Laurent Tahilade, el del «bello gesto», a quien debo muchas atenciones,
tuvo la amabilidad, el otro día, de invitarme a una fiesta anarquista.
Estaba anunciada una conferencia suya, varios números de poesías y
canciones y la representación de una pieza de Octave Mirbeau:
_L’Epidémie_. El autor haría de actor; Mirbeau representaría el papel de
_maire_, en su acto. No podía faltar a tan excelente programa, y fuí
puntual, a la hora señalada, en la Casa del Pueblo.
Esto es allá, por Montmartre, en el Montmartre que trabaja, en el de los
obreros, lejos de infectos _Cyranos_ y embrutecedoras _Abbayes de
Thélème_. El teatro, lugar de reuniones y conferencias, está situado al
extremo de un callejón, y el aspecto de la entrada, no es ciertamente
decorativo. Se ve que es la casa del pueblo, y que el pueblo es pobre.
En lo interior había ya bastante gente, y a poco, todo el recinto
estaba lleno. El calor era de asar. En los palcos, o especies de palcos,
había algunas levitas, algunas señoras elegantes. Estaba Natanson, el de
la _Revue Blanche_, Faure, otros más. En los bancos de madera, obreros
con sus familias, viejos trabajadores de barbas blancas, jóvenes de
rostros enérgicos y decisivos, caras vulgares, caras hermosas, aspectos
de combatientes y también faces de atormentadores y de bandidos. En las
paredes se leen inscripciones conmemorativas, nombres de mártires de la
causa. Noté con cierta sorpresa que estas gentes de la anarquía francesa
se habían puesto camisa limpia--los que la tenían--; otros, con un
pañuelo al cuello, se arreglaban. En tal ambiente, la democracia no
«olía mal». La insignia roja estaba en todas las solapas y en los
corpiños de las mujeres. Se conversaba, y no con grandes gestos ni a
grandes gritos. Todo el mundo tenía educación, tenía buenas maneras.
Había jovencitos cuya _politesse_ era notable. Se creería que en el
momento dado exclamarían con toda corrección: ¿Una bomba de dinamita, s.
v. p.? Pero también había formidables compadres cabelludos que iban de
un lado a otro, con aire de fieras. Por fin se alzó el telón, cuando el
concurso comenzaba a dar muestra de impaciencia. Y en aquel escenario
feo, remendado de tablas fueron saliendo por orden los recitadores y
cancionistas. Unos con voz escasa, otros sonoros y tronantes, dijeron la
desventura de los caídos, las negruras ásperas del hambre, la
prostitución, el militarismo corrompido, el peso abrumador del capital,
y la esperanza en un día de terribles represalias, la venganza del
oprimido. A medida que los versos se recitaban o que se detallaban las
canciones, brotaban de los grupos de oyentes, bravos, interrupciones,
afirmaciones, o protestas, cuando el concepto no era del todo igual a la
opinión propia. Apareció la Carriere Xanroff, de la Ópera, y un profundo
silencio esperó su canto ¡La Ópera! ¿Cuántos de esos oyentes habrían
estado en la Ópera, siquiera en un día público? La Ópera es para los
ricos. Y la Carriere-Xanroff les llevaba su aristocrática presencia, su
voz singular, su arte refinado. Ella ponía también su óbolo lírico en el
plato de los proletarios. Era conmovedor el espectáculo de los rojos
enemigos de la sociedad, encadenados por el prodigio de la melodía.
Estaban encantados; pero sacaban de pronto la zarpa; para aplaudir,
entre la ovación final, después de un fragmento de _Julieta y Romeo_ de
Gounod, creo, se gritaba: _¡Vive l’anarchie! ¡Vive la Commune!_ Luego
apareció una soberbia muchachona a recitar versos revolucionarios.
Tendría unos quince años, pero estaba desarrollada y bien dotada como la
Libertad de Chenier. Morena, magnífica máscara y magnífico cuerpo, con
un poco de conservatorio, pudiera arrostrar la tragedia. Con gran
entusiasmo se la escucha, y al final se la recompensa con un grueso ramo
de flores rojas. Y después de la recitación de la joven musa de
Montmartre, ya está Laurent Tailhade, delante de la mesa, con sus
papeles y su vaso de agua.
Ya conocéis la fama y la obra de este combatiente, un tiempo lírico
rimador de amorosas liturgias y después implacable sagitario de
ridículos vicios y vulgaridades sociales. Es el terrible argonauta de
las Cólguidas burguesas, el explorador del país del _Muffle_, el autor
de la célebre frase sobre el «bello gesto» anarquista y a quien una
bomba hizo perder un ojo a raíz de tan comentado arranque. Tailhade
comenzó su lectura entre el unánime saludo de su público. No es orador,
pero su voz clara escandía y lanzaba las palabras de manera que a nadie
se escapaba un solo detalle. En su discurso con un estilo amargo,
hiriente y de una crueldad elegante que le ha valido tantos duelos y
rencores, infligió, a propósito de la pieza de Mirbeau, muy duros
castigos verbales a las torpezas nacionalistas, a las odiosas pasiones
de círculos y partidos mezquinos, al antisemitismo irreflexivo y a la
pacatería patriótica. (_¡Vive Zola!_ interrumpió una voz.) Atacó la mala
magistratura al lado de la pésima política, y concluyó hablando del
generoso y fuerte talento de Mirbeau, cuya obra habríamos de celebrar
dentro de pocos momentos.
Mi gozo en un pozo. La obrita de Mirbeau _L’Epidémie_, debe ser
indudablemente admirable leída, pues no son de discutirse la habilidad y
la maestría estilísticas de este propagador de ideas. Bastaría para
demostrarlo el _Jardín de los suplicios_, con su frontispicio que
contiene una de las páginas más terriblemente «humanas» que jamás se
hayan escrito.
Mas la representación, con actores ocasionales, entre ellos el mismo
Mirbeau, fué de muy relativo mérito. El público aplaudía porque era la
pieza de Mirbeau y porque Mirbeau estaba en las tablas. _L’Epidémie_ es
más bien un diálogo que una pieza teatral; en ella no hay más que una
sucesión de frases contra la burguesía y sobre todo contra la autoridad.
Se demuestra, como en una lección sobre objetos, que el pueblo, el pobre
pueblo, es la constante víctima de las clases favorecidas de la fortuna,
lo cual no es propiamente una novedad. El _maire_, los consejeros
municipales, son caricaturados corrosivamente, sin escatimar lo bufo. Es
lástima que talento como el de Mirbeau sea esta vez justiciero tan
solamente por un lado. El pueblo parece siempre bueno, impecable.
Lucilio el satírico hacía tabla rasa de todo, y al señalar las tachas de
las personas consulares, no le impedía ver hacia abajo y mostrar los
defectos del pueblo.
Primores populi arripuit, populumque tributim.
El telón bajó al son de la Carmañola. Hubo uno que otro grito, pero el
todo mundo se levantó en orden. Los ancianos de las grandes barbas, los
muchachos, las muchachas, todos cantaban, como poseídos de un mismo
soplo:
Vive le son,
Vive le son
Du canon!...
y en todos los ojos vi un relámpago, que venía de un cielo de tempestad.
Y a la luz de ese relámpago vi la convicción. Vi espíritus decididos a
todo, resueltos a todo: hasta el martirio, y el mismo fuego brotaba del
rostro de la joven hermosa y de la cara del tipo lombrosiano. Así todos
los sinceros, todos los fanáticos, cristianos o mahometanos, católicos o
anarquistas. Todavía en la calle, por el aire llegaban a mis oídos vagos
ecos:
Dansons la carmagnole,
Viv’le son...
Después estuve en una fiesta socialista. Me acompañaba un joven
argentino, poeta y escritor de talento, el Sr. Ugarte. Fué en el
_Théâtre Civique_, cerca de la Plaza de la República. La función era
también privada, por invitaciones. Había conferencia de Jaurés,
recitaciones de Sylvain, de la Comédie Française, canciones por los
mejores cancioneros de Montmartre, y, sobre todo, plato de resistencia,
la pieza de Marsollau, prohibida en l’Oeuvre: _Mais quelqu’un troubla la
fête_. Un lindo teatro el teatro Cívico, extenso, bien acondicionado.
Estaba también lleno de compañeros y compañeras; pero aquí abundaban las
levitas, los _couplets_ elegantes, las caras finas de las mujeres. En el
fondo, es la misma cosa. Allá se trataba del derecho al pan; aquí del
derecho a la trufa. Allá se llega hasta la propaganda por la acción,
aquí se leen muchos libros y se hacen diputados. Mas en uno y otro lugar
existe la convicción de que la máquina está descompuesta. «Hay que
componerla», dicen aquí. Y allá dicen: «Hay que romperla».
He allí al sonoro Privas, rey de los cancioneros, con su melena, su
facha completamente «artista», sentado al piano y lanzando _couplets_
que hacen levantar el vuelo a las bandadas de aplausos. Luego Yon Lug,
cuyo nombre parece el de un mandarín y cuyo aspecto es el de un apóstol
del arroyo. Simpático cancionero, que los montmartreses conocen,
familiarmente, allá en su cabaret famoso, de _Quat-Z’arts_. Con su gran
voz de sochantre, y con notas de canto llano, dice las glorias de la
calle:
Ave
Pavé...
y la gran voz brota sobre la selva negra de la barba y bajo la copiosa
montaña de la cabellera.
Se le aplaude y parte haciendo reverencias entre las olas de sus
inmensos pantalones. Y llega Jehan Rictus, con su cara cristiana y su
figura toda que han comparado _a una lágrima_. El lírico argótico, el
poeta que escribe en lunfardo parisiense, el favorito de los cocheros,
de las prostitutas, de los miserables, casi no puede dar principio a su
dicción, pues de las altas galerías le gritan unos que recite una cosa y
otros otra, y se armó así una de todos los diablos, hasta que Rictus se
hizo oir: «Sí, diré primero el _Revenant_, y luego la _Complainte_.»
Todos quedaron así satisfechos. El _Revenant_ es Jesucristo. Este
cancionero originalísimo hace comparecer la divina figura, y en sus
versos, los labios de los caídos, de los perdidos, hallan manera de
saludarle con bajas palabras que ascienden por su sencillez sentimental
hasta la categoría de vocablos de laudes y de letanías. En el fondo de
_Le Revenant_ hay una profunda oración al Doctor de la dulzura. Hubo
aplausos, y no hubo gritos. Parecería que aquellas gentes meditasen por
un momento.
Después fué la célebre _Complainte des petits déménagements parisiens_.
Y todo el mundo a reir, a aplaudir, a gritar,
Badadang boum! Badadang d’zing!
Janvier, Avril, Juillet, Octobre,
Quoi c’est que c’chambarde dans Paris
De Montmertre à l’av’nu’du Maine
Et d’Lénilmuche à Montsouris?
Y la serie de versos que burla burlando dejan al paso los más terribles
vitriolos. Rictus dice sus estrofas con una voz triste, el cuerpo
inmóvil, los brazos caídos, y la boca contraída por un marcado _rictus_,
que quizá le haya dado su nombre de guerra.
Badadang boum! Badadang d’zing!
Al fin llegó Jaurés. «El primer orador de Francia», me previene mi
vecino. El primer orador de Francia me parece por de pronto un obrero; y
cuando empieza a hablar, un campesino. «Citoyennes et citoyens!...» La
vocecita no promete nada y el gesto zurdo desanima. Pero no; no pasan
muchos minutos sin que el orador haya cambiado por completo. Es un
obrero el que habla, pero un gran forjador, un vigoroso herrero de la
palabra. El discurso brota sin detenciones. No hay una idea que no salte
limpia y clara, bien martillada, bien lanzada. Trata de la misión social
del teatro. Es sencillo y es admirable. Lee una página de Diderot,
comenta, explica, saluda al precursor. Señala el momento en que el
pueblo empieza a aparecer en los escenarios como persona que obra. Alaba
a Hauptmann. Analiza el teatro individualista. Se inclina ante la
venerable y fiera figura de Ibsen. Y ese hombre que al principio os
parecía de aspecto vulgar, se convierte en un soberbio órgano de
pensamientos. ¡Cuán lejos las músicas españolas; cuán lejos nuestra
oratoria de retores! Cuando habla Jaurés, sus ademanes son de quien
siente la idea viva y asible. A veces parece que forja, a veces que
amasa, a veces que siembra, en un largo gesto.
Su público le aplaude repetidas veces. Cuando concluye, los vivas
resuenan. Todo el mundo de pie, canta el himno internacional de
fraternidad. Un consejero municipal, en el centro de la sala, dice las
estrofas, y el gran coro, cierto, levanta el espíritu. Allá arriba
alguien inicia el _Ça ira_, gran parte del público le acompaña. Otro
comienza la _Carmagnole_:
Vive le son,
Vive le son,
Du canon!
--«¡No!» grita uno de la platea. «Nada de cañones; ¡muera el cañón,
muera la guerra!» y otro le replica:--«¡No! ¡Viva el son del cañón,
puesto que necesitamos también de los cañones para demoler al enemigo!»
Se alza el telón, para la pieza de Marsolleau. Teatro simbolista. Como
en la de Mirbeau, un largo diálogo, sin intriga, sin complicación. Un
comedor lujoso; una mesa a la cual se sientan un general, un obispo, un
diputado, un juez, un pequeño propietario, una dama del alto mundo y una
cortesana. Todo lo principal de la «máquina» social, como veis. Comen,
ríen, se divierten. De pronto alguien llega a interrumpir la fiesta. Es
un campesino. Tiene hambre. Su llegada es de un pésimo efecto; ese
rústico no huele a piel de España ni a rosas de Alejandría. Tiene hambre
y quiere comer lo que ellos comen. Se le obliga a irse. Él protesta. El
general quiere echarle y él se subleva contra el general; pero se
interpone el obispo... y el campesino se inclina, y se va, ante las
promesas de consuelo ideal y de vida eterna. La fiesta continúa, más
viva, más alegre aún. El diálogo, en versos muy bellos, es obra de un
pensador y de un artista. Hay mil detalles que admirar. Alguien
interrumpe la fiesta otra vez. Es el mismo campesino, pero ya vestido de
blusa. Es el obrero. Va por su parte, quiere tomar asiento en el
banquete de todos esos favorecidos, de todos esos grandes. «Vengo por mi
parte» dice.--«¿De qué?»--«¡De todo!» Se le quiere arrojar, pero él se
encabrita como un bravo caballo. El obispo intercede. Él no le hace caso
al obispo. «Ya no, dice, ya no creo. Tus palabras no me hacen ya ningún
efecto. Tus promesas me importan poco. Quiero comer, quiero gozar de mi
parte de dicha en este mundo.»
Y cuando va a apropiarse por la fuerza de los mejores vinos y manjares,
el diputado interviene.--«¡Cómo! No debes hacer eso. Para representar
tus intereses estoy yo, el elegido del pueblo. Yo te defiendo en las
cámaras, soy quien vela por tus intereses y por tu engrandecimiento.
Confía en mí.»--«¡Pero es que tengo hambre!»--«¡Mañana comerás!» Y el
obrero, dudoso, se va rezongando entre dientes.
La fiesta continúa. Se cierran las puertas para que nadie pueda llegar a
turbar la alegría de los dueños sociales. El champaña, los besos, las
risas, iluminan de gozo el habitáculo de los felices. Para celebrar la
belleza, el amor, la cortesana va a desnudarse y a ofrecer el
maravilloso espectáculo del poema divino de su carne. Mas de pronto,
entre las risas, entre las detonaciones del champaña, se ve por los
vidrios de un balcón, un relámpago, y otro, y otro, y se oye el ruido de
un gran viento y un gran trueno. Y a la luz del relámpago, la cortesana
da un grito, porque ha visto aparecer tras los vidrios una cara pálida,
horrible, demacrada, la cara de la Miseria, la cara del Hambre. Es de un
efecto terrible esta simbólica escena.
Como nadie ha visto la visión de la cortesana, la alegría continúa, y la
visión se repite.
Y la fiesta llega a su colmo, cuando, de pronto, un relámpago más vivo
se ve, un trueno más rudo truena, las arañas caen, las luces se apagan,
las paredes tiemblan, el pavor se pinta en todos los rostros. Y las
puertas de la sala ceden a un fuerte empuje, y se abren dando paso a un
desconocido, a un hombre con el rostro cubierto que con una voz que pone
espanto clama:
--_¡Mais quelqu’un trubla la fête!_
* * * * *
La tragedia de Monza ha causado honda impresión en Francia.
* * * * *
El cha de Persia partirá dentro de pocos días a su estados.
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