primeros días del segundo llegó a la Universidad triste y abatido, y me
comunicó con voz apagada, que por exigencias de su familia se veía
obligado a dejar la carrera de Ciencias y prepararse para entrar en la
milicia. Con prudente vaguedad me dió a entender que los negocios de su
casa no marchaban muy bien y que necesitaba pronto ponerse en
condiciones de ganarse la vida por sí mismo. Había elegido la carrera de
ingeniero militar como más compatible con el cultivo de las ciencias que
amaba y no quería abandonar.
Pronto averigüé, como averiguó todo Madrid, la ruina y caída de la Casa
de Pérez de Vargas. Sus acreedores se habían echado sobre ella, y no
sólo sus bienes, sino hasta el mismo viejo palaciote había quedado en su
poder. Sus hermanos varones permanecieron en Madrid, pues aquí tenían
sus destinos: los papás y las hijas se habían ido a vivir a cierto
lugarcillo de una provincia lejana donde un hermano de la señora les
había dejado una casa y algunas pequeñas rentas para sostenerse. Allí
fueron a refugiar su desnudez aquellas cinco elegantes que tanto
esplendor habían dado a la corte.
Martín quedó aquel año en Madrid preparándose para el ingreso en la
escuela. Después se fué a Guadalajara y no volví a verlo en muchos años.
VI
LA GLÁNDULA DEL ATEÍSMO
Bien; quedamos en que la rosa espléndida que brotó en la mañana de mi
vida se marchitó apenas brotada. No acaeció otro tanto con la que
embalsamó la existencia de mi amigo Sixto Moro. He de contar su historia
en estas memorias con la esperanza de producir algo digno de ser
conocido.
Y ¿por qué he de maldecir de mi fracaso? Al contrario; quiero alegrarme
como si fuese uno de los sucesos más dichosos de mi vida. Cuando un
hombre, a punto de cometer una mala acción, tropieza con cualquier
obstáculo que se lo impide, esto significa que no está dejado de la mano
de Dios. El ángel de su guarda le ha suscitado aquel impedimento para
salvarle. Yo bendigo a la Providencia porque el mío en aquella ocasión
me haya hecho caer de bruces. A la hora presente no me atormenta el
remordimiento de haber engañado vilmente a un amigo de mi padre.
Ya sé que esto no es completamente moderno, que existe en la actualidad
una moral más perfeccionada; pero soy viejo ya y no tengo tiempo ni
humor para ponerme al tanto de los nuevos descubrimientos.
La aventura de Moro se desarrolló desde un principio con la mayor
inocencia. Los cortos momentos que pudo estar cerca de Natalia y las
pocas palabras que con ella había cruzado causaron sobre él tan profunda
impresión, que durante algún tiempo apenas sabía hablarme de otra cosa.
Quería averiguar no solamente los rasgos de su carácter, sino también
los pormenores referentes a su vida y costumbres, y me saeteaba con
preguntas que la mayor parte de las veces no podía yo satisfacer. Me
confesaba ingenuamente que la imagen de aquella niña le seguía a todas
partes y turbaba la marcha hasta entonces tranquila de su vida.
Yo comprendía el estado de su alma por lo que en la mía pasaba: hubiera
tenido placer en ayudarle a conquistar el corazón o la mano de aquella
bella criatura, mas vi prontamente lo absurdo de tal empresa. Moro era
un joven de extraordinario talento, de una maravillosa facilidad de
palabra, que a no dudarlo se abriría camino en la sociedad y alcanzaría
los primeros puestos de la política. Pero su mérito hasta ahora se
hallaba inédito: sólo sus condiscípulos de la Universidad y sus
compañeros de la Academia de Jurisprudencia podían apreciarlo. En el
mundo no se cotizan las esperanzas, y a la hora presente mi amigo no era
otra cosa que el hijo de un pobre zapatero de Alcalá y un aprendiz de
abogado. ¿Cómo poner los ojos en la hija única de un tan encumbrado
personaje como el general Reyes?
Demasiado lo comprendía él. Por eso jamás, ni directa ni indirectamente,
salió de sus labios en nuestras conversaciones una palabra que pudiese
significar alguna remota esperanza de ser correspondido. En cambio, se
entregaba libremente a los goces del amor platónico, buscando las
ocasiones de dar satisfacción a los ojos con la imagen de su adorada.
No le faltaban, ciertamente, porque yo conocía bien las costumbres de
las damas; sabía en qué iglesia y a qué hora oían misa los domingos y
cuáles los teatros que frecuentaban durante la semana. El pobre Moro,
aunque disponía de escasísimos recursos, encontraba de vez en cuando
una peseta en su bolsillo para procurarse una entrada de _paraíso_. Yo
le prestaba mis gemelos y desde aquellas alturas se saciaba contemplando
toda la noche a su ídolo.
Más de una vez, cuando yo tenía el honor de acompañarlas, al levantar
los ojos desde nuestra platea a la galería tropezaron con los de mi
amigo ávidamente posados en nosotros. Yo le hacía un signo, él me hacía
otro, y nada más. Me había suplicado con mucho encarecimiento que jamás
diese a entender a Natalia aquel amor que le había inspirado, y le
cumplía la promesa. Más de una vez también, hallándole por la mañana con
los ojos enrojecidos, he comprendido que había pasado la noche anterior
con ellos pegados a los cristales de los gemelos en algún teatro. Yo le
embromaba con aquellas manchas sanguinolentas y él no me negaba el
hecho.
Natalia me dijo un día:
--Tu amigo Moro debe de ser muy aficionado al teatro: le he visto ya
diferentes veces.
--Sí--le respondí con alguna vacilación--; le gusta mucho la música y la
literatura... pero le habrás visto en las alturas, porque todavía no
puede permitirse el lujo de una butaca.
--Eso demuestra que es un sincero aficionado--replicó graciosamente--.
La mayoría de los que vamos a butacas y a palcos no asistimos al teatro
por el drama o por la ópera que representan, sino por ver gente, por
exhibirnos, por pasar el rato.
Repetí estas palabras a Moro y le causaron muy grata impresión. El
espíritu grave, recto y sincero de Natalia se adivinaba al través de
ellas.
--¡Ya ves cómo no adoro a una muñeca!--exclamó con los ojos brillantes
de alegría.
Se hizo más cauto, sin embargo, y redobló sus precauciones para no ser
visto por ella.
¡Qué placer infinito le causé un día que le traje la rosa que Natalia
había llevado sobre el pecho en el teatro! Se le había caído cuando
salimos. Yo la recogí del suelo y quise entregársela.
--Tírala, no sirve ya para nada.
--Es lástima--le respondí--; me quedo con ella.
--¡Con tal que no te sirva para hacer alguna conquista!
--Bueno, se la regalaré a mi patrona Doña Encarnación, a ver si consigo
que se ablande.
--¿Qué estás diciendo?--exclamó, mirándome con espanto.
--Sí; que se ablande el _beefsteak_ que nos sirve en el almuerzo.
Soltó una fresca carcajada. El General y Guadalupe se volvieron, y mi
palabrita, repetida por Natalia, obtuvo un gran éxito.
El pobre Moro quiso volverse loco de alegría cuando le entregué esta
rosa. Me hizo jurar que no le engañaba, que había estado, en efecto,
sobre el pecho de su amada. Una vez convencido se entregó a tan
graciosos extremos de alegría, que pasamos un rato delicioso. La colocó
en un pequeño florero, se arrodilló delante de ella, se puso a cantar el
_Tantum ergo_ y a guisa de incensario quemó en su honor algunas hojas de
_papel de Armenia_. Después la llevó con toda solemnidad a su cuarto y,
haciendo previamente grandes y repetidas genuflexiones, la encerró en su
armario, prometiéndome que de vez en cuando la «pondría de manifiesto»,
sonando antes la campanilla para que todo el mundo de la casa viniese a
adorarla.
¡Cuánto nos hacían reír estas bromas! Nos hallábamos en la edad dichosa
en que se ríe con las alegrías y también con las penas.
Como ejemplo igualmente de que el humor jocoso de Moro no se había
extinguido por la pasión sin esperanza que le había cogido, contaré una
chanza que por aquellos días nos hizo reír mucho.
Algunas noches, después de comer, los primos Mezquita solían
arrastrarnos consigo al _Café de Madrid_.
En aquel tiempo se juntaban por las noches en este café los enemigos más
caracterizados que el Sér Supremo tenía en la capital de España. La
mayor parte eran estudiantes de Medicina. Había también muchos
dependientes de comercio y algún que otro borracho sin profesión
conocida.
Se hallaba situado entonces frente al Ministerio de Hacienda. A un lado
de la puerta de éste aparecía un gran letrero en negro, trazado con
brocha gorda, que decía: «_Cayó para siempre la raza espúrea de los
Borbones._» Al otro lado decía: «_Justo castigo a su perversidad._»
Estos renglones fatídicos, que podían leerse a la luz de los faroles,
contribuían no poco a mantener vivo el espíritu revolucionario en el
café.
Todo el mundo era rebelde en el _Café de Madrid_: el dueño, los mozos,
la clientela. Si por casualidad se deslizaba allí algún incauto
monárquico, pronto se marchaba escandalizado por los conceptos
sediciosos que se vertían en voz alta.
Verdad que en aquella época no se corría peligro amenazando a lo
existente en voz alta. Nos hallábamos en plena revolución. Los
ministerios se sucedían unos a otros alzados y derrocados por la presión
del populacho y de los periódicos que mejor lo representaban. El
Ejército se cruzaba de brazos, presenciando con desdeñosa indiferencia
la agitación de las masas; la Policía ejercía su ministerio tan
tímidamente, que no se la sentía, como si tuviese vergüenza de sí misma.
Con todo, no podía dudarse de que los clientes del _Café de Madrid_ eran
hombres indómitos y peligrosos, y el más feroz de todos su mismo
propietario, un hombrecillo gordo, barrigudo, que acostumbraba a
situarse en una mesa próxima al mostrador, rodeado siempre de una
camarilla o guardia negra que comentaba sus hazañas y bebía sus licores.
Corría, como válido en el café, que Don Pancracio (así se llamaba su
dueño) se había batido heroicamente en las barricadas y había entrado en
todas las conspiraciones fraguadas diez años antes de la revolución, por
lo cual había sido condenado cinco veces a muerte, sin que estas
condenaciones hubiesen alterado poco ni mucho sus facultades digestivas.
Don Pancracio era hombre feroz por convicción más que por temperamento.
Todo el mundo convenía en que tenía un corazón bondadoso y tierno y se
contaban de él algunos rasgos de generosidad muy laudables. Pero había
llegado a imaginar que era un sér temeroso y esto le lisonjeaba hasta un
punto indecible. Se susurraba que en los barrios bajos de Madrid había
dos mil hombres de pelo en pecho que no aguardaban más que una señal
suya para empuñar el trabuco y lanzarse a la barricada.
Aunque esto no fuese cierto, los clientes así lo creían y él debía de
creerlo aún más firmemente que ellos, a juzgar por su entrecejo siempre
fruncido y la manera temerosa de hacer rodar sus ojos sanguinarios por
todo el ámbito del café. Cuando allá en una mesa lejana se producía una
disputa demasiado violenta y los contendientes se hallaban próximos a
venir a las manos, esto despertaba inmediatamente los instintos
guerreros del propietario quien, soltando una terrible blasfemia,
tomaba una botella por el cuello y, mirando hacia los perturbadores del
orden de un modo provocativo, murmuraba amenazas capaces de hacer
estremecerse al Cid en su tumba. Pero sus genízaros se apresuraban a
calmarle: «--¡Don Pancracio! ¡Don Pancracio!... ¡Un hombre como usted
ensuciarse las manos en esos peleles!»
El propietario se calmaba con estas o semejantes razones, soltaba el
cuello de la botella y no tardaba en bebérsela en compañía de su estado
mayor. No puedo medir la capacidad estratégica que éste alcanzaba,
porque nunca le he visto a la hora de la batalla, pero sí puedo
certificar de la que poseía para los líquidos espirituosos.
Todas las horas eran trágicas para este café de conspiradores; pero la
más trágica de todas era aquella de la noche en que aparecía un
periódico revolucionario titulado _El Combate_. Cuando se abría la
puerta y el vendedor se presentaba con su gran paquete debajo del brazo,
los clientes todos como un solo hombre se ponían en pie, se agitaban
convulsos, gritaban, gesticulaban y el orden no quedaba restablecido
hasta que todos se veían poseedores de la preciosa hoja que devoraban
con espasmos de alegría. En esta hoja se llamaba todos los días
«granuja» al presidente del Consejo de Ministros, se le desafiaba y se
empleaban las palabras más sucias del diccionario para calificar a los
ministros.
¿Cómo podía consentirse esto?, preguntará tal vez el lector.
Sencillamente, porque habíamos concluído con la ominosa tiranía y
gozábamos de todos los derechos individuales.
No pudiendo reprimir legalmente la injuria, el Gobierno acudía al
recurso de pagar a unos cuantos bravucones que entraban de improviso en
las redacciones de los periódicos, apaleaban a los redactores y rompían
y deshacían cuanto encontraban. Todo el mundo habrá oído hablar de la
famosa _partida de la porra_. De un día a otro se esperaba que estos
terribles apaleadores penetrasen en la redacción de _El Combate_. Si no
lo habían hecho hasta entonces era porque los redactores se hallaban
prevenidos y escribían con un par de revólveres delante de las
cuartillas. Pero en cuanto se demoraba un cuarto de hora la salida del
periódico, una gran impaciencia reinaba en el café, algunos salían a la
calle, circulaban noticias alarmantes y sólo respirábamos cuando
aparecía el enorme paquete por la puerta.
Una noche no apareció. ¡Noche terrible, noche aciaga en los fastos de
aquel memorable café! A medida que el tiempo transcurría la
consternación se pintaba en todos los semblantes. Al principio se
gritaba mucho, se gesticulaba, había gran movimiento de entradas y
salidas: los clientes más jóvenes se lanzaban en descubierta por las
calles y volvían pálidos sin poder dar noticias concretas. Más tarde una
desesperación sombría se apoderó de todas las cabezas. Las voces
comenzaron a sonar más roncas. Después se apagaron por completo y un
silencio heroico se extendió por todo el café.
Don Pancracio ordenó cerrar las puertas como estaba prevenido, pero sus
camareros recorrieron como agentes ejecutivos todas las mesas,
advirtiéndonos que podíamos permanecer allí el tiempo que tuviéramos por
conveniente.
Nadie se movió en efecto. Allí permanecimos todos hasta que rayó la luz
del día, convencidos de que el dios Morfeo no tenía poder para prender
nuestros párpados si antes no habíamos leído las fulgurantes amenazas de
_El Combate_.
Es de saber, no obstante, que en el _Café de Madrid_ no todos eran
hombres de acción. Había también pensadores. Y siento verdadera
satisfacción al declarar que los que correspondían a la mesa donde se
sentaban los Mezquita con otros estudiantes eran los más conspicuos.
Después que se había injuriado suficientemente a los Poderes
constituídos se discutía indefectiblemente el tema de la espiritualidad
del alma. En realidad no se discutía, porque aquellos estudiantes no
admitían discusión sobre este punto; pero servía de blanco para sus
burlas más ingeniosas y para sus sarcasmos más sangrientos. Había un
profesor de la Facultad de Medicina que les decía: «--Entre los
centenares de cerebros que he disecado, jamás tropezó mi escalpelo con
el alma.»--Y esta frase se repetía a menudo y cada vez con más unción
por los tertulios.
En cuanto a Dios, no contaba allí más que con una minoría irrisoria.
Sólo dos o tres nos atrevíamos a sostener que no estaba completamente
sepultado y putrefacto. Si alguna vez se nos ocurría pronunciar su
nombre, inmediatamente se nos atajaba: «--Perdón, amigo, ¿no podrías
decir en vez de Dios, la Naturaleza?»
Sin embargo, nosotros nos obstinábamos en nombrarle. Decentemente no
podíamos dejar abandonado un sér indefenso.
Esto producía terribles contiendas teológicas, en las cuales alguna vez
tomaba parte el mozo que nos servía, llamado Fariñas. No sé si algún día
escribiré un estudio sobre este mozo, pero sí estoy seguro de que
debiera hacerlo. Serio, reflexivo, conciliador, mediano filósofo, pero
gran matemático. Cuando le debíamos cuatro cafés y siete botellas de
cerveza nos demostraba con el lápiz en la mano que le debíamos cinco
cafés y nueve botellas. Se escuchaba siempre su opinión con deferencia
más por respeto a su lápiz que a sus conocimientos.
Por supuesto era cosa averiguada para aquellos jóvenes que el
pensamiento no es otra cosa que una secreción del cerebro, como la orina
de los riñones. Se repetían estas y otras frases de Cabanis y Carlos
Vogt como si fuesen el fin y el compendio de toda la sabiduría humana.
No existían aún los _mecanistas_, los _energéticos_, los
_pansensacionistas_, los _cientistas_, y se atenían, por lo tanto, a la
forma más primitiva del monismo materialista.
Otra verdad inconcusa era que todo lo referente a la religión entraba en
los dominios de la patología interna. El que creyese en otro mundo más
que el que veíamos y palpábamos era un enfermo. Si afirmábamos la
existencia de Dios y del alma era porque teníamos atascados los
conductos biliares. El misticismo, una forma aguda del histerismo; el
ascetismo, un síntoma manifiesto de degeneración.
Como consecuencias de tales premisas los santos fueron todos unos
perturbados, histéricos y degenerados. Con quienes más se ensañaban
aquellos jóvenes era con san Francisco de Asís y santa Teresa. ¡Pobre
santa Teresa! No la dejaban intacta ninguna parte de su organismo. Se
investigaban, se estudiaban minuciosamente sus más recónditas dolencias
femeninas, se sacaban a relucir despiadadamente las imperfecciones de
sus conductos interiores. Yo protestaba en nombre del pudor; pero mis
protestas quedaban sofocadas por sus carcajadas.
La elocuencia y donaire de Sixto Moro, sus ingeniosas observaciones, con
que a veces los desconcertaba, de nada servían tampoco. Sus
conocimientos sobre la trompa de Falopio, la placenta y los ovarios
eran, como los míos, rudimentarios.
Sin embargo, una noche entró en el café y se sentó a la mesa con
ademanes tan altaneros y provocativos que a todos nos sorprendió.
Inmediatamente procuró entablar discusión con los jóvenes fisiólogos y
comenzó a saetearlos con su inagotable repertorio de burlas. Cuando
logró ponerlos exasperados, dió el golpe de gracia que tenía preparado.
Sacó del bolsillo el último número de _El Siglo Médico_, que acababa de
aparecer, y, poniéndolo sobre la mesa, profirió con acento triunfal:
--¡Leed este artículo y edificaos!
Uno de los tertulios tomó la revista y se puso a leer; pero Sixto le
atajó:
--No, no; exijo que se lea en voz alta.
Reinó un silencio profundo, y el que tenía entre manos la revista
comenzó a leer. Se trataba del extracto de una Memoria que el célebre
fisiólogo francés Claudio Bernard presentaba a la Academia de Medicina,
dando cuenta de una experiencia curiosa efectuada por él en los
hospitales de París. Habiendo necesitado hacer para sus investigaciones
anatómicas sobre la laringe y faringe algunos estudios detenidos, pudo
observar en dos cadáveres, cuya disección hizo simultáneamente, un
desarrollo anormal de la llamada glándula _tiroides_. Esta masa
glandular que se encuentra en la parte inferior del cuello detrás de la
traquearteria siempre es más voluminosa en el niño que en el adulto. Por
eso le llamó la atención su extraordinario desarrollo en dos hombres que
habían fallecido después de los cuarenta años. Informándose de los
antecedentes de estos dos sujetos pudo averiguar que se habían señalado
por una impiedad recalcitrante. No sólo se habían negado a recibir los
sacramentos de la Iglesia, sino que habían escandalizado constantemente
a las religiosas que los asistían con sus burlas y blasfemias. Excitada
la atención del observador con esta experiencia, procuró verificarla en
casos sucesivos. Al efecto, estudió en los dos últimos años la laringe
de cincuenta y siete sujetos manifiestamente ateos y sólo en dos casos
la _tiroides_ dejó de presentar un volumen anormal.
El artículo cayó como una bomba en la mesa. Todos quedaron con una cara
larga y melancólica que recordaba las figuras del Greco. El lector soltó
la revista con desaliento. Los demás guardaron silencio. Sólo uno se
aventuró a decir en voz baja y balbuciente:
--Mucho me sorprende de Claudio Bernard...
Sixto Moro recogió la revista, la guardó en el bolsillo y porque no
sufriese menoscabo su victoria se levantó del diván y se despidió muy
cortésmente diciendo que iba al teatro. Yo le seguí alegando el mismo
motivo.
Cuando hubimos salido del café, Moro se detuvo y comenzó a reír de tan
buena gana, con tan estrepitosas carcajadas, que me sorprendió un poco,
pues no hallaba razón para tanta algazara.
--Es gracioso--le dije por seguirle el humor.
--¡Y tan gracioso! ¡Mucho más gracioso de lo que puedes imaginar!
Y vuelta a reír hasta querer reventar. Al fin, cuando se hubo sosegado,
pudo articular:
--Has de saber que todo ha sido una farsa.
--¿Cómo una farsa?
--Sí; que no hay tal Memoria de Claudio Bernard.
--No lo entiendo.
--Ese artículo está escrito por mí.
--Ahora lo entiendo menos.
--Soy amigo del regente de la imprenta donde se imprime _El Siglo
Médico_ y me ha hecho el favor de tirar un solo ejemplar con mi
artículo, prometiéndole que lo inutilizaría así que hubiera dado la
broma a mis amigos... Y es lo que voy a hacer en este momento.
Sacó en efecto el periódico del bolsillo y lo hizo menudos pedazos sin
dejar de reír.
--Pero ¿cómo has podido escribir este artículo? ¿Quién te ha enseñado
ese fárrago de términos técnicos?
--Los he extraído de sus mismos libros, que los Mezquita dejan
esparcidos sobre la mesa de su cuarto.
Celebré como merecía la broma, que era realmente chistosa; y seguimos
riendo al recordar el gesto de estupefacción de nuestros contertulios.
Al cabo, poniéndose repentinamente serio, Moro exclamó:
--¡Vamos a ver! Después de todo, si hay glándulas para la fe, ¿por qué
no ha de haberlas para la impiedad?
VII
MI AMIGO JÁUREGUI, ESPIRITISTA
¿Por qué le miraban todos con tan declarada hostilidad? Hay que escrutar
los senos recónditos del orgullo humano para explicarlo. Cuando se
mentaba su nombre en la mesa, hasta el mismo Pasarón, tan pacífico, tan
indiferente, se encogía de hombros con displicencia.
Don Carlos de Jáuregui, nuestro compañero de pensión, huésped del
gabinete frontero al mío y copropietario de la sala que nos separaba,
era un joven que podría contar veinticinco años. Alto, delgado, esbelto,
de facciones delicadas y expresivas, la tez pálida, los ojos negros y
rodeados de un círculo azulado que acusaba un temperamento nervioso y
enfermizo. Vestía con exagerada elegancia y sobre el costado izquierdo
del frac, que indefectiblemente se ponía todas las noches, ostentaba
bordada la cruz roja del hábito de Calatrava. Un bigotito negro con las
puntas enhiestas, los cabellos esmeradamente peinados, las manos breves
y cuidadas, la marcha arrogante y majestuosa, todo quería pregonar su
esclarecida estirpe.
En efecto, aquel joven pertenecía a una aristocrática familia de la
provincia de Alicante y estaba próximamente emparentado con algunos
títulos que residían en Madrid. Sabíamos por Doña Encarnación que era
huérfano de padre y madre, que tenía o había tenido por tutor al marqués
de la Ribera del Fresno; sabíamos igualmente que poseía una mediana
fortuna y sabíamos también que estaba dando buena cuenta de ella entre
los placeres de la vida cortesana.
No hacía más que dormir en casa. Almorzaba, según nuestras noticias, en
un Círculo de la calle de Alcalá y a la hora del crepúsculo venía a
casa, se vestía de etiqueta y salía después a comer en alguna de las
muchas residencias aristocráticas que frecuentaba. Cuando le tropezaba
casualmente en el corredor o en la sala me hacía un reverente saludo, al
cual yo correspondía con idéntica ceremonia. Lo mismo efectuaba con
todos nuestros compañeros. Su actitud no podía ser más correcta, pero
tampoco más fría.
Pues esta corrección y frialdad era precisamente lo que escocía a los
huéspedes de Doña Encarnación. Sospechaban, no sin fundamento, que aquel
joven aristócrata se consideraba por encima de nosotros en la escala de
los seres vivos, y que si en los órganos externos y visibles parecíamos
todos iguales, existía realmente entre su naturaleza y la nuestra un
abismo infranqueable. Particularmente los primos Mezquita le habían
dedicado un odio africano, como africanos que eran en cierto grado,
odio que crecía todos los días al observar las muestras de acatamiento
que nuestra patrona Doña Encarnación le prodigaba. Porque si nosotros no
estábamos absolutamente ciertos de que Jáuregui estableciese
teóricamente una diferencia radical entre su organismo y el nuestro, a
nadie ofrecía duda que prácticamente Doña Encarnación la instituía.