CAPITULO VI

De qué ardides se valió Aurora para que la amase don Luis Pacheco.

El primer cuidado de los dos buenos amigos fué reunirse al día

siguiente, y comenzaron con abrazos, que Aurora se vió precisada a dar

y recibir para hacer bien el personaje de don Félix. Fueron juntos

a pasearse por la ciudad, acompañándolos yo con Chilindrón, criado

de don Luis. Parámonos a la puerta de la Universidad a leer varios

carteles de libros que acababan de fijar a la puerta. Había también

leyendo otras muchas personas, y entre ellas se me hizo reparable un

hombrecillo que hacía crítica de las obras que se anunciaban. Observé

que le estaban oyendo otros con singular atención y me persuadí también

de que él creía merecer que le escuchasen. Parecía vano y hombre de

tono decisivo, como lo suelen ser la mayor parte de las personas

chiquitas. «Esa nueva traducción de Horacio que anuncia ese cartel

con letras gordas--decía a los circunstantes--es una obra en prosa

compuesta por un autor viejo del colegio, libro muy estimado de los

escolares, que han agotado de él ya cuatro ediciones, sin que ningún

inteligente haya comprado siquiera un ejemplar.» No era más favorable

la crítica que hacía de los demás libros. Todos los motejaba sin

caridad; probablemente sería algún autor. Yo de buena gana le hubiera

estado oyendo hasta que acabase de hablar, pero me fué preciso seguir

a don Luis y a don Félix, que, fastidiados de aquel hombrecillo y no

importándoles poco ni mucho los libros que criticaba, prosiguieron su

camino, alejándose de él y de la Universidad.

Llegamos a la posada a la hora de comer. Sentóse mi ama a la mesa

con Pacheco, y diestramente hizo que la conversación recayese sobre

su familia. «Mi padre--dijo--es un segundo de la casa de Mendoza,

establecida en Toledo; mi madre es hermana carnal de doña Jimena de

Guzmán, que hace pocos días vino a Salamanca en seguimiento de cierto

negocio de importancia, trayendo consigo a su sobrina doña Aurora, hija

única de don Vicente de Guzmán, a quien quizá habrá usted conocido.»

«No--respondió don Luis--, pero he oído hablar mucho de él, igualmente

que de Aurora, vuestra prima. Decidme si puedo creer todo lo que dicen

de esta señorita; me han asegurado que es sin igual en hermosura y

entendimiento.» «En cuanto a entendimiento--respondió don Félix--, es

cierto que no le falta, y también lo es que ha procurado cultivarlo;

pero en cuanto a hermosura no creo que sea tanta como ponderan,

cuando oigo decir que ella y yo nos parecemos mucho.» «Siendo eso

así--replicó prontamente don Luis--, queda muy acreditada su fama.

Vuestras facciones son regulares; vuestra tez, muy delicada, y así,

no puede menos de ser linda vuestra prima. Yo tendría mucho gusto en

verla y hablar con ella.» «Desde luego me ofrezco a satisfacer vuestra

curiosidad--repuso el fingido Mendoza--; hoy mismo, después de comer,

iremos los dos a casa de mi tía.»

Mudó entonces de conversación mi ama y empezaron los dos a hablar

de cosas indiferentes. Por la tarde, mientras se disponían para ir

a casa de doña Jimena, me anticipé yo a prevenir a la dueña que

se preparase para recibir esta visita. Hecha esta diligencia, me

restituí prontamente a la posada para acompañar a don Félix, quien,

finalmente, condujo al señor don Luis a casa de su tía. Apenas entraron

en ella cuando se encontraron con doña Jimena, que les hizo seña de

que metiesen poco ruido, diciéndoles en voz baja: «¡Paso, pasito!

No despierten ustedes a mi sobrina, que desde ayer acá ha estado

padeciendo una furiosa jaqueca, la cual ha poco tiempo que la dejó,

y habrá un cuarto de hora que la pobre niña se retiró a descansar

un poco.» «Siento mucho esa indisposición--dijo Mendoza aparentando

sentimiento--, porque esperaba tener el gusto de que viésemos a mi

prima, pues quería hacer este obsequio a mi amigo Pacheco.» «No es eso

tan urgente--respondió la Ortiz sonriéndose--; pueden ustedes dejarlo

para mañana.» Detuviéronse un rato los dos caballeritos con la vieja, y

después de una breve conversación se retiraron.

Condújonos don Luis a casa de un amigo suyo, llamado don Gabriel de

Pedrosa, donde pasamos lo restante del día; cenamos con él, y dos

horas después de media noche volvimos a la posada. Habríamos andado

como la mitad del camino cuando tropezamos con dos hombres que estaban

tendidos en medio de la calle. Creíamos que serían algunos infelices

recién asesinados y nos paramos a socorrerlos, en caso de llegar a

tiempo nuestro socorro. Mientras nos estábamos informando del estado

en que se hallaban, cuanto lo podía permitir la obscuridad de la

noche, he aquí que llega una ronda. El cabo nos tuvo por asesinos y

dió orden a sus gentes de que nos cercasen; pero mudó de opinión,

haciendo mejor juicio, luego que nos oyó hablar, y mucho más cuando,

a la luz de una linterna sorda, descubrió las nobles facciones de

Mendoza y de Pacheco.. Mandó a los alguaciles que examinasen y

reconociesen aquellos dos hombres que nosotros creíamos asesinados, y

hallaron ser un licenciado gordo y su criado, atestados enteramente

de vino y perfectamente borrachos. «Señores--exclamó un ministril--,

conozco muy bien a este gran bebedor; es el señor licenciado Guiomar,

rector de nuestra Universidad. Aquí donde ustedes le ven es un grande

hombre, un talento extraordinario. No hay filósofo a quien no confunda

en un argumento; tiene una facundia sin igual. ¡Lástima es que sea

tan inclinado al vino, a pleitos y a mujeres! Ahora vendrá de cenar

con su Isabelilla, en donde, por desgracia, él y el que le guía se

habrán emborrachado, y ambos han caído en el arroyo. Antes que el

buen licenciado fuese rector le sucedía esto con bastante frecuencia.

Los honores, como ustedes ven, no siempre mudan las costumbres.»

Nosotros dejamos a los dos borrachos en manos de la ronda, que cuidó de

llevarlos a casa, y nos fuimos a la nuestra, donde cada uno trató de

irse a dormir.

Don Félix y don Luis se levantaron al día siguiente a eso del mediodía,

y vueltos a reunir, su primera conversación fué de doña Aurora de

Guzmán. «Gil Blas--me dijo mi ama--, vé a casa de mi tía doña Jimena y

pregúntale de mi parte si el señor Pacheco y yo podemos ir hoy a ver a

mi prima.» Partí al punto a desempeñar mi comisión, o, por mejor decir,

a quedar de acuerdo con la dueña sobre el modo con que nos habíamos de

gobernar, y después que tomamos nuestras medidas puntuales volví con

la respuesta al fingido Mendoza y le dije: «Vuestra prima Aurora está

muy buena; ella misma me ha encargado os asegure que vuestra visita le

será del mayor agrado, y doña Jimena me encomendó afirmase al señor

Pacheco que siempre será muy bien recibido en su casa por vuestra

recomendación.»

Conocí que estas últimas palabras habían gustado mucho a don Luis.

También lo conoció mi ama, y desde luego arguyó de ello un dichoso

presagio. Poco antes de comer vino a la posada el criado de doña

Jimena y dijo a don Félix: «Señor, un hombre de Toledo fué a preguntar

por su merced en casa de su señora tía y dejó en ella este billete.»

Abrióle el fingido Mendoza y leyó en él estas cláusulas, en voz que

las pudiesen oír todos: «Si queréis saber de vuestro padre, con otras

noticias de consecuencia que os importan mucho, leído éste venid

prontamente al mesón del _Caballo Negro_, cerca de la Universidad.»

«Tengo grandes deseos de saber cuanto antes estas noticias que tanto me

interesan para no satisfacer mi curiosidad al momento. ¡Hasta luego,

Pacheco!--continuó--. Si no volviere dentro de dos horas, podéis ir vos

solo a casa de mi tía, adonde concurriré yo también después de comer.

Ya sabéis el recado que os dió Gil Blas de parte de doña Jimena; en

virtud de él podéis con franqueza hacer esta visita.» Diciendo esto,

salió de casa, mandándome le siguiese.

Ya se deja discurrir que en vez de tomar el camino del mesón del

_Caballo Negro_ nos fuimos derechitos a casa de la Ortiz y nos

dispusimos al enredo. Quitóse Aurora sus postizos cabellos rubios,

lavóse y restregóse muy bien las cejas, vistióse de mujer y quedó como

naturalmente era: una trigueña hermosa. Puede decirse que el disfraz

la transformaba de manera que doña Aurora y don Félix parecían dos

personas diferentes; y aun en traje de mujer parecía más alta que

vestida de hombre; bien es verdad que los grandes tacones aumentaban

la estatura. Luego que a su hermosura añadió los demás auxilios que el

arte podía prestarle, esperó a don Luis, con una agitación mezclada

de recelo y de esperanza. Unas veces confiaba en su talento y en su

hermosura y otras temía que le saliese mal aquella tentativa. La Ortiz

se dispuso por su parte lo mejor que pudo para ayudar a su ama. Por lo

que hace a mí, como no convenía que Pacheco me viese en aquella casa,

y como--a semejanza de aquellos actores que sólo aparecen en el teatro

cuando está para concluirse la comedia--no debía parecer en ella hasta

el fin de la visita, salí así que acabé de comer.

En fin, todo estaba ya prevenido cuando llegó don Luis. Recibióle doña

Jimena con el mayor agrado y tuvo con Aurora una conversación que

duró de dos a tres horas. Al cabo de ellas entré yo en la sala donde

estaban, y dirigiéndome a don Luis, le dije: «Caballero, mi amo don

Félix suplica a usted se sirva perdonarle si hoy no puede venir, porque

está con tres hombres de Toledo de quienes no puede desembarazarse.»

«¡Ah libertinillo!--exclamó doña Jimena--. ¡Sin duda estará de

jarana!» «No, señora--repliqué yo prontamente--; está en realidad

con aquellos hombres, tratando de negocios muy serios. Es cierto que

le ha causado grandísimo disgusto el no poder venir aquí, y me ha

encargado decíroslo, igualmente que a doña Aurora.» «¡Oh! ¡Yo no admito

sus disculpas!--repuso mi ama chanceándose--. Sabiendo que he estado

indispuesta, debía mostrar más atención con las personas que le son tan

allegadas. ¡En castigo de esta falta no quiero verle en dos semanas!»

«¡Ah, señora--dijo entonces don Luis--, no toméis tan cruel resolución!

Sóbrale a don Félix por castigo el no haberos visto hoy.»

Después de haberse chanceado algún tiempo sobre el mismo asunto,

se retiró Pacheco. La bella Aurora mudó inmediatamente de traje y

volvióse a poner su vestido de caballero. Trasladóse a la posada lo más

breve que le fué posible, y apenas entró dijo a don Luis: «Perdonadme,

amigo, si no pude ir a buscaros a casa de mi tía. Halléme con unas

gentes tan pesadas que no pude, por más que hice, desenredarme de

ellas. Lo único que me consuela es que, a lo menos, habéis tenido

lugar para satisfacer vuestra curiosidad y vuestros deseos. Y bien,

¿qué os ha parecido mi prima? Decídmelo ingenuamente.» «¿Qué me ha de

parecer?--respondió Pacheco--. ¡Me ha hechizado! Tenéis razón en decir

que los dos sois muy parecidos. ¡En mi vida he visto facciones más

semejantes! ¡El mismo aire de cara, los mismos ojos, la misma boca y

hasta el mismo eco de voz! No hay mas diferencia entre los dos sino que

vuestra prima es algo más alta; es trigueña, y vos rubio; sois festivo,

y ella seria. Eso únicamente os diferencia uno de otro. En cuanto a

entendimiento--continuó--, no cabe más. ¡En una palabra: es una dama de

mérito extremado!»

Pronunció Pacheco tan fuera de sí estas últimas palabras, que don Félix

le dijo sonriéndose: «Pésame, amigo, de haberos proporcionado este

conocimiento con doña Jimena, y si queréis creerme, no volváis más a

su casa; os lo aconsejo por vuestra quietud. Doña Aurora de Guzmán

podría insensiblemente quitaros el sosiego e inspiraros una pasión.»

«¡No necesito volverla a ver--interrumpió don Luis--para estar ya

ciegamente prendado de ella! El mal, si lo hay, está hecho.» «Tanto

peor para vos--replicó el fingido Mendoza--, porque vos no sois hombre

de contentaros con una sola, y mi prima no es doña Isabel. Os hablo

claro, como amigo; no es mujer capaz de sufrir amante alguno que no

vaya por el camino real.» «_¿Por el camino real?_--repitió don Luis--.

¿Y puede irse por otro hacia una señorita de su calidad? ¡Es agraviarme

el creerme capaz de mirarla con ojos profanos! ¡Conocedme mejor, mi

querido Mendoza! ¡Ah! ¡Yo me tendría por el más dichoso de todos los

hombres si aprobara mi solicitud y quisiera unir su suerte con la mía!»

«¡Oh don Luis!--repuso don Félix--. Supuesto que pensáis de ese modo,

desde este instante me tendrá de su parte vuestro amor y desde luego os

ofrezco mis buenos oficios con Aurora. Mañana mismo daré principio a

ellos, procurando ganar a mi tía, que tiene mucho ascendiente sobre mi

prima.»

Pacheco dió mil gracias al caballero que le hacía una oferta tan

apreciable, y mi ama y yo vimos con gusto que no podía dirigirse

mejor nuestra estratagema. El día siguiente añadimos algunos grados

más al amor de don Luis con otra invención. Pasó Aurora a su cuarto

después de suponer que había ido a hablar con doña Jimena como para

interesarla en su favor, y le dijo así: «Hablé a mi tía, y no me costó

poco reducirla a que favoreciese vuestros deseos. Halléla fuertemente

preocupada contra vos. Yo no sé quién le había metido en la cabeza que

erais un libertino; lo cierto es que alguno le ha dado una idea poco

favorable de vuestras costumbres. Por fortuna, tomé vuestro partido

con tal tesón, que logré por último desimpresionarla del todo. No

obstante--prosiguió Aurora--, a mayor abundamiento, quiero que los

dos solos tengamos una conferencia con mi tía, para asegurarnos más

de su favor y de su apoyo.» Manifestó Pacheco una grande impaciencia

por hablar cuanto antes con doña Jimena, y don Félix procuró que

lograse esta satisfacción la mañana del día siguiente, bastante

temprano. Condújole él mismo a la señora Ortiz, y los tres tuvieron

una conversación, en la cual dió muy bien don Luis a conocer el mucho

terreno que el amor había ganado en su corazón en tan breve tiempo.

Fingióse la sagaz Jimena muy pagada de la tierna afición que mostraba

a su sobrina y le ofreció hacer cuanto estuviese de su parte para

persuadirla a que le diese su mano. Arrojóse Pacheco a los pies de tan

buena tía y le rindió mil gracias. A este tiempo preguntó don Félix

si su prima se había levantado. «No--respondió la dueña--; todavía

está durmiendo, y por ahora no se la podrá ver; pero vuelvan ustedes

esta tarde y le hablarán cuanto quieran.» Respuesta que, como se puede

creer, acrecentó en gran manera la alegría de don Luis, a quien se le

hizo eterno el resto de aquella mañana. Restituyóse, pues, a su posada,

en compañía del fingido Mendoza, quien tenía la mayor complacencia

en observar todos sus movimientos y en descubrir en ellos todas las

señales de un amor verdadero.

Toda la conversación fué acerca de Aurora. Acabada la comida, dijo don

Félix a Pacheco: «Ahora mismo me ha ocurrido un pensamiento. Me parece

que podrá ser muy del caso el que yo me adelante un poco a casa de mi

tía para hablar a solas a mi prima y averiguar, si puedo, el estado

de su corazón en orden a vuestra persona.» Aprobó don Luis esta idea;

dejó salir primero a su amigo y él le siguió una hora después. Mi ama

supo aprovechar el tiempo, de manera que cuando llegó su amante ya

estaba vestida de mujer. Después de haber saludado a doña Aurora y a

su tía, dijo don Luis: «Yo creí encontrar aquí a don Félix.» «Está

escribiendo en mi gabinete--respondió doña Jimena--y presto saldrá.»

Quedó satisfecho don Luis con esta respuesta y empezó a entablar

conversación con las dos. Sin embargo, a pesar de la presencia del

objeto amado, notó que las horas pasaban sin que Mendoza saliese, y no

pudo ya don Luis disimular más su extrañeza. Aurora mudó de repente de

tono, echóse a reír y dijo: «¿Es posible, señor don Luis, que no hayáis

aún sospechado la inocente burla que os estamos haciendo? Pues qué,

¿unos cabellos rubios, pero postizos, y dos cejas teñidas me desfiguran

tanto que os hayáis dejado engañar hasta ese punto? Desengañaos,

caballero--prosiguió volviendo a su natural seriedad--; acabad de

conocer que don Félix de Mendoza y doña Aurora de Guzmán son una misma

persona.»

No se contentó con sacarle de su error, sino que le confesó también

la flaqueza de su pasión y todos los pasos que esta misma le había

sugerido para reducirle al estado en que le veía. No quedó el tierno

amante menos encantado que sorprendido de lo que oía y veía. Echóse

a los pies de mi ama y, lleno de gozo, le dijo: «¡Ah, bella Aurora!

¿Puedo creer con efecto que yo soy el hombre dichoso que ha merecido a

tu bondad tan finas demostraciones? ¿Qué puedo hacer para agradecerlas?

¡Un amor eterno no sería suficiente para pagarlas!» A estas palabras

se siguieron otras mil halagüeñas expresiones, después de lo cual

los dos amantes hablaron de las medidas que debían tomar para llegar

al cumplimiento de sus deseos. Resolvióse que todos partiésemos

inmediatamente a Madrid, donde se desenlazaría nuestra comedia por

medio de un casamiento. Así se ejecutó, y al cabo de quince días se

casó don Luis con mi ama, celebrándose la boda con ostentación y un

sinnúmero de diversiones.

Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 2 de 3) · 第 22 / 69 题