2 de Agosto de 1900.

Laurent Tahilade, el del «bello gesto», a quien debo muchas atenciones,

tuvo la amabilidad, el otro día, de invitarme a una fiesta anarquista.

Estaba anunciada una conferencia suya, varios números de poesías y

canciones y la representación de una pieza de Octave Mirbeau:

_L’Epidémie_. El autor haría de actor; Mirbeau representaría el papel de

_maire_, en su acto. No podía faltar a tan excelente programa, y fuí

puntual, a la hora señalada, en la Casa del Pueblo.

Esto es allá, por Montmartre, en el Montmartre que trabaja, en el de los

obreros, lejos de infectos _Cyranos_ y embrutecedoras _Abbayes de

Thélème_. El teatro, lugar de reuniones y conferencias, está situado al

extremo de un callejón, y el aspecto de la entrada, no es ciertamente

decorativo. Se ve que es la casa del pueblo, y que el pueblo es pobre.

En lo interior había ya bastante gente, y a poco, todo el recinto

estaba lleno. El calor era de asar. En los palcos, o especies de palcos,

había algunas levitas, algunas señoras elegantes. Estaba Natanson, el de

la _Revue Blanche_, Faure, otros más. En los bancos de madera, obreros

con sus familias, viejos trabajadores de barbas blancas, jóvenes de

rostros enérgicos y decisivos, caras vulgares, caras hermosas, aspectos

de combatientes y también faces de atormentadores y de bandidos. En las

paredes se leen inscripciones conmemorativas, nombres de mártires de la

causa. Noté con cierta sorpresa que estas gentes de la anarquía francesa

se habían puesto camisa limpia--los que la tenían--; otros, con un

pañuelo al cuello, se arreglaban. En tal ambiente, la democracia no

«olía mal». La insignia roja estaba en todas las solapas y en los

corpiños de las mujeres. Se conversaba, y no con grandes gestos ni a

grandes gritos. Todo el mundo tenía educación, tenía buenas maneras.

Había jovencitos cuya _politesse_ era notable. Se creería que en el

momento dado exclamarían con toda corrección: ¿Una bomba de dinamita, s.

v. p.? Pero también había formidables compadres cabelludos que iban de

un lado a otro, con aire de fieras. Por fin se alzó el telón, cuando el

concurso comenzaba a dar muestra de impaciencia. Y en aquel escenario

feo, remendado de tablas fueron saliendo por orden los recitadores y

cancionistas. Unos con voz escasa, otros sonoros y tronantes, dijeron la

desventura de los caídos, las negruras ásperas del hambre, la

prostitución, el militarismo corrompido, el peso abrumador del capital,

y la esperanza en un día de terribles represalias, la venganza del

oprimido. A medida que los versos se recitaban o que se detallaban las

canciones, brotaban de los grupos de oyentes, bravos, interrupciones,

afirmaciones, o protestas, cuando el concepto no era del todo igual a la

opinión propia. Apareció la Carriere Xanroff, de la Ópera, y un profundo

silencio esperó su canto ¡La Ópera! ¿Cuántos de esos oyentes habrían

estado en la Ópera, siquiera en un día público? La Ópera es para los

ricos. Y la Carriere-Xanroff les llevaba su aristocrática presencia, su

voz singular, su arte refinado. Ella ponía también su óbolo lírico en el

plato de los proletarios. Era conmovedor el espectáculo de los rojos

enemigos de la sociedad, encadenados por el prodigio de la melodía.

Estaban encantados; pero sacaban de pronto la zarpa; para aplaudir,

entre la ovación final, después de un fragmento de _Julieta y Romeo_ de

Gounod, creo, se gritaba: _¡Vive l’anarchie! ¡Vive la Commune!_ Luego

apareció una soberbia muchachona a recitar versos revolucionarios.

Tendría unos quince años, pero estaba desarrollada y bien dotada como la

Libertad de Chenier. Morena, magnífica máscara y magnífico cuerpo, con

un poco de conservatorio, pudiera arrostrar la tragedia. Con gran

entusiasmo se la escucha, y al final se la recompensa con un grueso ramo

de flores rojas. Y después de la recitación de la joven musa de

Montmartre, ya está Laurent Tailhade, delante de la mesa, con sus

papeles y su vaso de agua.

Ya conocéis la fama y la obra de este combatiente, un tiempo lírico

rimador de amorosas liturgias y después implacable sagitario de

ridículos vicios y vulgaridades sociales. Es el terrible argonauta de

las Cólguidas burguesas, el explorador del país del _Muffle_, el autor

de la célebre frase sobre el «bello gesto» anarquista y a quien una

bomba hizo perder un ojo a raíz de tan comentado arranque. Tailhade

comenzó su lectura entre el unánime saludo de su público. No es orador,

pero su voz clara escandía y lanzaba las palabras de manera que a nadie

se escapaba un solo detalle. En su discurso con un estilo amargo,

hiriente y de una crueldad elegante que le ha valido tantos duelos y

rencores, infligió, a propósito de la pieza de Mirbeau, muy duros

castigos verbales a las torpezas nacionalistas, a las odiosas pasiones

de círculos y partidos mezquinos, al antisemitismo irreflexivo y a la

pacatería patriótica. (_¡Vive Zola!_ interrumpió una voz.) Atacó la mala

magistratura al lado de la pésima política, y concluyó hablando del

generoso y fuerte talento de Mirbeau, cuya obra habríamos de celebrar

dentro de pocos momentos.

Mi gozo en un pozo. La obrita de Mirbeau _L’Epidémie_, debe ser

indudablemente admirable leída, pues no son de discutirse la habilidad y

la maestría estilísticas de este propagador de ideas. Bastaría para

demostrarlo el _Jardín de los suplicios_, con su frontispicio que

contiene una de las páginas más terriblemente «humanas» que jamás se

hayan escrito.

Mas la representación, con actores ocasionales, entre ellos el mismo

Mirbeau, fué de muy relativo mérito. El público aplaudía porque era la

pieza de Mirbeau y porque Mirbeau estaba en las tablas. _L’Epidémie_ es

más bien un diálogo que una pieza teatral; en ella no hay más que una

sucesión de frases contra la burguesía y sobre todo contra la autoridad.

Se demuestra, como en una lección sobre objetos, que el pueblo, el pobre

pueblo, es la constante víctima de las clases favorecidas de la fortuna,

lo cual no es propiamente una novedad. El _maire_, los consejeros

municipales, son caricaturados corrosivamente, sin escatimar lo bufo. Es

lástima que talento como el de Mirbeau sea esta vez justiciero tan

solamente por un lado. El pueblo parece siempre bueno, impecable.

Lucilio el satírico hacía tabla rasa de todo, y al señalar las tachas de

las personas consulares, no le impedía ver hacia abajo y mostrar los

defectos del pueblo.

Primores populi arripuit, populumque tributim.

El telón bajó al son de la Carmañola. Hubo uno que otro grito, pero el

todo mundo se levantó en orden. Los ancianos de las grandes barbas, los

muchachos, las muchachas, todos cantaban, como poseídos de un mismo

soplo:

Vive le son,

Vive le son

Du canon!...

y en todos los ojos vi un relámpago, que venía de un cielo de tempestad.

Y a la luz de ese relámpago vi la convicción. Vi espíritus decididos a

todo, resueltos a todo: hasta el martirio, y el mismo fuego brotaba del

rostro de la joven hermosa y de la cara del tipo lombrosiano. Así todos

los sinceros, todos los fanáticos, cristianos o mahometanos, católicos o

anarquistas. Todavía en la calle, por el aire llegaban a mis oídos vagos

ecos:

Dansons la carmagnole,

Viv’le son...

Después estuve en una fiesta socialista. Me acompañaba un joven

argentino, poeta y escritor de talento, el Sr. Ugarte. Fué en el

_Théâtre Civique_, cerca de la Plaza de la República. La función era

también privada, por invitaciones. Había conferencia de Jaurés,

recitaciones de Sylvain, de la Comédie Française, canciones por los

mejores cancioneros de Montmartre, y, sobre todo, plato de resistencia,

la pieza de Marsollau, prohibida en l’Oeuvre: _Mais quelqu’un troubla la

fête_. Un lindo teatro el teatro Cívico, extenso, bien acondicionado.

Estaba también lleno de compañeros y compañeras; pero aquí abundaban las

levitas, los _couplets_ elegantes, las caras finas de las mujeres. En el

fondo, es la misma cosa. Allá se trataba del derecho al pan; aquí del

derecho a la trufa. Allá se llega hasta la propaganda por la acción,

aquí se leen muchos libros y se hacen diputados. Mas en uno y otro lugar

existe la convicción de que la máquina está descompuesta. «Hay que

componerla», dicen aquí. Y allá dicen: «Hay que romperla».

He allí al sonoro Privas, rey de los cancioneros, con su melena, su

facha completamente «artista», sentado al piano y lanzando _couplets_

que hacen levantar el vuelo a las bandadas de aplausos. Luego Yon Lug,

cuyo nombre parece el de un mandarín y cuyo aspecto es el de un apóstol

del arroyo. Simpático cancionero, que los montmartreses conocen,

familiarmente, allá en su cabaret famoso, de _Quat-Z’arts_. Con su gran

voz de sochantre, y con notas de canto llano, dice las glorias de la

calle:

Ave

Pavé...

y la gran voz brota sobre la selva negra de la barba y bajo la copiosa

montaña de la cabellera.

Se le aplaude y parte haciendo reverencias entre las olas de sus

inmensos pantalones. Y llega Jehan Rictus, con su cara cristiana y su

figura toda que han comparado _a una lágrima_. El lírico argótico, el

poeta que escribe en lunfardo parisiense, el favorito de los cocheros,

de las prostitutas, de los miserables, casi no puede dar principio a su

dicción, pues de las altas galerías le gritan unos que recite una cosa y

otros otra, y se armó así una de todos los diablos, hasta que Rictus se

hizo oir: «Sí, diré primero el _Revenant_, y luego la _Complainte_.»

Todos quedaron así satisfechos. El _Revenant_ es Jesucristo. Este

cancionero originalísimo hace comparecer la divina figura, y en sus

versos, los labios de los caídos, de los perdidos, hallan manera de

saludarle con bajas palabras que ascienden por su sencillez sentimental

hasta la categoría de vocablos de laudes y de letanías. En el fondo de

_Le Revenant_ hay una profunda oración al Doctor de la dulzura. Hubo

aplausos, y no hubo gritos. Parecería que aquellas gentes meditasen por

un momento.

Después fué la célebre _Complainte des petits déménagements parisiens_.

Y todo el mundo a reir, a aplaudir, a gritar,

Badadang boum! Badadang d’zing!

Janvier, Avril, Juillet, Octobre,

Quoi c’est que c’chambarde dans Paris

De Montmertre à l’av’nu’du Maine

Et d’Lénilmuche à Montsouris?

Y la serie de versos que burla burlando dejan al paso los más terribles

vitriolos. Rictus dice sus estrofas con una voz triste, el cuerpo

inmóvil, los brazos caídos, y la boca contraída por un marcado _rictus_,

que quizá le haya dado su nombre de guerra.

Badadang boum! Badadang d’zing!

Al fin llegó Jaurés. «El primer orador de Francia», me previene mi

vecino. El primer orador de Francia me parece por de pronto un obrero; y

cuando empieza a hablar, un campesino. «Citoyennes et citoyens!...» La

vocecita no promete nada y el gesto zurdo desanima. Pero no; no pasan

muchos minutos sin que el orador haya cambiado por completo. Es un

obrero el que habla, pero un gran forjador, un vigoroso herrero de la

palabra. El discurso brota sin detenciones. No hay una idea que no salte

limpia y clara, bien martillada, bien lanzada. Trata de la misión social

del teatro. Es sencillo y es admirable. Lee una página de Diderot,

comenta, explica, saluda al precursor. Señala el momento en que el

pueblo empieza a aparecer en los escenarios como persona que obra. Alaba

a Hauptmann. Analiza el teatro individualista. Se inclina ante la

venerable y fiera figura de Ibsen. Y ese hombre que al principio os

parecía de aspecto vulgar, se convierte en un soberbio órgano de

pensamientos. ¡Cuán lejos las músicas españolas; cuán lejos nuestra

oratoria de retores! Cuando habla Jaurés, sus ademanes son de quien

siente la idea viva y asible. A veces parece que forja, a veces que

amasa, a veces que siembra, en un largo gesto.

Su público le aplaude repetidas veces. Cuando concluye, los vivas

resuenan. Todo el mundo de pie, canta el himno internacional de

fraternidad. Un consejero municipal, en el centro de la sala, dice las

estrofas, y el gran coro, cierto, levanta el espíritu. Allá arriba

alguien inicia el _Ça ira_, gran parte del público le acompaña. Otro

comienza la _Carmagnole_:

Vive le son,

Vive le son,

Du canon!

--«¡No!» grita uno de la platea. «Nada de cañones; ¡muera el cañón,

muera la guerra!» y otro le replica:--«¡No! ¡Viva el son del cañón,

puesto que necesitamos también de los cañones para demoler al enemigo!»

Se alza el telón, para la pieza de Marsolleau. Teatro simbolista. Como

en la de Mirbeau, un largo diálogo, sin intriga, sin complicación. Un

comedor lujoso; una mesa a la cual se sientan un general, un obispo, un

diputado, un juez, un pequeño propietario, una dama del alto mundo y una

cortesana. Todo lo principal de la «máquina» social, como veis. Comen,

ríen, se divierten. De pronto alguien llega a interrumpir la fiesta. Es

un campesino. Tiene hambre. Su llegada es de un pésimo efecto; ese

rústico no huele a piel de España ni a rosas de Alejandría. Tiene hambre

y quiere comer lo que ellos comen. Se le obliga a irse. Él protesta. El

general quiere echarle y él se subleva contra el general; pero se

interpone el obispo... y el campesino se inclina, y se va, ante las

promesas de consuelo ideal y de vida eterna. La fiesta continúa, más

viva, más alegre aún. El diálogo, en versos muy bellos, es obra de un

pensador y de un artista. Hay mil detalles que admirar. Alguien

interrumpe la fiesta otra vez. Es el mismo campesino, pero ya vestido de

blusa. Es el obrero. Va por su parte, quiere tomar asiento en el

banquete de todos esos favorecidos, de todos esos grandes. «Vengo por mi

parte» dice.--«¿De qué?»--«¡De todo!» Se le quiere arrojar, pero él se

encabrita como un bravo caballo. El obispo intercede. Él no le hace caso

al obispo. «Ya no, dice, ya no creo. Tus palabras no me hacen ya ningún

efecto. Tus promesas me importan poco. Quiero comer, quiero gozar de mi

parte de dicha en este mundo.»

Y cuando va a apropiarse por la fuerza de los mejores vinos y manjares,

el diputado interviene.--«¡Cómo! No debes hacer eso. Para representar

tus intereses estoy yo, el elegido del pueblo. Yo te defiendo en las

cámaras, soy quien vela por tus intereses y por tu engrandecimiento.

Confía en mí.»--«¡Pero es que tengo hambre!»--«¡Mañana comerás!» Y el

obrero, dudoso, se va rezongando entre dientes.

La fiesta continúa. Se cierran las puertas para que nadie pueda llegar a

turbar la alegría de los dueños sociales. El champaña, los besos, las

risas, iluminan de gozo el habitáculo de los felices. Para celebrar la

belleza, el amor, la cortesana va a desnudarse y a ofrecer el

maravilloso espectáculo del poema divino de su carne. Mas de pronto,

entre las risas, entre las detonaciones del champaña, se ve por los

vidrios de un balcón, un relámpago, y otro, y otro, y se oye el ruido de

un gran viento y un gran trueno. Y a la luz del relámpago, la cortesana

da un grito, porque ha visto aparecer tras los vidrios una cara pálida,

horrible, demacrada, la cara de la Miseria, la cara del Hambre. Es de un

efecto terrible esta simbólica escena.

Como nadie ha visto la visión de la cortesana, la alegría continúa, y la

visión se repite.

Y la fiesta llega a su colmo, cuando, de pronto, un relámpago más vivo

se ve, un trueno más rudo truena, las arañas caen, las luces se apagan,

las paredes tiemblan, el pavor se pinta en todos los rostros. Y las

puertas de la sala ceden a un fuerte empuje, y se abren dando paso a un

desconocido, a un hombre con el rostro cubierto que con una voz que pone

espanto clama:

--_¡Mais quelqu’un trubla la fête!_

* * * * *

La tragedia de Monza ha causado honda impresión en Francia.

* * * * *

El cha de Persia partirá dentro de pocos días a su estados.

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Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII · 第 26 / 73 题