_Cés._
Desde ayer me prometí
Serviros, aficionado
Á vuestro ingenio y agrado,
Y á lo que hicistes por mí;
Y hoy que de cierto he sabido
Que sois persona tan grave,
Que ya en Nápoles se sabe,
Conde, á lo que habeis venido,
De que os doy el parabien,
Vengo á ofreceros persona,
Casa y vida.
_Otav._
Si me abona
Lo que vos decis tan bien,
Y que ya sabeis de mí,
El no me haber descubierto
Me perdonad, que al concierto
Vine disfrazado ansí.
Ya me dicen que teneis
Á Fénis.
_Cés._
Engaño ha sido,
Que Fénis no ha parecido.
_Otav._
¿Qué decis?
_Cés._
Que no penseis
Que soy tan dichoso yo;
Y pues que me habeis hablado
En cosa que me ha costado
La vida que me llevó,
Quiero descansar un poco
Con un hombre tan discreto,
Que quien ama está sujeto
Á hablar siempre como loco,
En la tema que porfía.
_Otav._
Desde ayer que un ángel ví,
Os juro que estoy ansí,
Y que sólo hablar querria
En materias amorosas.
_Cés._
Teneis razon de querer
Tan bien nacida mujer,
Y de partes tan hermosas.
_Otav._
Perdido estoy como vos.
_Cés._
Sí, pero más bien pagado,
Oid, Conde, mi cuidado:
Hija del conde Fabricio,
Otavio, es la bella Fénis,
Que sin conceptos del nombre,
Serlo de hermosura puede;
Si vos la hubiérades visto,
Fuera alabanza más breve,
Porque ninguno la vió
Que el alma no le rindiese;
De lo que conozco en vos,
Era mujer propiamente
Para vuestro entendimiento,
Porque divino le tiene.
Si la hubiérades tratado,
Dijérades claramente,
Porque los siglos pasados
Las Sibilas encarecen,
Que es menester que á Lucano,
Versos Argentaria enmiende,
Ni que las letras latinas
Á Carmenta se debiesen,
Que es menester que coronen
Filosóficos laureles
Á Telesila, y que Aspasia
Dulce retórica enseñe.
Quien oye á Fénis, escucha
El libro más elocuente,
Quien la ve, mira un jardin
De azucenas y claveles;
Que estoy loco por su amor,
Dirá, Conde, quien me oyere,
Pero cuerdo en su alabanza,
Que á toda alabanza excede,
Si soy dichoso en casarme
Y pasan estos desdenes,
Vos veréis que no os engaño,
Que áun de vos pienso valerme
Para que me honreis con Celia,
Si el cielo quiere que llegue
El dia de nuestras bodas,
Y que los enojos cesen,
De lo que os diré nacidos,
Que no porque me aborrece.
Hijo del príncipe Arnaldo,
Que hoy en Nápoles mantiene
La mayor casa, es Leonardo,
Aquel mozuelo insolente
Que ayer conmigo venía,
Y los dos, con poca suerte
De agradar sus bellos ojos,
Habemos servido á Fénis.
No es mejor que yo Leonardo,
Que pienso que cuando herede
Al Almirante, mi tio,
Puesto que no lo desee,
No habrá en Nápoles señor
Que me iguale; finalmente,
Las diligencias de entrambos,
Como entre amantes sucede,
Hicieron que con la envidia
Locos nuestros gastos fuesen;
Las justas y los torneos,
Cuyo espectáculo vence
Romanos amphiteatros,
Naves y fieras silvestres,
Con aplausos generales
Y con versos excelentes,
Ocuparon muchos dias
Las plumas y los pinceles;
Sólo quiero referiros
Una entrada que merece,
Por pensamiento y grandeza,
Que Nápoles la celebre:
Movíase por sí misma,
Sin que instrumento se viese,
Una máquina, retrato
De toda la Arabia feliz,
Iba esmaltada de flores
Y de árboles diferentes
De los que aromas producen,
Y para que olor tuviesen,
En fuego secreto el ámbar
Espiraba al aire ambiente
Olor divino, formando
Una primavera alegre;
De aquesta máquina en medio,
Se miraba un monte fértil,
Más que los huertos de Adónis,
Más que de Tesalia el tempe;
En la cumbre un Fénis de oro,
En vez de llamas, en nieve,
Y un sol que luciente en alto,
Solicitaba encenderle;
La letra de aquesta empresa
Solo decia: «No puede»,
Con siete letras tan grandes,
Que eran á todos patentes;
Leonardo, con justa envidia,
Quiso tambien disponerse
Á vencer esta invencion,
Para la fiesta siguiente.
Sacó la misma provincia,
Y las mirras y laureles,
Canelas y inciensos hizo,
De plata las hojas verdes,
Puso el Fénis en el monte,
Entre mil llamas ardientes,
Y haciendo un sol de cristal
Que el fuego en secreto ardiese;
La letra d’esta arrogancia
Era: «Yo haré que se queme»,
Fiando en árboles de oro
Que la nieve deshiciese;
Á este tiempo la pedimos
Juntos, y yo por valerme
De la industria y la venganza,
De que arrogante dijese
Que su sol abrasaria
Lo que yo pintaba en nieve,
En una conversacion,
Porque Leonardo me oyese,
Dije que el Conde Fabricio,
Octavio, me daba á Fénis,
Y para desconfiarle,
Y que no la pretendiese,
Me alabé de dos favores
Que á los marfiles se atreven
De sus manos, y á las rosas
De sus labios neciamente.
Súpolo Fénis, y es dama
Tan belicosa y tan fuerte
De condicion, y en su honor
Una deidad tan celeste,
Que al firmar las escrituras,
Deudos y amigos presentes,
Puso la pluma ¡ay de mí!
En la tinta de mi muerte.
Para firmar la sentencia
En que dice que no quiere,
Al tomar Fénis la pluma
Tres dedos fueron jüeces,
Quiere amor que me sentencien,
Lo demas ya lo sabeis;
Dichoso vos muchas veces,
Pues os casais donde os aman,
No yo, donde me aborrecen.
_Otav._
Pésame de vuestro mal.
_Tomé._
Señor, mi señora viene.
_Cel._
Voyme; gozalda los años
Que vuestro valor merece.
_(Vase.)_