nosotros), los primos Mezquita sonreían con amargura y rechinaban los
dientes.
He aquí que un día, al abrir la puerta del gabinete para salir por la
sala, como lo hiciese sin ruido acerté a presenciar un espectáculo que
me llenó de confusión. El caballero Jáuregui se hallaba en pie frente al
espejo ejecutando una serie de movimientos desordenados, de gestos
convulsivos que me pusieron en suspensión y espanto. Tenía el sombrero
en una mano y lo agitaba frenéticamente y sacudía al mismo tiempo la
cabeza con extraño furor, clavando una mirada de extravío sobre su
propia imagen pintada en el cristal.
Me detuve un instante estupefacto. No sabía qué hacer; si llamarle la
atención, ya que él no me veía, o dar la vuelta y meterme otra vez en el
gabinete. Opté por esto último y con rápido ademán cerré la puerta; pero
no pude llevarlo a cabo de tal manera que no hiciese algún ruido.
Me dejé caer sobre el sofá y me puse a pensar, no sin inquietud, que mi
vecino se había vuelto loco o estaba en camino de volverse. ¿Qué era
aquello? ¿Qué significaban tan grotescas maniobras?
No tuve tiempo a hacerme muchas más reflexiones. En aquel momento
llamaron suavemente a la puerta.
--¡Adelante!--dije con no poca zozobra, por no dudar un punto de quién
era el que llamaba.
Se abrió la puerta. Apareció Jáuregui. Su rostro, ordinariamente pálido,
estaba ahora teñido de carmín. Yo me puse al verle más colorado aún que
él.
--Perdone usted... Me creo obligado a darle algunas excusas por la
situación extravagante en que hace un momento me ha encontrado...
Yo levanté el brazo con un gesto que sin duda aspiraba a significar que
aquella situación era, a mi juicio, la más natural del mundo.
--Sí, sí, muy extravagante--prosiguió él sin prestar asentimiento a
aquel gesto--. Todo depende de una enfermedad nerviosa que desde hace
tiempo padezco y que me obliga a menudo a ejecutar movimientos
involuntarios.
Fingí de palabra, como lo había hecho con el gesto, no dar importancia
alguna a tales movimientos y haberlos visto sin sorpresa. Luego le
expresé mi sentimiento por su dolencia y el deseo de verle pronto
restablecido.
Le invité a sentarse. Cedió gustoso y comenzamos a departir
amigablemente. Pocos minutos después todas mis prevenciones
desfavorables, las prevenciones que me habían infundido mis compañeros,
se habían desvanecido por completo. Aquel joven era un dechado de
cortesía, de franqueza y cordialidad. Ni sombra del orgullo que le
habíamos supuesto. Me habló de la vida cortesana y de sus amistades en
un tono de modestia e indiferencia que dejaba suponer que se hallaba
lejos de conceder extremada importancia a los timbres de nobleza y a las
prerrogativas sociales. Se enteró con visible interés de mi vida y mis
estudios y me hizo amables preguntas también sobre mis compañeros. Nos
despedimos y nos apretamos la mano como verdaderos amigos.
Cuando di cuenta de esta conversación (aunque ocultando su origen) a
mis compañeros y les expresé el juicio favorable que nuestro vecino me
había merecido, recibieron mis declaraciones con duda y hostilidad. Sin
embargo, poco a poco se fueron rindiendo a ellas, y aunque no logré por
entonces que se le mostrasen propicios, su ojeriza mermó notablemente.
Mis relaciones con Jáuregui se fueron estrechando. Al principio
hablábamos solamente cuando por casualidad nos tropezábamos en la sala o
en el pasillo. Después nos fuimos buscando. Me invitó a pasar a su
gabinete. Quedé asombrado de la elegancia con que estaba amueblado.
Pronto averigüé que ninguno de aquellos preciosos artefactos, ni
siquiera el lecho, pertenecían a Doña Encarnación: todo estaba comprado
por él. Y a pesar de eso, por lo que pude colegir, pagaba casi tanto por
su habitación como yo por la pensión completa. Razón tenía, pues,
nuestra huéspeda para mostrarse con él tan reverente.
Jáuregui, aunque haciendo una vida cortesana de placer, era más culto de
lo que yo había supuesto. Pero no pude menos de observar en seguida que
su cultura se reducía casi enteramente a un ramo, el ramo más extraviado
de la ciencia, el que se refiere a la magia y al ocultismo.
--¡Cómo! ¿llama usted ciencia a la magia?--me preguntará cualquiera
inmediatamente. No soy yo quien así la llama sino sus adeptos modernos.
Actualmente todo tiende a convertirse en ciencia y lo maravilloso
reviste apariencia científica. Tiene sus libros, sus Revistas, sus
Sociedades sabias y Congresos. Los augures y profetas no visten ya la
túnica de estrellas, sino la levita del profesor.
De todos modos Jáuregui poseía una copiosa colección de libros
ocultistas que guardaba en un armario de caoba destinado al efecto. Me
la mostró con cierto orgullo y de una en otra vino a confesarme que él
era un entusiasta espiritista, que había leído y meditado mucho sobre
este asunto y que en un viaje que había realizado a París hubo de
ponerse en relación con los partidarios más conspicuos de esta teoría y
asistió a algunas de sus sesiones prácticas.
¡Cosas sorprendentes, milagrosas, había logrado presenciar! Bajo la
influencia del espíritu de Copérnico, había visto escribir páginas
brillantes sobre astronomía a un sujeto que ignoraba por completo esta
ciencia, y, guiado por el de Abelardo, otro había dibujado la espléndida
casa que este filósofo posee en el planeta Venus, donde vive en compañía
de Eloísa.
Además, había hablado con adivinos, luciferanos, quirománticos; había
presenciado casos milagrosos de materialización de fantasmas; no sólo
materialización de manos y brazos aislados que flotaban en el aire y
cuyo contacto sintió en el rostro, sino verdaderos fantasmas de sujetos
fallecidos hacía mucho tiempo, apariciones increíbles de dos o tres
personas al mismo tiempo que marchaban por la sala vestidas con túnicas
blancas, mostraban sus brazos desnudos y daban apretones de manos a los
circunstantes. Había visto a un famoso _medium_ traer repentinamente a
sus manos pájaros y flores de climas apartados, mover los objetos sin
contacto, levantar las cortinas y trasladar los muebles; había visto
tomar fotografías de los objetos pensados y casos estupendos de
transmisión del pensamiento.
Era de noche, a las altas horas de la noche, cuando Jáuregui me contó
estas increíbles maravillas. Confieso que me sentí impresionado y aun
puedo añadir un poco inquieto y medroso. Aquel joven tan pálido, de ojos
tan grandes y negros, narrándome conmovido y con voz temblorosa tales
espantos era cosa realmente para aterrar a cualquiera.
--Y usted por sí mismo, ¿no se ha puesto jamás en relación con algún
espíritu?--me atreví a preguntarle.
Jáuregui vaciló un instante y balbució algunas palabras de excusa.
Después, súbitamente resuelto, me declaró con toda franqueza que hacía
ya mucho tiempo que se hallaba en estrecha comunicación con el mundo de
los espíritus. Había tenido un trato muy íntimo con Napoleón, Felipe II
y Pedro el Grande de Rusia, si bien hacía tiempo que no hablaba con
ellos por negligencia; pero así que los evocaba, inmediatamente acudían
a responderle. Yo no pude menos de hacerle observar la gran diferencia
que existía entre el mundo de los espíritus encarnados y el de los
desencarnados; porque era bien seguro que aquellos señores, en vida, no
se hubieran dignado concederle una audiencia, cuanto más acudir a las
suyas.
--Cierto, cierto--manifestó Jáuregui gravemente.
--Además, prueba que en el otro mundo los reyes y emperadores andan muy
desocupados cuando pueden venir a conferenciar con cualquiera que les
llame en éste.
--Exacto--volvió a murmurar Jáuregui.
Sin embargo, a pesar de tan sorprendentes prerrogativas, no estaba
satisfecho. Jamás había logrado materializar a un espíritu y esto le
tenía desalentado y triste. Desde hacía largo tiempo apenas se
comunicaba con otros que con el de Sócrates y el de su novia, una novia
que se le había muerto tísica hacía dos años. A estos dos espíritus les
había hecho los consultores y guías de su existencia. Con ellos
conferenciaba todos los días por medio de un veladorcito rotativo con
abecedario parecido a una ruleta donde una aguja movida por impulso
inconsciente de sus dedos señalaba las respuestas. Esta mesita giratoria
la guardaba misteriosamente en su armario y me la mostró con gesto
solemne.
También me hizo ver unos cuadernos donde se ejercitaba en la escritura
automática escribiendo con los ojos cerrados bajo el soplo de la
inspiración. Tenía asimismo un diccionario con el cual se consultaba:
fijaba de antemano con el pensamiento la columna y la línea en que había
de hallar la respuesta, abriéndolo después al azar por medio de una
plegadera. Me narró casos sorprendentes. En cierta ocasión, escribiendo
automáticamente, estampó más de cien veces una sola palabra, la palabra
veneno. Aquella misma tarde se envenenó con una gaseosa. Otra vez abrió
el diccionario para averiguar la enfermedad que padecía una de sus
parientas y se encontró con la palabra _vapor_, que nada significaba.
Pocos días después, no obstante, el médico diagnosticó que lo que
aquella señora padecía eran _vapores_.
Naturalmente, con tales maravillas Jáuregui se hallaba absolutamente
persuadido de la verdad de la teoría espiritista que para él era una
verdadera religión. Pero, sobre todo, estaba entusiasmado con la
acertada dirección que Sócrates imprimía a la conducta de su vida y la
manera airosa con que le sacaba de todos los atolladeros que en ella se
le presentaban.
--Claro está--hube de manifestarle--; como que Sócrates está reputado lo
mismo en la antigüedad que en la edad moderna por el hombre más juicioso
que ha existido. Y en verdad que es caso asombroso y digno de toda
alabanza el que un filósofo tan glorioso venga a departir amablemente
con una persona cuyos méritos no desconozco, pero que no ha alcanzado
celebridad en el mundo.
--¿No es cierto?--exclamó Jáuregui con los ojos brillantes de triunfo y
alegría--. Pues casi todos los días se está dos horas lo menos conmigo.
Por cierto--añadió bajando la voz y sonriendo--que la otra noche nos
ocurrió un lance singular y bastante cómico. Verá usted. Nos hallábamos
charlando hacía un rato largo y yo le consultaba sobre ciertas materias
delicadas, cuando de pronto, ¡zas!, oigo un chasquido en el aire. Quiero
continuar mi conferencia, pero Sócrates no responde. Le llamo repetidas
veces, y nada. Al día siguiente, cuando acudió a mi llamamiento me
confesó que su mujer Jantipa le había sorprendido en conversación
conmigo y le había dado una bofetada.
--¡Una bofetada!--exclamé en el colmo del asombro--. ¿No decía usted que
jamás había logrado obtener una materialización? Pues ahí la tiene
usted... Porque me parece que una bofetada es algo bien material.
--¡Sí, pero no la he visto!--exclamó con aflicción.
--Eso acontece casi siempre con las bofetadas: se las oye, se las
siente... pero no se las ve venir.
Después de esta conferencia tuvimos otras varias y entramos en gran
intimidad. Casi todas las noches, cuando ya la gente de la casa
reposaba, me hacía pasar a su gabinete y charlábamos un rato más o menos
largo. Al cabo me propuso que nos tuteásemos, a lo cual, como es de
suponer, cedí con el mayor gusto.
En realidad, aquel joven aristócrata, con su erguida cabeza y su
imponente cruz de Calatrava, era lo que suele llamarse _un infeliz_. Yo
llegué pronto a cobrarle afecto, pero no logré que mis otros compañeros
le concediesen su simpatía. Verdad que Jáuregui seguía mostrándose con
ellos tan frío y ceremonioso como antes y sólo conmigo abandonaba su
empaque.
Pues después que yo me iba a la cama, porque debía madrugar, todavía él,
que no estaba obligado a hacerlo y podía dormir a su sabor la mañana,
solía quedarse largo tiempo en conferencia con los espíritus.
Una noche, cuando me hallaba sumido ya en el más profundo sueño, oigo
llamar a mi puerta con fuertes golpes.
--¿Quién va?--pregunté, incorporándome despavorido.
--¡Jiménez! ¡Jiménez!
Era la voz de Jáuregui.
--Entra. ¿Qué ocurre?
Jáuregui se presentó en mi alcoba con la palmatoria en la mano,
tembloroso, el rostro descompuesto, los cabellos erizados.
--Pero ¿qué pasa?--exclamé yo, asustado también.
--¡Una cosa horrible!
Y colocó la palmatoria sobre mi mesa de noche y se dejó caer sobre una
silla sin acertar a articular más palabras. Yo llené un vaso de agua,
que tenía al alcance de mi mano, y se lo di a beber. Se calmó un poco y
profirió velozmente:
--He logrado materializar a mi novia.
--¡Anda!--exclamé yo súbitamente tranquilizado--. ¿Y por eso te asustas?
Pues, al contrario, debías estar muy satisfecho.
--Es que... ¡es que tú no sabes!... Se me presentó en una forma
espantosa, envuelta en un sudario blanco, los cabellos sueltos, el
rostro amarillo, los ojos inflamados...
--No tiene nada de particular, porque la has cogido desprevenida y no ha
tenido tiempo a arreglarse... Pero ya verás más adelante cómo se te
presentará en traje más adecuado.
Me dirigió una mirada recelosa. Yo permanecí serio. Al fin se
tranquilizó por completo.
Pocos momentos después se alzó de la silla y se retiró, pidiéndome
perdón por haberme despertado de tan dramática manera. Me volví del otro
lado y no tardé muchos segundos en quedar de nuevo profundamente
dormido.
VIII
LOS ÁNGELES DE LA BUHARDILLA
Acaeció que en los últimos meses del curso académico vino a instalarse
en el cuarto cuarto de aquella misma casa una modesta familia compuesta
de una mamá, dos niñas ya casaderas y un chico de catorce o quince años.
Bien modesta necesitaba ser, porque aquel cuarto cuarto, si se le
despojase de su tarjeta de visita, se llamaría sencillamente buhardilla.
No tenía vistas a la calle, sino tan sólo tres ventanas al patio,
enfrente y un poco más altas que las de nuestras habitaciones
interiores. En estas habitaciones alojaban Moro y los primos Mezquita.
Así que éstos se dieron cuenta de la llegada de aquellas jóvenes, se
sintieron cada día más y más apegados a la vida sedentaria. Y comenzó el
imprescindible tiroteo de miraditas, señas y sonrisas. Las niñas eran
lindas y trabajaban la mayor parte del día arrimadas a una de las
ventanas. Y los primos Mezquita, acometidos súbitamente de un ansia
irresistible de saber, estudiaban casi las mismas horas pegados a la
suya.
Pronto supimos todos en la casa que una de las niñas, la más bella y
pizpireta, se llamaba Lolita; la otra, Rosarito; el chico, Perico, y la
mamá, Doña Enriqueta. Era ésta viuda de un comandante de infantería
fallecido hacía ya algunos años y se sostenía con la módica pensión que
le quedara y con el trabajo de sus hijas. Las dos eran bordadoras,
ocupación mal recompensada como todos saben. Para ganar lo
indispensable, nada más que lo indispensable, necesitaban las pobrecitas
aplicarse duramente todas las horas del día y quizá también algunas de
la noche.
Doña Encarnación, nuestra patrona, no tardó en hacer conocimiento con
ellas. Se hallaron primero en la escalera. Doña Encarnación era
exageradamente comunicativa. Subió después a su cuarto; bajó doña
Enriqueta al nuestro; por último, las bellas ninfas, sus hijas, también
se dignaron descender envueltas, como diosas que eran, en una espesa
nube que las ocultó a nuestras miradas profanas. Acaso no sería la nube.
Acaso aprovecharan astutamente el momento en que todos los huéspedes nos
hallásemos en la calle. De todos modos, el hecho fué que no logramos
verlas. En otras de sus apariciones celestiales sucedió lo mismo.
Los primos Mezquita se torcían las manos, se mesaban los cabellos, se
dejaban caer desfallecidos sobre las sillas, pensaban vagamente en el
suicidio cuando al llegar a casa adquirían conocimiento de tan sublime
epifanía. Aspiraban después con delicia el aire embalsamado por las
bellas y tocaban con respeto los objetos donde ellas habían puesto sus
torneadas manos.
Doña Encarnación, sonriente, implacable, coadyuvaba a su desesperación
relatando minuciosamente los incidentes de la aparición: cómo se habían
presentado, si peinadas o con el cabello suelto, los lindos pies
calzados o solamente con babuchas, qué palabras habían pronunciado, qué
risas divinas habían fluído de sus rosados labios. Doña Encarnación
gozaba cruelmente como una divinidad infernal con la aflicción de sus
huéspedes.
El cerebro del hombre apretado por las circunstancias puede engendrar
ideas muy fecundas. La que brotó de la mente de uno de los Mezquita en
esta ocasión fué maravillosa. Nada menos se le ocurrió que despedirse en
voz alta de Doña Encarnación cada vez que salía a la calle, dejar la
puerta entornada, volverse desde la escalera, penetrar de nuevo en la
casa y encerrarse traidora y solapadamente en su cuarto espiando como un
sátiro la entrada en escena de las ninfas de la buhardilla.
Repetida esta maniobra diferentes veces, al fin aquéllas cayeron en el
lazo. Se hallaban en el comedor holgándose alegremente en compañía de
Doña Encarnación, narrando los dulces incidentes de su vida poética,
inmarcesible, engullendo al mismo tiempo algunas galletitas con que
aquélla las obsequiaba, cuando aparece repentinamente por la puerta
Bruno Mezquita. El impostor tuvo la audacia de fingirse sorprendido, de
balbucir algunas frases de excusa y hasta de intentar retirarse. Pero no
lo hizo, ¡ya lo creo que no lo hizo! Venía solamente a participar a Doña
Encarnación que se le había caído un botón del chaleco y a suplicarle
que tuviese la amabilidad de pegárselo.
¡Un botón! ¡Qué pretexto ridículo y prosaico! Sin embargo, aquellas
preciosas niñas se ruborizaron como si entrase cantando una trova de
amor. Y después de todo, aquel botón, bajo su sórdida apariencia, no era
otra cosa que un madrigal. El que no lo reconozca así no dará pruebas de
gran perspicacia.
Doña Encarnación salió en busca de los enseres necesarios para realizar
la operación que se le encomendaba. Bruno Mezquita quedó solo unos
instantes con aquellas ninfas, y si no las abrazó y las besó y las
arrastró por la fuerza al paraje más sombrío del bosque como un sátiro
que era, no fué porque le faltasen deseos de hacerlo.
Llegó Doña Encarnación al punto de impedirlo. Traía en la mano la aguja
y la hebra de seda; pero en el momento de colocar el botón en su sitio
observó con disgusto que le faltaban las gafas. Trató de ir a buscarlas,
pero Lolita, la primera y más bella de las dos divinidades, se ofreció
con graciosa condescendencia a pegar el botón con sus manos inmaculadas.
Entonces le tocó al primo Mezquita ruborizarse. Lo hizo como si fuese un
tierno colegial y no un sátiro empedernido. El botón quedó pegado al
instante con perfección inimaginable. Bruno Mezquita se hubiera
arrancado de cuajo todos los que tenía en su ropa, a riesgo de quedar
desnudo, por sentir tan cerca de sí más tiempo las manos de la deidad.
Aunque es fuerza confesar que existen en el mundo seres tan egoístas que
no agradecen o agradecen débilmente los servicios que se les presta, no
fué este el caso del primo Mezquita. Al contrario, dió las gracias de un
modo tan apasionado y vehemente, que todo su cuerpo se retorció al
hacerlo como si repentinamente hubiera caído en un ataque epiléptico.
Doña Encarnación no pudo menos de preguntarse con inquietud si su
huésped iba a experimentar la dislocación de alguno de sus miembros más
importantes.
Al fin quedó asegurada con gusto de que esta seria calamidad no se
efectuaría. Bruno se calmó, y después de dar algunas docenas más de
gracias anunció su intento de subir a la mansión cerúlea de su
bienhechora para ponerse a los pies de la autora de sus días, en el caso
de que ésta consintiera en recibir la visita de un mortal tan
desprovisto de mérito. Lolita manifestó que su mamá era toda afabilidad,
toda benevolencia, y, por lo tanto, acogería la visita con el mayor
agrado.
La visita se efectuó al día siguiente. Bruno Mezquita nos lo hizo saber
por la noche a la hora de la cena y nos hizo su relación con exasperante
prolijidad. Exasperante para su primo Manuel, que empalideció de
envidia. En cuanto al pequeño Albornoz, que secretamente alimentaba ya
una pasión incurable por Lolita, quedó anonadado.
Por espacio de algunos días el más anciano de los Mezquita tronó y
relampagueó solo en lo alto de la buhardilla sin que nadie osara hacerle
la competencia. Poco tiempo le bastó para adquirir gran confianza en
aquella región luciente. Iba y venía con pasmosa frecuencia llevando y
trayendo recaditos para Doña Encarnación, subiendo unas veces periódicos
de modas, bajando otras algún dibujo de bordado, un pañuelo olvidado,
una novela prestada, etc. Doña Encarnación enviaba por su conducto de
vez en cuando a aquellos ángeles algunas almendras y galletas que
cercenaba de nuestro postre y hasta hubo sospechas de que en una ocasión
no tuvo reparo en hacer cargar a Bruno con una fuente de arroz con
leche. Pero tal extremo nunca se pudo esclarecer por completo; aunque
Pepito Albornoz lo daba por seguro y lo contaba con una sonrisa amarga
que revelaba su despecho.
Todo tiene su fin en este mundo. Aquella odiosa dictadura terminó cuando
Manolo Mezquita, guareciéndose bajo el manto protector de Doña
Encarnación, que gustaba de extenderlo sobre todos los desesperados, se
hizo presentar en la morada gloriosa a la imponente divinidad que la
regía.
Doña Enriqueta acogió con benignidad los homenajes del nuevo devoto,
como no tardó en hacérnoslo saber el mismo interesado. Pepito Albornoz,
que ardía en ansias de obtener el mismo honor, alentado por estos
precedentes, no tardó mucho en conseguirlo, merced igualmente a la
graciosa intervención de nuestra patrona. Por último, ésta, en un rapto
de su inagotable caridad, encarándose con Sixto Moro y conmigo, nos
dijo:
--¿Qué es eso? ¿No quieren ustedes que les presente en casa de mis
amiguitas como a estos señores?
Sixto Moro y yo nos miramos y en los labios de uno y otro se esbozó la
misma sonrisa. Porque admirábamos la belleza de aquellas niñas, sobre
todo la de Lolita, que era en realidad quien lo merecía, mas sus gracias
no habían logrado causar un efecto mortífero en nuestro corazón. Sixto
Moro tenía el suyo prisionero en otra parte, y el mío yacía también por
los mismos parajes maltrecho y ensangrentado.
Nos mostramos, sin embargo, agradecidos, dimos nuestro asentimiento, y,
en efecto, a la noche siguiente fuimos presentados en el casto asilo de
las bordadoras con toda la solemnidad que el caso requería.
Era un verdadero nido de golondrinas, una casa de muñecas. Se componía
de una salita de regulares dimensiones, dos alcobas para la mamá y las
niñas, un comedorcito, en él un pequeño agujero para el chiquillo, y una
cocina.
Doña Enriqueta nos acogió con gravedad benévola. Era una señora de
prócer estatura, cabellos blancos, nariz aguileña, tez pálida y ojos
bellos y severos. El conjunto no podía ser más imponente y majestuoso.
--¡Ah! es usted del norte de España--me dijo con sonrisa
condescendiente--. Allá en América les tenemos en mucha estima por su
honradez y laboriosidad. Es gente que sabe abrirse camino y aprovecha
bien las circunstancias para hacerse una posición más o menos brillante.
En la Habana hemos tenido dos criados, uno asturiano y otro montañés,
tan fieles, que yo les entregaba la llave de la caja de las joyas cuando
necesitaba sacar algunas para ir a los bailes de la Capitanía o de los
marqueses de la Reunión.
Si he de confesar la verdad, no me sentí muy halagado en aquel momento
por el testimonio generoso de la fidelidad de mis paisanos. Hubiera
deseado verles en posición más desahogada, aunque su virtud no fuese tan
ostensible. Pero esta ligera humillación quedó bien compensada por la
satisfacción orgullosa que sentí al verme tan bien acogido de una dama
que había brillado en otro tiempo en los salones de los magnates
americanos.