Justamente después de ese invierno, durante el cual se embreñara en la
moral de los negroides e instalara la luz eléctrica en los arbolados
del jardín, sucedió que Jacinto tuvo la necesidad moral ineludible de
partir para el Norte, a su viejo solar de Torges. Jacinto no conocía
Torges. Se preparó durante siete semanas para esa jornada agreste. La
quinta queda en las sierras y la ruda casa solariega, en donde aún
resta una torre del siglo XV, hallábase ocupada hacía treinta años
por los caseros, buena gente de trabajo, que comía el caldo entre la
humareda del lar y extendía el trigo a secar en las salas señoriales.
Jacinto, en los comienzos de marzo, escribió cuidadosamente a su
procurador Souza, que habitaba la aldea de Torges, ordenándole que
compusiese los tejados, encalase los muros, envidriase las ventanas;
después mandó expedir, por medios de rápida conducción, en cajones
que trasponían con trabajo los portones del _Jazminero_, todos los
confortes necesarios a dos semanas de montaña, camas de plumas,
poltronas, divanes, lámparas de Carcel, bañeras de níquel, tubos
acústicos para llamar a los criados, alfombras persas para ablandar
los suelos; uno de los cocheros partió con un coupé, una victoria, un
break, mulas y cascabeles.
Al cabo de un tiempo, fue el cocinero con la batería, la botillería,
la heladora, una gran cantidad de trufas, cajas profundas de aguas
minerales. Desde el amanecer, en los anchos patios del palacio, se
clavaba, se martillaba, como en la construcción de una ciudad. El
bagaje, desfilando, recordaba una página de Herodoto al narrar la
invasión persa. Jacinto enmagreció con los cuidados de aquel Éxodo.
Por fin partimos en una mañana de junio, con Grillo y treinta y siete
maletas.
Yo acompañaba a Jacinto, en mi camino para Guiães, donde vive una tía
mía, a una legua larga de Torges; íbamos en un vagón reservado, entre
vastas almohadas, con perdices y champán en un cesto. A mitad de la
jornada debíamos cambiar de tren, en esa estación que tiene un nombre
sonoro en _olla_, y un tan suave y cándido jardín de rosales blancos.
Era domingo de inmensa polvareda y sol, y encontramos allí, llenando el
andén estrecho, todo un pueblo festivo que venía de la romería de San
Gregorio de la Sierra.
Para realizar aquel trasbordo, en tarde de fiesta, el horario solo
nos concedía tres minutos avaros. El otro tren ya esperaba, junto al
cobertizo, impaciente y silbando. Una campana badajeaba con furor. Y
sin casi atender a las lindas mozas que allí se bamboneaban, en bandos,
encendidas, con pañuelos flameantes, el seno vasto cubierto de oro,
y la imagen del santo espetada en el sombrero, corrimos, empujamos,
saltamos para el otro vagón, ya reservado, marcado por un cartón con
las iniciales de Jacinto. Inmediatamente el tren rodó. ¡Entonces pensé
en nuestro Grillo, en las treinta y siete maletas! Apoyado de bruces
en la portezuela pude ver aún junto al ángulo de la estación, bajo los
eucaliptos, un montón de equipaje y hombres de gorra galoneada que
delante de él braceaban desesperados.
Murmuré, recayendo en las almohadas:
--¡Qué servicio!
Jacinto, en un rincón, sin abrir los ojos, suspiró:
--¡Qué pesadez!
Durante una hora deslizámonos lentamente entre trigales y viñedos;
y aún el sol batía en las vidrieras, caliente y polvoriento, cuando
llegamos a la estación de Gondín, en donde el procurador de Jacinto,
el excelente Souza, debía esperarnos con caballos que nos llevaran por
la sierra, hasta el solar de Torges. Detrás del jardín de la estación,
todo florido también de rosas y margaritas, Jacinto reconoció en
seguida sus carruajes aún empaquetados en lona.
Pero cuando nos apeamos en el pequeño andén blanco y fresco, solo
hallamos en torno nuestro soledad y silencio... ¡Ni procurador, ni
caballos! El jefe de la estación, a quien yo pregunté con ansiedad «si
no apareciera por allí el señor Souza, si no conocía al señor Souza»,
sacó afablemente su gorra galoneada. Era un mozo gordo y redondo, con
colores de manzana camuesa, que traía bajo el brazo un libro de versos.
«¡Conocía perfectamente al señor Souza!» ¡Tres semanas antes jugara con
él a la manilla! ¡Esta tarde, sin embargo, infelizmente, no había visto
al señor Souza! El tren desapareciera por detrás de las altas rocas
que allí penden sobre el río. Un cargador hacía un cigarro, silbando.
Cerca de la valla del jardín, una vieja, toda de negro, dormitaba
agachada en el suelo, delante de una cesta de huevos. ¿Y nuestro
Grillo y nuestro equipaje?... El jefe encogió risueñamente los hombros
rollizos. Todos nuestros bienes habían encallado, de seguro, en aquella
estación de rosales blancos que tiene un nombre sonoro en _olla_. Y
allí estábamos nosotros, perdidos en la sierra agreste, sin procurador,
sin caballos, sin Grillo, sin maletas.
¿Para qué referir menudamente el lance lamentable? Próximo a la
estación, en una quebrada de la sierra, había un casal forero a la
quinta, en donde conseguimos, para llevarnos y guiarnos a Torges,
una yegua lazarina, un jumento blanco, un rapaz y un podenco. Y allí
comenzamos a trepar, desazonadamente, esos caminos agrestes, los
mismos, quizá, por donde iban y venían, de monte a río, los Jacintos
del siglo XV. Pasado un trémulo puente de madera que atraviesa un
riachuelo todo quebrado por peñas (y donde abunda la trucha adorable),
nuestros males olvidáronsenos ante la inesperada, incomprensible
belleza de aquella bendita sierra. El divino artista que está en los
cielos compusiera, ciertamente, ese monte en una de sus mañanas de más
solemne y bucólica inspiración.
La grandeza era tanta como la gracia... Decir los valles fofos de
verdura, los bosques casi sacros, los pomares olorosos y en flor,
la frescura de las aguas cantantes, las ermitas blanqueando en los
altos, las rocas musgosas, el aire de una dulzura de paraíso, toda la
majestad y toda la lindeza, no es para mí, hombre de pequeño arte. Ni
creo que fuese para el maestro Horacio. ¿Quién puede decir la belleza
de las cosas, tan simple e indecible? Jacinto, delante, en la yegua
torda, murmuraba:
--¡Ah, qué belleza!
Yo atrás, en el burro, con las piernas sueltas, murmuraba:
--¡Ah, qué belleza!
Los expertos regatos reían, saltando de roca en roca; finos ramos de
arbustos floridos rozaban nuestras caras, con familiaridad y cariño;
durante largo tiempo, un mirlo nos siguió de chopo para castaño,
silbando nuestros loores.
Tierra bien acogedora y amable... ¡Ah, qué belleza!
Entre _ahs_ maravillados llegamos a una avenida de hayas, que nos
pareció clásica y noble. Dando un nuevo vergajazo al burro y a la
yegua, el rapaz, con su podenco al lado, gritó: «¡Ya estamos!»
Y al fondo de las hayas había, en efecto, un portal de quinta, al
cual un escudo de armas de vieja piedra, roída de musgo, señoreaba
grandemente. Dentro ya, los perros ladraban con furor. Y apenas Jacinto
y yo, atrás de él, en el burro de Sancho, traspusimos el dintel
solariego, corrió, hacia nosotros, desde lo alto de la escalera, un
hombre blanco, rapado como un clérigo, sin cuello, sin chaqueta, que
erguía para el aire, en un gran asombro, los brazos desolados. Era el
casero, Zé Braz. Y en aquel punto, allí, en las piedras del patio,
entre el latir de los perros, brotó una tumultuosa historia, que el
pobre Braz balbuceaba, aturdido, y que llenaba la faz de Jacinto de
lividez y de cólera. El casero no esperaba a S. E. Nadie esperaba a S.
E. (Él decía _su inselencia_).
El procurador, el señor Souza, estaba en la frontera desde mayo,
atendiendo a la madre que había recibido una coz de una mula. Por
fuerza había habido engaño, cartas perdidas... Porque el señor Souza no
contaba con S. E... hasta septiembre, para la vendimia. En casa ninguna
obra comenzara y, desgraciadamente para S. E., los tejados aún estaban
sin tejas, y las ventanas sin vidrios...
Crucé los brazos, tomado de un justo espanto. ¿Pero los cajones, esos
cajones remitidos a Torges, con tanta prudencia, en abril, repletos
de colchones, de regalos, de civilización?... El casero, vago, sin
comprender, desencajaba los ojos menudos en donde ya bailaban lágrimas.
¿Los cajones? Nada llegara, nada apareciera. Y en su perturbación,
Zé Braz buscaba entre las arcadas del patio, en los bolsillos de
los pantalones... ¿Los cajones? ¡No, no tenía los cajones! En esto,
acercose gravemente el cochero de Jacinto (que había traído los
caballos y los carruajes). Ese era un hombre civilizado, y acusó de
todo al gobierno. Ya cuando él servía al señor vizconde de S. Francisco
habíanse perdido, por abandono del gobierno, de la ciudad a la sierra,
dos cajas de vino viejo de Madeira y ropa blanca de señora. Por lo
cual, él, escarmentado, sin confianza en la nación, no abandonara los
carruajes, y era todo lo que restaba a S. E.: el break, la victoria, el
coupé y los cascabeles. Solo que, en aquella ruda montaña, no había
carreteras por donde pudiesen rodar. Y como para subirlos hasta la
quinta eran necesarios grandes carros de bueyes, los dejara allá abajo,
en la estación, quietos, empaquetados en lona...
Jacinto quedó plantado delante de mí, con las manos en los bolsillos:
--¿Y ahora?
Nada restaba sino recogernos, cenar el caldo del tío Zé Braz, y dormir
en las pajas que los hados nos concediesen. Subimos. La escalera noble
conducía a un gran balcón, todo cubierto en alpendre, aumentando la
fachada del caserón y ornado, entre sus gruesos pilares de granito, con
cajones llenos de tierra, en que florecían claveles. Cogí un clavel.
Entramos. ¡Y mi pobre Jacinto contempló, en fin, las salas de su solar!
Eran enormes, con las altas paredes revocadas de cal que el tiempo
y el abandono habían ennegrecido, y vacías, desoladamente desnudas,
ofreciendo apenas como vestigio de habitación y de vida, por los
rincones, algún montón de cestos o algún haz de azadas. En los techos
remotos de encina negra albeaban manchas, que era el cielo ya pálido
del fin de la tarde, sorprendido a través de los agujeros del tejado.
No quedaba una vidriera. A las veces, bajo nuestros pasos, una tabla
podrida crujía y cedía.
Hicimos alto, al cabo, en la última, la más vasta, donde había dos
arcas inmensas para guardar el grano; y allí depusimos melancólicamente
lo que nos quedara de las treinta y siete maletas: los abrigos de
viaje, un bastón y un _Diario de la Tarde_. A través de las ventanas
desvidriadas, por donde se avistaban copas de arbolados y las
sierras azules de allende el río, el aire entraba montesino y amplio,
circulando plenamente como en un terrado, con aromas de pinar bravío. Y
allá, de lo hondo de los valles, subía desgarrada y triste, una voz de
pastora cantando. Jacinto balbució:
--¡Es honoroso!
Yo murmuré:
--¡Es campestre!