con gusto, y mostraba un aspecto de tan florida
juventud, que casi parecía una niña, sin embargo de que ya llegaba por
lo menos a los treinta. Podía pasar por linda, y desde luego admiré su
talento. No era de aquellas cortesanas que brillan por su locuacidad,
por su desembarazo y por su desenvoltura. Tanto en sus acciones como
en sus palabras, sobresalían en ella el juicio, la modestia y la
penetración. Sin afectar ingenio, se echaba de ver en todo lo que
decía. Consideréla yo con no poca admiración y dije: «¡Oh Cielos! ¿Es
posible que pueda ser disoluta una mujer al parecer tan modesta?» Y es
que vivía yo persuadido de que necesariamente había de ser desenvuelta
toda dama cortesana. Admirábame aquel aparente recato, sin hacerme
cargo de que las tales ninfas saben acomodarse a todos los genios,
conformándose al carácter de los ricos y señores que caen en sus manos.
Si gustan unos de viveza y atolondramiento, con éstos serán intrépidas
y casi locas; si agrada a otros el sosiego y compostura, siempre las
encontrarán con un exterior tranquilo, honesto y virtuoso. Verdaderos
camaleones, mudan de color según el genio y el humor de las personas
que las visitan.
No era don Gonzalo del gusto de aquellos caballeros que se pagan de
hermosuras desenvueltas; antes se le hacían insufribles, y para que le
agradase una mujer era menester que tuviese cierto aire de modestia.
Así, Eufrasia, gobernándose por esta idea, hacía ver que había más
comediantas que las que representan en los teatros. Dejé a mi amo con
su ninfa y pasé a una sala, donde me encontré con una ama de gobierno,
vieja, que yo había conocido cuando era criada de una comedianta.
Ella también me conoció inmediatamente y representamos una escena de
reconocimiento digna de una comedia. «¿Aquí estás, amigo Gil Blas?--me
dijo llena de alegría,--. ¿Según eso, has salido de casa de Arsenia,
como yo de la de Constanza?» «Así es--respondí yo--; mucho tiempo ha
que la dejé, y después entré a servir a una señora de distinción,
porque la vida de la gente de teatro no me acomodaba. Yo mismo me
despedí, sin dignarme decir a Arsenia ni una palabra.» «Hiciste muy
bien--me respondió la vieja, que se llamaba Beatriz--, y poco más o
menos lo hice con Constanza. Una mañana le di mi cuenta, luego que
me levanté; ella me la recibió sin decirme nada, y de esta manera
nos despedimos; como dicen, a la francesa.» «Mucho celebro--repuse
yo--que tú y yo nos hallemos en casa más honorífica. Doña Eufrasia me
parece señora de distinción y la creo de muy buen carácter.» «No te
engañas en eso--respondió Beatriz--. Mi ama es una mujer bien nacida,
como lo manifiestan sus modales; y por lo que toca al genio, será
difícil hallar otra más sosegada ni más apacible. No es de aquellas
amas altivas y difíciles de contentar, que nada les gusta, que en
todo encuentran qué decir, gritan sin cesar, mortifican a todos los
criados y es un infierno el servirlas. Hasta ahora no la he oído reñir
siquiera una vez: tan amiga es de la paz. Cuando hago alguna cosa que
no le gusta, me lo reprende sin enfado y sin prorrumpir en aquellos
dicterios de que tanto usan las mujeres soberbias.» «También mi
amo--repliqué yo--es un señor muy afable; se familiariza conmigo y me
trata como a un igual más bien que como a un criado. En una palabra, es
el caballero mejor del mundo; en cuanto a esto, vos y yo estamos mejor
que cuando estábamos con las comediantas.» «¡Mil veces mejor!--repuso
Beatriz--. Yo llevo ahora una vida muy retirada, siendo así que la de
entonces era tan bulliciosa. En nuestra casa no entra más hombre que
el señor don Gonzalo; y en mi soledad tampoco veré yo a otro que a ti,
de lo que me alegro mucho. Tiempo ha que te miraba con buenos ojos, y
más de una vez tuve envidia a Laura porque eras tan amigo suyo. Pero,
en fin, no desconfío de ser tan dichosa como ella, pues aunque no tenga
su juventud ni su hermosura, en recompensa, detesto la volubilidad,
cuya prenda ningún hombre puede remunerar suficientemente; en punto a
fidelidad, soy una tortolilla.»
Como la buena Beatriz era una de las muchas que se ven obligadas a
brindar con sus favores, porque sin eso ninguno los pretendería, no
tuve la menor tentación de aprovecharme de su generosidad; pero tampoco
me pareció conveniente hablar de manera que pudiera recelar que la
despreciaba; antes bien, tuve la advertencia de hablarle en términos
que no perdiese la esperanza de reducirme a corresponderla. Yo me
imaginaba haber conquistado a una criada vieja, pero también me engañé
miserablemente en esta ocasión. Galanteábame ella no sólo por mi
linda cara, sino para granjearme a favor de los intereses de su ama, a
quien tenía tanto amor que ningún medio perdonaba cuando se trataba de
complacerla y servirla. Reconocí mi error la mañana siguiente, en que
fuí a entregar a doña Eufrasia un billete amoroso de mi amo. Recibióme
con agrado y me dijo mil cosas cariñosas, y la criada dió también su
pincelada en mi elogio. Una admiraba mi fisonomía; otra hallaba en mí
cierto aire de moderación y de prudencia. Al oír a las dos, mi amo
poseía un tesoro en mi persona. En una palabra, me alabaron tanto que
desconfié de sus elogios. Desde luego penetré el fin de ellos, pero los
oía con una aparente simplicidad, con cuyo artificio engañé a aquellas
bribonas, que al cabo se quitaron la mascarilla.
«Escucha, Gil Blas--me dijo doña Eufrasia--: en ti consiste hacer tu
fortuna. Procedamos todos de acuerdo, amigo mío. Don Gonzalo es viejo;
su salud, muy delicada; una calenturilla, ayudada de un buen médico,
basta para echarle a la sepultura. Aprovechémonos bien de los pocos
momentos que le restan y gobernémonos de modo que me deje a mí la
mejor parte de sus bienes. A ti te tocará una buena porción; así te lo
prometo, y puedes contar con mi palabra como con una escritura otorgada
ante todos los escribanos de Madrid.» «Señora--le respondí--, disponga
usted a su arbitrio de este su fiel servidor; solamente le suplico me
diga lo que debo hacer, y lo demás déjelo por mi cuenta, que espero se
dará por bien servida.» «Pues, ahora bien--repuso ella--, lo que has
de hacer es observar cuidadosa y diligentemente a tu amo y darme razón
puntual de todos sus pasos. Cuando hables con él, procura con arte
introducir la conversación sobre las mujeres, y toma de aquí ocasión
para, con destreza y maña, decirle mucho bien de mí. Tu mayor estudio
ha de ser el tenerle siempre ocupado de su Eufrasia, en cuanto te sea
posible. Espía con sagacidad si algún pariente suyo le hace la corte
con la mira a su herencia y avísame sin perder un instante, que yo los
echaré a pique. No te pido más. Tengo muy conocidos los diferentes
genios de la parentela de tu amo; sé el modo de hacerlos ridículos a
los ojos de éste, y ya he desconceptuado en su ánimo a sus primos y
sobrinos.»
Por esta instrucción, y por otras que añadió Eufrasia, conocí que
era una de aquellas mujeres que sólo se dedican a complacer a viejos
generosos. Pocos días antes había obligado a don Gonzalo a vender una
posesión, cuyo precio le regaló. Todos los días le chupaba algo, y
además de eso esperaba que no la olvidaría en su testamento. Mostréme
muy deseoso de hacer todo lo que me pedía; mas, por no disimular nada,
confieso que cuando volvía a casa iba muy dudoso sobre si contribuiría
a engañar a mi amo o a apartarle de su querida. Este último partido me
parecía más honrado que el otro, y me sentía más inclinado a cumplir
con mi obligación que a faltar a ella. Consideraba por otra parte que,
en suma, nada de positivo me había ofrecido Eufrasia, y quizá por
esto, más que por otro motivo, no pudo corromper mi fidelidad. Resolví,
pues, servir con celo a don Gonzalo, persuadido de que si lograba
arrancarle del lado de su ídolo sería mejor recompensado por una acción
buena que por las malas que yo pudiera hacer.
Para conseguir mejor el fin que me había propuesto, fingí dedicarme
enteramente a servir a doña Eufrasia. Hícele creer que continuamente
estaba hablando de ella a mi amo, y sobre este supuesto, le embocaba
mil patrañas, que la pobre creía como otros tantos evangelios;
artificio con el cual me interné tanto en su confianza, que me contaba
por el más ciegamente empeñado en promover sus intereses. A mayor
abundamiento, aparenté también estar enamorado de Beatriz, la cual
estaba tan ufana de la conquista de un mozo que no se le daba un
pito de que la engañase, con tal que la engañase bien. Cuando mi amo
y yo estábamos con nuestras dos reinas, representábamos dos cuadros
diferentes, pero ambos por el mismo estilo. Don Gonzalo, seco y
amarillo, como ya le he retratado, parecía un moribundo en la agonía
cuando miraba a su Filis con ojos lánguidos y amorosos. Mi Nise,
siempre que yo la miraba apasionado remedaba los melindres y acciones
de una niña, poniendo en movimiento todos los registros de una truhana
vieja y bien amaestrada. Conocíase que había cursado estas escuelas por
lo menos unos buenos cuarenta años. Habíase refinado en servicio de
una de aquellas heroínas del partido que saben el secreto de hacerse
amar hasta la vejez y mueren cargadas de los despojos de dos o tres
generaciones.
No me bastaba ya el ir con mi amo todos los días a casa de Eufrasia;
muchas veces iba solo, particularmente de día; y a cualquiera hora que
fuese, nunca encontraba en ella a hombre, ni menos a mujer alguna,
que me diese malas sospechas o modo de descubrir en Eufrasia el menor
indicio de infidelidad. Esto me causaba no poca admiración, porque no
acertaba a comprender cómo pudiese ser tan escrupulosamente fiel a don
Gonzalo una mujer joven y hermosa.
Pero en esta admiración no había juicio alguno temerario, pues la bella
Eufrasia, como pronto veremos, para hacer más tolerable el tiempo que
tardaba en heredar a don Gonzalo, se había provisto de un amante más
proporcionado a sus años.
Cierta mañana, muy temprano, fuí a entregar un billete a la tal niña
de parte de mi amo, según la costumbre diaria. Hízome entrar en su
cuarto y divisé en él los pies de un hombre que estaba escondido detrás
de un tapiz. No di la más mínima señal de que le veía, y así que
desempeñé mi encargo me salí, sin dar a entender que hubiese notado
cosa alguna; pero aunque no debía sorprenderme este objeto, y más
cuando en nada me perjudicaba a mí, no dejó, con todo, de inquietarme
mucho. «¡Ah, malvada!--decía yo con enfado--. ¡Ah, traidora Eufrasia!
¡No te contentas con engañar a un buen viejo, haciéndole creer que le
amas, sino que te entregas a otro amante para hacer más abominable tu
villana traición!» Pero, bien mirado, era yo muy necio en discurrir de
esta suerte. Antes debía reírme de aquella aventura y mirarla como una
compensación del fastidio y de los malos ratos que Eufrasia sufría con
el trato de mi amo. A lo menos hubiera hecho mejor en no hablar palabra
que en valerme de esta ocasión para acreditarme de buen criado. Pero
en vez de moderar mi celo, abracé con mayor calor los intereses de don
Gonzalo y le hice puntual relación de lo que había visto, añadiendo que
doña Eufrasia había solicitado corromper mi fidelidad, y en prueba de
ello no le oculté nada de lo que me había dicho, de manera que estuvo
en su mano el conocimiento del verdadero carácter de su enamorada.
Hízome mil preguntas, como dudando de lo que decía; pero mis respuestas
fueron tales que le quitaron la satisfacción de poder dudarlo. Quedó
atónito y asombrado de lo que había oído, y sin que le sirviese en este
lance su ordinaria serenidad, se asomó a su semblante un repentino
ímpetu de cólera, que podía parecer presagio de que Eufrasia pagaría su
infidelidad. «¡Basta, Gil Blas!--me dijo--. Estoy sumamente agradecido
al celo y amor que me muestras; me agrada infinito tu honrada lealtad.
Ahora mismo voy a casa de Eufrasia a llenarla de reconvenciones y a
romper para siempre la amistad con esta ingrata.» Diciendo esto, salió
efectivamente, y se fué en derechura a su casa, no queriendo que le
acompañase yo, por librarme de la mala figura que había de hacer si me
hallaba presente a la averiguación de aquellos hechos.
Mientras tanto, quedé esperando con la mayor impaciencia que volviese
mi amo. No dudaba que, a vista de tan poderosos motivos para quejarse
de su ninfa, volvería desviado de sus atractivos, o cuando menos
resuelto a una eterna separación. Con este alegre pensamiento me
daba a mí mismo el parabién de mi obra; me representaba el placer
que tendrían los herederos legítimos de don Gonzalo cuando supiesen
que su pariente ya no era juguete de una pasión tan contraria a sus
intereses; me figuraba que todos se me confesarían obligados, y, en
fin, que iba yo a distinguirme de los demás criados, más dispuestos
por lo común a mantener a sus amos en sus desórdenes que a retirarlos
de ellos. Apreciaba yo el honor y me lisonjeaba de que me tendrían
por el corifeo de todos los sirvientes; pero una idea tan halagüeña
se desvaneció pocas horas después, porque volvió mi amo y me dijo:
«Amigo Gil Blas, acabo de tener una conversación muy acalorada con
Eufrasia. Llaméla ingrata, aleve; llenéla de improperios; pero ¿sabes
lo que me respondió? Que hacía mal en dar crédito a criados. Sostiene
con empeño que me has hecho una relación falsa. Si he de creerla,
tú no eres más que un impostor, un criado vendido a mis sobrinos,
por cuyo amor no perdonarías medio alguno para ponerme mal con ella.
Yo mismo la vi derramar algunas lágrimas, y lágrimas verdaderas.
Me ha jurado por cuanto hay de más sagrado que ni te había hecho la
más mínima proposición ni ve a ningún hombre. Lo mismo me aseguró
Beatriz, que me parece mujer honrada e incapaz de mentir; de modo
que, contra mi propia voluntad, se desvaneció todo mi enojo.» «¿Pues
qué, señor--interrumpí yo con sentimiento--, dudáis de mi sinceridad,
desconfiáis de...?» «No, hijo mío--repuso él--. Te hago justicia;
no creo que estés de acuerdo con mis sobrinos; estoy persuadido de
que sólo por buen celo te interesas en todo lo que me toca, y te lo
agradezco. Pero muchas veces engañan las apariencias. Puede suceder
que realmente no hubieses visto lo que te pareció ver, y en tal
caso considera lo mucho que habrá ofendido a Eufrasia tu acusación.
Mas sea lo que fuere, yo no puedo menos de amarla. Así lo quiere mi
estrella; y aun me ha sido indispensable hacerle el sacrificio que
exige de mi amor; este sacrificio es despedirte. Siéntolo mucho, mi
pobre Gil Blas--continuó--, y te aseguro que no he consentido en ello
sin aflicción; mas no puedo pasar por otro punto; compadécete de mi
debilidad. Lo que te debe consolar es que no saldrás sin recompensa;
fuera de que ya he pensado colocarte con una señora amiga mía, en cuya
casa lo pasarás perfectamente.»
Quedé mortificadísimo al ver que mi celo había redundado en mi
perjuicio. Maldije mil veces a Eufrasia y lamenté la flaqueza de don
Gonzalo en haberse dejado dominar de ella. No dejaba tampoco de
conocer el buen viejo que en despedirme de su casa sólo por complacer
a su dama no hacía la acción más honrosa. Para cohonestar su poco
espíritu y al mismo tiempo hacerme tragar mejor la píldora, me regaló
cincuenta ducados, y él mismo me condujo el día siguiente a casa de la
marquesa de Chaves. Díjole en mi presencia que era yo un mozo de buenas
prendas y que él me quería mucho, pero que por ciertos respetos de
familia se veía precisado a su pesar a quedarse sin mí, y le suplicaba
con el mayor encarecimiento me admitiese de criado. Desde aquel punto
me recibió la marquesa, y yo me vi de repente con nueva ama y en nueva
casa.