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1.º de Enero de 1901.
«Al salir del teatro (la Noche Buena) París se sentó a la mesa. Y la
Brama y la Lujuria y la Riqueza y el Dolor y la Alegría y la Muerte
también se sentaron con él». Al llegar el año nuevo, cuando el mundo
vuelve la vista al siglo que pasó, hay alguien que hace notar su
presencia de todas maneras, mientras París no hace sino quitarse su
traje de color de rosa para ponerse otro color de amaranto: la Miseria.
Peor que la miseria de los melodramas, esta es, cierta, horrible y
dantesca en su realidad. Y no hay mayor contraste que el de esta riqueza
y placer insolentes, y ese frío negro en que tanto pobre muere y tanto
crimen se comete, de manera que, las bombas que de cuando en cuando
suenan, en el trágico y aislado sport de algunos pobres locos, vienen a
resultar ridículas e inexplicables. Esto no se acabará sino con un
enorme movimiento, con aquel movimiento que presentía Enrique Heine,
«ante el cual la revolución francesa será un dulce idilio», si mal no
recuerdo.
Se ha hecho mucho por aminorar la miseria, desde los buenos tiempos del
excelente rey Childeberto hasta las actuales donaciones de banqueros
ricos y _quêtes_ de damas de la aristocracia.
Pero todo es poco en el hoyo obscuro de donde sale tanto clamor y olor
de muerte. Y además, el buen Dios parece que no estuviese completamente
satisfecho con las manifestaciones de la caridad elegante. Tal aparentó
demostrarlo con el bazar fúnebremente célebre que concluyó donde hoy se
levanta una capilla gracias a la generosidad de una distinguida
norteamericana que llama la atención con su marido en un sonoro y
comentado litigio: la condesa Boni de Castellane.
El gobierno por su parte, tiende su protección al pueblo lleno de
apetito. Y si ya en su tiempo Carlomagno, emperador de la barba florida,
había ordenado que se consagrase a los pobres exclusivamente la cuarta
parte de los bienes eclesiásticos, hasta la administración de M. Loubet
se ha adelantado bastante.
La prensa tiene sus limosneros, Hugues le Roux es uno de ellos, y es
sabido que Santa _Severine_ es la limosnera mayor.
Al mismo tiempo que la policía conduce a la cárcel a innumerables
rateros de carbón, combate la mendicidad y emprende saludables _râfles_
contra la prostitución callejera y la rufianería profesional. Cada día
se llenan las comisarías de pobres mujeres de los más humildes y bajos
medios, y de indescriptibles _marlous_. _Chez Maxim’s_ se continúa en
los alegres juegos. El Americaine, el Grand Café, todos los lugares
semejantes continúan con su vaga clientela. La infeliz _gigolette_ de
los barrios bajos está irremisiblemente condenada. La Sra. Otero es una
artista: la Srta. de Pougy es una artista y una autora; la Srta. Marion
de Lorme es una propietaria. Sus amigos, frecuentadores de medios
elegantes, de círculos y casinos, señores X, I y Z, son conocidos de
todo el mundo por su miseria moral, por su desvergüenza y su aditamento
ictiológico. La señora Otero arruinará a varias familias, las Srtas. de
Pougy y de Lorme llevarán a la locura y al delito a más de un joven de
buena familia. El caballero X jugará a la mala, y el caballero Z hará
ostentación del poco honesto origen de sus lujos y derroches. La
_gigolette_ se prostituye _por necesidad_... Hace mucho frío...
--«Diga usted, me dice un pintor tremendo, y hombre tan tremendo como el
pintor--, Henry de Groux, el autor del _Cristo de los Ultrajes_:--Diga
usted que la Francia está podrida, que al final del siglo ha hecho ya
tabla rasa de todo. _Finis latinorum._ ¡Abyecta muerte!»
Un paralelo iconográfico que tengo ante mis ojos me da más de un
pensamiento; un paralelo entre la Francia en los comienzos del siglo
actual.
Bonaparte; primer cónsul, en su caballo de dibujo convencional, con su
corvo sable, y en el fondo, las tiendas de campaña; y M. Emile Loubet,
fotografía género _Nos contemporaines chez soi_ en espera de Mollard o
de Crozier, caros al protocolo. No se ha adelantado tanto. Carnot, de
rostro simpáticamente enérgico, de ojos que revelan grandes propósitos,
«organizando la victoria», y André el ministro de la guerra que hoy
provoca por sus disposiciones un movimiento de antipatía en la aliada
Rusia. No se ha adelantado lo bastante. Fouché y Lépine en la policía,
Luciano Bonaparte y Waldeck-Rousseau en el ministerio del interior. No
se ha adelantado gran cosa. El cabriolé ágil y gracioso que asombra al
sencillo _populo_ y el automóvil de última hornada capaz de recorrer
todo París en un segundo y de reventar a todos los _Cahen d’Anvers_ de
la tierra. Se ha adelantado muchísimo. La vieja y pintoresca diligencia,
«de las largas diligencias» de Mallarmé, y la locomotora _coupe-vent_.
No se puede negar: se ha adelantado. Talleyrand en el ministerio de
relaciones exteriores, y Delcassé. No, no se ha adelantado mucho... A la
cabeza del ejército Berthier y Brugere: no se ha adelantado maldita la
cosa! La ópera de la plaza Louvois seca y pelada, y la empingorotada
ópera de Garnier, abominada por Huyssmans. Es un adelanto. El bulevar de
los Italianos antiguo, sin circulación y sin edificación, y el de hoy
con el Pabellón de Hanover modernizado y su movimiento y su vida.
Adelanto. Si en muchas cosas se ha adelantado, en muchas cosas el siglo
XX puede salir victorioso de la comparación. Pero en otras. ¡Dios santo!
En los reinos del pensamiento no estamos muy seguros del triunfo. El
siglo pasado empezó bajo el soplo de la Enciclopedia. El siglo pasado
empezó con ideales, con miras, con decisiones; el siglo pasado comenzó
con una fuerza de que se carece hoy: el entusiasmo. ¿En qué vientre de
madre irá a aparecer el año entrante la preñez que dé al mundo un nuevo
Víctor Hugo?
Como Atenas, como Roma, París cumple su misión de centro de la luz.
Pero, actualmente, ¿es París, en verdad, el centro de toda sabiduría y
de toda iniciación? Hombres de ciencia extranjeros dicen que no, y
muchos artistas son de opinión igual; pero la consagración no puede
negarse que la da París, sobre todo, en arte. Y para eso vienen
D’Annunzio de Italia, Sienkiewicz de Polonia, la Wiehe de Dinamarca, la
Guerrero de España y Sada Yacco del Japón.
Lo que en París se alza al comenzar el siglo xx es el aparato de la
decadencia. El endiosamiento de la mujer como máquina de goces carnales,
y--alguien lo ha dicho con más duras palabras--el endiosamiento del
histrión, en todas las formas y bajo todas sus faces. Es el caso de
Juvenal: _quod non dant proceres, dabit histrio_. Hay muchos franceses
ilustres, muchos franceses nobles, muchos franceses honrados que meditan
silenciosos, luchan con bravura o lamentan la catástrofe moral. Pero las
ideas de honor, las viejas ideas de generosidad, de grandeza, de virtud
han pasado, o se toman como un pretexto para joviales ejercicios.
Escritores osados como Mirbeau, como Rachilde y Pierre Louys, declaran
en los pe riódicos el adulterio como un _uso_ esencialmente parisiense.
La antigua familia cruje y se desmorona. Los sentimientos sociales se
bastardean y desaparecen. Los extranjeros que en los comienzos y aun a
mediados del siglo pasado venían a París, encontraban hospitalidad,
amabilidad, algún desinterés. El poeta Guido tenía derecho de venir a
querer hacerse matar en una barricada. Bilbao el chileno encontraba en
Lamennais, en Michelet, en Comte, maestros sinceros, bondadosos y
abiertos. Garibaldi podía ofrecer su espada. Hoy reina la _pose_ y la
farsa en todo. Apenas la ciencia se refugia en los silenciosos
laboratorios, en las cátedras y gabinetes de señalados y estudiosos
varones. La mujer es una decoración y un sexo. El estudiante extranjero
no encuentra el apoyo de otros días, y desde luego le está cortado el
ejercicio de su profesión. Los norteamericanos han metido sus cuñas a
golpe de mazos de oro. La enfermedad del dinero ha invadido hasta el
corazón de la Francia y sobre todo de París. El patrioterismo, el
nacionalismo, ha sucedido al antiguo patriotismo, y las nobles simpatías
de antaño con la Grecia de la independencia, no son las mismas que las
demostradas con el pobre viejo Krüger y los héroes rústicos del África
del Sur.
Las ideas de justicia se vieron patentes en la vergonzosa cuestión
Dreyfus. Pero por todas partes veréis el imperio de la fórmula y la
contradicción entre la palabra y el hecho. Es esta más que los Estados
Unidos, a ese respecto, la tierra de los contrastes, _the land of
contrastes_, de Muirhead.
La literatura, ha caído en una absoluta y única finalidad, el asunto
sexual. La concepción del amor que aun existe entre nosotros, es aquí
absurda. Más que nunca, el amor se ha reducido a un simple acto animal.
La despoblación, la infecundidad, se han hecho notar de enorme manera, y
es en vano que hombres sanos y de buena voluntad como Zola hayan querido
contener el desmoronamiento haciendo resaltar el avance del peligro.
Mutuamente se han reflejado las literaturas y las costumbres. En todos
lugares existen vicios de todas clases, desventuras conyugales; pero lo
terrible en París es que es la norma. Las conclusiones de los libros
novelescos, las revelaciones de los procesos que todos los días se hacen
públicos, los incidentes y desenlaces de las piezas teatrales, hacen que
el ambiente esté completamente saturado de tales doctrinas, y que un
modo de juzgar las cosas como los excelentes sentimentales de comienzos
del siglo pasado, sería considerado _arriéré_ y a la papá. En los
diarios, en el momento en que escribo, se gasta tinta y tiempo
escribiendo artículos a causa de que el hijo mayor del cómico Guitry, de
diez y seis años, tiene queridas de trece, con el consentimiento
maternal, según las cartas del marido. Pues bien, lo malo no es tan sólo
el hecho, sino la indiferencia que todo acaecimiento de esa clase causa
en el sentido moral del público, que, cuando más, encuentra eso _très
rigolo_. Los moralistas ocasionales publican sendas opiniones, se ríe un
poco, y se prosigue en la corriente continua que gira en este abismo de
gozo, de belleza y de locura. París da la sensación de una ciudad que
estuviese soñando, y que se mirase en sueños, o la de una ciudad loca de
una locura universal y colectiva; loco el gobierno, las cámaras, los
jueces, las gentes todas, y entre toda esta locura la mujer, en el
apogeo de su poderío, en la fatalidad de su misión, revelando más que en
ninguna otra época algo de su misterio extraordinario. El intérprete
gráfico de tal misterio ha sido indudablemente Rops, y sus terribles
aguas fuertes secretas son el más serio comentario y el más moralizador
espectáculo.
Como hago muy poca vida social, tengo todavía el mal gusto de creer en
Dios, un Dios que no está en San Sulpicio ni en la Magdalena, y creo que
ciertos sucedidos, como lo del Bazar de Caridad y la singular muerte de
Félix Faure, son vagas señas que hacen los guardatrenes invisibles a
esta locomotora que va con una presión de todos los diablos a
estrellarse en no sé qué paredón de la historia y a caer en no sé qué
abismo de la eternidad.