que tú mismo acusarás á la que te quiere tanto?
FEDERICO.
Tienes razón... Tú conservas el sentido claro de las cosas, y yo
lo he perdido completamente. Siento y pienso y digo los mayores
despropósitos... Leonorilla, estoy desquiciado por dentro. Me
desplomo; verás cómo me hundo.
LEONOR, _humorísticamente_.
Pues avisa, mico, para que no me cojas debajo...
FEDERICO, _con ternura_.
Tú eres la única persona que veo con gusto á mi lado en esta ruina
de mi espíritu. Cuantas personas trato más ó menos íntimamente se me
revisten de antipatía en esta desgana que me aniquila; todas, incluso
ella, y lo digo porque es verdad, sintiéndolo mucho, pues no se lo
merece la infeliz. Entre tantas caras que me ponen mal ceño, sólo la
tuya resplandece. ¿Verdad que es raro? Pero siempre ha de haber algo
que no se entiende, y lo que no entendemos, adviértelo, es lo que más
consuela. Las cosas muy resabidas y muy estudiadas hastían el alma.
Las que se nos presentan en términos vagos, confundiendo nuestra
razón, son las que nos confortan y nos alientan.
LEONOR, _fingiendo comprender_.
Es verdad, verdad. Yo me intereso por ti, y por ayudarte y sacarte de
un apuro soy capaz de comprometerme. Pídeme lo que quieras. Mándame
que haga trampas en el juego, y las haré.
FEDERICO.
No, eso no. ¡Quita allá!
LEONOR.
Pues las he hecho, para que lo sepas. Tu tranquilidad vale más que un
poco de moral de timba, tratándose de estos bobalicones que vienen
aquí á divertirse conmigo. En un día de gran ahogo, y antes que verte
padecer por cochinos mil reales, le doy yo el pego al lucero del alba.
FEDERICO, _enojado_.
Cállate. Me lastimas profundamente.
LEONOR.
Déjate proteger, mico. ¿No me das tú parte de lo que ganas?
FEDERICO.
Sí; pero yo no hago trampas.
LEONOR.
Cada uno es cada uno. Yo no soy tú, yo soy pública, aunque para ti
sea muy particular.
FEDERICO, _echándose á reir_.
Chica, comoquiera que seas, me envanezco de tu amistad. Es lo
único que me queda en este mundo. (_La abraza._) ¡Lástima que no
puedas salvarme! Yo no tengo remedio ya. (_Con profunda tristeza,
levantándose._) Soy hombre al agua.
LEONOR.
Pero ven acá. ¿Tan mal andas? ¿Temes no poder seguir viviendo como
vives? ¿No podríamos arreglar que tuvieras un tanto fijo?...
FEDERICO, _sombrío_.
No hay posibilidad de que cambie mi manera de vivir.
LEONOR, _con agudeza_.
Se me ocurre una idea. ¿Te la digo? Pero no has de enfadarte. Pues...
allá voy... Me parece una atrocidad que pases tantas amarguras
teniendo esa amiga tan ricachona.
FEDERICO, _espantado_.
¡Leonor! ¡También tú!...
LEONOR.
No, monín; si yo no digo que tú le pidas... Digo que de ella debiera
salir el ofrecerte una cantidad gorda, para que de una vez...
FEDERICO, _irritado_.
Quita, quita. Déjame en paz.
LEONOR.
Anda..., tonto... Fuera escrúpulos y bobadas... (_Remedándole._) ¡El
honor..., la _diznidaz_!... ¿Qué importa que...? Vamos, que buenos
miles podría darte; y algo me había de tocar á mí.
FEDERICO, _excitadisimo_.
Me voy, me voy por no oirte.
LEONOR, _alarmada_.
Chico, no te pongas así. Tú tienes alguna mala idea y no quieres
decírmela.
FEDERICO, _tomando su sombrero_.
Me voy. Déjame.
LEONOR.
No me gusta verte salir de estampía.
FEDERICO.
Se me había olvidado que he prometido visitar hoy á mi hermana,
visita que no significa reconciliación ni mucho menos. (_Con enojo._)
¿Pues no pretenden también que yo dé el nombre de hermano á ese...?
¡Estúpida exigencia!
LEONOR.
Vamos, perdona á tu hermanilla. Te estás atormentando... ¡Qué manías
tienes tan tontas!... ¡Pobre niña! Haz las paces... y á vivir.
FEDERICO.
¡Tú también!... Vuelvo. (_Retírase muy agitado._)
LEONOR, _alarmada, viéndole salir y sin atreverse á seguirle_.
¡Pobre mico, no me gusta su cariz!... Su cabeza está llena de
nubarrones. Diera yo algo por poder despejársela.
ESCENA VIII
Sala en casa de la viuda de Calvo.
LA VIUDA DE CALVO, _señora de edad avanzadísima, pero bien
conservada, vestida de negro, con espejuelos, gorro á la francesa.
Sale por la derecha apoyándose en un bastón;_ CLOTILDE, _que está
junto al balcón de la izquierda mirando á la calle_.
VIUDA DE CALVO.
¿Qué haces ahí?
CLOTILDE.
¿No ha concluído Santana de conferenciar con ese señor?
VIUDA DE CALVO.
Aún tienen para un ratito. ¿Qué miras? ¿A quién esperas?
CLOTILDE.
A mi hermano, que prometió venir á verme. No puedo apartar de la
calle mis ojos, esperando verle entre los que pasan.
VIUDA DE CALVO, _separándola del balcón_.
No te aflijas, chiquilla, ni te impacientes, que ya parecerá, si es
cierto que ha manifestado propósitos y deseos de verte.
CLOTILDE.
Díjome Bárbara que vendría por la tarde, y la tarde se acaba.
VIUDA DE CALVO.
¿Tan pronto? ¿Cómo se ha de concluir el día antes de las cuatro de la
tarde?
CLOTILDE, _señalando al balcón_.
Ya lo ve usted, es casi de noche. El sol se pone.
VIUDA DE CALVO.
¡Qué se ha de poner, bobilla! No te empeñes en acelerar la carrera
del sol, que bastante de prisa andan los días, sobre todo para los
que ya los vemos pasar sin ninguna ilusión. Tu hermano vendrá, si no
de tarde, de noche, ó cuando quiera venir.
CLOTILDE.
¡Ay! ¡Cuánto deseo verle! Siete días hace que de él me separé, y
me parecen siete años. ¡Pobre hermano mío! Cuando salí de su casa,
la fiebre de la resolución que tomé no me dejaba presentir la pena
de esta ausencia. Federico tiene sus defectos, como todos; pero su
corazón es noble. En los últimos días que pasé con él, sus defectos
se abultaban á mis ojos y sus cualidades disminuían. Pues ahora me
pasa lo contrario: las cualidades crecen y los defectos me parecen
insignificantes.
VIUDA DE CALVO.
Es caballeroso, inteligente, simpático y de buen natural; pero has
de convenir conmigo en que no sirve para criar hermanas. Descuellan
en él estímulos de altanera dignidad, instintos de nobleza que
lucirían bien en una posición opulenta, como piedras preciosas
montadas en oro; pero que se despegan del cobre dorado de la penuria
vergonzante en que se empeña en ponerlos. ¡Ay, hija de mi alma! La
realidad, con sus lecciones dolorosas, me ha enseñado á mí lo que es
decadencia. Ideas de vanagloria tuve yo también, y con ellas posición
muy distinta de la que tengo ahora. Pero caí, y me encontré con que
las tales ideas, y el puntillo de honor y todo lo demás, eran de
muy mal ver sobre las ruinas que me rodeaban. Aprendí á ver mayores
extensiones de mundo; la necesidad me hizo viajar por regiones
bajas, que son las más interesantes y las que más vida encierran, y
descubrí que el reino de la humanidad tiene muchas más provincias y
comarcas de las que yo creía. Por eso abracé tu causa, sin asustarme
del escándalo que dabas, ni de tu desigual elección, ni del camino
torcido que escogías para llegar al matrimonio. Cuando se miran las
cosas desde arriba, se ve la grandeza de los móviles humanos, y no
se distingue la pequeñez microscópica de los trámites sociales. Os
protegí y os protegeré mientras pueda, sin hacer caso de los furores
de tu hermano ni de los asombros de lo que llaman opinión, asombros
que no vienen á ser más que un movimiento de curiosidad, detrás del
cual está la indiferencia.
CLOTILDE.
¡Ay, cuánto sabe usted, señora! (_Con entusiasmo._) Habla lo mismito
que un libro.
VIUDA DE CALVO.
Los años, hija mía, son mis libros, el tiempo mi biblioteca y
mi estudio el vivir... (_Suena un timbre: se sienten pasos._)
Pero alguien ha entrado... ¡Si será al fin el caballero de los
imposibles!... (_Clotilde corre á la puerta del fondo._)
ESCENA IX
_Las mismas._ FEDERICO.
VIUDA DE CALVO, _viéndole entrar_.
¿No lo dije?
CLOTILDE.
¡Hermanito...! (_Abrazándole._) ¡Gracias á Dios!
FEDERICO, _abrazándola_.
¡Ingrata! (_Saluda á la señora de Calvo._)
VIUDA DE CALVO.
Desde que la niña supo que usted vendría, la ansiedad y el contento
no la han dejado vivir. Los siete días de ausencia se le antojaban
siglos, impaciente por ver á su hermano y oir de él palabras de
concordia y perdón.
CLOTILDE, _que besa las manos de Federico, llorando_.
¿No es verdad que me perdonas, que olvidas la pena que te dí?
FEDERICO.
No soy rencoroso. Te perdono el mal que me hiciste emancipándote
de mí y huyendo de mi lado sin consultarme tu inclinación. Si me
hubieras pedido consejo, yo te habría quitado de la cabeza ese error
deplorable.
CLOTILDE.
¿Aún insistes en que es error? Yo no te consulté, persuadida de que
me habías de decir nones. Era cuestión grave. Me sentía sola en el
mundo, y creí que estaba en mi derecho eligiendo por mí misma al que
había de ser mi marido.
FEDERICO.
Creiste mal. Pero no he de volver ya sobre lo que no tiene remedio.
El error está cometido, y yo, aunque te perdono, no varío de modo de
pensar respecto al fondo de él. Lo hecho, hecho está. Me someto á
la realidad, pero dentro de la medida que me marca mi criterio. Te
perdono: te miraré siempre como hermana; pero no me pidas más de lo
que humanamente puedo darte.
CLOTILDE, _con tristeza_.
Eso quiere decir que transiges conmigo, pero no con el que va á ser
mi esposo.
FEDERICO.
Así es.
CLOTILDE, _á la señora de Calvo_.
¿Le parece á usted...? ¡Qué crueldad, qué orgullo!
VIUDA DE CALVO, _festivamente_.
Hija mía, él es así; pero pierde cuidado, que se modificará.
CLOTILDE.
¿Cuándo?
VIUDA DE CALVO, _riendo_.
Cuando tenga mis años. Si tan largo me lo fías... Sr. de Viera, es
usted un chiquillo y piensa y obra como tal.
FEDERICO.
¡Qué quiere usted, señora! No podemos ser de otra manera que como
somos. Perdóneme la perogrullada.
VIUDA DE CALVO.
No tema el caballero de los imposibles que yo me ponga á sermonearle.
No acostumbro predicar á quien no quiere oir. Lo único que le diré,
para que vaya abriendo los ojos, es que Clotildita ha demostrado buen
tino en la elección de marido, porque Santana, sin ser un Gutibamba
ni un Mucibarrena, es mozo de muy buen natural y de gran talento para
cultivar la ciencia del vivir. Hoy por hoy no tiene sobre qué caerse
muerto; pero acuérdese usted de lo que le dice esta vieja: llegará
día en que el caballero de los melindres, abandonado de todo el
mundo y sin tener donde guarecerse, llame á la puerta de su hermana
pidiendo un asilo y un pedazo de pan. Y su cuñado, que es un alma de
Dios, aunque no vista elegante, se lo dará. Y usted tan... agradecido.
FEDERICO.
No dudo de que posea usted el don de la profecía, señora. Lo que ha
dicho podrá suceder... (_Para sí._) Parece propiamente una bruja esta
buena señora.
VIUDA DE CALVO.
Vamos, no se enfade porque le diga la buena ventura. Sr. de Viera,
leo en su pensamiento. En este instante está usted diciendo para sí:
«Parece una bruja esta buena señora.»
FEDERICO.
¡Oh!, no; no he pensado tal cosa. Usted habla como la experiencia;
yo contesto como la terquedad y las preocupaciones. ¿Qué culpa tengo
de no convencerme? Están mis ideas muy remachadas, y no hay quien me
las arranque. No nos traslademos al siglo que viene; estamos donde
estamos, y en este momento yo no quiero ni oir hablar de la persona
que me ha quitado el cariño de mi hermana, tomándose una mujer que no
merece ni se merecerá nunca, aunque llegue á reunir los millones de
Rothschild.
CLOTILDE, _enojada_.
Pues sí que me merece. Vale más que yo, mucho más.
FEDERICO.
No disputemos sobre eso. Se puede discutir todo menos sobre las
simpatías y antipatías personales. Lo que pertenece al orden de los
sentimientos, sea cariño, sea rencor, es sagrado. Dejémoslo como está.
VIUDA DE CALVO.
Es cierto. Los odios están erizados de picos, y por mucho que las
palabras froten sobre ellos no los suavizarán. Las palabras son
blandas, los odios son duros. Las asperezas de la vida, ayudadas del
tiempo, sí que liman bien. Déjale, déjale. Si no quiere hacer las
paces con tu futuro, que no las haga. Por de pronto las ha hecho
contigo, y esto ya es algo.
CLOTILDE.
¿Serás tan ingrato, tan duro, tan orgulloso, que no asistas á mi boda?
FEDERICO.
No asistiré. No puede uno desmentirse á sí mismo en tan breve tiempo.
Sostengo que no es decoroso para mí ni para él que yo asista.
VIUDA DE CALVO, _irónicamente_.
Tiene razón. En ley de caballería, no se olvidan de hecho las ofensas
tan pronto como se dice. Que no se vean. Vale más que no se vean...,
no vaya á resultar que se coman.
CLOTILDE, _animosa_.
Pues yo digo que se han de ver. Que quieras que no, has de darle la
mano.
FEDERICO, _para sí_.
Me despediré... (_Saludando á la viuda de Calvo._) Señora mía...
CLOTILDE, _cogiéndole de una mano_.
No, no te dejo ir. Un momentito... En seguida sale. Está en ese
gabinete con el señor de Orozco.
FEDERICO.
¡Con Tomás!
CLOTILDE.
¿A qué viene ese espanto? Con Orozco, sí; con tu amigo, un señor muy
bueno, que nos protege y no nos abandonará nunca.
FEDERICO, _desasosegado_.
Adiós.
CLOTILDE, _tirándole del brazo_.
Que no te vas, digo.
VIUDA DE CALVO.
Más vale que le dejes. Le molesta sin duda ver á los que le dan una
leccioncita de tolerancia.
FEDERICO.
Es la verdad, y como me molesta me voy.
ESCENA X
_Los mismos._ OROZCO, SANTANITA, _que salen por la derecha_.
OROZCO.
¡Tanto bueno por aquí!
FEDERICO, _cohibido_.
Lo bueno estaba antes de venir yo: lo bueno eres tú.
OROZCO, _queriendo hacerse el insignificante_.
El amigo Santana y yo tratábamos de un asunto..., menudencias, nada
en suma. Me gusta verte aquí. Eso me prueba que corren vientos
conciliadores.
CLOTILDE.
Paces, D. Tomás; paces tenemos. Pero la fiera no está aún
domesticada, y es preciso pasarle la mano por el lomo un poquito más.
OROZCO, _festivamente_.
Cese la ruin discordia. Que esto sea como el _tableau_ con que acaban
las comedias. Reconciliación, tolerancia, y lo pasado, pasado. Haya
aquello de _¡hermano mío!_, y abrácense todos, y caiga el telón sobre
un final de buenos propósitos.
FEDERICO, _con escepticismo_.
Pues si en las comedias el telón volviera á levantarse, se vería que
los buenos propósitos eran conversación.
CLOTILDE, _aparte á Federico_.
Da la mano á mi Luis. Mira, el pobrecillo está asustado y no se
atreve á dirigirte la palabra. Háblale tú.
FEDERICO.
¿Que le hable yo?... ¡Tonta!
OROZCO, _observando á Federico y á Santanita_.
¿Qué pasa? ¡Ah!, que no se doblan esos rígidos caracteres. Uno y otro
se encariñan con su agravio y no quieren echarlo de sí. ¡Bonita cosa
guardáis! Sois un par de majaderos. Sí, defended vuestros rencores
como si fueran un hallazgo precioso que alguien os disputa.
VIUDA DE CALVO.
Señor de Orozco, usted que es tan cristiano y posee como nadie el
arte de mover los corazones, ponga en paz á estos desdichados, pues
de fijo á usted le harán más caso que á nosotras. Yo por vieja, con
un pie en la sepultura, y ésta por niña, acabada de nacer, carecemos
de autoridad.
OROZCO, _con fingido egoísmo_.
Señora mía, nunca me ha gustado ser redentor de nadie, ni quiero
meterme en libros de caballería. Además, conviene respetar las
disensiones de familia, que en algo se fundan, cuando existen. Cada
uno tiene bastante con sus propios afanes. ¿A qué afanarse por el mal
ajeno?
FEDERICO, _para sí_.
¡Hipócrita!
OROZCO.
Fijaos bien en este principio: lo que cada cual no haga por sí
mismo no debe esperarlo de los demás. Conque, jóvenes inflexibles y
caballerescos, si no simpatizáis, buen provecho os haga. No seré yo
el que se desviva por zurciros las voluntades. Si esperáis á que yo
os reconcilie, medrados estáis.
FEDERICO, _para sí_.
¡Farsante! (_Alto, á la viuda de Calvo._) ¿Lo ve usted?
VIUDA DE CALVO.
De los dichos á las acciones hay á veces mayor distancia que entre lo
fingido y lo real.
CLOTILDE.
Pues yo insisto en que des la mano á Luis. ¿Te irás sin darme ese
gusto?
FEDERICO, _secamente_.
Todo lo que yo podía hacer por ti, ya lo he hecho.
OROZCO, _burlándose_.
Eso es: carácter, firmeza, tesón. No se empeñe usted, Clotilde, en
abatir esa fortaleza inexpugnable. Que no le da la mano, que no se la
da...
SANTANITA, _queriendo aparecer sereno_.
Pero es preciso hacer constar que yo no he deseado que me la dé.
Conste esto.
OROZCO.
Sí, hombre; constará todo lo que usted quiera. Tratándose de
tonterías por una y otra parte, hay aquí mucho que apuntar para
enseñanza de las generaciones futuras.
SANTANITA.
Y conste también que nada absolutamente tenemos que agradecer
Clotilde y yo á las personas que más debieran mirar por ella, ya que
no por mí...
OROZCO.
Vamos, también eso constará, si se empeñan en ello.
SANTANITA.
Y que toda nuestra gratitud, toda nuestra consideración y nuestro
cariño son para usted, que se ha conducido con nosotros como un padre.
OROZCO, _riendo_.
¡Ave María Purísima! ¡Qué exageración, qué tontería, qué final de
comedia cursi!
SANTANITA, _con efusión_.
Y nosotros le reverenciaremos como hijos amantes y sumisos, porque
nos ha dado medios de vivir honradamente y de combatir la miseria.
La felicidad que llevábamos como en germen en nosotros mismos, usted
nos la hace patente y efectiva.
OROZCO, _llevándose las manos á la cabeza_.
¿Yo? Pues no me había enterado... ¡Qué manera de delirar!... No deis
importancia á lo que no la tiene.
FEDERICO, _para sí_.
¡Hipócrita! Ya te cayó que hacer. ¿No querías ingratitud? Pues éstos,
con su gratitud impertinente, te dan taza y media.
OROZCO, _muy contrariado_.
No, no cantéis victoria, ni me atribuyáis vuestra felicidad. La plaza
en casa de Trujillo, al mismo Trujillo la debéis..., casi casi á
disgusto mío, que la había pedido para otro.
VIUDA DE CALVO.
No le creáis, no le creáis. Su modestia es tal que no parece de este
mundo.
OROZCO, _ligeramente incómodo_.
Repito que no he sido yo..., vamos. ¿Cómo lo diré? (_A Santanita._)
Lo que hemos hablado hace un momento, no lo considere usted como
efectivo. Vaya, que el niño se entusiasma por adelantado. No es más
que un proyecto, una hipótesis, que tampoco me pertenece. Sólo soy
intermediario, y lo que vaya á poder de los hijos de Viera no saldrá
seguramente de mi bolsillo.
VIUDA DE CALVO.
No le creáis... que éste las gasta así. (_Con efusión._) Si os ha
prometido algo que aumente vuestro bienestar, creed que os lo dará,
y no le hagáis maldito caso si os dice que no es él quien da. ¡Otro
más marrullero no existe bajo el sol, que alumbra tantas maravillas
de Dios! Le conozco y á mí no me trastea. Os pondrá mala cara siempre
que os encaje algún beneficio, y procurará haceros creer que lo
debéis á otro.
FEDERICO, _para sí_.
Toma ingratitud.
OROZCO, _á la viuda de Calvo_.
Señora, usted me está faltando.
VIUDA DE CALVO.
Sí, le falto á usted, me le subo á las barbas, no le permito
echárselas de hombre malo, y le arranco la careta. Conmigo
(_enarbolando el palo_) no le valen á usted sus maquinaciones
infernales.
CLOTILDE, _colgándose de un brazo de Orozco_.
Es nuestro padre, nuestro verdadero padre, y le debemos gratitud
eterna y un cariño sin fin.
OROZCO, _sacudiéndose_.
Niña, por Dios, esto ya parece burla.
SANTANITA, _intentando besar la mano á Orozco, el cual la retira_.
Nuestro padre será aunque se enoje, y diga lo que dijere, como tal le
tendremos.
OROZCO, _sofocado_.
Basta, moscones, basta. Os juro que sois los mayores tontos que he
visto en mi vida.
VIUDA DE CALVO.
Sí, adoradle, que bien se lo merece. No toméis en serio sus
farándulas. Es el santo más pillo y más embustero que hay en la
tierra.
OROZCO.
Me voy... No puedo resistir esto.
VIUDA DE CALVO.
Pues mal que le pese, le diremos que es un santo y se lo haremos
confesar... Duro en él; besadle las manos (_Clotilde y Santanita
hacen esfuerzos por besarle las manos; pero él no se deja_), y si se
resiste, le amarraremos, y con este palo... (_renqueando hacia él,
con el bastón levantado_) le convenceré de que es un farsante... y
una mala persona..., así..., toma, toma. (_Le toca en los hombros
suavemente con la punta del palo._)
OROZCO, _cogiendo del brazo á Federico_.
Vámonos de aquí. Parece que están todos locos en esta casa... ¡Almas
de cántaro!...
VIUDA DE CALVO, _corre tras ellos_, _tambaleándose_.
Adiós, adiós.
ESCENA XI
Calle.
OROZCO, FEDERICO.
OROZCO.
¿Has visto qué gente más fastidiosa?
FEDERICO.
Fastidiosos por agradecidos.
OROZCO.
Quita allá. No es para tanto. Cuando las acciones comunes se
consideran actos dignos de alabanza, es que el nivel moral desciende
hasta lo increíble. Y ahora que estamos solos, hablaremos. Tenía yo
ganas de que echásemos un párrafo.
FEDERICO, _sombrío_.
Y yo también.
OROZCO.
Por cierto que..., y perdona que me entrometa en tus asuntos...,
creo que debiste contemporizar con ese pobrecillo Luis, tu futuro
cuñado. Ya no puedes impedir el parentesco. La sociedad sanciona
los matrimonios desiguales en cuanto se convence de que no puede
impedirlos. ¿Por qué has de ser tú menos que la colectividad?
FEDERICO, _con ardor_.
¿Otra vez el mismo asunto? Soy un anticuado, y no admito en la
intimidad de mi familia á personas de esa clase, de esos hábitos y
de esos procedimientos amorosos, los cuales acusan una extracción
villana y grosera. Y no tengo más que decir.
OROZCO.
Bueno; no es preciso acalorarse. Hártate de aborrecer..., saborea las
hieles del alma. Hay personas á quienes gusta el dolor propio con
tal de producir el ajeno. No te arriendo la ganancia. Has hablado de
extracción villana, tontería impropia de ti.
FEDERICO.
Pues que lo sea, mejor. Tontería constitutiva, contra la cual no
puedo nada, como nada podemos contra nuestro temperamento.
OROZCO.
No insisto en ello. Entiéndete con tus errores. Te estás labrando tu
infelicidad.
FEDERICO.
¿Y qué?
OROZCO.
No conceptúo la infelicidad terrestre como un mal absoluto, pero
debemos evitarla.
FEDERICO, _muy displicente_.
Pues á mí se me antoja no luchar contra ella. ¿Qué quieres? Será
porque me he convencido de que me ha de vencer.
OROZCO.
Pesimista estás. La vida es un beneficio y no una carga.
FEDERICO.
Para mí no vale esa regla..., ni otras.
OROZCO.
Porque no quieres hacerla valer... Pero, en fin, no divaguemos, y
vamos á lo concreto. ¿Adivinas el asunto de que quiero hablarte?
FEDERICO, _para sí_.
¡Dios mío, ahora es ella! (_Alto._) Sí, me lo figuro.
OROZCO.
Augusta se encargó de tantear el terreno. Yo no quise hacerlo. Me
asustaban esos relinchos que da tu falsa dignidad salvaje, y recalco
la figura, porque verdaderamente es como un caballo sin desbravar...
Adelante: mi mujer me ha dicho que no aceptas.
FEDERICO.
Es cierto.
OROZCO.
Dame una razón.
FEDERICO, _después de vacilar_.
Porque no puedo, porque es absolutamente imposible que acepte.
OROZCO.
Pero eso no es razón... Dame una, siquiera sea del tamaño de una
lenteja.
FEDERICO.
Las tengo del tamaño de calabazas.
OROZCO.
Pues vengan. Porque no comprendo yo delicadezas extremadas hasta la
sinrazón. Eso ya es ingratitud y orgullo satánico.
FEDERICO.
¡Orgullo satánico! Es que yo sostengo que Lucifer no fué malo al
rebelarse... Era un ángel muy delicado.
OROZCO.
Pase como chascarrillo. Tratemos la cuestión formalmente. ¿Qué
agravio recibe tu decoro con adoptar una manera de vivir que te libre
de amarguras y te asegure la paz moral para toda la vida? Empieza por
considerar que lo que se te ofrece no es mío: es de tu padre.
FEDERICO.
Imposible considerarlo así. Las cosas son lo que son.
OROZCO.
Bueno, pues sea de quien sea. Explícame por qué te humillan los
favores de un amigo.
FEDERICO, _turbado_.
No es que me humille; es que... (_Para sí._) Este hombre me está
asesinando.
OROZCO.
¿Qué orgullo es ese? ¡Qué casta de dignidad tan incomprensible! ¿Te
rebaja el beneficio otorgado por un amigo, por un compañero de la
infancia, y no te envilecen otras cosas? ¿Cómo entiendes tú el honor?
Tus arbitrios angustiosos y degradantes de buscarte la vida no te
sonrojan, y te sonroja lo que te propongo.
FEDERICO.
Es que mis arbitrios degradantes son hábitos, y ya no puedo vivir
sin ellos. Tomás, Tomás, me duele mucho decírtelo; pero te lo diré.
Soy vicioso. La idea de una vida sosa y correcta, con el bienestar
acompasado de un modesto rentista, me horroriza. No quiero esa vida,
no la quiero. El veneno se ha adaptado á mi naturaleza, y no puedo
existir sin él.
OROZCO.
Palabrería ingeniosa. Tú no sientes lo que dices. Me engañas, y yo,
al menos, merezco de ti la sinceridad. ¿Cómo pretendes hacerme creer
á mí que prefieres esa vida de sobresaltos á...?
FEDERICO, _interrumpiéndole_.