Defarge. Sucio, harapiento, no por eso dejaba de ser vestido, siquiera
ofreciera un aspecto lúgubre como no dejaba de ofrecer algún atractivo
su abundante masa de cabellos negros, mal encerrados dentro del gorro
colorado. Oculta en su seno llevaba siempre una pistola cargada y en
la cintura una daga de hoja larga y afilada. Así ataviada, caminando
con paso seguro, con esa libertad de movimientos propia de la mujer
que desde niña ha ido donde la han llevado sus deseos o sus caprichos,
desnuda de pie y pierna, la tabernera Defarge dejaba atrás calles y más
calles.
Fuerza será que hagamos una pequeña digresión, a fin de aclarar algunos
puntos que pudiera el lector encontrar obscuros. La noche anterior,
cuando Lorry ultimaba los preparativos del viaje de los fugitivos,
fué para él motivo de grandes preocupaciones la dificultad de llevar
consigo a la señorita Pross. No sólo era muy de desear evitar excesos
de carga que acaso entorpecieran la marcha, sino también reducir al
mínimum el tiempo que en la Barrera emplearían para examinar los
documentos y reconocer a los viajeros, pues la salvación de todos podía
depender de aprovechar o de perder breves segundos de tiempo. Tras
largas consideraciones, y no sin medir detenidamente los inconvenientes
y las ventajas, había propuesto dejar a la señorita Pross y a Jeremías
_Lapa_, que podían salir de la ciudad cuando les acomodase, con orden
de emprender el viaje a las tres de la madrugada, utilizando uno de
los carruajes más ligeros entonces conocido. Libres del engorro de
equipajes, no tardarían en dar alcance a los señores, y hasta en
dejarlos rezagados.
La señorita Pross aceptó con alegría una proposición que la deparaba
oportunidad de prestar algún servicio de importancia a las personas
queridas. Ella y Jeremías habían conocido a la persona que su hermano
Salomón había traído desmayada en un coche, habían despedido a los
viajeros, habían pasado diez minutos de terrible ansiedad, y estaban
haciendo los últimos preparativos para ponerse en camino y alcanzar el
coche en el momento que la tabernera Defarge se acercaba por momentos a
la casa, con las intenciones que los lectores conocen perfectamente.
--¿Qué opina usted, _señor Lapa_?--preguntó la señorita Pross, cuya
agitación era tan grande que, ni la dejaba hablar, ni moverse, ni
permanecer en pie, ni vivir.--¿Qué opina usted de nuestro viaje? La
salida de dos carruajes en tan breve espacio de tiempo ha de despertar
sospechas; así lo temo, al menos.
--Mi opinión, señorita, es que tiene usted razón--contestó
_Lapa_--También opino que siempre apoyaré lo que usted diga, tanto si
tiene razón como si se equivoca.
--Hasta tal extremo me enloquecen el temor y la esperanza por la suerte
que puedan correr nuestros señores--repuso la señorita Pross llorando
desconsoladamente,--que soy incapaz de formar ningún plan racional. Y
usted, _señor Lapa_, mi querido _señor Lapa_, ¿se siente con capacidad
bastante para formar algún plan medianamente racional?
--Con respecto a la vida futura, señorita, creo que sí--respondió
Jeremías _Lapa_;--pero con respecto al uso presente de esta bendita
cabeza que llevo sobre los hombros, me temo que no. ¿Quiere usted
hacerse cargo, señorita, de dos promesas o votos que es mi deseo hacer,
como recuerdo perpetuo de la crisis en que nos encontramos?
--¡Dios nos tenga de su mano!--exclamó la señorita Pross, llorando a
grito herido.--Vengan en seguida esos votos o promesas, hágalos sin
perder instante como buen cristiano que es.
--Lo primero que prometo--dijo _Lapa_ temblando como un azogado y con
expresión patética,--lo primero que juro, es no volver a hacer nunca
más algunas cosillas que antes hacía... No; nunca más.
--Bien segura estoy, _señor Lapa_, de que no ha de hacerlas nunca más,
sean lo que sean esas cosillas, que no es necesario mencionar.
--No, señorita; no las mencionaré. Lo segundo que prometo, lo segundo
que juro, es no volver a mezclarme más en los rezos de la _señora
Lapa_. No; nunca más la impediré que se pase la vida entera de rodillas.
--Hará usted muy bien.--contestó la señorita Pross, secando las
lágrimas que la cegaban.--Deje que de las cosas del hogar cuide su
señora... ¡Oh... mi pobre señorita!
--Creo conveniente hacer constar, señorita--repuso _Lapa_ cual si
estuviera hablando desde lo alto de un púlpito,--y desearía que usted
transmitiera mis palabras a la _señora Lapa_, que mis opiniones con
respecto a los rezos han sufrido un cambio radical, y que con toda mi
alma desearía que la _señora Lapa_ estuviera de rodillas y rezando en
este instante.
--¡Oh, sí! ¡Ojalá esté rezando, y ojalá el Cielo escuche benigno sus
oraciones!
--¡Maldigo--prosiguió el _señor Lapa_ con mayor solemnidad que
nunca--maldigo cuanto he hecho y dicho contra las buenas almas que
rezan y se pasan el tiempo de rodillas! ¡Maldigo a todos los mortales
que en este mismo momento no están de rodillas y rezando para que el
Señor nos saque con bien de este riesgo mortal en que nos encontramos!
¡Maldigo, señorita... maldigo...!
El buen _Lapa_ bajó la cabeza después de buscar en vano durante una
porción de segundos otra cosa que maldecir.
--Si la misericordia divina quiere que alguna vez lleguemos a nuestra
patria--contestó la señorita Pross,--puede usted abrigar la seguridad
más absoluta de que repetiré a la _señora Lapa_ cuanto usted acaba
de decir con lenguaje tan elocuente; y suceda lo que suceda, en todo
momento me encontrará dispuesta a dar testimonio de sus excelentes
propósitos... ¡Pero pensemos, _señor Lapa_.... pensemos!
Al cabo de largo rato de profunda meditación, dijo la señorita Pross:
--¿No le parece acertado, _señor Lapa_, dar orden de que el coche, en
vez de venir aquí, espere en cualquier parte? Si mi proposición le
agrada, podría salir usted a dar el aviso, y yo acudiría al punto que
conviniéramos.
Jeremías _Lapa_ contestó que el plan le parecía acertado.
--¿Dónde podrían esperarme?--preguntó la señorita Pross.
Tan aturdido estaba el _señor Lapa_, que no se le ocurrió indicar lugar
más a propósito que la acera del Tribunal del Temple de Londres, junto
al Banco Tellson.
¡Suerte infausta! El Tribunal del Temple estaba a cientos de millas de
distancia, y en cambio la tabernera Defarge se encontraba muy cerca de
la casa.
--Junto a la puerta de la catedral--dijo la señorita Pross.--¿Le parece
a usted buen sitio la puerta de la catedral, entre las dos torres?
--Me parece inmejorable, señorita.
--Entonces, lléguese a la casa de postas, y dé las órdenes convenientes.
--Lo único que me intranquiliza--dijo _Lapa_ rascándose la cabeza,--es
dejar a usted. No sabemos lo que puede suceder.
--Sólo Dios lo sabe, es verdad; pero no tema por mí. Espéreme con
el coche a las tres en punto junto a la puerta de la catedral, o lo
más cerca que le sea posible, que desde luego será menos expuesto a
contratiempos que si saliéramos de aquí. ¡Que Dios le bendiga, _señor
Lapa_! Piense, no en nuestras vidas, que poco valen, sino en las otras
más preciosas que probablemente dependen de las nuestras.
Estas palabras, y la actitud de la señorita Pross, que tendía hacia
él sus manos suplicantes, acabaron de decidir a _Lapa_, quien salió
inmediatamente, dispuesto a cumplir la comisión.
No contribuyó poco a tranquilizar a la señorita Pross ver en camino de
ejecución las medidas de precaución adoptadas. También halló consuelo
en la necesidad de componer su aspecto exterior a fin de no llamar en
las calles una atención que podía ser peligrosa. Consultó el reloj y
vió que eran las dos y veinte. No podía perder tiempo.
Asustada al pensar en la soledad de aquellas habitaciones desiertas,
temiendo ver por todas partes ojos que la acechaban, presa de terrores
indecibles, la señorita Pross puso agua fría en una jofaina y principió
a lavarse los ojos, rojos e hinchados de tanto llorar. Acosada por
sus aprensiones, a cada segundo interrumpía el lavatorio para dirigir
en torno suyo miradas de espanto. En una de esas interrupciones,
retrocedió y lanzó un alarido penetrante, pues, en realidad, descubrió
a una persona que de pie, en el centro de la habitación, la estaba
mirando.
La jofaina se hizo mil pedazos y el agua derramada llegó a besar los
pies desnudos de la tabernera Defarge. Aunque parezca extraño, aquellos
pies, que iban a buscar sangre, se encontraban con agua.
--¿Dónde está la mujer de Evrémonde?--preguntó la tabernera con
frialdad.
Rápida como el rayo penetró en la mente de la señorita Pross la idea de
que, la circunstancia de que estuvieran abiertas de par en par todas
las puertas, haría sospechar propósitos de fuga. Comenzó, pues, por
cerrarlas todas, y a continuación, se colocó frente a la puerta que
daba acceso a la habitación que hasta aquel día había ocupado Lucía.
Con mirada llameante siguió la tabernera Defarge todos los movimientos
de la señorita Pross, fijándolos en su cara luego que la vió inmóvil
junto a la puerta.
Limpia de toda clase de atractivos físicos estaba la señorita Pross.
Los años no habían amansado su rústica rudeza ni suavizado la hosquedad
ceñuda de su cara. Era al propio tiempo mujer resuelta, los peligros
personales no la asustaban, y lejos de amilanarse al ver a la señora
Defarge, midióla de alto abajo con una mirada de profundo desdén.
--Por tu aspecto, podrías ser la mujer del mismísimo Lucifer--se dijo
para sus adentros la señorita Pross.--Pero si crees que me das miedo,
te equivocas; soy inglesa.
Contemplábala la tabernera con el desprecio en la mirada, aunque
comprendiendo que se encontraba frente a un enemigo de cuidado. Sabía
muy bien que la señorita Pross era capaz de perder la vida por la
familia del doctor, de la misma manera que la señorita Pross sabía que
la tabernera Defarge era capaz de todo lo malo tratándose de la familia
indicada.
--Iba al lugar donde tengo reservada una silla--dijo la Defarge,
extendiendo un brazo en dirección al sitio donde estaba emplazada la
guillotina,--y de paso, he querido dar mi enhorabuena a la mujer de
Evrémonde. Necesito verla.
--Sé que tus intenciones son malas, y puedes contar desde luego con
la seguridad de que encontrarás en mí quien se oponga a que las
realices--replicó la señorita Pross.
Cada cual hablaba en su lengua patria. Ni la tabernera entendía
una palabra de las pronunciadas por la señorita Pross, ni ésta las
pronunciadas por aquélla. Sin embargo, acechábanse mutuamente con
mirada tan intensa, que sus gestos, su expresión, hacían inteligibles
las palabras que nada decían a sus oídos.
--Peor para ella si no me la dejas ver ahora mismo--repuso la
tabernera.--Los buenos patriotas sabrán muy pronto lo que eso
significa. Quiero verla... necesito verla... Ve y dila que no me voy de
aquí sin verla. ¿No me oyes?
--Te empeñas en quedarte sin ojos, y lo vas a conseguir--replicó la
señorita Pross.--Mírame, mírame con esos ojos de bestia feroz, pero no
me tientes el bulto, que tengo malas pulgas. Puede que vengas por lana
y dejes la tuya entre mis uñas.
Claro que la Defarge no entendió palabra de las frases que quedan
copiadas, pero sí se dió cuenta cabal de que su interlocutora se negaba
en redondo a obedecer sus mandatos.
--¡Imbécil... cara de marrana hambrienta!--barbotó.--¡Quiero ver a la
mujer de Evrémonde! ¡O vas ahora mismo a decírselo, o te separas de esa
puerta y me dejas paso franco!
--Nunca me imaginé que pudiera hacerme falta entender esa lengua
estúpida que hablas; pero la verdad es que daría ahora mismo todo lo
que tengo, excepto la camisa que llevo puesta, por saber si sospechas
toda la verdad o parte de ella.
Las dos mujeres se clavaban mutuamente con la vista. La tabernera, que
hasta aquí no se había movido del sitio en que la vió la señorita Pross
cuando se lavaba los ojos, avanzó un paso.
--Soy bretona y estoy furiosa--dijo la señorita Pross.--Mi vida me
importa un rábano. Sé que cuanto más tiempo te detenga, más aseguro la
salvación de mi señorita... Como te acerques, yo te aseguro que no te
dejo un pelo en esa cabeza.
Era el valor de la señorita Pross de índole sentimental, un valor que
llenó de lágrimas sus ojos. Poco práctica la tabernera en fenómenos de
sentimiento, tomó las lágrimas por debilidad.
--¡Ja, ja, ja, ja! ¡Pobrecilla, y qué poco vales!--exclamó.--No quiero
nada contigo... ¡Ciudadano doctor!--gritó.--¡Mujer de Evrémonde, hija
de Evrémonde! ¡Contestad a la ciudadana Defarge, miserables habitantes
de esa casa!
Acaso el silencio que siguió a sus gritos, acaso la expresión de la
señorita Pross, acaso presentimientos nacidos en su negra alma,
sugirieron a la tabernera la sospecha de que las personas cuya sangre
buscaba habían huído. El hecho fué que de las cuatro puertas que tenía
la habitación en que se encontraba, abrió tres y miró al interior de
las estancias a las cuales daban acceso.
--¡Todo lo veo en desorden, en estas habitaciones no hay nadie,
y sospecho que también está desierta la que tú guardas! ¡Quiero
reconocerla!--gritó.
--¡Nunca!--respondió la señorita Pross, quien entendió las palabras de
la tabernera tan bien como ésta entendió su respuesta.
--Si no están en esa habitación, se han ido; y aun es tiempo de
perseguirlos y de darles alcance--pensó la Defarge.
--Mientras no averigües si están o no en esta habitación, no sabrás qué
partido tomar--se dijo a sí misma la señorita Pross;--y yo te aseguro
que no has de averigüarlo si en mi mano está impedirlo. Otra cosa; de
aquí no has de salir mientras me queden manos con que sujetarte.
--No he encontrado hasta hoy muro capaz de cerrarme el paso; ten
por seguro que te haré pedazos si no sales de esa puerta--rugió la
tabernera.
--Estamos solas en una habitación interior de una casa solitaria y en
un barrio solitario. No es probable que nos oigan. De aquí no saldrás,
fiera, pues cada minuto que te detenga, vale un mundo para mi querida
señorita.
La tabernera, perdida la paciencia, avanzó con paso resuelto hacia
la puerta. La señorita Pross, guiada por el instinto de momento, la
agarró con entrambos brazos por la cintura. En vano intentó resistirse
y herir la primera, pues su antagonista, con esa tenacidad de gigante
que da el amor, siempre más fuerte que el odio, no sólo la sujetó,
sino que también la alzó del suelo entre sus brazos. Debatióse
furiosa la Defarge, descargó bofetones y más bofetones sobre la cara
de su enemiga, la arañó despiadada, pero la señorita Pross, que para
defenderse había bajado la cabeza, estrechaba cada vez más el cerco de
acero con que aprisionaba su cintura.
Las manos de la tabernera dejaron de golpear y bajaron a la cintura.
--No te molestes--dijo la señorita Pross;--está por bajo de mi brazo y
no has de poder desenvainarlo. Soy más fuerte que tú, gracias a Dios, y
no te soltaré hasta que caigas desmayada o muerta.
La señora Defarge llevó la diestra al seno. La señorita Pross vió el
objeto que aquella mano sacaba. Rápida como un rayo alzó un brazo,
descargó un golpe, y... brotó una llamarada, sonó un trueno, y
retrocedió. La estancia quedó llena de humo.
Todo ello no duró más de un segundo. El humo principió a salir por la
ventana, llevando entre sus negras espirales el alma de la mujer que
yacía sin vida sobre el pavimento.
Lo terrible de la situación en que se veía, hizo que la señorita Pross,
en el primer momento, intentara huir del cadáver y bajara corriendo
la escalera con ánimo de pedir socorros innecesarios y tardíos; pero
afortunadamente hízose cargo de las consecuencias a tiempo para
detenerse y volver sobre sus pasos. Horrible era pasar sobre el
cadáver, tendido a través de la puerta; pero pasó para recoger el
sombrero y otros objetos que debía llevarse. Los sacó al descansillo
de la escalera, cerró la puerta con llave, se sentó con objeto de dar
salida por los ojos al espanto que la ahogaba, y ya más tranquila, se
levantó y se fué.
Por fortuna para ella, el velo del sombrero era bastante tupido, pues
en caso contrario, lo probable es que la hubieran detenido en la calle.
Por fortuna para ella, era tan fea, que los arañazos profundos que en
la contienda había recibido no dejaron en su cara las huellas que en
otro rostro más favorecido por la naturaleza habrían dejado.
Al cruzar el puente, arrojó al río la llave de la casa. Llegó frente
a la puerta de la catedral algunos minutos antes de la hora convenida
con _Lapa_, y esperó, llena de terror, al pensar que acaso pescasen la
llave que acababa de arrojar, y descubriesen a qué casa pertenecía,
y abriesen la puerta, y encontrasen un cadáver, y la prendieran
y condenaran a muerte por el delito de asesinato. Tales eran los
pensamientos que la agitaban cuando llegó _Lapa_.
--¿Hay ruido en las calles?--preguntó la señorita Pross.
--El ordinario--respondió _Lapa_, no poco sorprendido tanto por la
pregunta cuanto por el aspecto de quien la hizo.
--No le oigo... ¿Qué me dice?
En vano repitió _Lapa_ una y otra vez lo que había dicho; la señorita
Pross no le oía.
--¡Vaya!--pensó _Lapa_.--Me haré entender por señas.
--¿Hay ruido en las calles?
_Lapa_ movió afirmativamente la cabeza.
--No oigo nada.
--¿Sorda como una tapia en una hora? ¡Es extraño!--pensó _Lapa_--¿Qué
la habrá pasado?
--He visto un relámpago, he oído un trueno; y el trueno fué lo último
que oí en mi vida--explicó la señorita Pross.
--La encuentro completamente cambiada... ¿Qué habrá podido tomar para
cobrar aliento? Porque la verdad es que no parece que tenga ni pizca
de miedo... ¡El ruido de esas malditas carretas...! ¿Las oye usted,
señorita?
--No oigo nada, absolutamente nada--contestó la buena Pross, reparando
en el movimiento de los labios de su compañero.--Un relámpago, un
trueno, y nada más.
--Si no oye el rodar de esas horribles carretas, opino que no volverá a
oir nada en este mundo--murmuró _Lapa_.
No se engañaba. La señorita Pross quedó sorda para siempre.
XV
LOS ECOS SE APAGAN PARA SIEMPRE
Rebotan sobre el empedrado de las calles de París los vehículos de la
muerte chirriando lúgubremente. Seis carretas llevan a la guillotina
la ración de vino con que diariamente se entretiene su sed. Los
monstruos devoradores, los monstruos insaciables que han forjado
las imaginaciones humanas desde el instante primero de su actividad
se han fundido en una realización única, y esta realización única
se llama guillotina. Y, sin embargo, en Francia, con toda su rica
variedad de clima y de suelo, no hay una brizna de hierba, una hoja,
una raíz, un renuevo, susceptible de llegar a sazón y madurez bajo
condiciones más favorables que aquellas que produjeron aquel horror.
El día que martillos semejantes aplasten y machaquen a la humanidad,
retorciéndola y borrando su forma, reaparecerá aquélla bajo las mismas
formas violentas y contrahechas bajo las cuales reapareció entonces, el
día que se siembre la semilla de la licencia rapaz y de la opresión,
florecerán y sazonarán los mismos frutos que entonces florecieron y
sazonaron.
Seis carretas ruedan chirriando a lo largo de las calles.
¡Transfórmalas en lo que antes fueron, tú, Tiempo, encantador poderoso,
reintégralas a su forma y condición anterior, y las veremos trocadas
en otras tantas carrozas soberbias de monarcas absolutos, en trenes
de nobles feudales, en lujosas galas de deslumbradoras Jezabeles, en
Sinagogas que han dejado de ser la Casa de Mi Padre para convertirse
en cavernas de ladrones, en míseras chozas de millones de famélicos
campesinos! No; el gran mago que majestuosamente trastorna el orden
establecido por el Creador, jamás destruye sus transformaciones. «Si la
voluntad de Dios te ha dado la forma que afectas, no intentes variarla;
pero si la debes a pasajeras conjuras humanas, recobra la que recibiste
del Altísimo,» dicen los magos a los seres encantados en los cuentos
árabes.
Las ruedas sombrías de las carretas al dar vueltas sobre el empedrado
semejan potente arado que abre un surco profundo entre el populacho que
llena las calles, a uno y otro lado del que quedan cabezas humanas.
Tan habituados están al horrendo espectáculo los vecinos de las casas,
que en muchos balcones no se ve una sola cara, y es muy frecuente ver
personas empleadas en alguna ocupación que no suspenden el movimiento
de sus manos al paso de aquéllas, aunque sus ojos se vuelvan a las
carretas para ver quiénes son los desgraciados que las ocupan.
Entre los que montan las fatídicas carretas, los hay que contemplan
lo que les rodea con mirada impasible y los hay que concentran en
ello un interés pasajero. Dan pruebas palpables unos de desesperación
silenciosa haciendo el viaje postrero con las cabezas dobladas sobre el
pecho, al paso que otros las llevan arrogantemente erguidas y dirigen a
las turbas miradas de altivo desdén. Muchos meditan o procuran recoger
sus pensamientos empeñados en vagar sin freno, y a ese fin cierran
los ojos, mientras uno, uno solo, mísero ser de aspecto repugnante,
parece tan enloquecido de terror, que canta y hasta intenta bailar. Las
expresiones de los condenados varían hasta el infinito, pero ni uno
solo despierta piedad en los diamantinos pechos del pueblo.
Rompen la marcha algunos jinetes de aspecto embrutecido a quienes los
curiosos dirigen de vez en cuando preguntas. Sin duda éstas son siempre
las mismas, pues a la contestación sigue invariablemente un movimiento
de las turbas en dirección a la tercera carreta. Los jinetes de rostro
embrutecido que cabalgan delante también señalan con frecuencia con la
punta de sus sables a un hombre de los que la ocupan. El condenado en
cuestión ha excitado la curiosidad general; todos desean saber quién
es el hombre que, apoyada la espalda contra el respaldo de la tercera
carreta, conversa con una muchachita sentada a su lado. No parece que
le interese la escena ni que le importe nada de cuanto le rodea. En
la calle de San Honorato gritan las turbas contra él; a los gritos
contesta con una sonrisa y con movimientos enérgicos de cabeza que
desordenan más sus largos cabellos, caídos sobre su cara, hasta la cual
no puede llevar las manos, pues sus brazos están amarrados.
En lo alto de una escalinata de una iglesia espera el paso de la
fúnebre comitiva el espía a quien Sydney Carton llamaba el mirlo del
verdugo. Clava sus miradas en la primera carreta: no está allí. Mira
con ansiedad a la segunda... Tampoco. Su rostro refleja el temor
que comienza a invadirle, cuando, al escudriñar la tercera, sonríe
complacido.
--¿Quién es Evrémonde?--pregunta un hombre colocado a su espalda.
--Aquel... el de la tercera carreta.
--¿El que habla con la chicuela?
--Sí.
--¡Muera Evrémonde!--vocifera inmediatamente el hombre en cuestión.--¡A
la guillotina todos los aristócratas! ¡Muera Evrémonde!
--¡Calla.... calla...!--exclama con timidez el espía.
--¿Por qué he de callar?
--Porque va ya a pagar sus crímenes... Dentro de cinco minutos los
habrá purgado... Déjale ahora en paz.
--¡Muera Evrémonde!--continúa gritando aquel bárbaro.
Evrémonde vuelve la cara hacia el que vocifera; ve al espía, le mira
con atención, y prosigue impávido su camino.
Los relojes de la ciudad están para dar las tres, y el arado se desvía
de la recta para llegar al sitio designado para las ejecuciones. Las
líneas de cabezas humanas que flanqueaban hasta allí el surco abierto
por el arado se agrupan en tropel rodeando a la guillotina que va a
entrar en funciones. En primera fila, cómodamente instaladas en sillas,
exactamente lo mismo que si estuvieran en el teatro, hay una porción
de mujeres, que hacen calceta con verdadero ardor; entre ellas no era
difícil ver a La Venganza, que parece inquieta y nerviosa.
--¡Teresa!--grita apelando a su registro más estridente.--¿Quién ha
visto a Teresa... a Teresa Defarge?
--Es la primera vez que falta--contesta una de las trabajadoras.
--¡No... no faltará hoy tampoco...! ¡Teresa!--ruge La Venganza.
--Grita más--aconseja la mujer que habló antes.