conflictos diarios, las angustias, el no respirar, el no vivir,
la excitante lucha, me producen placer insano. ¿No lo comprendes?
Soy como el borracho incorregible, que se siente envenenado por el
alcohol y lo apetece con todas las energías de su naturaleza. Yo
apetezco el mal, el picor terrible de las dificultades pecuniarias,
las emociones del azar, con sus desmayos hondos y sus alegrías
delirantes.
OROZCO.
Nada de eso pertenece á la realidad. Ó es desvarío de enfermo, ó una
manera hábil de argumentar. Otras razones te mueven á despreciar lo
que te ofrezco. Dímelas, y quizás me sea fácil rebatirlas. Imposible
que dejes de comprender las ventajas de la vida decente y sosegada.
¿Sabes cuál es mi aspiración y la de Augusta, que en esto, como
en todo, está de acuerdo conmigo? Pues que te entiendas con tus
hermanos, y viváis juntos. Por eso te escribió mi mujer suplicándote
que visitaras á Clotilde. Accediste, y pensamos que tu aquiescencia
en este punto era señal de ceder también en el otro. Te propusimos el
vivir con tu familia, calculando que de este modo os luciría más el
pequeño capital que debéis á las travesuras de Joaquín. Porque á él,
fíjate bien, á él en primer término debéis agradecerlo más que á mí.
FEDERICO.
¡No nombres á mi padre, por Dios! ¿Qué tiene él que ver con esto?
OROZCO.
Sí, porque él, inconscientemente, nos ha proporcionado los medios
para esta combinación feliz.
FEDERICO, _espontaneándose_.
Tuya, tuya y sólo tuya es esta idea, que tiene una cara divina y un
reverso diabólico. Todo lo hermoso de ella te pertenece; bien lo sé.
Conmigo no te valen tus farsas de modestia; conmigo no te sirve el
desprenderte de tu corona sublime. Te conozco y sé apreciarte en lo
que vales. Desgracia mía es no poder corresponder á tanta... no sé
cómo llamarlo. Tomás, despréciame, no hagas caso de mí. Yo no merezco
ni que me mires siquiera.
OROZCO.
No te escapes por ese registro de los elogios, para aturdirme y
apartar la cuestión de sus verdaderos términos. Por reducirte y
ablandarte, soy capaz hasta de transigir con lo que más detesto, que
es la vanidad, y llenarme de ella, y atribuirme virtudes y méritos,
con tal que accedas á nuestra pretensión... ¿Te conviene este trato?
Dime que aceptas, y yo diré que soy tu protector si así te acomoda.
Por el contrario, ¿te molesta mi protección?, ¿tu orgullo se subleva
contra lo que crees humillante? Pues me anularé. Nada habrá en mí que
te recuerde la situación de favorecido. Es más: si quieres mostrarte
ingrato conmigo, mejor, tanto mejor. Si te da por mostrarte
olvidadizo, no creas que eso me incomoda: al contrario...
FEDERICO, _con viva emoción_.
Tomás, si te digo que te tengo por sobrenatural, no expreso todo lo
que siento. Cállate y déjame; no puedo oirte...
OROZCO, _deteniéndose en un portal_.
Piensa en lo que te he dicho. Yo me quedo aquí.
FEDERICO, _deseando escapar_.
Pues adiós... Sí; pensaré...
OROZCO.
Adiós. (_Entra en una casa. Federico sigue._)
ESCENA XII
FEDERICO, _solo, vagando por las calles, en estado de vivísima
agitación_.
¡Ay, qué descanso!... ¡Libre de ese hombre! Huiré y me esconderé
donde no pueda oir su voz, donde su mirada noble y profunda no me
anonade. Imposible vivir así... Si otra vez me habla, mi sinceridad
se desbordará, y le diré la verdadera causa de mi... ¡Enorme y
absurda pretensión que yo acepte tal cosa! Me moriré cien veces
antes. (_Reflexionando._) ¿Pero á qué revelarle yo los motivos de
mi rebeldía, si él ha de saberlos pronto? Yo confiaba, ¡menguado
de mí!, en que este secreto no se descubriría fácilmente, y ahora
resulta que no tardarán en conocerlo todos nuestros amigos, medio
Madrid, y él... ¡Pero qué hombre, santo Dios! ¿Por qué le hiciste de
tan rara perfección, para ponérmele delante en la más crítica hora
de mi vida? ¿Por qué no es un malvado, un egoísta sin entrañas, un
envidioso, un falso al menos, siquiera un hombre vulgar, de éstos
que se encuentran á centenares, á millares más bien?... No, no iré
esta noche á ninguna parte donde pueda verle. No comeré en su casa.
Me acosa su presencia; su voz me persigue; me espanta la idea de que
si hoy consigo evitarle, no lo conseguiré mañana. ¡Tal suplicio un
día y otro, y al fin...! Porque lo ha de saber. (_Inquietísimo._) ¿No
valdría más que yo se lo dijera? «Amigo mío, estoy imposibilitado
para aceptar tus beneficios, porque te he robado á tu mujer.» ¡Qué
locura! Esto sería denunciarla cobardemente. Vale más esperar á pie
firme á que algún malicioso le revele la terrible y afrentosa verdad.
Sucederá entonces lo que es de rúbrica: el hombre ofendido me exigirá
reparación; se la daré con la estúpida forma del duelo, y... ¡Cuán
grotesca es la sociedad! ¡Debiéramos todos pintarnos la cara con
albayalde como los _clowns_, ó colgarnos cascabeles de las orejas
como los antiguos bufones, pues somos unos grandes mamarrachos...!
(_Fijándose en un transeúnte que pasa._) Es Villalonga. Me meteré
en este portal para que no me vea. Quiero estar solo. No me agrada
más conversación que la mía, y sólo estoy á gusto conmigo, como con
un ser amado que se despide... Porque yo me marcho; yo no puedo
vivir así. La vida, tal como la voy arrastrando ahora, es imposible.
Recibir mi salvación del hombre á quien he ultrajado, imposible
también. ¡Oh, quién fuera uno de estos de conciencia ancha que sólo
miran su provecho! ¿Por qué hay en mi alma esta antipatía contra la
protección y esta invencible repugnancia de la generosidad ajena?
Ciertos agradecimientos le sumergen á uno en la inferioridad servil,
y le subordinan y le rebajan. No sé por qué me inclino á detestar á
los que quieren ampararme. (_Reparando en alguna persona._) ¿No es
aquél Infantillo? Aquí me escondo. No quiero ver á nadie. La voz de
un amigo me molesta, como si todo el que á mí se acerca viniera con
intenciones de protegerme. Es Infante, sí. Y entra en el Casino. Yo
pensaba comer hoy allí; pero comeré en otra parte. ¿En dónde? Lo
mismo da. ¡Lo que puede la rutina de sentarse á la mesa á determinada
hora! ¡Si no tengo apetito!... ¡Si hasta me repugna la idea de
alimentarme!... (_Aturdido._) Iré á casa, y Claudia me dará algo de
lo que ellas tienen para sí. Ahora me entran ganas... Vamos, comería
yo esta noche una cosa muy salada, muy salada..., no sé qué..., y
muy agria, muy agria..., y después tomaría café bien cargadito...
(_Entrando en un coche: al cochero._) Lope de Vega, 57, triplicado.
ESCENA XIII
Salones en casa de San Salomó.
FEDERICO, _después_ LA SOMBRA DE OROZCO.
FEDERICO, _entrando_.
Aquí me refugio esta noche. No sé adonde ir. En esta casa no es
probable que encuentre al Santo, cuya sublimidad pesa sobre mí como
un peñasco que se me ha puesto sobre los hombros. Casi nunca viene
aquí... No sé qué hay en mi cabeza esta noche; no puedo precisar bien
lo que veo, ni estoy seguro de reconocer á las personas que á mi lado
pasan. ¿No es aquél Monte Cármenes? Creo que sí; pero no lo juraría.
Y aquélla, ¿no es Victoria Trujillo? Tampoco puedo responder de que
sea. ¿He saludado á alguien al entrar? No lo aseguro. Me parece
que sí, me parece que no. Daré una vuelta por los salones. ¡Cuánta
gente! Nadie me mira. ¡Qué placer no ser advertido! Me apartaré
á un sitio solitario, y me distraeré viendo caras de personas á
quienes no se les ha ocurrido protegerme... ¡Oh, maldito de mí! (_Con
súbito terror._) ¿No es aquél Orozco? Y me ha visto. Desde lejos me
descubre, y me clava sus ojos que despiden lumbre. Viene hacia mí. Ya
no me escapo. Que me coge, que me coge.
_La sombra de Orozco, con perfecta apariencia humana y vestida de
etiqueta, avanza hacia Federico y le coge del brazo._
FEDERICO.
Ya, ya te veo...
LA SOMBRA.
Parece que huyes de mí.
FEDERICO.
¿Yo? No lo creas. Tanto gusto en verte. Siempre mucho gusto en verte,
muchísimo.
LA SOMBRA.
Apártate aquí; charlaremos. (_Le lleva á un gabinete próximo._)
FEDERICO, _irónicamente_.
Es lo que deseo: charlar contigo, para que me aconsejes, para que me
ilumines. Eres el alma más grande que conozco.
LA SOMBRA.
¿Has reflexionado en lo que te dije?
FEDERICO.
¡Ya lo creo! Desde que nos vimos esta tarde no ha hecho tu amigo otra
cosa que reflexionar. Como que con tantas reflexiones no he tenido
tiempo de comer. No ha entrado en mi cuerpo esta noche más que un
puñado de sal, una taza de café y después dos copas de coñac, digo,
tres.
LA SOMBRA.
La sal aviva las ideas y el café las ennoblece.
FEDERICO.
Pues sí, he reflexionado, y... me confirmo en lo que hace poco te
dije. No hay arreglo: déjame en la indigencia y en la degradación.
El bienestar me rebajaría á mis propios ojos; necesito privaciones
y padecimientos para regenerarme. Además, temo mucho que la flor
de la gratitud no quiera nacer en mi huerto, y que al encontrarme
favorecido no pueda amar á mi favorecedor. Vale más que busque en la
penuria y en el sufrimiento los estímulos que mi alma necesita para
purificarse. Quiero ser pobre, Tomás; pobre. Dirás tú: «¡qué gusto
tan raro!», y yo respondo que más sabe el loco en su casa que el
cuerdo en la ajena. Añadiré una idea que quizás te sorprenda. Aunque
nos hemos tratado desde la infancia, apenas me conoces, y bajo estas
apariencias insustanciales escondo una austeridad de principios que á
mí mismo me asusta cuando atentamente la considero. ¡No faltaría más
sino que pretendieras tú monopolizar la práctica de una moral rígida!
LA SOMBRA, _con benevolencia_.
¿Yo? ¿Qué había yo de monopolizar nada, hombre? Tranquilízate,
y ten toda la rigidez de principios que gustes, sin temor á mi
competencia. Eso me parece muy bien, pero muy bien. (_Dándole
palmadas en el hombro._) Pero si me lo permites, he de rogarte me
digas qué principios de esos tan severos que tú profesas son los que
te impiden entenderte conmigo.
FEDERICO, _lleno de confusión_.
Es que con mis principios, y como complemento de ellos, se enlaza un
desprecio absoluto de los bienes materiales.
LA SOMBRA, _sonriendo_.
Vocación de penitente y de anacoreta.
FEDERICO.
Tampoco es eso. Me parece que no estás tú hoy tan lúcido como otras
veces. Si acertaré á explicarme. Profeso la teoría de que si somos
siempre y en todo caso autores de nuestro propio mal, también debemos
ser autores de nuestro bien, y debérnoslo todo á nosotros mismos.
LA SOMBRA, _con acento ligeramente burlón_.
¿Piensas trabajar?
FEDERICO.
¿Por que no? ¿Me crees incapacitado para el trabajo?
LA SOMBRA.
No por cierto. Pero no acabo de comprender tus principios. Seamos
formales y hablemos con absoluta sinceridad.
FEDERICO, _palideciendo y temblando_.
Eso es... Sinceridad es lo que nos hace falta.
LA SOMBRA.
Me vas á explicar un enigma que observo en ti. ¿Cómo es que la
aceptación de un favor mío subleva tus austeros principios, y no los
contraría tu trato infame con persona de tan bajo nivel moral como
_La Peri_?
FEDERICO, _aterrado_.
¡Yo! ¿Qué dices? ¿De dónde has sacado eso? ¿Por dónde lo sabes? Es
absurdo y no tiene fundamento alguno.
LA SOMBRA.
De esa pájara aceptas tú auxilios que te envilecen á ti tanto como
á ella, pues ya sabes que Leonor, cuando estás ahogado y no halla
modos hábiles de socorrerte, se va del seguro y hace trampas en el
juego..., le sustrae á su marqués billetes escamoteándole la cartera
que lleva en el bolsillo..., y por fin imagina planes industriales
asociada contigo, establecimientos de infame comercio, timbas á
estilo de Montecarlo...
FEDERICO, _dando diente con diente_.
Eso no es verdad. Lo dice, sí; lo dice, pero ten por cierto que no
lo hace. Es que da bromas, como tú, fingiendo codicia y maldad. Te
propones humillarme con esas historias, y no lo conseguirás, no lo
conseguirás. Que _La Peri_ y yo nos auxiliemos recíprocamente,
nada tiene que ver con mis principios. Tú, como la generalidad de
las personas, no ves más que la moral de relación. La absoluta, la
moral fina, no la ves: eres muy miope. (_Con grandísima zozobra.)
_Y otra cosa, Tomás: ¿Qué idea te has formado tú de Leonor? La idea
vulgar, la idea de los cortos de vista, que no ven más que el bulto
de las cosas. _La Peri_ es una señora..., para mí al menos... Y
pongo mi cabeza á que no ha sido ella quien te ha contado eso. Es
en este punto la discreción personificada. ¿Acaso lo has pensado,
lo has discurrido tú, sin que te lo dijera nadie? (_La Sombra
contesta afirmativamente con la cabeza._) No, no has formado idea
exacta de mis relaciones con Leonor... Sería preciso que yo te
las explicase..., y lo haría si ahora mi cabeza no propendiese á
embarullar las ideas. No lo veo claro yo tampoco, no lo veo muy
claro; pero te diré que Leonor es mi amiga, la única persona en el
mundo con quien tengo verdadera amistad, y esa confianza, Tomás, esa
flor humilde y casera, que no nace sino en el terreno de la comunidad
de sentimientos. Entre Leonor y yo hay un lazo moral, que será,
visto desde fuera, muy feo, pero que por dentro es de lo más puro,
créelo, de lo más puro que puede existir. (_Inquietísimo, observando
expresión de incredulidad y burla en el rostro de La Sombra._) ¿Pero
no lo entiendes?
LA SOMBRA, _festivamente_.
Eso no lo entiende nadie.
FEDERICO.
¡Nadie! ¿Y si yo te dijera que, existiendo entre los dos esa leal
confianza, no tengo amores con ella? Los amores van por otro lado,
¡ay!, amores sin raíces, como los que contraemos con las mujeres
de vida ligera para distraernos y engañar las penas, amores de
imaginación, que producen ratos deliciosos, pero que dejan el corazón
vacío y el alma sedienta. Tampoco entiendes esto, ¿verdad?
LA SOMBRA.
Eso sí.
FEDERICO.
Te estoy contando lo que no debes saber; pero la culpa es tuya.
¿Para qué excitas mi sinceridad? Queda siempre en pie el misterio
inexplicable para ti: ¿por qué no acepto tu donativo? Pues
sencillamente porque no me da la gana. ¿Lo quieres más claro?
(_Acalorado y descompuesto.) _Y si te empeñas en que riñamos,
reñiremos. Por mí no ha de quedar. Prepárate, y elije la forma de
reñir que más te agrade y en que veas más probabilidad de vencerme.
Porque tú debes triunfar y yo debo sucumbir.
LA SOMBRA, _flemáticamente_.
No veo por qué razón ha de haber en esto vencedores ni vencidos. Tú
eres dueño de tu voluntad y de tu porvenir. No me siento ofendido
por tu afición á la pobreza ni por tus simpatías hacia _La Peri_.
Buen provecho te hagan.
FEDERICO.
Lo que yo sé es que así no puedo vivir.
LA SOMBRA, _con afecto_.
Explícate mejor; no tengas para mí secretos.
FEDERICO, _doloridamente_.
No te canses, Tomás. Yo no puedo declararme á ti. Pero lo que mi
lengua no acierta á decirte, cien lenguas del mundo te lo dirán.
Francamente, no me importa nada que me mates.
LA SOMBRA.
¿Matarte? Si tu vida es un suplicio, quitártela es hacerte un bien;
y como tú no quieres aceptar de mí favor alguno, te dejaré vivo y
pobre. (_Riendo._) ¿No es ese tu gusto?
FEDERICO, _aturdido_.
Sí, sí. Y ahora... te hablaré con franqueza. ¡Cuánto te agradecería
que te marchases! Tu presencia me mortifica horriblemente, y si no he
huído de ti, es porque no puedo moverme. Yo no sé lo que tengo.
LA SOMBRA, _levantándose_.
No deseo más que complacerte.
FEDERICO.
¿No te gusta á ti la ingratitud? Pues en mí tienes lo que más puede
agradarte. ¿Estás contento de mí?
LA SOMBRA.
No, porque la ingratitud que á mí me entusiasma es la de los que
reciben un beneficio mío, y tú lo rechazas.
FEDERICO.
Pues hazme el beneficio inmenso de no ocuparte de mí. No me mires, no
me hables.
LA SOMBRA, _sonriendo_.
¡Ingrato! Si no deseo más que tu bien...
FEDERICO, _suplicante_.
Por Cristo, olvídate de mí.
LA SOMBRA.
Yo te digo á ti que no me olvides. (_Con humorismo._) Soy algo
pesado, ¿verdad? Vaya, descansa de mí un momento... Pero nos veremos
otra vez. (_Estrechándole la mano._) Sabes cuánto se te estima...
(_La Sombra se aleja. Federico sale del salón._)
ESCENA XIV
Calle.
FEDERICO, _solo, andando muy á prisa_.
¡Cómo está mi cabeza! ¿Pues no me entra la duda más espantosa que
jamás agitó mi espíritu? ¿He hablado yo con Orozco en casa de San
Salomó, ó es ficción y superchería de mi mente? No puedo asegurar
nada. Yo le he visto, yo he hablado con él... La realidad del hecho
en mí la siento; pero este fenómeno interno, ¿es lo que vulgarmente
llamamos realidad? Lo que yo he dicho cien veces: no hay bastantes
palabras para expresar las ideas, y deben inventarse muchas, pero
muchas más. Que yo le vi y le hablé, no es dudoso para mí, y me
parece que le oigo todavía. Pero un sentimiento vago de las cosas
exteriores me dice que aquel encuentro es obra de mis propias
ideas... (_Escudriñando en su espíritu._) ¿Pero es cierto que
hablamos Orozco y yo en esa casa? ¿Estuve yo realmente en ella? Vamos
á ver: concretemos. (_Parándose._) ¿En dónde has estado desde las
diez?... No acierto á precisarlo. Sea lo que quiera, realidad por
realidad, lo mismo da una que otra... Despéjate, cabeza. ¿Adonde iré
para calmar mi afán? ¿Cómo pasaré las horas de esta triste noche que
no se acaba nunca? Cien veces he mirado el reloj sin enterarme...
Mirémoslo con la atención debida: las once y media. ¡Temprano,
siempre temprano! (_Vuelve á andar presuroso._) Necesito desahogar mi
corazón confiando mis inquietudes á alguien. ¿Pero á quién? Se las
contaría yo á Leonorilla; pero no es hora de ir allá. De noche no
puedo, no sé ver en ella á mi amiga querida. A estas horas encontraré
la casa toda llena de... hombres. ¡Desgracia inmensa para mí, que
la única persona á quien declararme puedo no me sirve para el caso
sino cuando no parece lo que es!... ¿Iré á que me consuele la otra,
Augusta? Tampoco es ocasión. Ésta por ser honrada de noche, aquélla
por no serlo, ambas me cierran sus puertas en las horas de mayor
soledad y tristeza. Además, Augusta es la persona á quien menos
puedo confiarme, porque ella, ella me ha lanzado á esta lucha, á
este vértigo... ¡Pobre mujer! Alucinada por el amor, has perdido de
vista la ley de la dignidad, ó al menos desconoces en absoluto la
dignidad del varón. ¡Ay, tus palabras, tan gratas para mí en otro
tiempo, ahora serán como instrumentos de suplicio! Me embriagarás
con tus avasalladoras seducciones, disiparás durante un rato grande
ó chico las tinieblas de mi vida; pero no derramarás en mi corazón
ese bálsamo de ternura y consuelo que es la única medicina de este
mal espantoso de la conciencia... ¡A estas horas ya la malicia se
cebará en la verdad descubierta por Malibrán, y mientras Orozco cree
y dice que _La Peri_ me ayuda á vivir, nuestros amigos dirán que
Augusta me mantiene y me paga las trampas! Esto me subleva. (_Con
desesperación._) Romperé con ella; rechazaré las ofertas de Tomás,
y después que me devoren la miseria y la usura... (_Pausa._) ¿Iré á
pedir consuelos á mi hermana? No, porque me encontraría con ese facha
innoble á quien detesto. Sólo de verle se me crispan las manos, y
siento anhelos de destrozar á alguien. No; allá no iré por nada de
este mundo. Ya no tengo hermana, ya no tengo familia; estoy solo,
y la compañera que me hace falta, ni puede dármela la amistad ni
dármela puede el amor... Vagaré por las calles hasta que sea hora de
entrar en mi casa... Pero el tiempo no avanza. ¡Demonio, siempre las
once y media! Me canso ya de este paseo febril. (_Detiénese indeciso
y fatigado._) ¿En dónde me metería yo para reposarme y distraerme un
rato? No iré á ningún sitio donde pueda encontrarme con el Santo,
pues su sola presencia me causa las agonías de la muerte. ¡Ah, qué
idea feliz! Me refugiaré en un teatro. ¿En cuál? En éste, que es
del género picante. No me reiré, porque no puedo reirme; pero mis
ideas se desviarán un rato de la fijeza congestiva que me atormenta.
(_Párase á la puerta de un teatro; toma localidad y entra._) Están
en el entreacto; pero pronto empezará la función, que ojalá sea una
pieza muy disparatada, muy absurda, muy cínica... (_Dirígese al
pasillo de butacas._)
ESCENA XV
Teatro.
FEDERICO, OROZCO, _que se le presenta de improviso al dar los
primeros pasos en el patio. Un poco más lejos, el_ MARQUÉS DE CÍCERO
_y el_ CONDE DE MONTE CÁRMENES.
FEDERICO, _para sí, estremeciéndose al verle_.
¡Orozco! Esto parece cosa del infierno.
OROZCO.
Hola, sonámbulo... ¿Qué es eso? ¿Te asombras de verme aquí?
FEDERICO.
No esperaba...
OROZCO.
Ese chiflado (_señalando á Monte Cármenes, que mira con gemelos hacia
los palcos_) se empeñó en que entráramos aquí. Y la verdad, nos
hemos divertido. Me gusta mucho el género cómico, aun con toques tan
chillones y picantes como los que aquí se usan. ¿Y tú...? Tienes mala
cara, chico; estás pálido...
FEDERICO, _trémulo_.
No me siento bien esta noche.
OROZCO.
¿Qué tienes?
FEDERICO.
Aquí, en el corazón..., no sé qué. No es dolor, no es punzada. Es
una extraña sensación que al anochecer empezó á molestarme, y que se
acentuó terriblemente al entrar aquí.
OROZCO.
¿Te duele...?
FEDERICO.
Exactamente dolor, no, no... Es más bien un estímulo, como ganas
instintivas de meter los dedos por aquí; aquí, no sé si en el corazón
ó un poco más abajo. Lo que más me mortifica es la idea..., sí, no te
rías, la idea de que me aliviaré introduciendo los dedos hasta tocar
la parte dolorida, mejor dicho, la parte afectada.
OROZCO, _sonriendo_.
Te diré lo que se dice siempre en tales casos: eso es nervioso.
Poco mal y bien quejado. Quizás falta de sueño, quizás un poco de
dispepsia. Sanarás cuando tu ánimo se tranquilice. Federico, haz caso
de mí, regulariza tu vida, para lo cual te basta dejarte querer, y
verás cómo desaparece esa molestia, que no es más que una acción
refleja, partiendo del cerebro. Corta de raíz tus malos hábitos, y
verás qué bien te va.
FEDERICO, _con tristeza_.
¡Qué pronto se dice eso, Tomás!
OROZCO.
Tonto, tú no has pensado en ello; no te has hecho cargo todavía del
bien que te espera... A nuestra edad, pasados los treinta y cinco, un
vivir metódico y sin sobresaltos es el único vivir posible... Y no me
vengas con que la ociosidad te aburrirá, y que necesitas un poco de
movimiento. Yo te daré ocupación, yo me encargo de que no te aburras;
y con algo que ganes, y algo que recibirás de Joaquín (porque hemos
convenido en que esto es de tu padre), vivirás como un príncipe.
Tú créeme y déjate llevar. Confíate á mí, verás cómo te arreglo tu
_aurea mediocritas_. Luego la tranquilidad de la conciencia... ¿Sabes
tú lo que eso vale?
FEDERICO, _para sí, turbadísimo_.
Insisto en que este que me habla no es el Orozco de carne y hueso.
Hállome en el vórtice de una gran alucinación, y lo que veo y oigo es
hechura de mi propia idea.
OROZCO.
Entrégate á mí sin temor; á mí, que te quiero de veras y miro por tu
bien...
FEDERICO, _para sí, trastornado_.
Basta. No puedo soportar esto. (_Alto._) Adiós, Tomás; me siento mal
y tengo que retirarme.
OROZCO.
Cuídate, métete en tu casa. ¡Detestable costumbre ésta de hacer de la
noche día! Yo, no creas, tampoco me siento bien. No sé qué me pasa.
Pero con un par de días de campo me repondré.
FEDERICO.
¿Te vas á las Charcas?
OROZCO.
Pasaré allí los dos días de fiesta.
FEDERICO.
¿Vas solo?
OROZCO.
Estoy reclutando gente. Nuestro buen Cícero, el moderno Nemrod, no
puede ir. Hasta ahora sólo cuento con Malibrán.
FEDERICO.
¡Ah! ¿Vas con Malibrán?...
OROZCO.
¿Quieres agregarte?
FEDERICO.
No, gracias. Abur, abur. (_Sale presuroso del teatro._)
ESCENA XVI
Gabinete en casa de Federico. Es de noche.
FEDERICO, BÁRBARA; _después_ LA SOMBRA DE OROZCO.
FEDERICO, _echado en el sofá, junto al velador, en el cual hay
una lámpara_.
Gracias á Dios que me encuentro solo. ¿Qué mejor refugio que
mi propia casa? Creí no poder llegar á ella; de tal modo se me
trastornó la cabeza en aquella correría por las calles. El cansancio
me abruma; pero lo que es sueño, no siento maldito. Apetezco el
dormir como el mayor bien imaginable; pero la manera de lograrlo es
lo que no se me alcanza... Y sigue molestándome la sensacionita en
el corazón, aquí..., donde debe estar el vértice de esa condenada
máquina. Aguantaremos... La cabeza es la que anda peor. ¡Cuidado
que la alucinación de esta noche!... ¡Figurarme que vi á Orozco en
el teatro, y que le hablé! ¡Si me parece que oyéndole estoy aún! Ha
sido un fenómeno subjetivo, determinado por cierta idea diabólica
que me escarba en la mente...: la idea de transigir, de dejarme
querer... ¡Oh, tentación insana! Degradarme, pero vivir... Porque...,
razón tiene Orozco: ¡qué bien estaría yo si...! ¡Idea maldita, que
hace vacilar mi dignidad y trastorna mi conciencia! No, Tomás, no
insistas, no me tientes. Si me estimas como dices, no me envilezcas
más de lo que ya lo estoy.
BÁRBARA, _entrando de puntillas_.