¡Ah! Grita, Venganza, grita: ¡que por altos que tus gritos sean

es difícil que te oiga! ¡Grita, Venganza, grita... no importa que

acompañes tus gritos con maldiciones; que ni aquéllos ni éstas han de

llegar a oídos de tu jefe! ¡Envía emisarios que la busquen por todas

partes; que esos emisarios, aun cuando no puede negarse que han dado

cima a empresas difíciles, es seguro que no han de ir a buscarla donde

está! ¡Ha hecho un viaje demasiado largo!

--¡Mala suerte!--acalla La Venganza, pateando con furia--¡Y ya están

aquí las carretas...! ¡Y Evrémonde será despachado sin que esté ella!

Mientras La Venganza llama a grito herido a Teresa Defarge, son

descargadas las carretas. Los ministros de Santa Guillotina están

vestidos y dispuestos a trabajar... Se oye un golpe, rueda una cabeza

que inmediatamente alza en su mano uno de los ministros, y las mujeres,

sin mirar apenas, continúan haciendo calceta, diciendo por todo

comentario:

--Una.

La escena se repite varias veces, sin que las mujeres interrumpan su

labor ni dejen de contar.

Sube al tablado fatal el supuesto Evrémonde, dando la mano a la

desventurada niña, según la había ofrecido, a la que coloca de espaldas

a la terrible cuchilla, que sube y baja sin interrupción.

--De no haber sido por ti, mi querido desconocido, no tendría yo la

calma y resignación que tengo, pues soy una pobre niña y mi corazón

es débil. Tampoco habría sabido elevar mis pensamientos hacia Aquél

que murió por nosotros, a Aquél cuya misericordia es hoy mi única

esperanza. Yo creo que son los Cielos los que te han enviado a mí en

este día de prueba.

--Quizá seas tú el mensajero que los Cielos me han enviado a

mí--replicó Carton.--Fija en mí tus ojos, niña querida, y no te

acuerdes de nada más.

--Mientras tenga entre mis manos la tuya, estaré tranquila; y si al

separarla para emprender el viaje, el golpe es rápido, tampoco temeré.

--El golpe será rápido; pierde cuidado.

Aunque se encontraban entre las demás víctimas, hablaban con tanta

libertad como si hubiesen estado solos. Aquellos dos hijos de la Madre

Universal, desconocidos hasta entonces el uno al otro, iban a hacer

juntos el último viaje, a comparecer juntos ante el Creador, a reposar

juntos en el Cielo.

--¡Valiente y generoso amigo!--exclamó la niña--¿Me permites que te

haga una pregunta? Soy muy ignorante, y se trata de una cosa que me

turba y mortifica... un poquito.

--Pregunta lo que quieras.

--Tengo una prima, mi único pariente, huérfana como yo, a quien quiero

mucho. Tiene cinco años menos de edad que yo y vive en una casa de

labor, por el Mediodía. La pobreza nos separó; ignora mi desgracia y yo

no puedo escribirla... y, aunque pudiera... ¿qué iba a decirle? Mejor

es así.

--Es verdad: mejor es así.

--Lo que he estado pensando mientras nos traían aquí, y lo que seguía

pensando ahora, es lo siguiente: si en realidad la República ha de

hacer la felicidad de los pobres, si gracias a ella padecen menos

hambre y se alivian sus sufrimientos, mi prima puede vivir aún muchos

años; hasta es posible que llegue a vieja.

--¿Y qué, mi querida hermanita?

--Si así es, ¿no te parece que se me hará muy larga la espera, allá

en aquel mundo mejor en que confío ser misericordiosamente acogida

contigo, en aquel mundo donde viviremos eternamente tú, ella y yo?

--No, hija mía, no; en aquel mundo mejor a que aludes, no existe el

Tiempo ni tienen cabida los sufrimientos.

--¡Cuánto me consuelan tus palabras! ¡Soy yo tan ignorante! ¿He de

besarte ya? ¿Llegó el momento?

--Sí, hija mía, sí.

La niña besa los labios de Sydney Carton y Sydney Carton besa los

labios de la niña. No tiemblan sus manos al separarse. «Adiós». Rueda

primero la cabeza de la niña... Las mujeres que hacen calceta cuentan

VEINTIDÓS.

«Yo soy la Resurrección y la Vida; aquél que en Mí cree, aunque haya

muerto, vivirá eternamente; y todo el que vive y cree en Mí, no morirá

jamás.»

Desciende otra vez la cuchilla, y las mujeres cuentan; VEINTITRÉS.

* * * * *

Aquella noche, no se habla de otra cosa en la ciudad. Todos dicen que

jamás vieron rostro humano que reflejase tanta calma, tanta serenidad

de espíritu. Muchos añadían que su aspecto era sublime y que en sus

ojos brillaba la luz profética.

Algún tiempo antes, una de las víctimas más notables de la guillotina,

una mujer, había consignado por escrito, puesta sobre el tablado

pavoroso, los pensamientos que la horrible máquina le inspiraba. Si

Sydney Carton hubiese dado expresión sensible a los suyos, y éstos

hubieran sido proféticos, habrían sido los siguientes:

«Veo a Barsad, a Cly, a Defarge, a La Venganza, a los Jurados, a los

Jueces, a todos los nuevos opresores de la humanidad que se han alzado

terribles para destruir a los antiguos, caer bajo la afilada cuchilla

del instrumento justiciero. Veo que del fondo del negro abismo surge

una ciudad hermosa y un pueblo instruído que, en sus luchas por la

libertad verdadera, en sus triunfos y derrotas, expía, durante largos

años, los horrores de la época actual y los de las épocas anteriores, y

concluye por borrarlos.

»Veo las vidas de aquellos por quienes doy la mía, deslizándose

tranquilas, prósperas y felices, en aquella Inglaterra que mis

ojos no volverán a ver jamás. Veo a _ella_ meciendo dulcemente en

su regazo a un niño que lleva mi nombre. Veo a su padre doblegado

bajo el peso de los años, pero prodigando hasta el último momento

de su vida los auxilios de su ciencia a sus semejantes. Veo al buen

anciano, que durante tantos años ha sido su amigo tierno y abnegado,

enriqueciéndoles con todo cuanto posee y volando al mundo en que le

espera la recompensa a que sus virtudes le hicieron acreedor.

»Veo que en sus corazones me han erigido un altar, y que este altar lo

transmiten a sus descendientes, y que, muchas generaciones después,

todos los descendientes de aquella familia querida rinden culto de

gratitud sincera a la memoria del hombre que sacrificó su vida en aras

de un afecto santo. La veo a _ella_, ya muy anciana, llorando por mí

todos los aniversarios de mi muerte. La veo a _ella_ y a su marido,

durmiendo en la tierra el sueño último, y sé que, aun después de

muertos, honran y enaltecen mi memoria.

»Veo al niño que _ella_ mecía en su regazo y que lleva mi nombre hecho

varón fuerte que se abre camino en el mundo dedicado a la carrera que

fué mi carrera en otro tiempo, y se lo abre tan brillantemente, que

los resplandores que ilustran su nombre ilustran también el mío. Veo

borradas las manchas que empañaron el brillo de mi alma. Veo al ilustre

abogado que lleva mi nombre, al que es el más justo de los jueces de

la tierra, al que ha sabido conquistarse el respeto y la admiración de

sus conciudadanos, ya viejo, muy viejo, teniendo sobre sus vacilantes

rodillas a un niño de cabellos de oro, que también lleva mi nombre, y

narrándole con voz balbuciente mi historia.

»Mil veces más hermoso es lo que hago ahora que lo que nunca hice.

»La santa dicha que ahora saborea mi alma no la hubiera encontrado

jamás en la tierra.»

FIN

INDICE

LIBRO PRIMERO

VUELTA A LA VIDA

PÁGS.

I.--El período. 7

II.--La diligencia. 10

III.--Las sombras de la noche. 15

IV.--La preparación. 19

V.--La taberna. 30

VI.--El zapatero. 39

LIBRO SEGUNDO

EL HILO DE ORO

I.--Cinco años después. 49

II.--Una visita. 54

III.--Decepción. 60

IV.--Enhorabuena. 72

V.--El chacal. 78

VI.--Centenares de visitas. 83

VII.--El señor en la ciudad. 94

VIII.--El señor en el campo. 102

IX.--La cabeza de Gorgon. 106

X.--Dos promesas. 116

XI.--Entre compañeros. 122

XII.--El caballero delicado. 125

XIII.--El sujeto no delicado. 131

XIV.--El honrado menestral. 136

XV.--Haciendo calceta. 144

XVI.--Más punto de media. 154

XVII.--Una noche. 164

XVIII.--Nueve días. 168

XIX.--Una opinión. 174

XX.--Una súplica. 181

XXI.--Pasos que resuenan. 185

XXII.--Sube la marea. 195

XXIII.--El incendio adquiere incremento. 201

XXIV.--Atraído por la montaña imantada. 207

LIBRO TERCERO

EL RUMBO DE LA TORMENTA

I.--En secreto. 219

II.--La piedra de afilar. 230

III.--La sombra. 235

IV.--Calma en la tormenta. 240

V.--El aserrador. 246

VI.--Triunfo. 251

VII.--Visita inesperada. 257

VIII.--Una partida original. 262

IX.--Hecho el juego. 273

X.--La substancia de la sombra. 284

XI.--Sombras. 297

XII.--Tinieblas. 301

XIII.--Cincuenta y dos. 308

XIV.--Fin de la calceta. 318

XV.--Los ecos se apagan para siempre. 329

End of Project Gutenberg's Una historia de dos ciudades, by Charles Dickens

Una historia de dos ciudades · 第 34 / 34 段