_Dor._
¿Qué me cuentas?
_Clara._
Lo que vi.
_Dor._
¿Qu’es ya muerto?
_Clara._
Está enterrado.
_Dor._
¡Bravo suceso!
_Clara._
Extremado.
_Dor._
Y mucho más para mí.
_Clara._
Bajaba de aquella calle
Que han hecho un palacio en fin,
Los monjes de San Martin,
Á darle el papel y hablalle,
Cuando veo á San Ginés
Acercarse un largo entierro,
Honra del final destierro,
Que de la tierra lo es;
Veo mil hachas ardiendo,
Pobres vestidos, contentos
Que heredan los avarientos,
Que no pudieron, viviendo;
Gozan el vestido y hacha
Que no les dió la virtud.
En fin, un negro ataud,
Seis de gerga y de capacha
Veo que en los hombros llevan,
Tras mil clérigos y cruces,
Frailes, cofradías, luces,
Cuantas á un noble se deban;
Miro el acompañamiento,
Hábitos y gente ilustre,
Y entre este adornado lustre,
Polvo en tierra y humo en viento,
Veo á nuestro Feliciano,
Entre un capuz y un sombrero,
Muy triste, porque el dinero
No estaba todo en su mano.
Tras él iba aquel bellaco
De Galindillo, fingiendo
Que lloraba, y componiendo
Su tumba; á un teñido saco
La falda llevaba, y creo
Que iba diciendo entre sí:
¡Oh si llevára yo aquí
Los escudos que deseo!
Fuera preguntar en vano
Quién era el muerto; ya ves,
Rico entierro en San Ginés,
Y enlutado á Feliciano.
_Dor._
Por tu vida que te diera,
Si las hubieras pedido,
Albricias.
_Clara._
Buenas han sido,
Del interes que me espera
No doy mi parte.
_Dor._
Detente,
Que siento gente en la puerta,
Entraránse, que está abierta.